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Pirineístas galos en santuarios oscenses

Resulta complicado resumir en un par de entradas la tarea acometida por esos cartógrafos que vinieron desde el Norte durante el tercio final del siglo XIX. En esta ocasión me limitaré a brindar unas pocas pinceladas con las que ilustrar su papel en el terreno de la difusión turística del Pirineo oscense. Por ejemplo, en lo referente a ciertas peregrinaciones tradicionales sobre las que poco o nada se había escrito antes de que ellos las conocieran…

Como hemos visto en el artículo precedente, nuestro viejo amigo Édouard Wallon estuvo rondando las actuales comarcas del Alto Gállego y de la Jacetania en el verano de 1878. No tardó mucho en fijarse en uno de esos montes desde cuya cima podría vislumbrar buena parte del territorio a estudio. Así, pasando por el pueblecito de Larrés, se percató de que “por el lado este-sureste, más allá del río Gállego, se escalonan las bellas terrazas de calcáreo rojizo de las peñas del puerto de Santa Orosia (1.919 metros)”. Poco después, volvía a reparar en dicho relieve, si bien desde Jaca:

“Al atardecer me instalé para trabajar algo fuera de la puerta Norte de la villa, casi en los taludes de la Ciudadela. Desde allí había unos puntos de referencia excelentes: las peñas Collarada, Oroel, Orosia, Canciás, etcétera. Algunos oficiales, viendo semejante despliegue de instrumentos, se me acercaron, planteándome preguntas sobre el fin de mis trabajos. Sin duda que les dejé por completo satisfechos, pues enseguida mostraron una amabilidad extrema y me proporcionaron cuanta información necesité”.

Finalmente, en el curso de su exploración del río Basa, el bretón se informó sobre aquella montaña clave para comprender la orografía circundante. Lo explicaba en su informe del 26 de julio de 1878:

“Más allá de Sobas, el sendero mejora mucho y continúa, casi al mismo nivel, en dirección oeste. Aún queda lejos el río Basa, y sigue una serie de terrazas que terminan en unas aristas destacadas de las montañas de Santa Orosia, que se alzan al norte, separando así el valle de Basa del barranco de Oliván. Descendemos los taludes de un barranco y alcanzamos la orilla izquierda del arroyo de Santa Orosia que llegan del noreste. Era arroyo, de una limpidez cristalina, se forma de una enorme fuente que brota cerca de la Ermita o capilla de San Cornelio, un lugar célebre de peregrinación. La peña de Santa Orosia (1.919 metros) domina el circo de roquedos donde se encuentra la gruta de la fuente. La senda, siguiendo la orilla izquierda de dicho arroyo, da un giro brusco al sur para alcanzar el pueblo de Yebra (869 metros)”.

Pero los avatares cartográficos se conjuraron para que Wallon no pudiera ganar la peña Oturia, como era su intención. Terminó ese mismo estío en la fonda de Antonio Menac en Boltaña, desde donde envió a su guía de confianza, Pierre Pujo, para que le localizase a alguien que conociera la aproximación a otro de los resaltes míticos del Sobrarbe. Podemos constatar el éxito de sus gestiones:

“A las 9:00 h dejábamos la villa [de Boltaña], para regresar al camino carretero hasta el barranco de Ascaso. Allí, nuestro nuevo guía, el señor Joaquín Juste, nos hizo abandonar esta ruta para subir hacia el norte por la orilla derecha del torrente.

”A las 10:00 h estábamos en Buerda de Santa María, de construcciones confortables.

”A las 10:30 h, en Ascaso, un pueblecito desde donde las vistas se extendían hasta muy lejos. Hasta allí, el sendero estaba muy bien trazado, pero, en adelante, era preciso subir por donde se podía. Viramos hacia el noroeste por una pendiente difícil de esquistos y gres, entre los cuales crecían algunos bojedales magros. No hubiésemos podido orientarnos si, de tiempo en tiempo, no hubiésemos percibido los muros blanqueados con cal de la célebre ermita de Santa Marina, colgada sobre la cima de la montaña. El ascenso no fue peligroso, aunque, a pleno sol, resultó penoso.

”A las 12:25 h llegamos a la cima y ermita de Santa Marina. Había una capilla rodeada de construcciones primitivas destinadas a cobijar a los romeros que suben allí desde los pueblos cercanos en ciertas épocas del año.

”Antes de seguir adelante me voy a permitir una corta digresión sobre el tema de las romerías españolas. Tales fiestas, a la vez religiosas y profanas, consiguen unir en gran medida los placeres mundanos y las ceremonias de culto. La fiesta comienza por la mañana a través de las prácticas devotas que dirige uno de los sacerdotes de la zona, y seguidamente continúa con los juegos y bailes más animados. Para acudir a la romería, los hombres se ponen sus más ricos trajes, y las mujeres se cubren con mantones con los colores más llamativos. El rojo, el verde, el amarillo, el blanco y el azul son los colores dominantes, y se mezclan de todas las formas posibles en medio del frenesí de la jota aragonesa. Ese mismo año [de 1878], bajando del puerto de Gavarnie [o de Bujaruelo] junto a Pujo, caímos en plena romería a la ermita de Santa Elena, en la garganta de Bujaruelo. Asistimos a la fiesta y, por la noche bajamos hasta Torla con la tropa de romeros que regresaban, cantando a todo volumen los temas nacionales con acompañamiento de gaitas, flautas, guitarras y demás instrumentos.

”Tras estas líneas dedicadas a unas fiestas poco conocidas en Francia, regresaré a la cima de Santa Marina, de 1.821 metros de altitud. La capilla se encuentra edificada justo en el borde de una muralla cortada a pico muy elevada, y en el punto culminante de la cresta que, en este lugar, forma una pequeña meseta. Dicha muralla, cuya extensión es considerable, forma el origen de la vertiente occidental. La cresta se orienta de suroeste a noreste. Santa Marina domina todo su entorno y, por consiguiente, es el centro de un panorama tan amplio como maravilloso, del que daré sus trazos principales.

”Al norte, el macizo del Marboré y del Monte Perdido, soberbio en sus formas y en su majestuosidad. Sus nieves meridionales, cuya importancia se constata desde aquí, resplandecen. Era quizás la primera vez en que podía medir la extensión del bello glaciar que se extendía por el flanco occidental, entre el Soum de Ramond y el Monte Perdido. Dicho macizo continuaba hacia las bellas crestas de Añisclo y de las Partes. Por este costado norteño, todo se abatía geométricamente, desde la cumbre del Monte Perdido, hasta el río Ara, formando un amplio plano inclinado cortado por las profundas grietas que habían formado los actuales valles […].

”La atmósfera, de una pureza perfecta, me permitiría distinguirlo todo en esta circunferencia inmensa. Así, pude trabajar mucho durante las tres horas que pasé en Santa Marina”.

El turismo foráneo, el único prácticamente activo por aquellas fechas, tuvo noticia, a través de estas líneas wallonianas, de la existencia de estas tres romerías altoaragonesas. En la difusión temprana de estas tradiciones no tardaría en sumársele otro colega del hombre de Nantes: cierto natural de Burdeos llamado Aymar de Saint-Saud. Quien se le adelantó, por pocos días, en subir su orógrafo hasta los conocidos como puertos de Santa Orosia.

Antes de acompañar a Saint-Saud en su aventura a caballo del Alto Gállego y el Sobrarbe, podemos curiosear en el apunte correspondiente dentro de sus Cinquante ans d’excursions et d’études dans les Pyrénées espagnoles et françaises (1924). Desde estas memorias del verano de 1881 también informaba de esta peregrinación de altura:

“Uno de mis amigos de Madrid estaba ese año en los Baños de Panticosa. El presidente del Consejo de Ministros, el señor Sagasta, se encontraba allí igualmente. Como me hizo el honor se interesarse por mis estudios, por lo que fui para que me presentaran. Tras acudir a esta sobria estación termal, aproveché para realizar una punta, a pesar de los calores de agosto, en la sierra del Monrepós y en el tozal del Águila, cerca del Salto de Roldán, ascendiendo luego el Alto de la Autoria [hoy se prefiere Oturia o Auturia], en los puertos de Santa Orosia, la célebre patrona de la diócesis de Jaca, cuya fiesta y procesión tan curiosas atraen a esta villa una multitud con trajes y costumbres originales”.

Nada como recurrir a las fuentes originales. En este caso, como en tantos otros, el Annuaire du Club Alpin Français de 1881 (1882). Dentro de las “Courses en Sobrarbe (Pyrénées aragonaises)”, Aymar de Saint-Saud habla de una campaña exploratoria que le llevaría de peregrinaje cartográfico por Torla, San Felices, Otín, Rodellar, Bentué de Nocito, Arguis, Rasal, Jaca, San Juan de la Peña, Javierregay, Ansó, Canfranc… Con ascensos, entre otros vértices, al pico del Águila, al Tozal de Guara, al Pusilibro, al Cuculo, al Algaralleta, al Rincón de Alano… Pero hoy nos interesa su capítulo dedicado al tramo “De Panticosa al Mesón Nuevo por el pico de la Autoria”.

Así, nuestro hombre abandonaba el balneario panticuto para pernoctar en Javierre del Obispo, donde le acogieron en la Casa Oliván. El bordelés refirió de este modo su ascenso hasta la peña Oturia, el primero que se conoce por escrito, junto a dos compañeros:

“Al día siguiente [3 de agosto de 1881], con un guía local (llevaba también conmigo a Clément Latour, guía de Cauterets) que me procuró el alcalde, ascendí a la sierra del puerto de Santa Orosia, dominada por el pico o tozal de la Autoria [hoy, la peña Oturia]. Esta montaña me había parecido, durante mi recorrido de junio, que sería un excelente punto de observación. No me equivoqué. Llegué a la cumbre (1.921 metros) a las 8:00 h (está a dos horas y cuarenta minutos de Javierre), y salí de allí hacia las 12:00 h con un dibujo circular del horizonte que tenía ochenta y cuatro avistamientos de cimas trianguladas. Bajamos hacia Isún por los mallos de Isún (1.660 metros), que dominan a pico el valle del Basa, tras haber pasado por la capilla de santa Orosia (ermita de Santa Orosia, 1.615 metros).

”Dicha santa es la patrona de la diócesis de Jaca. Cuenta la leyenda que era la hija del Duque de Bohemia. Prometida a un príncipe español, cuando atravesaba los Pirineos cayó en manos de un cabecilla sarraceno. Seducido por los encantos de su cautiva, dicho emir quiso desposarse con ella, a lo que ésta se negó. Tras las súplicas, llegaron las amenazas, que ella rechazó siempre. Entonces hizo masacrar delante de los ojos de la princesa a la gente de su comitiva, amenazándola con una suerte similar. Orosia se mostró inflexible. Viendo que no podía vencer su resistencia, el mahometano le hizo cortar los brazos, después las piernas y finalmente la cabeza. El cuerpo de la mártir quedó desde entonces enterrado en la montaña de Yebra, donde, varios siglos después, un pastor lo habría encontrado. Es allí donde alzó un oratorio u ermita. El cuerpo [de Orosia] fue trasladado a Jaca, aunque la cabeza permanece en Yebra, desde donde se transporta procesionalmente hasta la capilla todos los años, el día de su fiesta, en medio de una gran concurrencia de gente. Es preciso añadir que al final del día la finalidad religiosa de esta ceremonia se olvida con demasiada frecuencia”.

Lo dicho: los fabricantes de mapas decimonónicos hicieron mucho por el turismo altoaragonés. El minoritario que llegaba desde septentrión, claro está, que el nacional podía considerarse como inexistente.

En esta historia de pirineístas y santuarios de montes oscenses nos falta un invitado. Porque Édouard Wallon tardó poco en imitar a su amigo de Burdeos. Como era habitual, difundiría su experiencia en los puertos de Santa Orosia dentro del mismo Anuario de 1881 mediante un apartado sobre “La peña de Oturia”. Podemos acompañar al bretón en su visita a dicho puntal por la vertiente sobrarbesa…

Si picoteamos dentro de su artículo sobre “Les confins de la Navarre et quelques courses éparses”, comprenderemos su interés (cartográfico) porque “quisiera hablar de las peñas del puerto de Santa Orosia, también llamadas Oturia, designación que adoptaré no porque sea la más local, sino por ser la más corta”. Una marcha que se planificó desde su base en casa de Blas Ballarín en Sarvisé, donde le presentaron como guía a Pepe Ferrer. Por su parte, Édouard Wallon había llegado con Mathieu Haurine, uno de los auxiliares predilectos de Henry Russell. Nuestro trío salía hacia Cortillas el 31 de agosto de 1881. Dicho núcleo se suponía el más próximo a la peña Oturia por el flanco del Sobrarbe. Reproduciremos en este punto su itinerario:

“Nos hallamos ante una casa de bella apariencia cuya puerta de entrada está dominada por el escudo de armas de la familia: sobre la mitad derecha hay dos lobos, y sobre la izquierda un carrascal y cuatro palos. Pepe sube y nos anuncia. Minutos después aparece el cabeza de familia, Francisco Lope y Lope, quien tras los cumplidos al uso nos ofrece la hospitalidad de su casa. Lo más urgente es almorzar, pues lo esencial para mí es perder el menor tiempo posible en esta operación. Mas, sabiendo por experiencia que en Aragón los preparativos de una comida resultan, por lo general, bastante prolongados, nos ponemos manos a la obra y, en una hora, nuestro almuerzo está preparado y consumido. Sobre las 12:30 h volvemos a estar en marcha, tras haberles prevenido para que nos preparasen una buena cena y camas para la noche. Con el fin de que llegásemos más rápido, don Francisco puso a mi disposición a un chico joven que, habitualmente, guardaba los rebaños de la casa hasta la cima de la [peña de] Oturia, por lo que conocía todos los atajos.

”Saliendo de Cortillas nos dirigimos hacia una amplia meseta en gran parte cultivada cuyas ondulaciones se elevaban, en rampas suaves, hasta los basamentos de Oturia. La recia masa de esta montaña aparecía por completo, por el oeste, a una distancia de unos cuatro kilómetros. Seguimos invariablemente la cresta de la meseta que, sin dejar de empinarse, no era sino una loma redondeada, hasta su punto de unión con Oturia. Por la derecha y al norte, un amplio barranco que nacía en la base de Oturia, se dirigía hacia el valle de Berbusa o de Oliván, después de haber descrito un semicírculo. Por la izquierda, al sur, los taludes de la meseta estaban labrados por las diversas ramificaciones del barranco Lata o de Cortillas.

”A las 13:30 h alcanzamos la extremidad de la meseta y comenzamos a subir por la vertiente oriental de Oturia, de inclinación regular aunque fuerte, y casi por todas partes herbosa. Dedicamos una media hora a superarla.

”A las 14:00 h me encontraba instalado sobre la peña de Oturia (1.921 metros). Las vistas eran muy amplias. Por el sur y el sureste se alineaban las sierras de San Julián, de Canciás y de Jánovas, y más alejadas las de Guara y de Monrepós. Por este costado, Oturia se unía a las peñas de Canciás a través de un cañón donde se abría la collada de Sobas. Al oeste, estaban las sierras de Oroel y de San Juan y, a sus pies, la canal de Berdún y los llanos de Jaca con sus numerosas poblaciones. Más cercanas, las llanuras de Cartirana y de Larrés y, al pie mismo de los contrafuertes de Oturia, los hermosos campos de cultivo del Puente [de Sabiñánigo], del Aurín y de Senegüé. Por el lado noroeste, sobre las planas de Jaca, los cañones, que comenzaban por el de la sierra de Ipas, formaban una serie de peldaños hasta la peña Collarada. Al norte estaban todas las montañas hasta la frontera. Y al este, hasta perderse de vista, los macizos más allá del río Ara […].

”El cielo estaba claro, pero el viento soplaba bastante fuerte. Me cobijé lo mejor posible tras la pirámide de piedras planas que coronaba la cima y me dispuse a sacar el mejor provecho del tiempo que pasé allí”.

Me repetiré: sinceramente, creo que en los últimos años no estamos mostrando en Aragón el agradecimiento que sería de ley hacia esos foráneos que se molestaron en visitarnos, hace unos ciento cuarenta años, para regalarnos los primeros mapas montañeros. Además de realizar una promoción temprana de las tradiciones y santuarios montañeses. Corren malos tiempos para las más elementales normas de (buena) educación…

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Comentario

  1. Creo que es inútil Alberto. Les fastidia a muerte que al Pirineo de Montañas llegaran antes los «gabachos». Que aquí nadie tuviera interés por las montañas. Es para preguntarse si también les revienta que la penicilina la descubriera un «guiri» y por eso se declararan objetores al tratamiento con los derivados de este medicamento. Esperando que algún Baturro con siete apellidos Baturros invente algo para detener las infecciones. Estaría guay.