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Tres días esquiando (en femenino)

Me parecen más que interesantes los textos sobre el esquí durante los inicios del siglo pasado. Cuando el equipo era especialmente primitivo y cualquier travesía con tablas constituía toda una proeza. Cuando la idea de las nieves acondicionadas para las multitudes y los remontes mecánicos ni siquiera figuraban en la cabeza de sus promotores más imaginativos.

Al encanto de estos relatos del deporte blanco heroico, puede sumarse cierto artículo redactado por una fémina. Por cuenta de su rareza, incrementa más aún el valor de la experiencia que transmite. Así, hemos tenido la suerte de que se haya cruzado en nuestro camino una de las pioneras pirenaicas de las dos tablas: la señora L. Espinasse-Mongenet, firmante de los “Trois jours à ski dans les Pyrénées. De la vallée de Campan à la vallée d’Aure par le col d’Aspin (1.497 m)”. Un artículo que apareció en el número de abril de 1908 de La Montagne. Revue Mensuelle du Club Alpin Français. Sin duda, una pirineísta en cuerpo y alma, dado que arrancó su trabajo con una breve cita de Henry Russell que extrajo de Pyrenaica: “A menudo resulta difícil de creer que la Naturaleza está muerta y no siente nada… La muerte no se hace querer…”.

En su tiempo, la empresa acometida por el grupo de Espinasse-Mongenet fue una verdadera proeza. Como proclamaba su largo título, se trataba de una marcha con esquís desde Payolle, en el valle del Campan, hasta Arreau, en el valle de Aure, atravesando el col de Aspin. Dicho collado daría la cota alta de esta aventura: unos 1.497 metros, más que considerables para su fecha de realización, del 3 al 5 de marzo de 1908. La señora Espinasse-Mongenet no solo participó en este duro recorrido, sino que, además escribió un excelente relato con sus peripecias. Tiempo es ya de pasarle el testigo para que nos brinde unas impresiones salpicadas de poesía como pocas:

“Llueve… Incluso caen algunos copos de nieve –nieve malvada de las llanuras meridionales que no sabe durar sobre la tierra. Hace gris hasta el infinito… Con nuestros esquís a la espalda y los bastones en la mano, guardamos nuestra confianza, necesaria a los que aman…

”¡Al fin las montañas…! ¡Qué blancas son! Estaban totalmente nevadas, esperando nuestra llegada… Miramos nuestros esquís. Parecen haber ganado un espíritu nuevo… Una promesa les anima –promesa de largos vagabundeos por los más bellos paisajes que existen, en este momento maravilloso del invierno. Creo que las montañas jamás serán tan bellas como en invierno…

”Y nos calzamos nuestros largos patines de fresno. La noche cae muy deprisa. En lo que queda de día, ajustamos nuestras correas… No se oye nada más que el deslizamiento de nuestros esquís sobre la nieve helada, y ese torrente que no se ve en su barranco…

”Verdaderamente, creo que no se conoce en absoluto la nieve, sino cuando se hace esquí. No se sabe cómo puede ofrecer un bello camino por las vertientes de las montañas. Y menos cómo puede ser indulgente con los novatos. Raramente, muy raramente, permite que una caída sea mala…

”Pero, ¡ahí va otro esquiador! Le vemos bajar deprisa por un sendero de nieve. Llega por la montaña y lo vemos venir, tratando de reconocerle. Unas llamadas se cruzan… Es uno de nuestros amigos… Ha atravesado el collado para venir con nosotros…

”Descendiendo hacia ellos –cómodamente, mediante bellos deslizamientos sobre nuestros esquís– vemos al atardecer una maravillosa magia de oro y de púrpura…

”¡Aquí llegan nuestros amigos! Vienen con la sombra. Son tres. Para dos de ellos, es la primera vez que hacen esquí, pero no lo parece: suben valientemente, sin dificultad…

”Marchamos hacia el sol que se alza. La nieve, todavía helada, chilla bajo nuestros esquís. Está como viva y sensible; también está adornada de innumerables diamantes…

”Nuestro camino hace revueltas por el bosque. Aquí, la nieve no está verglaseada… Nuestros esquís hacen una huella doble y recta que nada rompe, que no se separa… Una bella huella continua, ininterrumpida, como un pensamiento fiel y determinado al que nada distrae y que va realmente hacia una meta.

”Al lado de las dos líneas paralelas que dejamos, se puede ver la huella de nuestros bastones. La pequeña arandela marca sobre la nieve una especie de flor redonda, con los pétalos unidos.

”Quisiera que todos los novatos del esquí hicieran así, en un bello paisaje, una larga y útil ascensión. A cada paso, se hace una descubierta: el ritmo se vuelve más ligero, más sostenido; se encuentra un movimiento más afortunado, más fácil, un equilibrio mejor –¡y qué sabré yo!

”Las buenas alegrías, esas alegrías de niño que se puede tener al aire libre, ¡y por medios tan sencillos…!

”A veces, en ciertos giros, nos detenemos para observar a lo lejos, para colmar nuestros ojos con todo lo que nos rodea y que se graba en nuestras memorias, y que se quedará con nosotros más tarde, en las ciudades…

”Hemos completado nuestra ascensión; estamos alegres, aunque quizás la mayor parte de esta alegría exterior esconde algún pensamiento más profundo.

”Las horas más bellas han pasado ya… De repente, la nieve mala no nos concederá más esos deslizamientos buenos para consolarnos por volver a descender hacia las llanuras”.

Como dijera, hace más de cien añadas, el historiador Henri Beraldi: los buenos pirineístas “ascienden, sienten y escriben”. ¿Y las pirineístas?: pues igual. Aunque al principio fueran pocas.

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Comentario

    • Ya lo creo que sí: poético como pocos… Fue una suerte que Ellas también se animaran a salir al monte… Ya sabes que, en nuestro Club, en un porcentaje en aumento, desde el principio en 1929…

  1. Muy bonito texto Alberto. Muy poético. Sin duda un alarde de narración con ojos femeninos. Lastima que durante los años heroicos no abundasen.

    • Sí, es una pena que las primeras «chicas guerreras» de nuestro deporte escribieran poco. En fin; será cuestión de disfrutar lo que nos llega con cuentagotas, Makako…