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El Pico que compartían Tres Reyes

Resulta difícil de creer que un picacho, por inaccesible que pareciera desde abajo, no fuese tentado a nada que quedara a la vista de cazadores y cabreros. E incluso ascendido, aunque luego el hecho nunca se difundiese. Tal pudo ser el destino del pico o la Mesa de los Tres Reyes, que si bien se hallaban defendidos por cortados, ni mucho menos mostraban flancos vetados a los trepadores ágiles. Y bien se sabe cómo subían por los roquedos los montañeses de antaño.

A falta de otra cosa, habrá que adjudicarle la primera visita certificada a cierto nantés: Édouard Wallon. Un cartógrafo que en 1883 publicaba desde el Annuaire del Club Alpin Français un completo texto sobre su exploración del sector de Lescun. En su artículo sobre “Les montagnes de Pétragème”, este hombre del Norte informaba de su arribada a Lescun un 18 de agosto de 1883. Al día siguiente tendría lugar su encuentro con la montaña que estos días cortejamos. Así contaba Wallon el esclarecimiento de este sector desde el valle bajo:

“A las 9:40 h llegamos a la confluencia de dos arroyos que se unían casi en ángulo recto. El que venía del sureste comenzaba en el puerto de Ansó o de Petrechema [Pétragème]. El otro bajaba del noroeste, del puerto de Ansabère y del pico de los Tres Reyes [Trois-Rois]. Seguimos las orillas de este último arroyo y, a las 10:20 h, rebasamos las cabañas superiores de Ansabe (1.420 metros). Entonces subimos por una pendiente muy enderezada durante una media hora, hasta alcanzar una fuente muy fresca (1.720 metros), junto a la que nos detuvimos durante unos momentos para recuperarnos.

”Todo el tiempo que duró la parada, nuestros ojos estuvieron fijos constantemente en las crestas del oeste, donde las sorprendentes agujas de Ansabe y de Petrechema se alzaban con una osadía inaudita. En esos momentos se hallaban maravillosamente iluminadas por un sol ardiente, y sus cálidos colores amarillos anaranjados, unidos al resplandor de las nieves que guarnecían todos los corredores, les proporcionaban un encanto indefinible. Estábamos muy cerca, y no se nos escapaba ni un detalle. Así, nuestro guía Loustallot se puso a describir al detalle todas esas puntas y las brechas que las separaban.

”La cima que dominaba por el nor-noroeste, en forma de torre redondeada, era el pico de los Tres Reyes, que los españoles denominan punta de los Reyes. Desde esta cima se destacaba, hacia el este, una arista que terminaba en una plataforma, que era la verdadera Mesa [Table] de los Tres Reyes. La grieta que se abría al noroeste, al pie del pico de los Tres Reyes, y más cercana a nosotros, era el puerto de Ansabère o de Esquesto. A partir de esta brecha, la cresta, avanzando directa hacia el sur, se elevaba en una serie de puntas hasta la Grande Aiguille de Pétragème, o de las Demoiselles, inscrita bajo la denominación de pico de Ansabère (2.376 metros) en el mapa del Dépôt de la Guerre. Dicha punta estaba separada por la profunda brecha de las Demoiselles de otra aguja, al sur de la cual se abre el puerto de Petrechama [Pétragème] o de Ansó (2.070 metros), el paso más practicable de estas crestas. Es por este puerto, que desemboca en el vallecito de Zuriza [Zoriza], por donde se realiza todo el comercio entre Lescun y Ansó. Al sureste de dicho paso se alza una tercera punta, menos elevada que las otras, más allá de la cual se abre el boquete denominado Pourtet-Barrat, y destacado como un excelente puesto para la caza de Acherito [Lacherite] y de Larraille.

”Toda esta nomenclatura fue deducida de las explicaciones proporcionadas sobre el terreno por el guarda Loustallot, quien en tales circunstancias me pareció dar pruebas de un perfecto conocimiento de todas estas montañas.

”El pico de los Tres Reyes y la brecha de las Demoiselles tienen sus propias leyendas, sobre las que guardaré silencio para no dejarme arrastrar fuera de los fines que me había impuesto”.

Tal y como adelantábamos en la entrada previa, este parece el momento en el que el cuento pudo eclosionar desde el estrato montañés al montañero. Posiblemente con Loustallot y Wallon ejerciendo como parteros. La pena es que no terminara por escrito ni el mito de la Mesa ni el de las Señoritas…

Tampoco hay que echarle en cara al normando quien, en apariencia, no registró esta parte del legendario pirenaico. Bastante tenía con sus exploraciones cartográficas. Dentro de su artículo de 1883, serviría este capítulo sobre “El pico de los Tres Reyes [Trois-Rois] (2.434 metros). Primer ascenso”. Detallaba su decisión, durante ese mismo 19 de agosto de 1883, de tantearlo justo después de su reconocimiento de Ansabe. Habrá que traducirlo con amplitud:

“Después de nuestro corto almuerzo, retomamos la marcha y subimos entonces hacia el noroeste, hacia el puerto de Ansabère.

”A las 11:30 h, nos encontramos al pie mismo del puerto, en un vallecito de aspecto desolado y completamente obstruido por los bloques calcáreos y la nieve (1.860 metros). Más allá se percibían bien algunas trazas del antiguo sendero, aunque los guijarros y las nieves lo habían de tal forma degradado que, renunciando a seguir sus zetas, subimos directos hacia el puerto.

”A las 12:30 h nos hallábamos sobre la línea fronteriza (2.120 metros), donde me detuve un instante para seguir con la mirada los saltos de una manada de sarrios que acabábamos de sorprender. Seis de estos ágiles animales huyeron a la vertiente francesa y tres a la española.

”A partir del puerto de Ansabère, subimos hacia el noreste, directos al pico de los Tres Reyes, que se alzaba majestuosamente ante nosotros.

”La primera parte de la ascensión es bastante fácil y no consiste sino en una serie de escaladitas sobre unos estratos que se alternan con fajas de césped. No tardamos en hallar unas cornisas que, sin resultar muy difíciles, reclamaban no obstante nuestra atención. También tuvimos que atravesar unas pedrizas y campos de nieve muy inclinados. Entonces, considerando más prudente el dejar mayor libertad de movimientos a nuestros guías, hice que depositaran todo el equipaje, con excepción de los instrumentos, al abrigo de un gran bloque señalado con una hoja de papel fijada sobre una torreta de piedras. Tal precaución me pareció oportuna en mitad de este dédalo de bloques y de cornisas donde todo se parecía.

”Finalmente a las 14:00 h [del 19 de agosto de 1883], pusimos el pie sobre la verdadera punta de los Tres Reyes (2.434 metros). Dicha cima finalizaba en una plataforma redondeada cubierta por bloques de piedra calcárea gris muy clara.

”Nos encontrábamos sobre el punto culminante de estas crestas y la vista era inmensa. La mirada se perdía en el infinito lejano de montañas y llanuras: nada la estorbaba. Solo el pico de Anie, por el norte, se alzaba un poco más (a 2.504 metros), más allá del profundo valle de Anaye o del Insole. Este pico y el de la Pène-Blanque (2.342 metros), cuya punta cilíndrica surgía muy cercana por el noreste, formaban un muy bello grupo. La atmósfera se mostraba tan pura que todo se destacaba con una rara claridad. No sabría decir qué cima no se veía, desde el macizo de los Montes Malditos, al este, hasta las últimas montañas de Navarra, al oeste.

”A nuestros pies, al este, el pequeño lago de l’Hurs brillaba como una esmeralda encastada entre las murallas occidentales de Billare y las de Landrosque.

”Por el costado de las llanuras del Béarn, en mitad de un damero de praderas verdeantes y de campos de cultivo, aparecía una multitud de pueblos y ciudades, y pude señalar a mis guías los edificios de Pau. Pero lo que más interesó a mis compañeros fue la línea azul del Océano que destacaba claramente por el horizonte último de las llanuras al oeste-noroeste.

”Por el sur, las sierras de Aragón escalonaban sus siluetas azuladas hasta perderse de vista.

”La cima de los Tres Reyes se alzaba en el punto donde se une a la frontera el largo cañón de Mazelarra o de Sierralonga que separa, por este costado, las dos regiones españolas de Aragón y de Navarra. Entonces, no podía encontrar una mejor estación para controlar cuanto ya había recorrido por esa parte de la vertiente española. Así, los misterios con los que todavía se rodeaban ciertas puntas de esta zona desaparecerían para mí de un momento a otro. Por ejemplo, no había podido trazar el punto de unión de la Mesa [Table] con la punta de los Tres Reyes; había confundido ambos puntos o los había alejado en exceso el uno del otro. Ahora no cabía error posible, pues dominábamos completamente la arista que se destacaba desde la cima hacia el sureste y la terraza que la remataba con el nombre de Mesa (2.416 metros), a una distancia aproximada de trescientos metros. Dicha arista se veía un tanto atormentada e incluso con céspedes en algunos puntos, si bien sus murallas orientales caían absolutamente cortadas a pico.

”Si se sigue el trazado del mapa del Dépôt de la Guerre, es en la Mesa donde se encuentra la línea fronteriza, y por consiguiente el pico de los Tres Reyes era español. Sin embargo, la línea de partición de aguas pasa por su cima misma, dado que todos los arroyos de la vertiente por la que hemos realizado la ascensión a partir del puerto de Ansabère se reunían en el fondo del vallecito de Ansabe. El guarda Loustallot, por su parte, no dudaba de que la punta de los Tres Reyes no se alzaba en la misma frontera, pues en Lescun la Mesa se consideraba como parte del territorio del municipio. Sin embargo, no percibí en la cima de los Tres Reyes las marcas de separación trazadas en otros lugares de la frontera. ¿No habría, en este punto, un asunto que rectificar?

”Por el lado sur, todas las puntas de Ansabe y de Petrechema [Pétragème] quedaban a la vista. Las dominábamos completamente y ni uno de los detalles de sus verdaderas formas se nos escapaban. Su transformación era muy singular. Si hubiera subido a la cima de los Tres Reyes por otra vertiente, habría tenido grandes problemas para reconocer las puntas de estas agujas cuyas formas osadas y aéreas tanto atraían la mirada desde el fondo del vallecito de Ansabe. Mas no había duda posible para mí, pues jamás las había perdido de vista durante la subida. Sin embargo, estas puntas tan agudas no eran en realidad sino los extremos de los estrechos bastiones cuyos muros, cortados por brechas profundas, eran inabordables desde la vertiente francesa, y cuya zona cimera proseguía, abatiéndose gradualmente, sobre una vertiente española cuyos accesos parecían fáciles. Estos bastiones de Petrechema están entre los más bellos ejemplos de fortificaciones naturales que se hallan en muchos lugares del alzamiento calcáreo pirenaico […].

”No terminaría nunca de relatar cuantas observaciones interesantes realicé desde lo alto del pico de los Tres Reyes. A las 16:00 h me despedí con pena de tan bellos panoramas, y di la señal de partida.

”Durante el descenso seguimos más o menos nuestra línea de subida, aunque no sin dudas, en mitad de esas cornisas que se parecían entre sí. Las huellas que dejamos sobre la nieve y sobre las pedrizas nos indicaban, ciertamente, la vía. Sin embargo, estuvimos dudando hasta que percibimos la pequeña pirámide rematada por la hoja de papel. Entonces corrimos directamente hacia nuestros equipajes. La mochila con los víveres nos interesaba especialmente, pues, durante nuestra estación en la cima, la vivacidad del aire nos había quitado el apetito de un modo razonable.

”Descendimos algunos metros para instalarnos en el borde de un montón de nieve del que salía un hilillo de agua, y con fiereza le hicimos los honores a los víveres que nos quedaban, aunque sin perder demasiado tiempo. En efecto: el sol caía rápidamente y la sombra que producían las agujas de Petrechema adoptaba unas dimensiones colosales.

”Una vez recogido nuestro equipaje, tratamos la cuestión de la ruta que seguiríamos para bajar. De ser preciso que retomásemos el camino llevado durante el ascenso, la noche nos sorprendería, muy probablemente, en los senderos malos del vallecito de Ansabe. Así, para ganar mucho tiempo, sería preciso bajar directamente hasta el fondo del valle. Aunque, ¿eso no era lanzarse hacia lo desconocido? Naturalmente, la opinión de nuestro guía Loustallot debía de ser la predominante, lo cual le comentamos. Entonces, comprendiendo su responsabilidad, nos dejó un momento y enseguida le vimos sobre el borde extremo de una cornisa que se extraplomaba desde donde pudo examinar lo que seguía más abajo. Dicho examen resultó sin duda satisfactorio, dado que no tardó en hacernos señas para que nos reuniésemos con él. En efecto: allí había una serie de rastros de nieve y de guijarros que nos mostró con la mano y que descendían muy abajo. Los juzgó practicables a pesar de su espantosa inclinación.

”La suerte estaba echada, ¡y partimos! No siempre permanecimos sobre nuestras piernas, por lo que los fondillos de nuestros pantalones sufrieron algunos desgarros durante esta destrepada vertiginosa. No obstante, gracias a nuestro trato frecuente con las montañas, llegamos sin accidente casi al fondo del vallecito.

”Este descenso directo nos había hecho ganar mucho tiempo. Sin embargo, llegamos a Lescun de noche, muy cansados por el calor, aunque encantados por nuestra excursión”.

En el albergue repusieron fuerzas comiendo las reputadas truchas fritas, que bien que se lo habían merecido. Nuestros pirineístas encargaron otra ración para la cena siguiente, pues aprovecharían el raro período de buen clima. Por delante, nuevos reconocimientos de lo avistado desde el pico de los Tres Reyes hacia el sur-sureste: las dentaduras de Larraille. Como Loustallot conocía la zona, les prometió que “verían muchas novedades”.

Pero eso es ya otra historia que habrá que aplazar, en tanto nos centramos en la primera visita documentada a la verdadera Mesa de los Tres Reyes. Con otra añada y otros protagonistas en liza.

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Comentario

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  1. Un apunte cuando menos curioso: Juan Carlos López-Mugartza en su tesis doctoral sobre toponimia ansotana y roncalesa afirma que la terminología relativa a los tres reyes es una traducción del gascón, «Era tabla d’eths Tros Rois», que significa «faja de los trozos pelados».
    Ahí es na’. (De la web Mendikat, al parecer bien informada sobre este punto)

    • ¿Te refieres al nombrecito que ahora aparece en los mapas autóctonos…? Además, desde hace poco, que con el nuevo milenio los autóctonos han ido, digamos, aragonesizando su toponimia… Pues no conocía esa obra, José… ¿Dice algo de la leyenda que no sea la reiteración de costumbre? ¿Y lo de la Meseta…? Saludos gordos…

  2. Fantástico Alberto. Con ganas enormes de leer el tercero. Lamentando que no sea cuatro. O cinco. E incluso seis. Y mejor un libro.

    • Bueno, muchas gracias, pero justamente eso hago ahora: una especie de libro digital y gratuito, para que accedan a él a través de este blog… Más saludos simiescos…

  3. muy bueno alberto ya pensaba que te tomabas vacaciones del coronavirus o que te habias cansado o que te olvidabas de nosotros

    • Bueno, Luis, algo de eso sí que hay, que cada vez ando peor de tiempo y voy a tener que reducir alguna cosilla… Pero tengo archivo amplio, tranqui… Cuídate mucho…