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Nada de líos con la prensa

Como decíamos ayer… Antes del interludio russelliano-walloniano con el que se inauguró este 2020, se entiende. Y estoy refiriéndome a la última entrada del pasado año con las anécdotas de Roger Frison-Roche durante las Olimpiadas de Invierno de 1936. Siempre es oportuno servir alguna pincelada de este tipo para que no caiga el telón del olvido sobre un periodo negro de la historia europea.

Si se busca un cronista de aquella época en la que el nacionalsocialismo germano desplegaba grandes esfuerzos para no parecer tan peligroso como en realidad era, el autor de El primero de la cuerda parece un candidato adecuado. Atentos al currículo de Frison-Roche durante el consiguiente conflicto…

Cuando estalla la guerra con Alemania en 1939, nuestro hombre deja la Argelia donde residía para tratar de incorporarse a la unidad de Cazadores Alpinos donde había realizado su servicio militar. Viviría el colapso francés de 1940 en el frente de la frontera italiana, realizando servicios de enlace con las tropas de avanzada en los sectores más escabrosos de la línea de defensa. De regreso a África tras la derrota, en cuanto desembarcan los anglo-americanos se une al cuerpo expedicionario que estaba formando el general Juin. A finales de 1942, y ahora en calidad de corresponsal de guerra, acude al frente de Túnez acompañando a un grupo anticarro norteamericano. En una escaramuza fue capturado por un pelotón de soldados que, ironías del destino, eran alpinos alemanes. La Gestapo le amenazó en varias ocasiones con fusilarlo como espía debido a una tonta confusión de departamentos. Después de un periplo por varias prisiones italianas y francesas, gracias a la complicidad de unos amigos en el gobierno de Vichy, logra pasar a la clandestinidad y se refugia en Chamonix. En la Alta Saboya ayudaría a un grupo de la Resistencia como enlace y pasador a través de las montañas de las personas buscadas por los nazis…

Todos estos avatares los narra Roger Frison-Roche en el primer tomo de Le versant du soleil (1983). Dada su añada de edición, lo hace con un tono templado que no destila ni una pizca de odio. Aunque sin dejar de lado la denuncia de los métodos que empleó el nacionalsocialismo para presentarse ante el orbe, cuando más vulnerable resultaba, como algo diametralmente opuesto a lo que era.

Sumerjámonos de nuevo en el mundillo de los reporteros especiales franceses durante las pruebas de invierno de 1936. A través de un texto donde se entremezcla la historia del deporte blanco con el nazismo… Tras haber constatado en una primera entrada de esta serie la, digamos, bromita pesada que le gastara su compañero Alex Virot, veremos ahora cómo fue la (al parecer) involuntaria contrarréplica:

“La primera vez que aceptaron disciplinas alpinas en unos Juegos Olímpicos fue en Garmisch. Resultó necesaria toda la capacidad de persuasión y la cabezonería, totalmente británica, de sir Arnold Lunn, creador del [trofeo] Kandahar e inventor del slalom y del descenso, para que los países nórdicos, que se oponían con fuerza a ello, aceptasen algún compromiso. Así, serían excluidos de dichas pruebas los entrenadores y los monitores de las diversas escuelas de esquí. A ello se le añadiría el problema del profesionalismo, dado que la Federación Internacional de Esquí juzgaba, con razón, que solo era profesional quien obtenía provecho de las competiciones, pero que la enseñanza del esquí en una escuela no predisponía en absoluto a la práctica en dicha competición. Pero eso era lesionar gravemente a las naciones alpinas; sobre todo, a Suiza y Austria, reinas del esquí alpino. Por añadidura, no habría medalla de oro para la prueba combinada de descenso y slalom. Sin embargo, la trampa se volvió contra los noruegos, que tenían en la modalidad de descenso al más importante saltador de la época: Birger Ruud, el Hombre Pájaro. Birger Ruud jamás había practicado el descenso, pero su adaptación a las grandes velocidades y su sangre fría lograron maravillas. Se cobró la prueba de descenso pero, por desgracia, no pudo clasificarse en la de slalom.

”Otra sorpresa la proporcionó una patinadora noruega, Leila Schou Nilssen, que ganó el descenso femenino. Sin embargo, lo mismo que Birger Ruud, fracasó en slalom. Desde ese momento, el éxito aplastante de los alemanes quedó asegurado [en slalom]: Hans Pfnur quedó el primero, Lantschner el segundo, y…, Emile Allais consiguió nuestra primera medalla de bronce [para los franceses].

”[Alex] Virot, [Roland] Lennad y yo quisimos reconocer [como corresponsales deportivos] al detalle la pista sobre la que se llevaría a cabo el descenso.

”El día de la prueba subimos a la cumbre del Kreuzek. El recorrido era muy delicado: las pendientes del Kreuzek se veían atestadas cada fin de semana por los millares de esquiadores bávaros que llegaban desde Munich en trenes especiales. La nieve estaba dura como el mármol, helada, difícilmente esquiable para un debutante. Virot, que había subido conmigo, le hacía muecas. Era un buen esquiador de travesía, pero esos toboganes de hielo vivo no le gustaban. Renunció a descender por la pista.

”–¿Conoces una pista más fácil?

”–¡Claro que sí!

”Le señalé otro recorrido balizado con flechas que serpenteaba por el bosque.

”–Entonces, ¡hasta luego!

”Llegué a mi hotel, preparé mi artículo, telefoneé [a mi redacción]. Roland Lennad vino a verme, algo suspicaz.

”–¿No has visto a Virot?

”–Lo he dejado en el Kreuzek: no ha querido descender hacia Garmisch y le he indicado otra pista que me parecía más fácil.

”Miramos un mapa. Palidecí.

”–Le he gastado una sucia jugarreta. Mira: ha bajado por la otra vertiente, a un valle paralelo. Para regresar a Garmisch, se verá obligado a volver a Munich.

”–¡Jamás llegará a tiempo de cablegrafiar sus crónicas! –constató Lennad.

”–Las haré por él.

”Lennad se fue más tranquilo.

”Conocía bien cómo era Virot: competente y buen camarada, si bien algo refunfuñón. Él y yo no siempre estábamos de acuerdo en las proezas deportivas de los esquiadores. Él tenía sus favoritos y yo los míos. Yo había competido, entrenado esquiadores, formado monitores; él no estaba en este asunto sino desde hacía un año o dos. Así, me apresté no a recopiar mi crónica, sino a reescribirla de un modo especial, según las ideas de Virot. En resumen: como sin duda él la habría escrito. Una vez redactado dicho artículo, telefoneé a su periódico de parte del señor Virot. No me pidieron explicación alguna.

”Cuando llegó mucho más tarde a Garmisch, tuve frente a mí a un hombre que parecía un loco furioso, al que Lennad trató en vano de calmar.

”–¡No te preocupes! Frison ha hecho tu trabajo: les ha telefoneado, y todo ha llegado a tiempo.

”–¡Lo conozco, y solo ha debido de escribir gilipolleces! [conneries]

”Le di entonces la copia de cuanto había redactado a máquina. Se calmó un poco, gruñó. Finalmente, el incidente quedó olvidado”.

Aprovecharé esta anécdota olímpica de Frison-Roche para añadir otra sobre cómo se esforzaban las autoridades del Tercer Reich para blanquear su imagen a través del deporte blanco. Ahora, durante unos campeonatos en una Austria a punto de ser invadida:

“Una vez terminados los Juegos Olímpicos [de Garmisch-Partenkirchen], la Federación Internacional de Esquí, afectada justamente por las restricciones a las que se había sometido al esquí alpino, decidió organizar ese mismo año de 1936 unos campeonatos del mundo en Austria: en Innsbruck para el descenso y en Seefeld para el slalom.

”Hacía dos años que Austria vivía en el período pre nazi. En 1934 su canciller Dollfuss había sido asesinado y, tras eso, el canciller Schuschnigg difícilmente podía controlar la subida vertiginosa de esos partidarios de Hitler que reclamaban el Anschluss; es decir: la fusión con el Gran Reich alemán.

”Nuestro trío de periodistas [Roland Lennad, Alex Virot y Roger Frison-Roche] se encontraba en Innsbruck, donde Francia, animada por la medalla de bronce de Emile Allais, buscaba un lugar sobre el podio. ¡Por desgracia, ese invierno resultó deplorable para los Alpes Orientales! La cantidad de nieve ya había estado al límite en Garmisch, por lo que se habían realizado unos esfuerzos enormes para preparar sus pistas olímpicas.

”En Innsbruck, los responsables de la Federación Austriaca habían acondicionado una pista de descenso a través de unos bellos bosques de la vertiente norte del valle. Un trazado difícil, erizado de tocones de los árboles abatidos: habían sido serrados entre unos treinta y cincuenta centímetros de altura por encima del suelo en previsión de que estuvieran recubiertos por un gran espesor de nieve, lo que no era el caso.

”Descender ese tobogán de hielo puro y pasar por el medio de aquellos troncos peligrosos no sería del gusto de los participantes. Sin embargo, en aquella época nunca se hacían huelgas, por lo que el día de la carrera las salidas tuvieron lugar con toda normalidad.

”Asistí a ellas, quedando estupefacto ante el comportamiento de los campeones. Se hubiera dicho que eran unos debutantes. El gran estilista de entonces, Willy Steuri, de Grindelwald, cruzó ante mí irreconocible, esquiando en amplios virajes, encogido, frenando en cuña. Heinz von Allmen, Schlunegger y otros grandes esquiadores, pasaron dominando con pena sus esquís. La carrera estaba manifiestamente adulterada. Después llegó el noruego Birger Ruud, con su aureola tras el descenso en Garmisch. Solo él funcionaba, evitando los obstáculos mediante su audacia de patinador. Cuando desembocó desde los corredores de la cumbre en el gran claro sembrado de tocones mortales, pareció que podría renovar su éxito en los Juegos Olímpicos. Desgraciadamente, un esquí se enganchó en una rama helada y se dio una espantosa zambullida en la ladera, saltando entre los tocones y aterrizando sobre el falso llano de la llegada. Llegó sano y salvo de milagro. Casi al mismo tiempo, un magnífico ciervo atravesó la pista al trote corto y, después, habiendo observado a la multitud de espectadores amontonados detrás de las barreras, comenzó a subir a grandes zancadas y se perdió en el bosque.

”Al poco, llegó otro corredor: Rominger, un suizo de Saint-Moritz relacionado con el equipo francés. Generalmente entrenaba con los nuestros, dado que no era admitido en el equipo del Oberland. Oficialmente, éste nutría al equipo nacional helvético, pero su dirigente, Gertsch, de Wengen, evitaba celosamente el ingreso de los esquiadores de otros cantones.

”Rominger había sufrido una fisura en el peroné solo unas semanas antes, y esquiaba con un ligero yeso de circunstancias. En tales condiciones, tomar parte en unos campeonatos del mundo de descenso, sobre una pista de hielo y deslizándose a través de tocones de abeto, podía parecer una apuesta arriesgada. Y, sin embargo, Rominger, bajando con la prudencia que reclamaba su lesión, ganó la prueba. ¡Inaudito, aunque cierto! Se convirtió en campeón del mundo en descenso.

”El slalom tuvo lugar en Seefeld, un encantador pueblo tirolés cercano a la frontera bávara. Aquel día, el príncipe Stahrenberg, fundador de los Heimwheren [paramilitares austriacos pro nazis] y aliado de Hitler, presidía la prueba. Una asistencia numerosa llegada desde Baviera se amontonaba a lo largo de todo el recorrido. Nuestro equipo estaba haciendo un buen papel; sobre todo, Emile Allais. En la segunda manga, con mi pequeña [cámara] Retina armada, salí a la pista para situarme junto a una puerta y fotografiar a nuestro nuevo campeón. No había contado con la brusquedad de los policías austriacos de la época. En el momento mismo en que Emile franqueaba dicha puerta, un enorme schupo que hasta ese momento me había dejado hacer se situó exactamente ante mí y logró que se fastidiara mi foto.

”Se me escapó un juramento:

”–¡Gilipollas! [Bougre de con] –le espeté, sin darle demasiada importancia a dicho calificativo.

”Por desgracia, seguramente, ¡era la única palabra en francés que conocía! Me lo hizo entender, aferrándome rudamente por los brazos y arrastrándome hasta la tribuna de los oficiales para que su jefe directo me expulsase de allí.

”El príncipe de Stahrenberg, viéndonos a los dos enzarzados, quiso informarse:

”–Es un periodista francés que tomaba fotografías sobre la pista –le explicaron.

”–¡Soltadle! ¡Nada de líos con la prensa!

”Al momento, mi schupo me liberó y volví para situarme en mi puerta favorita. Él siguió allí, pero esta vez no me molestó. Una vez terminada la prueba, se dediqué una sonrisa encantadora:

”–¡Drinke! [bebamos].

”–Ja, ja.

”Y todo acabó alrededor de varias jarras de cerveza.

”Para la Pequeña Historia, y para agradecer post-mortem al príncipe de Stahrenberg su intervención, debo señalar que este febril adepto de las teorías nazis no aceptó el Anschluss y se refugió después en Sudamérica. Nunca es demasiado tarde para rectificar los errores”.

Seguiremos un poco más junto a este Frison-Roche del periodo de entreguerras para que nos hable un poco más del periodismo deportivo heroico, del esquí previo al uso de remontes mecánicos…, y de esos nazis que aún no se habían quitado su careta para mostrar su terrorífico rostro.

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Comentario

    • Lo he pensado mejor Alberto. Ahora se tiene la costumbre de «engrasar» a ciertos periodistas para que sean benignos con tal o cual ideario político. Igual los nazis aún no habían descubierto la «tecnica del pesebre».

      • Pues yo no estaría tan seguro de ello, Makako… Quizás a Frison-Roche y sus colegas deportivos no los engrasaran directamente. Aunque quién sabe a qué les invitaron durante las Olimpiadas que cubrieron… En cualquier caso, fijo que el nacionalsocialismo destinó bastante pasta a, por ejemplo, crear en la opinión pública norteamericana una tendencia al aislacionismo que les dejara a ellos las manos libres en Europa…