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La Carrera de la Muerte

Le daremos un tercer vistazo a esa época en la que el esquí era más de montaña que de pista. Como se verá, unos años muy complicados. Porque la política trató de hincar el diente en el deporte blanco para ligarlo a sus peores fines propagandísticos. De nuevo curiosearemos entre las memorias de Roger Frison-Roche: Le versant du soleil (1983). Más concretamente, dentro del capítulo dieciséis de su primer libro, del cual traduciremos tres anécdotas con las que se pretende animar para que, si alguien lo descubre, lo adquiera sin dudas.

A finales de los años treinta del siglo XX, el autor de El primero de la cuerda (1941) atravesaba una fase profesional tan rica como compleja. Así, Frison-Roche daba clases de esquí, ejercía como guía y enviaba crónicas sobre las grandes pruebas europeas del esquí al periódico Le Petit Dauphinois. Desde su sección sobre “Esquí y Montaña” el galo fue testigo de la célebre Carrera de la Muerte:

“En 1938 los campeonatos del mundo de esquí alpino tenían que haberse celebrado en Engelberg, Suiza, y fueron precedidos por la gran semana internacional de Garmisch [Partenkirchen], a la que el equipo de Francia fue invitado.

”Las condiciones de la nieve eran todavía peores que en 1936: el gran schuss del Kreuzek era un verdadero Muro de Hielo. Así fue como lo describí en uno de mis reportajes, por lo que creo que fui el padrino de dicha denominación, que desde entonces hizo furor en la prensa cada vez que se referían a un tramo de una dificultad extrema. No se contaban sino piernas rotas, incluso antes de la prueba. Por desgracia, el día de la carrera, uno de los mejores esquiadores italianos, Serterolli, se mató allí de un modo trágico. En la parte baja del Muro de Hielo existía un camino excavado que sin duda era una trocha para el ganado, formando como un tobogán. Serterolli se metió por allí a gran velocidad y, viendo venir el peligro, trató de escapar, frenándose mediante una violenta cuña. Era el gran especialista. Me había apostado en la parte baja del Muro, pues la experiencia me decía que la carrera se decidiría en aquel lugar. Vi con terror cómo Serterolli, catapultado bruscamente por los aires, caía sobre las ramas de un fresno sobre el que se perforó el vientre. A pesar de todos los cuidados que le prodigaron, murió de su terrible herida.

”Emile Allais protagonizó una aventura menos trágica. Emile preparaba con minuciosidad sus carreras. Reconocía el recorrido a pie, con una gran profesionalidad. Le acompañé en este ascenso de más de dos horas, porteándole la mochila donde llevaba un par de botas de recambio. Sus esquís estaban equipados con un estribo muy largo y bajo donde se apoyaba el reborde de la suela de su calzado, por lo que no necesitaba correa de seguridad alguna. Tenían como una muesca tallada en el límite del talón por la que pasaba una larga correa. La fijación del pie sobre el esquí era perfecta, y la longitud del estribo le proporcionaba el adecuado control de la dirección.

”Una vez en la cumbre, Allais cambió sus botas de marcha por el par seco que tenía adaptado a los estribos de sus fijaciones y cerró las correas. Realizó una salida magistral. Desgraciadamente, aterrizó con violencia sobre una joroba de nieve y perdió un esquí. Cayó sin hacerse daño. ¡La carrera estaba perdida! Comprobó que casi había arrancado la suela, sin duda demasiado apretada a la fijación.

”Aquel día, el famoso Anton Seelos nos hizo una demostración brillante, descendiendo el Muro de Hielo como en un desfile, mediante dos virajes muy largos y enlazados.

”James Couttet, todavía sin clasificar, partió entre los últimos. Yo había bajado hasta el schuss de la llegada cuando vi pasar a una especie de pequeño gnomo seguro de sí mismo, para franquear la línea sin una falta. Sin embargo, una placa de nieve en el fondo de su pantalón advertía de que había tenido sus dificultades.

”–¡Nada grave! –me dijo–: al franquear una joroba mediante un salto espectacular de una treintena de metros, caí sobre mi trasero, pero logré alzarme, igual que se hace cuando uno cae en la parte baja de un trampolín y deja que las manos se arrastren sobre la nieve.

”James Couttet quedó quinto en esta Carrera de la Muerte”.

Sin embargo, la opinión pública andaba en 1938 más pendiente de las amenazas del Tercer Reich que de las competiciones de esquí. Roger Frison-Roche pudo ser testigo de los preparativos del Ejército alemán para anexionarse manu militari a su vecina Austria. Y saltó desde su cometido oficial, como cronista deportivo, al de corresponsal especializado en política exterior. De este modo advertiría al mundo de los indicios del incendio que estaba a punto de declararse:

“Aunque triste había sido la prueba, más angustiosa todavía fue la atmósfera que reinaba en la estación. Garmisch no presentaba ya el aspecto de kermesse como durante los Juegos Olímpicos [de 1936]. La estación estaba invadida por los militares. En los grandes hoteles se amontonaban los oficiales superiores, mirando con desdén a los atletas que se atrevían a aventurarse por los bares o los salones de té.

”Una noche, cuando me paseaba por sus calles pavimentadas, me llegó el sonido sordo y profundo de una columna motorizada, mientras que unos potentes proyectores rayaban un cielo, que se inflamó de repente. Era una visión dantesca, tan insólita como inesperada en un programa de festejos. Atraídos por el espectáculo, los oficiales del estado mayor nazi, festejando visiblemente el suceso, aullaban de admiración, lanzando triples vítores en honor a Hitler. Durante toda la noche los convoyes desfilaron en dirección a la frontera austriaca.

”Sabía que la amenaza del Anschluss [Anexión de Austria] se perfilaba cada día. Sin embargo, mi periódico no me había encargado de la crónica de la política extranjera y la coyuntura internacional. Así, dudaba sobre la transmisión de mis impresiones del gran drama que se preparaba, sobre el ataque a Austria. Decidí llevar a cabo algunas pesquisas. Era conocido entre los servicios de prensa alemanes como un periodista deportivo especializado en esquí, y no como enviado especial. Mi curiosidad a nadie inquietaba. Me dirigí a un oficial alemán, preguntándole sencillamente lo que significaba aquel gran resplandor sobre el cielo de Garmisch:

”–¡Magnífico, impresionante! –le dije.

”–Es la aurora boreal, señor –me respondió.

”No quise contradecirle y se lo agradecí efusivamente. Ni él ni yo éramos tontos.

”Evitando telefonear, escribí mi artículo sobre aquello y lo coloqué junto con mis crónicas deportivas habituales. Ocasionó una pequeña revolución en mi periódico. Se reunieron sus directivos: ¿había que publicar un texto que, de forma cruda, demostraba que las fuerzas armadas de Hitler se concentraban en la frontera austriaca? Finalmente se decidió editarlo. Por desgracia, yo tenía razón, tal y como demostraron unos sucesos políticos que, semanas más tarde, ensombrecerían los cielos de Europa. Las grandes conquistas de Hitler comenzaron con el sometimiento de Austria”.

Es tiempo de despedirnos de las vivencias de los periodistas deportivos que cubrían en sus inicios el deporte blanco. Ahora, en unos decorados menos opresivos que los de la Alemania nacionalsocialista. Sin embargo, hasta la neutral Confederación Helvética también llegaba la sombra inquietante de Hitler:

“Algunas semanas después, estábamos en Engelberg, una estación suiza encantadora donde se tenían que disputar los campeonatos del mundo de esquí de 1938. No se podría explicar el sosiego del que disfrutamos todos, tanto participantes como periodistas, al encontrarnos con la paz y calma helvéticas. Las jornadas de tensión nerviosa vividas en Garmisch fueron olvidadas. Nos dedicamos a disfrutar de la nieve, las pruebas y las demás satisfacciones […].

”Por desgracia, el día de la competición, un frío muy intenso se apoderó de una nieve de primavera que se transformó en betún. Parecía como si fuera a repetirse el desastre de Garmisch. Con la diferencia de que aquí el recorrido estaba muy despejado y que no había tramo alguno en hielo vivo: simplemente, la nieve estaba muy dura. Así pues, la salida fue retrasada tres horas para dejar que el sol actuara. Después, los corredores se lanzaron. El favorito era Emile Allais, medalla de bronce en los Juegos Olímpicos. El año anterior, Maurice Lafforgue había sido vice campeón del mundo en Chamonix. Frente a los temibles concurrentes extranjeros, nosotros alineamos un equipo lleno de cohesión donde reinaba un ambiente amistoso.

”Emile Allais conservó durante largo tiempo la cabeza de la clasificación, confirmando la confianza de sus admiradores. Se veía ya como campeón del mundo cuando le tocó el turno a un James Couttet al que nadie daba un puesto entre las plazas de honor, dada su inexperiencia en la gran competición. Pero, deslizándose a una velocidad prodigiosa, despegando más de cuarenta metros sobre las jorobas de nieve, confirmando sus cualidades como saltador habituado a las grandes velocidades, Couttet superó a su maestro y amigo sobre este terreno. Fue campeón del mundo en descenso a la edad de dieciséis años y medio. Solo Suzanne Lenglen, en tenis, lo hizo mejor: a los quince años fue la mejor tenista del mundo […].

”La noche de aquella jornada memorable, cuando festejábamos nuestra victoria en una gran taberna donde se reunían los esquiadores y directivos de todos los países representados, volví a ver a Hannes Schneider, el Papá de Arlberg, en una mesa junto a algunos corredores suizos. Me pareció triste y abatido. No había estado presente en la semana de Garmisch y adiviné la razón: Hannes Schneider era judío, luego un indeseable en Alemania. El gigante estaba hundido de hombros, encorvado, soportando mal una injusticia clamorosa […]. En la gran sala resplandeciente, humeante y jolgoriosa, fui de forma espontánea hacia Hannes Schneider, tendiéndole una mano amistosa. Presentía que necesitaba algo de amistad. Me reconoció y me sonrió con tristeza:

”–¿Contento, Frison? ¡Buenos resultados para los franceses!

”–Hacía mucho tiempo que esperábamos en la puerta.

”Le rodeaban varios esquiadores suizos, los campeones del Oberland que durante numerosos años habían disputado los trofeos con los austriacos. Ellos respetaban el silencio y la tristeza de su gran ancestro. Se brindó, alzando las jarras mientas se decía el saludo de los esquiadores… Después, cuando me levanté de la mesa para marcharme, Hannes me tomó del brazo:

”–Adiós, Frison, pues debo regresar a Sant-Anton. Están pasando en casa sucesos muy graves –movió la cabeza con pesimismo–. No creo que volvamos a vernos sobre las pistas de esquí.

”En efecto: nunca le volví a ver. Sé que pudo refugiarse a tiempo en los Estados Unidos, donde fue bien recibido, y pudo seguir enseñando a esquiar”.

Los acontecimientos se iban a suceder a un ritmo vertiginoso. Cuando la delegación francesa se dirigía hacia Sant-Anton para participar en la carrera de Arlberg-Kandahar, sus miembros recibieron un telegrama en el que se anulaba el viaje. Había comenzado la invasión de Austria por los alemanes. Roger Frison-Roche no asistiría a ninguna otra prueba de esquí como periodista deportivo: enseguida estalló la Segunda Guerra Mundial. La verdadera Carrera de la Muerte…

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Comentario

      • ¡Sí que eres rápido, Luis! Tranquilo, que acabo de eliminar el otro comentario duplicado… Eso es: que disfrutes del fin de semana «casero» con lecturas como esta… O con la recomendada en el otro comentario del «Primero de la cuerda», vamos…

          • Pues guárdalos bien, Luis, que tienes un par de tesoros… Un día de estos tengo que hablar sobre cómo se originó esta célebre serie de novelas sobre guías de montaña en Chamonix…

          • Un mundo onírico casi de cuento. Con esquiadores bajando a tumba abierta en el mas estricto sentido. Y malos de cuento. No se si habrá otras páginas como la tuya Alberto.

          • Ya lo creo que sí, que hay cosas muy buenas por Internet… De todas formas, me alegro de que disfrutes con estas lecturas con las que disfruto yo… Saludos, Makako…