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Una Mesa para Tres Reyes

Entre las montañas célebres de los Pirineos occidentales destaca una de modo poderoso. Así, todo se ha conjugado para dotar al grupo del Pico y la Mesa de los Tres Reyes de un bagaje muy particular. Tanto en el terreno de la mitología como en el de la crónica pirineísta. Dejando de lado la singularidad geográfica y belleza de esta cima doble, nos centraremos hoy en su vestimenta legendaria.

Pocos montañeros desconocen el cuentecillo que pudo dotar de nombre a nuestra montaña. Muy corto, como gran parte de los mitos que han llegado sin posteriores añadidos ni maquillajes. Proclamaría que en torno a esta suerte de tabla calcárea se sentaban antaño para sus conferencias los monarcas de Aragón, Navarra y el Béarn, cada uno en su respectivo territorio. Sin que importase mucho que el rango del último convidado nunca pasara de vizconde. Así funcionan las leyendas.

Rastrearemos en lo posible esta reunión de altos vuelos, y nunca mejor dicho, pues de haber sido real se hubiese llevado a cabo sobre los 2.421 metros de cota de la hoy denominada como Mesa. Que no sobre los 2.446 metros del actualmente designado como Pico. Aunque este sea un asunto debatible, ya se verá…

Antes de nada, vamos con unos toquecillos toponímicos. Evitaré entrar en denominaciones cuyo origen no controlo, como la vasca de Hiru Erregeen Mahaia, la roncalesa de Iror Errege Maia o la bearnesa de Tabla d’eths Tros Rouyes. Del nombre supuestamente local de Meseta d’os Tres Rais, decir que nadie ha explicado aún de dónde ha salido: acaso sea una traslación moderna al aragonés unificado (o incluso al ansotano) sin el menor empleo tradicional que pueda documentarse. No obstante, cualquier aficionado a la cartografía antigua puede ver en minutas y pliegos españoles de 1934 que a la francesa Table nuestros geodestas denominaron Meseta de los Tres Reyes. Cualquiera sabe por qué, pero después de que nombraran en sus cartas del Balaitús al glaciar de [Clément] Latour como de la Torrecilla, temo lo peor. Está visto que en España, cuando se pretende pontificar sobre toponimia, a falta de estudios serios se tira de imaginación.

Ya puestos a escarbar entre documentos, se puede esbozar un rápido repaso de estas presencias toponímicas por las vertientes hispanas. Porque nuestra cumbre ya era citada en el Tratado de Límites entre Francia y España del 2 de diciembre de 1856 de este modo tan ortodoxo:

“Desde aquí [Añelarra] se levanta notabilísimamente la cadena del Pirineo, cuya cresta, muy marcada por esta parte, divide a Navarra del Departamento de los Bajos Pirineos hasta la elevada cumbre que se llama Tabla de los Tres Reyes, por ser punto común a los tres antiguos reinos de Navarra, Aragón y Francia”.

Sin rebuscar mucho obtendremos otra citación más, procedente esta vez del documento oficial del Tratado de Bayona del 14 de abril de 1862:

“La línea divisoria entre las Soberanías de España y Francia, desde la extremidad oriental de Navarra hasta el valle de Andorra, partirá del vértice de la Tabla de los Tres Reyes, último punto designado en el acta de amojonamiento […]”.

En cuanto al referido amojonamiento de dicho Tratado, de esta forma (y van tres, como los monarcas del cuento) se indicaba en sus Anejos:

“Número 273. Partiendo de la Tabla de los tres Reyes la línea fronteriza internacional, sigue la divisoria de aguas por el borde superior de ella […]”.

Cambio de fuentes. Porque en 1878 el oscense Lucas Mallada informaba sobre “la referida Tabla de los Tres Reyes, así llamada por reunirse en ella la confluencia de Aragón, Navarra y Francia”. Hombre serio como era, no quiso entrar en el mito. Ni en esas aragonesizaciones forzadas de antes de ayer.

Tampoco entró en estas materias etéreas el, acaso, primer visitante nacional que se ha confirmado sobre tan personalísima montaña: Juli Soler i Santaló, quien la subió junto a un “temerario y tozudo” guía ansotano al que llamó Joan de Xera [¿Chuan de Sera?]. Es decir: con un informante de primer orden. En noviembre de 1909 y desde el Butlletí del Centre Excursionista de Catalunya nuestro barcelonés lo explicaba:

“Situado en la cima de la Tabla de los Tres Reyes [en español, que no en catalán como el resto del texto], el lugar donde se reúnen los tres términos de Ansó, Isaba (Roncal) y Lescun (Francia), la línea de la frontera francesa sigue hacia a levante […]”.

Dejemos aquí el embrollado universo de los topónimos del Pirineo para acudir prestos a los textos sobre leyendas. En el lado galo este cuento ya estaba detectado por un pirineísta desde al menos 1883, como en la entrada siguiente comprobaremos. Sin embargo, no circuló demasiado por las guías sino hasta el primer tercio del siglo XX. Por ejemplo, entre las páginas de Les Pyrénées du pic d’Anie au Canigou (1920) de esta manera describía su ascenso Pierre Soubiron:

“Desde el collado de Lhurs se pasa a España y, unos minutos después, se vira a la izquierda con el fin de subir por el costado norte a la cresta que va desde la Mesa [Table] hasta el pico de los Tres Reyes [Pic des Trois-Rois], donde dejaremos la mochila. Se sube hacia el sureste la Mesa de los Tres Reyes (2.416 metros) y seguido se asciende por toda la cresta al pico de los Tres Reyes (2.434 metros), que percibimos a unos trescientos metros al noroeste.

”El pico de los Tres Reyes se alza en el punto de unión de la sierra Longa con la cresta fronteriza. En esta cresta de la sierra Longa se halla el límite entre Navarra y Aragón. La leyenda dice que los tres reyes del Béarn [sic], de Navarra y de Aragón se reunían allí para unos ágapes fraternales en los que discutían sus intereses recíprocos. En efecto: en la Mesa de los Tres Reyes confluyen los tres territorios citados”.

En la vertiente española, salvo las consabidas repeticiones que no aportan datos nuevos, apenas se le ha prestado atención a esta leyenda. Al menos un estudioso de los mitos como Ricardo Mur, cuando abordaba el asunto de los Menhires en sus Pirineos montañas profundas (2002), nos ilustraba desde una perspectiva nueva:

“También podemos encontrar el menhir en las mugas de las fronteras o rayas entre países, términos, obispados… A veces está en forma de bloques numerados, como es el caso de la frontera franco-española; a veces en forma de crucero, como es el caso de las cruces de término; o a veces subsiste tan solo el recuerdo toponímico, como en estos casos: Mesa de los Tres Reyes, entre Francia, Navarra y Aragón; la Piedra de San Martín, entre Sallent y Francia; Tres Hombres, en Formigal (Sallent, Tramacastilla, Escarrilla) […]”.

Los autores de ambos costados de la divisoria se han limitado a la simple exposición del cuento, sin explicar sus orígenes monárquicos. Tomemos los detalles que manejaba la entente entre Jean-Louis Pérès, Jean Ubiergo y Agustín Faus para las Montañas pirenaicas (1976). De este modo referían la hipotética pitanza de soberanos desde su apartado sobre el Pirineo central:

“La Tabla [de los Tres Reyes] se llama así porque se dice que podían haberse reunido los tres reyes de los reinos que allí convergen –Aragón, Navarra, Béarn– sin necesidad de salir de sus territorios, aunque ninguno de todos hizo la prueba”.

A partir de aquí no hay sino repeticiones y versionados. Algunos de ellos bastante graciosos, como el que servía el galo Pierre Macia desde su guía sobre Aspe-Ossau (2010) y en el apartado sobre la Tabla, que no del Pico:

“Antiguamente, en un país legendario donde las hechiceras y los magos decidían la paz del mundo, los reyes de Navarra, del Béarn [sic] y de Aragón se encontraban en lo más alto de la Mesa para firmar sus acuerdos y detener las guerras. La cima más alta de las montañas vascas se convirtió en lugar de conmemoración. Aunque se vea con problemas a un rey subiendo desde Sanchèse hasta la Mesa. Incluso con los crampones de bronce, las botines de seda o las pieles de foca y de armiño”.

Mejor que redundar en este tema, busquemos los antecedentes de tan curiosa historia. Será cuestión de que, como de costumbre, indaguemos por el lado norteño de la cordillera. El primer indicio del cuentecillo que rastreamos podría ser el que aporta el recopilatorio de un tal Karl des Monts (¿Ernest de Garay?), autor de Les légendes des Pyrénées hacia 1857. Atentos a cuanto refiere desde el capítulo sobre Notre-Dame de Sarrance, el gran centro de prodigios del valle de Aspe:

“Este nuevo milagro volvió más célebre que nunca esta nueva devoción. Habitantes tanto de villas como del campo, nobles, burgueses, labriegos, tanto de cerca como de lejos, todos se unieron en grandes grupos en los caminos, y todos corrieron para rendirle homenaje a María, entonando cánticos mientras caminaban, como hicieran antaño las tribus de Israel. Los poderosos de entonces, y los mismos príncipes, quisieron dar ejemplo de sumisión a la Reina de los Cielos, así, los tres reyes de Navarra, de Aragón y del Béarn [sic], reunidos al mismo tiempo al pie de su santa imagen, recordaron a esos tres reyes de Oriente que fueron conducidos por una misma estrella hacia la cuna de Cristo. Pronto, numerosos milagros se realizaron cada día”.

En efecto: desde mediados del siglo XIX los famosos Tres Reyes que, al parecer, luego pudieron subirse para negociar hasta la Mesa, rondaban por uno de los territorios implicados. También choca su asimilación con los Reyes Magos de Oriente, e incluso la, quizás, primera promoción del Béarn desde el Vizcondado hasta la Monarquía.

Es preciso insistir en las compilaciones de leyendas pirenaicas. Ahora de la mano de René Descazeaux, firmante de los Itinéraires mystérieux et magiques des espaces pyrénéens (1998). Fijémonos en los comentarios de este especialista respecto al Camino de Santiago en el valle de Aspe:

“Entra en Sarrance y su santuario, en pie al menos desde 1330, con gran esplendor en el siglo XV; se estrecha mucho el valle hasta la abadía de Saint-Jean de Laxe, o Suberlaché, cerca de Accous, que también fue importante antes de desaparecer, pues allí se guardaban los archivos de Aspe, y el rey inglés Edward I [con intereses en Aquitania] pasó noche en 1288; la capilla románica de Saint-Saturnin de Jouers, luego; cada vez es más difícil y peligroso el camino hacia Saint-Pierre de Celte, en la aldea de Eygun; el hospital de Saint-Michel de Borce; desde Urdos, luego hacia los altos de Peyranère. En esta última meseta tuvieron un encuentro los reyes de Aragón Alfonso II y de Inglaterra Edward I con el vizconde del Béarn Gaston IV, del 2 al 9 de marzo de 1289; se dice que fue una semana de diversiones con toda clase de lujos, fastos y comidas. Finalmente, se cruzaba a la vertiente española, cerca de donde estaba Santa Cristina del Somport, uno de los cuatro santuarios de Occidente del siglo XII, alrededor del cual había ambiente de fe y de fiesta, con bandas de bandoleros, de timadores, de falsos peregrinos y de chiquettes o prostitutas”.

Parece que el estudioso de las tradiciones bearnesas fijaba de este modo la identidad de quienes, a raíz de un posible hecho auténtico, pudieron ser los responsables del inicio del mito desde 1289: los monarcas de Aragón y de Inglaterra, junto con el vizconde del Béarn. Olvidando, según tales tesis, a la reina Juana I de Navarra, quien había contraído matrimonio en 1284 con el rey Phillipe IV el Hermoso francés. De hecho, la navarra fue monarca consorte de Francia hasta 1305.

Sin embargo, con estos dos apuntes la fabulilla no se sostenía. Solo hablaba de que por tierras aspesas se solían reunir los jerarcas de tres en tres, ya fuese en Sarrance, ya en las inmediaciones del Somport, al menos desde 1289. Hacía falta que se situara y se perfilase mejor el cuento montañés. Acaso con lo haga esta tercera traza procedente del texto colectivo sobre las Rutas montañeras I. Roncal-Zuriza, editado por el Club Deportivo Navarra en 1974. Curiosearemos por el capítulo sobre el Pirineo Roncalés:

“Quizá sorprenda a muchas personas, incluso a montañeros, el que les digamos ahora que, aquí en Navarra, tenemos dos Mesas de los Tres Reyes: una norte oriental y otra sur oriental; y no próximas entre sí, como cualquier intencionado pudiera presumir por aquello de pic o table con que figura en algunos mapas y libros franceses, sino diametralmente opuestas entre sí y en cuanto comprende nuestra periferia provincial. Concretando más podremos añadir que la más meridional se encuentra entre las tierras llanas y feraces de la Ribera, en el extremo donde se juntaron los tres reinos de Castilla, Aragón y Navarra, lugar destacado hoy con gran mojón, acerca del que nos dice el padre José Moret en los Anales del Reyno de Navarra (Tomo IV, página 92, número 1) que “[…] los redujeron al principio del año 1196 a tener vistas y conferencias. Y con efecto las tuvieron los Reyes de Navarra, Castilla y Aragón entre Ágreda y Tarazona (y Fitero, añadimos), en el confín de los Tres Reinos, donde se ven hoy día las piedras que sirven de linderos, que el pueblo llama la Mesa de los Tres Reyes con presupuesto de que todos tres comieron a una mesa, estando cada cual dentro de su reino”. Para nosotros fue en ésta, y no en la erguida cúspide pirenaica, donde únicamente se celebraron las reuniones reales, y dejando así aclarada la cuestión de que en aquella solo existió la convergencia de tres reinos”.

De momento, aquí quedará la cuestión del sorprendente banquete que pudieron obsequiarse los tres monarcas, o lo que fueran, sobre la cima que constituía la confluencia geográfica de Aragón, el Béarn y Navarra: la Mesa de los Tres Reyes (2.421 metros). Porque parece que el pico de los Tres Reyes (2.446 metros) quedaba fuera del territorio francés por solo unos metros, en tanto que constituía el Techo (compartido con Aragón) de Navarra. Con ciertos reparos, pues en algunos mapas la muga varía y sitúa a esta Table por completo en tierras galas, fijando la confluencia de tres viejos estados justo en el Pico

Vamos a dejar tranquilas las cuestiones geográficas y toponímicas de la Mesa de los Tres Reyes. A cambio, nos zambulliremos en el mundo fabuloso de ese rincón del Pirineo. Porque en lo referente a sus cimas ofreció, en los albores de la exploración de finales del siglo XVIII, un anecdotario bastante rico. Aunque no aluda a rey alguno, nos puede ayudar a comprender un tanto el carácter místico de las zonas altas…

En el apartado de los asuntos sobrenaturales resulta llamativa el anatema que arrastraba cierta porción de esta cordillera. Al menos, según las más asentadas creencias de los habitantes de Lescun. Lo relataba el sabio Bernard Palassou desde su Essai sur la Minéralogie des Monts-Pyrénées (1781):

“Las montañas que bordean el valle de Aspe son muy altas, y una de las más destacables es el pico de Anie, en el territorio de Lescun, cuya elevación, según Flamichon, ingeniero geógrafo del rey, es de 1.119 toesas [2.170’86 metros] sobre el puente de Pau. No se consigue sino con pena ascender a esta montaña, pues la inclinación de su pendiente ofrece muchas dificultades. Las ideas singulares de los habitantes de Lescun han hecho nacer obstáculos de otra especie: como el pico de Anie está situado al oeste del pueblo y el mal tiempo llega por dicho costado, se pretende que no consienten con gusto que los foráneos lo suban, suponiéndoles la facultad y la mala intención de traer las tormentas sobre su territorio. Añadiré que semejante idea pudo resultar funesta, hace diez o doce años [¿1771 ó 1769?], a un sabio naturalista que, provisto de un barómetro y de otros instrumentos propios para las observaciones, se propuso realizarlas sobre el pico de Anie y fue tomado por un mago”.

Sin embargo, cuando en 1786 Henri Reboul subió al pico de Anie, no parece que tuviese problemas con las supercherías locales. Pero la historia ya estaba lanzada, y en estos casos se suele incrementar con el paso de los años y de los viajeros. Léon Dufour presentó en las Actas de la Société Linnéenne de Bordeaux del 15 de mayo de 1836 cierto trabajo sobre “Botanique. Ascension du pic d’Anie”. Allí rescató el asunto de sus montañas malditas:

“El sabio Borda d’Oro, de Dax, recorriendo los Pirineos hacia 1787, se dirigió a Lescun con la intención de subir a la cima de dicho pico [de Anie], pero encontrándose de frente con las supersticiones de los montañeses de la región, se vio obligado a renunciar a esta empresa […]. Como ya he dicho al comienzo de mi texto, nuestro compatriota, el joven sabio De Borda, en 1787 estuvo a punto de ser víctima de los prejuicios de la población de Lescun contra los extranjeros que escalaban el pico de Anie. Flamichon y Palassou, posteriormente, hallaron las mismas supersticiones del todo arraigadas. Por desgracia, lo mismo pasaba ahora, a pesar del progreso de las Luces y de la pretendida sensatez del pueblo. El cirujano del lugar nos aseguró, confidencialmente, que las mujeres, sobre todo, persuadidas de que nuestro ascenso iba a atraer azotes sobre el valle, nos destinaban todas las expresiones empleadas para conjurar los maleficios e incluso que estaban bastante dispuestas a lapidarnos como magos”.

Con el desembarco de pirineístas célebres por la región, aunque fuese con cuentagotas, fue preciso realizar cierto lavado de cara. De ello se encargaba, más o menos, el parisino Adolphe Joanne desde su guía Pyrénées en su edición de 1879:

”Antaño los habitantes de Lescun evitaban el acceso del pico de Anie, por el temor de excitar la cólera del Señor Salvaje que habitaba la cima y no atraer sus maldiciones sobre la comarca. A comienzos de siglo [más bien a finales del XVIII] Borda quiso tentar su ascenso, pero fue perseguido y, sin la intervención del cura, quizás hubiese sido agredido. Palassou, temiendo ser arrestado no pasó por Lescun e hizo su ascenso por el bosque de Balagne y el Pas de Azun. Hoy los turistas no tienen ningún peligro que temer por parte de los indígenas”.

¿Y permanecieron estas fábulas durante mucho tiempo al pie de las cumbres aspesas? Pues eso parece, a tenor de lo que cuentan los hermanos Cadier desde uno de sus Carnets de Courses de 1893:

”Unos pasos más hacia el extremo oeste del pueblo [de Lescun] y percibimos, a la derecha del Billare, por el final del vallecito de Lauga, la punta del famoso pico de Anie (2.504 metros), que está fulgurante de blanco y de luz, con algunos collares de hielos. ¡Saludos para la última montaña alta de los Pirineos franceses por el lado del Océano! ¡Salud al cono durante largo tiempo inviolado y legendario que parece todavía que persigue al Diablo! El pico de Anie bien merece la albada del cuerno de caza, y lo honramos con una fanfarria ensordecedora. ¡Qué hemos hecho, dioses inmortales! Unas viejecitas nos detienen con sus manos y se van corriendo:

”–Callad, hombres, y no molestéis al Diablo. Si no, ¡hará que granice!

”La superstición se halla, pues, bien conservada. Por lo demás, se sabe que los primeros ascensionistas fueron bastante maltratados por los habitantes de Lescun. En realidad, en dirección al pico de Anie, situado al oeste respecto a Lescun, parecen nacer todas las tormentas, lo cual explicaría la diabólica creencia […]. Damos los buenos días al Diablo y media vuelta”.

Pero es tiempo de que calcemos las botas para visitar la Mesa de los Tres Reyes. Es hora ya de que acompañemos a quien firmara la primera que se conoce a una de sus cimas.

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Comentario

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  1. Mi más sincera enhorabuena por tan elaborado e interesante texto. Y totalmente de acuerdo en lo relativo a toponimia y confusión cartográfica, o cual ha conseguido despistarme en alguna que otra ocasión, sobre todo porque sobre esa zona planean muchos fundamentalismos toponímicos.

    • Me pasa lo mismo, José: la cartografía y la toponimia despistan un montón… Para enterarte un mínimo, aunque sea de sus carencias, hace falta realizar un rastreo desde abajo, desde abajo… Y nadie tiene tanto tiempo libre, me temo… Me alegro que te gustara, enseguida cuelgo la segunda parte (de tres) de esta mini serie…

  2. Me encanta Alberto. Voy mucho por esas montañas y casi no sabía nada. Nadie cuenta cosas que merezcan la pena. Ahora si que tengo ganas de volver a la Mesa de los Tres Reyes. Gracias una vez mas.

    • Bueno, sí que te cuentan cosas interesantes; ya habrás visto que cito obras recientes, no siempre tiro de textos antediluvianos. Me alegro por inspirarte en tus visitas a estos montes tan majos, desde luego.

      • Alberto no entiendo eso de que los tres términos estaban o en la Mesa o en el Pico, que no es seguro dónde. Entonces pudiera que la Mesa fuera Table y bien Table por estar en Francia. No se si lo he entendido bien, Buen lío.

        • Ni tú ni nadie informado lo puede entender. Y lo gracioso es que hay gente, por ahí, que cobra un sueldo por esto de la cartografía oficial… Deduzco que te has asomado por el muro de mi FB y has alucinado con los mapas del IGN-E… Enseguida voy con los del IGN-F, y con los comerciales… Por si quieres alucinar un poco más…