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El León Acostado de Culfreda

Por el momento despediremos aquí a Henry Russell y a sus tresmiles fáciles. Vamos a cerrar esta pequeña trilogía de coincidencias de sus ascensos durante el último tercio del siglo XIX con las propuestas planteadas desde el número del mes de enero de 2020 de “Grandes Espacios”. Donde se sirve una decena de objetivos por encima de la cota 3.000 metros que no dejarán, en condiciones óptimas, sino gratas sensaciones a quienes los aborden con prudencia. Muy del corte russelliano

Recurriremos nuevamente al libro sobre los Souvenirs d’un montagnard en su edición definitiva de 1908. Entre sus páginas se puede hallar cierta aventura de cinco jornadas en torno a los “Puertos de Aygues-Tortes, de Clarabide, de Caouarère, y ascensión al pico de Batoua (3.035 metros)”. Se trata de un capítulo que permite que acompañaremos al grupo russelliano en el primer ascenso relatado a ese pico fronterizo que, por el sur, se decía de Culfreda y, por el norte, se llamaba Batoua. El León Acostado al que se refiere el título de esta entrada, como pronto comprobaremos.

La pequeña expedición partía de Luchon un 15 de agosto de 1874. En principio estaba compuesta por su promotor, Henry Russell, y uno de sus guías de confianza, Firmin Barrau. Al día siguiente recogieron en Génos al cazador de sarrios Exuper Tardos, experto en las gargantas de Clarabide. Seguidamente, tomaron rumbo hacia los lagos de Caillaouas y de Pouchergues.

En cinco horas de marcha nuestro trío se plantaba ante la muga. Aquí cederemos la pluma a Russell para que muestre cómo brindó al mundo pirineísta de entonces, en auténtica primicia, los encantos de estas montañas recónditas. El relato de su vivaqueo inaugural parece especialmente poético:

“Céspedes y primeras vistas del puerto de Aygues-Tortes, por la derecha del cual se elevan los pitones rojos del Gran Bachimala (3.178 metros). Hay una buena cabaña situada en la orilla izquierda del torrente, a trescientos metros de él y a una altura estimada en 2.250 metros. Dormiremos aquí. Mis dos hombres no tenían siquiera una manta, y ya había dos pastores en una cabaña con una capacidad de no para más de tres plazas. Así pues, les cedí mi puesto con placer, por más de una razón, y dormí solo fuera, sin fuego, dentro de mi saco [de seis pellejos de cordero], donde no percibí el frío más que en el rostro, cuando contemplaba el cielo y las estrellas. Los osos me dejaron tranquilo aunque los hubiera en esta región; se decía que en gran cantidad. La noche fue magnífica: las grandes brumas durmieron bajo mis pies y me separaron del mundo. A veces se desgarraban y subían en copos que se aferraban a los flancos oscuros de los grandes picos que me dominaban y me observaban por el sur. Era un esplendor casi estremecedor… Simulaban alzar la cabeza y doblar su altura. Después todo desapareció entre unos vapores impenetrables, para reaparecer de pronto y ocultarse de nuevo. Lo que más me impresionó fue el sorprendente silencio que reinaba. Toda la naturaleza parecía en movimiento, cambiaba de aspecto a cada instante y, sin embargo, no se escuchaba nada, ni de cerca ni de lejos: el sueño o la muerte lo invadían todo. También yo pasé al reino de los sueños y me dormí en lo alto del Pirineo, olvidando que estaba al aire libre”.

Una excelente carta de presentación del territorio, sin duda alguna. Merece la pena que nos demoremos algo más en nuestro ascenso al pico de Culfreda/Batoua. Porque de esta forma describía Russell su recorrido de la tercera jornada de descubiertas a caballo de Francia y España:

“Al día siguiente [17 de agosto de 1874] se veía un cielo puro en las alturas: todas las nubes estaban por debajo. Salimos a las 5:00 h. El puerto de Clarabide, que parecía helado, se abría al sureste, y el de Aygues-Tortes al suroeste […].

”A dos horas de la cabaña de Aygues-Tortes, descendimos al norte sobre dos pequeños lagos que estaban alimentados por el glaciar del Bachimala, colgado en el flanco oeste del pico. Era un desierto por todas partes, sin un solo arbusto: sin embargo, la hierba reapareció en la orilla de los pequeños lagos azules (¿a 2.500 metros?). Desde allí, en lugar de continuar hacia el norte y de bajar una hora después sobre el puerto de la Pez, decidimos descender por la izquierda (al noroeste), para remontar seguidamente al puerto de Caouarère (2.530 metros), y de ese modo volver a cruzar a Francia antes de la noche.

”Dicho programa fue ejecutado al pie de la letra, si bien fue precisa toda la sagacidad y la sangre fría del vigoroso cazador Tardos para que lográramos bajar por un precipicio que caía al oeste de los lagos del Bachimala, sobre la garganta española de la Pez. Fue vertiginoso. Tuvimos que permanecer a la izquierda, muy cerca de esta interminable cascada de la que he hablado en otras ocasiones. ¡Dos cabañas colgaban en los flancos del abismo! Con niebla, no hubiéramos podido salir. Era una bajada vertical de unos cuatrocientos metros.

”Finalmente llegamos abajo sin habernos roto nada. Franqueando de este a oeste el torrente español de la Pez, hacia las 16:00 h comenzamos la interminable subida del puerto de Caouarère. Todo era de una gran esterilidad hasta perderse de vista, salvo por abajo. Esta zona situada al oeste y al noroeste de nuestra posición, hacia el Batoua [o Culfreda], parecía un desierto: había pendientes casi nulas, aunque muy largas, lo cual explicaba la altura del puerto (2.530 metros). Definitivamente lo atravesamos cuando eran las 18:00 h. Los caballos podían subir hasta aquí por España, si bien la bajada por Francia les resultaría difícil. Este puerto se llama también de la Madera.

”Tras un tan largo como rápido descenso al oeste-noroeste, llegamos de noche al execrable albergue llamado en plan de burla hospicio de Riou-Mayou (1.560 metros). Allí cené una sopa de leche y los restos de pescado en conserva, del que siempre hago provisión en las montañas. Dormimos sobre el heno, ¡porque no había camas! Sin embargo, ¡qué maravilloso lugar para pasar una semana si hubiese un albergue en condiciones! Es uno de los lugares más alpinos, boscosos y seductores de toda la cadena pirenaica”.

Llegamos a la jornada crucial de la exploración fronteriza de Henry Russell. Con el ascenso a cierto tresmil como plato fuerte. Aquí va el texto de esta primera literaria, que no absoluta, dado que constató que había una torreta sobre la cima de Culfreda/Batoua. Sin duda alguna, algún cazador, o contrabandista, o cabrero, se adelantó al siempre honesto Señor del Vignemale:

“Al día siguiente, el 18 de agosto [de 1874], reenvié al cazador Exuper a Génos. Rematé favorablemente, junto a Firmin Barrau, este ascenso al Batoua [Culfreda] por Francia; es decir, por el noroeste. Excursión fácil y muy bella, aunque larga y cansada: mucho más de lo que parecía.

”A cinco kilómetros al norte del hospicio de Riou-Mayou, una vez se llega a las cabañas y puente de Péguère (1.388 metros), se ve abrirse por la derecha (al sureste) un vallecito muy boscoso que se encuentra limitado y dominado por una montaña de altura y masa aplastantes. Sobre la cima de la misma se divisaba, incluso a simple vista, una pequeña torre: era el Batoua. Un pico completamente negro; se hubiese dicho una muralla monstruosa de metal que parecía asustar al cielo. Tenía la forma de un león acostado, aunque amenazador, cuya cabeza quedaba a la izquierda (al noreste), y la cola al suroeste. Entre ambas, la cresta se arqueaba de la manera más graciosa y, todo lo largo del precipicio que caía sobre el valle de Péguère se dibujaban grandes arrugas que simulaban perfectamente la melena.

”Nos perdimos tres o cuatro veces por los espesos bosques que tapizan todo el bajo vallecito de Péguère, donde, remontando por la orilla izquierda, nos acercamos en exceso al arroyo del Batoua. Hay que tomarlo como guía, si bien permaneciendo muy alto sobre la orilla izquierda, donde serpentea entre los abetos. Hay un sendero bastante bueno, aunque difícil de encontrar. Subimos al sureste (hay fresas por todas partes). Una vez fuera del bosque (a tres horas del puente de Péguère), la zona aparecía libre y despejada. Nos encontramos en la entrada de una especie de embudo o de circo, sin un solo árbol, recubierto de céspedes y con tres o cuatro fuentes exquisitas. Había una buena cabaña a la derecha y la muralla del pico de Batoua quedaba justo enfrente. Desde aquí se veía subir hacia el sur un barranco amplio y empinado. Este año [de 1874] se hallaba completamente lleno de guijarros polvorientos y sueltos, si bien era probable que estuviese recubierto por la nieve en otros años. Por aquí realizamos la ascensión.

”Tras haber escalado un talud de rocas blancas desde donde caían varias cascadas, atacamos un largo barranco de piedrecillas sueltas que nos exigió cerca de una hora. Fue una ascensión agotadora: a cada paso desencadenábamos un torrente de guijarros y pizarras que nos hacía retroceder. Tuvimos que escalar con las manos. Con nieve veinte minutos hubiesen sido suficientes, con cinco minutos más para el descenso… Pero ese año faltaba por todas partes.

”En una hora y cuarto (desde la salida de los bosques) llegamos a un amplio collado (¿a 2.800 metros?), abierto a la derecha del pico: era la frontera. Giramos a la izquierda (al noreste), para seguir una cresta interminable cuyo punto culminante formaba la cima del Batoua. No había ningún peligro: tiene casi por todas partes unos dos metros de anchura y, por la derecha, la zona era fácil, mientras que por la izquierda, en Francia, había un precipicio soberbio, donde divisé un pequeño glaciar con varias grietas. Por el horizonte, hacia el este, el Aneto se dejaba ver por un instante: después se escondió detrás del Bachimala. Eran ya las 18:00 h… ¿Llegaríamos al final de esta cresta sin fin que ondeaba como las olas del mar? ¿Dónde dormiríamos? No pensemos en ello: dormiría aquí mismo con tal de no renunciar a este bello pico. Finalmente nos encontramos ante la torre de la cima (3.035 metros). Hacía cinco horas que habíamos dejado Riou-Majou, caminando a toda prisa. ¡Eran las 18:30 h! El sol sangrante caía por el oeste sobre un mar de montañas: el brillo intolerable de su luz, cegándonos, hacía aparecer una sombra negra como la noche. Las gargantas de Francia estaban enteramente cubiertas por una niebla horizontal, cuya superficie se hacía de un azul lívido. Pero en España todo era todavía luminoso y ardiente… Había un silencio tan extraño como absoluto… Disfruté al encontrarme allá arriba a esa hora, con una tarde tan bella: por un instante me pareció que era el lugar natural del hombre, donde se tranquilizaba y se purificaba el alma. ¡No existe pasión alguna que no se adormezca a estas alturas, salvo el entusiasmo!

”Hacia el sureste, en España, se veían bajar hasta perderse de vista unas soledades melancólicas, sin árboles, sin una sola casa, sin huellas humanas… No pertenecían más que a Dios, al viento y a los sarrios. Pero el sol ya había desaparecido: se ensombrecían e iba a helar. Era preciso descender, aunque ¡vaya pena!

”Por estas pendientes tan desnudas, se podría realizar desde España la ascensión al Batoua. Dejando el torrente y la garganta española de la Pez, a medio camino entre el hospital de Plan y el puerto de la Pez, y subiendo hacia la izquierda (noroeste), se llegaría en unas dos horas y media a la cima sin el menor esfuerzo […].

”¡Qué maravilloso observatorio es para estudiar los grandes picos españoles de la región de Chistau! Están todos aquí, muy cercanos: los Posets, Suelza, Cotiella, etcétera. Hacia Francia la vista resulta igualmente magnífica: Vignemale, Anie, Aiguillous, Campbieil, Arbizon, etcétera, etcétera. El precipicio del lado noroeste [de Batoua] es formidable: cae unos seiscientos metros casi verticalmente. La punta bastante característica que aparece al noreste es el Balinet (2.970 metros).

”Era casi de noche cuando emprendimos un descenso que, sobre las rocas blancas bajo el gran barranco, se hizo bastante escabroso entre las sombras. Sin embargo, su blancura nos rindió un gran servicio, y aunque fatigados por un largo ayuno, tuvimos que acostarnos en la excelente cabaña citada anteriormente, a 2.200 metros de cota. Había fuentes deliciosas y bosques a discreción”.

De esta manera encantadora propagaba Henry Russell su ascenso al Culfreda/Batoua de 1874. Su León Acostado. Un tresmil tan aconsejable como sencillo…, cuando el clima y la nieve lo permiten.

Nuestro explorador cerró el capítulo dedicado a este reconocimiento fronterizo de cinco jornadas con una observación que hoy se catalogaría como conservacionista. Se refería a los accesos de la ruta:

“¡Cómo han cambiado los tiempos desde que escribí estas líneas [en 1874]! ¡Los caballos suben hoy [1908] hasta el lago de Caillaouas! ¡Y sin que nadie se abochorne! ¿Cuándo lo harán los dirigibles y los automóviles?”.

Antes de que comiencen a llegar los zepelines a la montaña, aprovechad para visitarla. Si es posible, de la mano de ese número de enero de una revista Grandes Espacios que se dedica a “Pirineos: los 10 tresmiles más fáciles”. Atentos: el adjetivo final va en cursiva.

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Comentario

    • Estoy contigo, José… Tampoco me canso nunca de su suave humor y, sobre todo, de sus recorridos por una alta montaña pirenaica que solo veremos a través de su pluma…