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Entre Serrablo y Sobrarbe

A veces se habla de un modo ligero de las actividades de esos cartógrafos foráneos que, durante el último tercio del siglo XIX, trazaron los primeros mapas montañeros del Alto Aragón. Se les suele juzgar, casi invariablemente, desde un desconocimiento absoluto de los trabajos que acometieron sobre este terruño áspero. Hora es de realizar un pequeño homenaje a unos pioneros que destinaron grandes dosis de esfuerzo y de talento a dibujar las más madrugadoras cartas de las regiones montuosas de Huesca…

Dentro de la pléyade de eruditos que llegó desde el Norte, destaca la figura de Édouard Wallon. Sin mayores preámbulos ni explicaciones, nos centraremos hoy en las campañas acometidas entre 1877 y 1882 por este natural de Nantes. Veamos cómo esbozó los mapas iniciales de ciertas elevaciones entre el Gállego y el Ara…

Parece que su resolución de explorar, orógrafo en ristre, los montes del entorno del Serrablo fue tomada desde la cima del pico de Tendenera, allá por el verano de 1876. Con su catalejo, Wallon comenzó a fijar las metas de sus siguientes trabajos cartográficos. No creo que intuyese que el alzado de los pliegos de aquella zona compleja le reclamara buena parte de los seis estíos siguientes.

Desglosar las peripecias wallonianas por estas difíciles regiones daría para un libro…, muy similar al que se editó con sus andanzas por Tena. En esta entrada me centraré únicamente en la colaboración que nuestro bretón obtuvo de altoaragoneses de todas las clases sociales. En contra de lo que con frecuencia se piensa en Aragón, de sus mapas fueron también artífices los moradores de la zona.

Arranquemos ya con la campaña de 1877… A mediados del mes de julio Wallon estuvo reconociendo, desde su base en Biescas, el sector del Cotefablo, para luego ir trasladándose hacia el Sobrarbe occidental. Primeramente, sin salir de los caminos de mulas. Así, en el puerto del Cotefablo se encontró con un carabinero en viaje de servicio que, tras ser informado de sus propósitos, le brindó toda suerte de informes sobre la ruta mientras le acompañaba hasta Torla. Este tipo de contribuciones hispanas iban a ser una constante, como de aquí en adelante se verá.

Édouard Wallon regresó el 27 de julio de 1877 para efectuar una segunda ronda con su guía predilecto, Pierre Pujo. En Sarvisé contactó con Blas Ballarín, quien le daría detalles sobre los recorridos proyectados. Además, para facilitar su tarea, le cedió a un joven criado natural de Bergua y le prestó un mulo. El grupo franco-hispano pasó, pues, por Bergua para que el chico saludara a su familia, y acto seguido acudió a Escartín para dormir. En este último pueblecito se alojaron en casa de Domingo Escartín, quien les acompañó al día siguiente con el fin de aclarar las posibles dudas sobre el terreno. En su recorrido cartográfico del 29 de julio pasarían por Basarán, Otal, Ainielle, Bergusa, Oliván, Orós Bajo, Orós Alto y Biescas. Aquí, nuestro nantés conectó con el mulero Miguel Gabín, buen conocedor de la toponimia local.

El objetivo walloniano del verano de 1878 no era otro que alcanzar, en sus andanzas recolectoras de nombres autóctonos, cotas y ángulos, la línea sur de las sierras aragonesas. Sus campañas arrancaron el 7 de julio desde Saqués, en compañía de los guías Clément Latour y Vicente Faure. Este último, nativo de Panticosa, le presentaría en Senegüé a Ramón Albertín, quien ayudó mucho con los esquemas ya dibujados del tramo Biescas-Tena.

La segunda tanda se inició el 25 de julio de 1878 en Broto. Una villa donde el francés amplió sus datos gracias a su notario, Constancio Gil. En Fiscal haría lo propio con Mariano Sampietro, amigo de Blas Ballarín de Sarvisé, quien le escribió la oportuna carta de recomendación… Al día siguiente, Wallon y Pujo salían para sus exploraciones cartográficas rumbo a la collada de Fenez, acompañados por un hijo de Mariano de unos diecisiete años. En la collada de Sobas les sonrió la suerte, pues unos pastores acudieron para ver cómo manejaba sus aparatos orográficos. Durante la consiguiente comida colectiva sobre la hierba, obtendría de ellos reseñas sobre los relieves de estos montes. El bretón prosiguió su itinerario hacia Yebra de Basa y el Puente de Sabiñánigo, donde se alojó en casa de Ramón Campos…

Para entonces, Wallon debía de haber comprendido la complejidad de aquellas demarcaciones remotas de las que no existía mapa previo alguno. Así, regresó a este teatro de operaciones el 18 de agosto, situándose en Fiscal junto a Pierre Pujo y el joven hijo de Blas de Sarvisé. En esta ocasión partirían hacia río Guarga, para marchar rumbo a Lavelilla y Boltaña. En esta villa sobrarbesa Pujo buscó a un nativo que conociera el sector de Boltaña-Fanlo. De nuevo les favoreció el destino cuando entraron en tratos con Joaquín Juste. Este altoaragonés les condujo desde Ascaso hasta el vértice de Santa Marina. También les brindó otros detalles, como la romería hasta el viejo cenobio de su cima. Nuestro trío bajó después a Yeba, donde acudió a casa de un primo de Joaquín llamado Francisco Buesa. Coincidirían en la población con su padre, un cazador que conocía perfectamente estas montañas: durante una hora, el oscense ayudó a Wallon a corregir sus notas; sobre todo, en la ortografía de los nombres… El 20 de julio nuestro cartógrafo salía hacia Fanlo, para cerrar su círculo de descubiertas en Sarvisé.

Saltaremos hasta las operaciones del hombre de la Alta Bretaña acometidas durante 1880. El 4 de julio se encontraba con Pierre Pujo en Broto, saludando a su amigo Constancio Gil. Como de costumbre, Wallon marcharía para alojarse en la casa de Blas Ballarín en Sarvisé. Este último le buscó un guía para sus recorridos por la sierra de la Solana, presentándole a Antonio Castillo, originario de Buesa. La nueva misión cartográfica abandonaba Sarvisé el día 5, para subir con sus aparatos hasta el cerro de Furcalo. De camino a Lusiarre, tuvieron un encuentro con dos pastores de la casa de Constancio que conocían perfectamente aquellos montes y que le brindaron explicaciones más que holgadas. De hecho, les acompañaron hasta la punta de Lusiarre y la de Asín, unas atalayas que recomendaron al cartógrafo porque “se veían grandes distancias desde allí”. De nuevo hubo generosa recolecta de topónimos gracias a estos pastores… El siguiente avistadero fue la punta de Suerio. Wallon constató sobre este remate una torreta de piedra muy bien construida, aunque no llegó a informarse de quién pudo alzarla. Posiblemente, algún grupo de nativos, por encargo de los responsables de la I Brigada Geodésica del comandante Enrique Uriarte, cuyos trabajos se extendieron desde la punta de la Virgen de la Peña, el 11 de agosto de 1864, hasta la señal de Canciás, el 23 de agosto de 1864. Dieciséis añadas después, las más que probables referencias en piedra de los geodestas nacionales servían como límites de los pastos. El galo dijo que avistó muchas.

Édouard Wallon bajó hasta Cajol para visitar a Narciso, un conocido suyo de otros reconocimientos, en cuya casa se alojó. Comentó el nantés que le proporcionaría “multitud de datos”. Además, le informó de que, para su ascenso proyectado a Comiello, hallaría por el camino a muchos pastores, siempre al tanto de los secretos de sus montes e invariablemente amables… Salieron hacia dicho puntal el 6 de julio de 1880, alcanzando antes la collada de Burgasé. En efecto: la punta de Comiello era una balconada óptima para sus observaciones, pues en una jornada de cielos limpios se avistaba multitud de cimas lejanas… Justamente, un pastor los vio y se acercó para la consabida charla, obsequiándoles con nuevos detalles de la zona. Tras la sesión de trabajo sobre la cima, almorzaron todos juntos. Por lo demás, dicho altoaragonés les encaminó acertadamente hacia Fanlo. Pasarían la noche en la casa de Jorge Palacio en Buerba, siguiendo la recomendación de Narciso.

El grupo de Wallon partía el 7 hacia Escalona, donde visitaron a María Nabal, y obtuvieron “buenas reseñas” de Francisco Bielsa, antes de regresar a su base en Sarvisé. Desde este núcleo sobrarbés, salía el 12 de julio hacia la entonces collada de Munchayo, rumbo a un cerro denominado de Otal, cercano al conocido como Polopín. Bajaron luego hacia Yésero, no sin charlar antes con dos pastores cerca del barranco de Erata. Como Castillo conocía en Yésero a Manuel Gil, se resguardaron en su casa. El 13 reiniciaban su camino hacia Biescas, donde se Wallon se separó de su guía Antonio Castillo, de quien “quedó encantado”.

Todavía hubo otra nueva campaña para explorar valle del Ara en agosto de 1880. Como objetivo prioritario: la peña Canciás, un balcón privilegiado que no había podido subir previamente por falta de tiempo. Nuestro cartógrafo arrancó su descubierta desde Sarvisé, tras haberse informado antes en casa de Blas. Esta vez, Wallon y Pujo reclutaron  como guía a un pescador de truchas del Ara, Miguel Aznar, que conocía la aproximación hacia Canciás. El galo se tendría que consolar con eso, dada la “dificultad para encontrar en España algo más que porteadores”. Iniciaban su ascenso el 26 de agosto, plantándose frente a las defensas norteñas de dicha elevación. Entre ambos guías idearon una ruta de acceso entre los muros de Canciás que tuvo éxito, abriéndoles esta cima estratégica. El nantés pasaría dos horas en ella, tomando notas y dibujando croquis. No era para menos: aquel resalte se encontraba “en medio de las regiones montañosas de la provincia de Huesca”. De regreso a Sarvisé, continuó corrigiendo datos de la zona de Biescas hasta 29 de agosto.

Resumiré la campaña de 1881 de Édouard Wallon y Mathieu Haurine. Las acostumbradas caminatas les conducirían hasta las peñas del puerto de Santa Orosia o de Oturia. Otro de los vértices esenciales que no consiguió visitar antes. En la casa de Blas Ballarín en Sarvisé le recomendaron como auxiliar a José Ferrer, a quien nuestro nantés no tardó en llamar Pepe. Salieron el 31 de agosto hacia Cortillas, donde el guía local tenía amigos: Francisco Lope y Lope, quien les prestó a un joven pastor de la casa que guardaba el ganado en la cima de Oturia. Una vez sobre dicho vértice, constataron su “gran torreta piramidal”… Probablemente, obra de los discretos geodestas españoles que les precedieron. Al día siguiente marchaban hacia Sarvisé por otro camino: Basarán, Ainielle…, y la cima de un monte de 2.030 metros que, según les dijeron, se llamaba Pouy de Buey. Hoy se prefiere decir Erata.

Es tiempo de pasar al último recorrido walloniano por el entorno serrablés. Junto a Haurine, nuestro cartógrafo realizó una serie de “excursiones complementarias” con las que rematar sus recolectas de datos. El 1 de septiembre de 1882, ambos franceses dormían en Biescas. Al día siguiente les acompañó por sus alrededores Miguel Juan Gabín. Con el fin de rectificar alguno de sus datos, el bretón pudo acceder a las cifras de las nivelaciones realizadas por el ingeniero Saturnino Bellido… Por lo demás, Miguel le recomendó subir hasta cierta punta de Bué, ahora denominada de Güé… En Escuer se encontraron con Nicolás Pueyo, maestro y secretario de la alcaldía, quien les daría indicaciones muy minuciosas para este nuevo ascenso. Según el nativo, era una empresa “fácil, pues había vacas hasta la cumbre, aunque también fuera fácil extraviarse”. Es lo que sucedió: los senderos se perdían en el bosque y fue preciso que Wallon se orientara con la brújula. Todo terminó de un modo feliz: con tres horas trabajo sobre esta punta de vistas excepcionales. Bajaron luego hacia Larrés, donde se alojaron en casa de José Belio, a quien conocía su guía Miguel…

A resultas de estas campañas entre 1877 y 1882 por el Serrablo y el Sobrarbe, Édouard Wallon pudo ir trazando sus mapas. También Franz Schrader y Ferdinand Prudent, con quienes colaboraba. A la par, éstos cederían dichos pliegos a sus colegas hispanos para que los cotejaran con las propias colecciones de topónimos, cotas y de ángulos…, que también compartían con los galos. De esta manera se hincaron los cimientos de una obra coral que, con las diversas correcciones lógicas, ha llegado hasta nuestras manos en forma de mapas excursionistas.

Un detalle más para loar la tarea de Édouard Wallon en este trocito del Pirineo tan poco difundido. El hombre de la Bretaña narró gran parte de sus peripecias en diversos Anuarios del Club Alpin Français. ¡Mapas de montaña y relatos de descubiertas!: lo dejó todo listo para que, aunque fuese con cuentagotas, comenzaran a acercarse los primeros turistas por estos bellos decorados oscenses…

Así nos confeccionaron los primeros mapas detallados. De este modo nos efectuaron las inaugurales difusiones turísticas. No sé si alguien les ha reconocido a estos foráneos todos sus desvelos. En los últimos años parece como si Aragón se hubiera vuelto una tierra de desagradecidos que solo piensan en sus torpes manejos politizados…

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11 Comentarios

  1. Pues sí: las mejores fuentes toponímicas que podemos manejar en la actualidad son, precisamente, todos estos retazos que nos brindas sobre las andanzas de los pioneros pireneístas, en su mayoría galos, que, además, se molestaron en reseñar por escritos sus experiencias. Y todo, al margen de los comprensibles errores ortográficos o auditivos y de las consabidas variantes fonéticas de sus informadores.
    El personal autóctono tiende hoy indefectiblemente a citar la toponimia que ha visto reflejada en los mapas que maneja. Por eso, ya no es fiable acudir a los residentes en las poblaciones pirenaicas.

    • Pienso lo mismo, José… Es interesante que se sigan recolectando datos, pero su valor actual, sentimentalismos aparte, resulta muy dudoso… Nuestro consejero más interesado en asuntos lingüísticos haría bien, si quisiese hacer un trabajo potable, en buscar, por ejemplo, las notas recolectadas sobre el terreno por Wallon, Schrader, Saint-Saud o Heïd durante el siglo XIX… O, más fácil aún: las de Pascual Galindo, primer vicepresidente de Montañeros de Aragón e investigador de la toponimia pirenaica hacia 1927… Tranqui, que no se tomarán la molestia: la invención es más rápida, sencilla y barata…

      • O, cuanto menos, un serio indicio de que estos cartógrafos «de fuera» iban en la buena dirección… Que se preocupaban por obtener topónimos e indicaciones de los nativos, como cualquiera no politizado podría suponer…

  2. Fantástico Alberto. de nuevo a la carga con la toponimia de las montañas de Aragón. aunque no sea de tresmiles da una idea de como operaban los cartógrafos «llegados desde el Norte». Muy detallado tu trabajo. Apasionante.

    • Es inevitable que aparezcan los temas toponímicos a poco que se pasee uno por la historia pirenaica. No te apures, que hay textos de este tipo desde antiguo, pero eso no interesa lo más mínimo a los señores que gestionan (por decir algo) nuestra toponimia de montaña… Prefieren elucubrar y tomar decisiones personalistas, totalmente de espaldas a la crónica histórica… Escrita por montañeros, casi siempre, pero con datos suministrados por montañeses, las más de las veces…

        • Tranquilo, Luis, que en cuanto haya dinero para «aragonesizear», ya se sacarán alguna historia nueva de la manga para seguir con su «Aragón Imaginario». En cuanto a lo de «tener vergüenza» por tratar de que cuelen sus imposiciones sin que medie explicación alguna, pues no creo que sea este un problema para este tipo de gente…

      • Tengo los enlaces que me pasaste, Alberto. Visto lo visto no puedo creer que ciertas personas sigan mudas. Igual «quien calla otorga».

        • Bueno, a mí no me sorprende, Doble-A… ¿Qué quieres que expliquen? ¿Que en la mayoría de los casos, los topónimos que tratan de endilgarnos una de sus ocurrencias? ¿O un localismo sin ningún tipo de trascendencia, fuera de las cuatro paredes de quien lo haya podido usar…? No creo que se atrevan a decir: pues bien, aunque somos un partido minoritario, hay otro partido que necesita nuestros 2/3 escaños del parlamento de esta Autonomía de un millón y pico de almas, por lo que hemos obtenido un feudo y hacemos allí lo que nos da la gana, que esas son las reglas de juego… ¿Que no nos gusta el topónimo de un tresmil?: pues creamos una Comisión que, de forma monolítica y en un tiempo récord, inventa una generosa tanda de nombrecillos que suenan a autóctonos, la mayoría sin presencia en documento alguno anterior al año 2000, y largamos razones rimbombantes sin explicar nada de nada… Y que todo el mundo diga: ¡amén!