por

Y Agustín emprendió su última excursión

El pasado 22 de febrero abordaba su “última excursión” Agustín Faus Costa. Lo hizo con noventa y tres años de edad y desde Santander. Este socio honorario de Montañeros de Aragón y de otras muchas asociaciones deportivas fue, sobre todo, uno de nuestros principales escritores de montaña. Aunque sea al mes de su partida, se imponen unas breves líneas de recuerdo. Es una tradición en nuestro colectivo que alcanzó niveles altísimos en los obituarios de, pongamos el caso, Henry Russell, Célestin Passet o Franz Schrader.

Resulta difícil aportar algún dato sobre Agustín, nacido en la Barcelona de 1926 en el seno de una familia con lazos con Andorra, que no se conozca sobradamente en este clan montaraz. Mejor será que nos centremos en su fértil carrera literaria, tal y como él mismo la contara en diversas ocasiones. Si, por ejemplo, nos zambullimos entre las páginas de La larga excursión (2012), su obra postrera, podemos saber algo de sus arranques trepadores poco antes de la Guerra Civil junto a su hermano, ya en el Tibidabo, ya en Montjuich, para luego pasar al Montseny. En 1947 firmaba un primer escrito que terminó publicado como “Escalada de la Momieta” en la Montaña Anales de 1939-1945 del Centre Excursionista de Catalunya. Agustín explicó sus motivaciones para irrumpir en el mundo editorial de posguerra:

“En aquellos tiempos [1946] ya eran muchos los que mantenían la idea de que si bien hay muchos escaladores buenos, hay bastantes menos escritores de montaña. Y añadían algunos que posiblemente hay más falta de escritores de montaña que de buenos escaladores. Acepté el reto y el comentario y desde entonces he seguido divulgando en escritos buena parte de lo que he ido realizando y siempre sin dejar de hacer montaña”.

Disponemos de nuevas pistas dentro de su libro de 2012 para comprender esta poderosa vocación escritora. Una anécdota que Agustín Faus contaba con frecuencia era la de su inclusión en las fotos del libro de Ernesto Mallafré sobre Escalada (1948), lo cual le puso en contacto con la Editorial Juventud de Barcelona. Allí publicó Cara a la montaña (1954), un texto al que regresaremos para rematar esta modesta retrospectiva…

De entre todas las aventuras literarias que emprendiera, Agustín se mostró especialmente orgulloso de su Diccionario de montaña (1963): algunos de sus términos pasaron incluso al Diccionario de la Lengua Española. Según comentaba entre risas su autor, circulaba por Sudamérica una “edición pirata” del mismo.

Se puede conocer un poco más al desaparecido montañero-divulgador desde su libro sobre Mis primeras montañas, donde presentaba una selección de cimas predilectas con cierto aroma a autobiografía. Fue editada por vez primera en 1985 a partir de su amplio fondo articulístico: más en concreto, el procedente del diario deportivo madrileño As, donde se ocupó de una sección divulgativa denominada “La primera montaña”. El rastreo de estas peripecias montaraces podría completarse con las Huellas profundas (1985). En este caso nos contó sus mejores peripecias con el orden cronológico cambiado, un método del todo original.

No hay duda de que Agustín era un narrador extraordinario. De historias de montañeros, sobre todo, pero también de crónicas montañesas. O de esas especies animales con quienes los bípedos montaraces compartimos ocasionalmente hábitat. Recuerdo que, con ocasión de las jornadas del “Homenaje a Rabadá y Navarro” celebradas en Zaragoza durante el mes de febrero de 2003, Faus no dejó de alabar las grandes dotes alpinísticas de las vacas, mucho mejores trepadoras que los caballos o las ovejas. El veterano escritor añadiría que, “mientras que las bovinas eran muy listas, presentían el mal tiempo y descendían ellas solas al valle antes de las tormentas, las yeguas no, dejándose sorprender por la nieve en cotas altas”.

También me acuerdo de una interesante anécdota que le aconteció en el valle de Estós, cuando entre Benasque y el Luchonnais todavía se cobijaban los últimos osos autóctonos. Por desgracia, hacía ya tiempo que Agustín había extraviado la foto que podía ilustrar su historia…, en el interior de un libro que prestó a un amigo (que ya no volvió a ver). Sin embargo, este barcelonés afincado por entonces en Zaragoza seguía contando con emoción lo que denominó “su conversación con un oso”, acontecida allá por 1965. Tomé notas, claro:

“Bajaba esquiando del pico de Gourgs Blancs con unos amigos: Emilio Rorrico y Fernando Artis. Como me adelanté a ellos, les esperé en la cabaña del Turmo, donde me despisté mirando las montañas. Al rato, oí cómo me hablaban por detrás, y supuse que se trataba de mis compañeros… No entendí bien lo que decían, y les respondí maquinalmente: sí, sí, ahora seguimos. Al pronto, los vi a los dos, que todavía estaban bajando, por enfrente… Entonces pude percatarme, gracias a una huella fresca a la que hice una foto, que debí de conversar con uno de los últimos osos de Benasque, que debía de ir buscando a las hembras francesas”.

Cerraremos este corto recuerdo de Agustín Faus hablando de su primera obra mayor: Cara a la montaña (1954). Un texto que finalizó en septiembre de 1953 y que dedicó “a todos mis amigos montañeros, en especial a aquéllos que han ido atados a la misma cuerda que yo”. Fue una apuesta por lo nacional de Juventud, una editorial que desde su colección “Edelweiss” alistaba por entonces a primeros espadas internacionales como Hunt, Frison-Roche, Gos, Lunn, Saint-Loup, Shipton, Tazieff, Whymper o Younghusband. Solo excepcionalmente había sacado previamente las magníficas Cumbres pirenaicas (1951) de Jorge Ferrera…

Quienes dispongan de este texto excepcional de nuestra narrativa,  Cara a la montaña, se deleitarán con los doce relatos de Agustín: “El último vivac”, “Ana María”, “El milagro de la Virgen de Nuria”, “El Trofeo”, “Retirada”, “Historia del fugitivo”, “Marita en el Galayar”, “Buitres en la Pedriza”, “El valle de la quietud”, “El Dentallo”, “El Fondista” y “El perfil de la Altamira”. Hoy son piezas clásicas. Los lectores de esta página recordarán algún fragmento aireado con anterioridad…

Cuando venía a cuento, el autor de Cara a la montaña sacaba a la palestra esa ficción con la que estrenaba dicha serie: las veintidós páginas de cierto “trabajo premiado con el Primer Premio en el Concurso Literario del Centro Excursionista de Cataluña del año 1948”. La acción de “El último vivac” se centraba en Sant Maurici, un decorado donde se aprestaban a acometer su escalada dos amigos, Luis y Alberto, en una suerte de despedida de la montaña debido a que el último se iba a embarcar rumbo a América… Agustín arrancó la trama de un modo del todo cinematográfico:

“Cuando las últimas pinceladas de la luz de la tarde abandonan las puntas más elevadas de las Agujas de Espot, el ambiente ha tomado un tono frío”.

Para ese adiós montañero imaginario, los protagonistas de la primera narración de Cara a la montaña planearon un ascenso a Els Encantats por la canal de su cara Norte. Y, aunque tuvieron un incidente en el ascenso que no acabó por poco en tragedia, ésta les acechaba en la bajada. Veamos solo unos fragmentos de sus momentos de mayor dramatismo:

“Han estado casi dos horas en la cumbre y han cambiado muy pocas palabras. Uno ha estado contemplando el grandioso paisaje de escarpadas cumbres, valles profundos y aguas brillantes; el otro procurando no turbar los herméticos pensamientos de su amigo. Son ya las doce dadas cuando deciden bajar.

”Alberto, apenado y ausente por completo de lo que hace, recoge la cuerda y la prepara para el descenso. La pasa por un viejo anillo de cuerda blanqueado por el tiempo que hay atado alrededor de un gran bloque. Luego tira las dos puntas de la cuerda al abismo y las ve bajar con elegancia.

”–¿Ya está bien ese lazo? –dice Luis mientras estudia con detención retorciendo los cabos, hallándolo todavía seguro. Y luego añade–: ¿no has dicho que querías ir en cabeza?

”Alberto, como un autómata, se coloca el rappel y empieza a descender. Se despide de la cumbre y de la montaña; ve las piedras de arriba, contrastando con el cielo azul lleno de sol. Sigue bajando. Arriba la figura de Luis se recorta en actitud distraída. Luego va desapareciendo: ya no tiene piernas, ya no ve las manos, ya solo resta la cara, sucia todavía de tierra, que le sonríe dándole ánimos. En el momento que una arista de piedra lo oculta por completo, tiene una expresión que debe ser eterna.

”Luego se entrega al rappel. Baja suavemente a lo largo de veinte metros. Toma tierra y da unos últimos pasos hasta la brecha.

”Ahora desciende Luis. Desde abajo es una figura que se perfila, negra, contra el cielo. Se desliza de prisa, dando saltos confiados, bien distintos del descenso lento de Alberto.

”–Esto es magnífico! –se le oye decir desde arriba–. Bajar así es una gran… ¡Oh…!

”Pero Luis no acaba la frase. Alberto se ha levantado bruscamente, lanzando también un grito terrible. En lo alto se la oído un chasquido, seguido de un silbido: un cabo de la cuerda baja como una serpiente, dando un fuerte latigazo a las piedras de la enforcadura y llevándoselas consigo. Luis está cayendo, dando volteretas en el aire, agarrado inútilmente a la cuerda partida. Pasa ante al aterrorizado Alberto sin que éste pueda hacer nada para detenerle, choca pesadamente con una enorme piedra sobresaliente y prosigue hacia abajo, en un terrible bote de sesenta metros por la canal norte de la montaña. Nuevamente se oye el gran ruido de piedras, pero esta vez sin tierra ni polvo. Dura mucho rato. Después, ese ruido se debilita, se aleja; finalmente es muy profundo ya y el último canto se estabiliza en algún rincón desconocido. Un sabor a pólvora llega hasta el pequeño collado donde Alberto está helado, temblando de espanto. El silencio es imponente, un silencio de muerte”.

De esta manera nos brindó Agustín la porción más trágica de “El último vivac”. Un creador que se sentía especialmente orgulloso del clímax conseguido. Tal es así que en ocasiones comentaba que, tras leerlo, uno de los grandes escaladores de la época le había comentado que “su divulgación debía de ser obligada entre los cursillistas de escalada para que aprendieran a permanecer siempre alertas en la montaña”. Porque Faus “había sabido describir de modo magistral esa transición brusca que había entre una jornada de alegría en la montaña, y la tragedia que a los pocos segundos provocaba un accidente”.

Ahora que ha tomado las botas y la mochila para emprender su “última excursión”, Agustín Faus dejará de contarnos las anécdotas de su larga trayectoria montañera. Al menos queda un legado literario impresionante donde reflejó buena parte de ellas. No es lo mismo, pero…

Comentar

Comentario

  1. En estos días en los que vamos a tener mucho tiempo para la lectura, puede ser interesante que le demos un homenaje a Agustín a través de alguna de sus obras. Seguro que todos tenéis en vuestras casas algún trabajo suyo. Por si acaso, os facilitaré la tarea… Así, este es el listado cronológico de las 22 “obras mayores” que tengo en mi biblioteca. Como la catalogación de sus artículos resulta complicada, así sería la “bibliografía incompleta” de Agustín:
    FAUS COSTA, Agustín, “Cara a la montaña”, Editorial Juventud, Barcelona, 1954.
    FAUS COSTA, Agustín, “Diccionario de la montaña”, Editorial Juventud, Barcelona, 1963.
    FAUS, Agustín, JOLIS, Agustín, y SIMÓ, María Antònia, “Espíritu y técnica de la montaña”, Herakles Editorial Hispano Europea, Barcelona, 1966.
    FAUS, Agustín, PÉRÈS, Jean-Louis, y UBIERGO, Jean, “Montañas pirenaicas”, Editorial Juventud, Barcelona, 1976 (1ª edición de 1963).
    FAUS COSTA, Agustín, “Las primeras montañas. Itinerarios fáciles por montañas españolas”, Editorial Esteban Sanz Martínez, Madrid, 1985.
    FAUS COSTA, Agustín, “Huellas profundas”, Editorial Esteban Sanz Martínez, Madrid, 1985.
    FAUS COSTA, Agustín, “Mis primeras montañas”, Libros Penthalon, Madrid, 1991 (1ª edición de 1985).
    FAUS COSTA, Agustín, “Andar por Andorra”, Libros Penthalon, Madrid, 1992.
    FAUS COSTA, Agustín, “Andar por el valle de Tena”, Libros Penthalon, Madrid, 1994.
    FAUS COSTA, Agustín, “Guía del valle del Aragón. Sendas, pueblos, naturaleza”, Editorial Pirineo, Huesca, 1995.
    FAUS COSTA, Agustín, “Guías Agustín Faus 2. Montañas del Sobrarbe y Bigorre. Pirineos norte-sur. Aragón y Francia. Barrosa, Cinqueta, Troumouse, Midi de Bigorre, Néouvielle, Turbón y Guara. 36 itinerarios”, Editorial Juventud, Barcelona, 1996.
    FAUS COSTA, Agustín, “Guía de los Valles. Ansó y Echo. Sendas, pueblos, monumentos”, Editorial Pirineo, Huesca, 1997.
    FAUS COSTA, Agustín, “Guías Agustín Faus 1. Montañas del Cinca y de los Gaves franceses. Pirineos norte-sur. Aragón y Francia. Valle de Ara, Vignemale y Monte Perdido. 39 itinerarios”, Editorial Juventud, Barcelona, 1998.
    FAUS COSTA, Agustín, “Andar por las montañas. Conocimientos básicos”, Palabra, Madrid, 1999.
    FAUS COSTA, Agustín, “El amigo del lama”, Barrabés Editorial, Huesca, 2001.
    FAUS COSTA, Agustín, “Paseos por Jaca”, Ayuntamiento de Jaca, Jaca, 2001.
    ANGULO, Miguel, y FAUS, Agustín, “Valle de Canfranc, Peña Oroel,
    Anayet, Aspe, Collarada, Bisaurín”, Sua Edizioak, Bilbao, 2003.
    FAUS COSTA, Agustín, “Historia del Alpinismo I. Montañas y hombres. Hasta los albores del siglo XX”, Barrabés Editorial, Huesca, 2003.
    FAUS COSTA, Agustín, “Historia del Alpinismo II. Montañas y hombres. De 1900 a 1960”, Barrabés Editorial, Zaragoza, 2005.
    FAUS COSTA, Agustín, “Montañas injustas. Grandes polémicas en torno al alpinismo”, Barrabés Editorial, Zaragoza, 2005.
    FAUS COSTA, Agustín, “Peña Oroel. Rincones por descubrir”, Khili, Zaragoza, 2006.
    FAUS COSTA, Agustín, “La gran excursión. Setenta años de montañas y amigos”, Ayuntamiento de Petrel, Cuentamontes y Editorial Pirineo, Huesca, 2012.