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Historias de una Brecha

En estos días previos al verano se cumplen veinte años de la publicación de cierto libro titulado La Brecha de Rolando (Desnivel, 2000). Un texto que fue la adaptación abreviada de ese manuscrito sobre las “Historias de una Brecha” que quedó finalista en el I Premio de Literatura de Montaña, Viajes y Aventuras Desnivel fallado en 1999. Una pequeña efeméride dentro de la crónica del gran collado del Marboré a la que dedicaremos un cuarteto de entradas.

¿Qué decir de mi primer texto importante publicado a papel y, enseguida, reeditado? Todavía a la venta, sigue demostrando, año tras año, que a pesar de la veintena de añadas transcurridas, aún interesa a los lectores con querencia por el pirineísmo. Antes de que cierto cuarteto de montañeros de mérito nos acompañe hasta la siempre espectacular Brecha de Rolando, brindaré unas curiosidades sobre su making off literario.

La noticia de la primera convocatoria del Premio Desnivel de Literatura me llegó a finales de 1989 a través de una reseña que leí en la Zona Verde del Heraldo de Huesca, firmada por un periodista a quien seguía pero al que aún no conocía: Eduardo Viñuales. Como, por entonces, un servidor estaba publicando unas monografías dedicadas a montañas del Pirineo (desde el pico de Bachimala hasta el Midi d’Ossau) en el Boletín de Montañeros de Aragón, se encendió una bombilla: dado que mis consocios mostraban una gran sed por conocer nuestro pasado pirineísta, quizás pudiera presentar una de ellas a concurso… No con idea de ganarlo, que eso jamás se me pasó por la cabeza, sino para no hacer demasiado el ridículo. Porque lo cierto es que el nombre de Desnivel impresionaba/intimidaba bastante…

Aquí dejaré, por el momento, mis curiosas peripecias concurseras, para buscar la compañía del gran propagandista de la Brecha de Rolando. Que no fue otro que Louis Ramond de Carbonnières. Sin duda alguna, el responsable de su popularización en medios cultos del norte de la cordillera. El futuro padre del pirineísmo lo fue también de una Brecha de Rolando que, si bien se veía desde no pocos lugares por ambos costados de la divisoria, nadie hasta entonces había explicado (por escrito) que la había subido.

Desde su primer libro sobre esta cadena, las Observations faites dans les Pyrénées […], de 1789, Ramond le dedicó a este sector un amplio capítulo sobre “Gavarnie, su valle, su cascada y su puente de nieve, el Marboré y sus hielos; la Brecha de Rolando y sus glaciares”. De este texto fundamental se ha extraído el grueso de las citas que sigue.

Nuestro pirineísta pudo visitar dicho collado durante su primer y breve contacto con estas montañas del verano de 1787. En realidad, no tuvo mucho tiempo para descubrir los Montes de Pirene: apenas un mes, durante el cual ascendió en dos ocasiones al Midi de Bigorre, luego a la Brecha de Rolando, a los alrededores de Barèges, al puerto de Oô, al glaciar norte Maladeta… Y poco más. Unas actividades casi frenéticas, pues justo al día siguiente de instalarse en el valle de Barèges, ya subía el Midi de Bigorre. Y, ocho días más tarde, estaba sobre la Brecha…

Su ascenso al, por entonces, poco accesible portillo del Marboré no iba a tener ningún carácter turístico: perfectamente acorde con el espíritu ilustrado de la época, Ramond deseaba “verificar la naturaleza del hielo pirenaico”. En este afán de Ciencia, como en muchas otras de sus iniciativas, se reconoce en nuestro alsaciano su deseo de parecerse a Horace-Bénédict de Saussure, el erudito que había subido al Mont-Blanc aquel mismo verano.

Recién llegado a Gavarnie, Ramond de Carbonnières buscó a un montañés que le llevara por la ruta que se conocía como el camino de los contrabandistas. En esta aldea medio española, localizó a un montañés que accedería a conducirle, al día siguiente, por la ruta de los Sarradets hasta la Brecha de Rolando…, a pesar de que el aspecto delgado del alsaciano no debió causarle muy buena impresión:

“Este buen montañés [del que no dice su nombre], que interiormente no creía que yo pudiera llegar muy lejos, no consideró que valiese la pena indicarme las precauciones que él mismo tomaría para aventurarse en ese paso”.

Evidentemente, aquel hombre misterioso del Pays Toy había medido muy mal a Ramond, quien venía a los Pirineos con cierta experiencia, dado que aprendió a usar los crampones de cuatro puntas y el alpenstock en una visita previa a los Alpes suizos.

El 10 de agosto de 1787 los dos hombres se dirigieron hacia el fondo de la Oule del circo de Gavarnie, para ir cobrando cota sobre sus precipicios por las Échelles, o Escaleras de los Sarradets. Parece que el itinerario logró impresionar a nuestro alsaciano: “Mi guía me enseñó una especie de barranco de una escabrosidad espantosa”.A continuación, progresaron por el valle desolado de los Sarradets, recubierto aún por las nieves. Según el cronista Richard, Ramond lo superó “armado de crampones fabricados por él mismo”. Bien consciente de la misión científica que, ante todo, le había animado en aquella aventura, el padre del pirineísmo inició sus observaciones desde la misma altiplanicie:

“Tenía la mente dispuesta y los ojos ejercitados. Así, apenas degusté durante esta expedición peligrosa sino emociones agradables, como todas las que nacen de un peligro que se evita. Cuando dominé el anfiteatro de Gavarnie, su recinto no me pareció más que un abismo oscuro. No distinguí de forma individualizada sino la Gran Cascada, iluminada por el sol. Mientras me elevaba cada vez más, una avalancha recorrió con el ruido del trueno las gradas del Marboré.

”Pronto me aseguré de que las nieves que se presentaban ante mí tenían una exposición hacia el norte, sosteniéndose hacia la de levante, y que no resistían sino accidentalmente a los rayos del sol del poniente y del mediodía. Reconocí que los amasijos que recubrían las gradas del Marboré contenían verdaderos glaciares, y que, bien accesibles, no podían ser observados más que de cerca, puesto que las nieves los habían recubierto. Igualmente me convencí de que el tono oliváceo gris que parecía barrer la Brecha de Rolando era un verdadero glaciar, el cual comenzaba a desgajarse de sus nieves, y que el torrente que corría por debajo de mí salía de sus cavidades. Ya no pude dudar ni de su extensión ni de la dureza de sus hielos, en cuanto mi guía me dijo que, una vez, estando enteramente al descubierto, fue preciso tallar allí escalones a golpe de hacha.

”Me detuve algún tiempo para contemplar la Furchetta, el pico de Allanz y la Frazona, desde donde caía la Gran Cascada. Las capas de estas montañas estaban todas alzadas y eran casi verticales, aunque fueran calcáreas, lo que les daba un aspecto tan áspero como erizado. A pesar de todo, vi allí espaciosos trozos de césped: un rebaño español, como caído del cielo, pacía al borde de un precipicio espantoso. El Marboré, por el contrario, formando aquí la cresta de los Pirineos, se prolongaba en la dirección de la cadena, en una larga muralla sobre la que caían perpendicularmente las direcciones aparentes de estos montes. El Marboré no estaba sino recubierto de nieves, y su masa regular, cortada en unas grandes tajadas que, vistas en este sentido, parecían horizontales como un montón de aguas tranquilas, presentaba sobre estas alturas formas de una rara simplicidad.

”Después de haber franqueado los glaciares, me encontré frente a un portón gigantesco”.

En efecto: Louis Ramond se enfrentaba con la Brecha de Rolando. Al situarse ante la base de sus taludes iniciales, vio cómo una gran grieta, producto del deshielo originado por los rayos de sol que pasaban desde España a través de su resquicio, le impedía traspasarla. Ayudado por el guía de Gavarnie, el alsaciano tuvo que trepar por uno de sus contrafuertes rocosos laterales. Pero el esfuerzo bien valdría la pena… Sus célebres líneas sobre la Brecha de Rolando no serán, con exactitud, las primeras noticias que de este collado iba a recibir el mundo civilizado. Sin embargo, gozaron del privilegio de ser las más tempranas descripciones, cercanas y en persona, que llegaron a un público de ciudad ansioso por ampliar sus horizontes:

“Imagínese una muralla de roca de trescientos a seiscientos pies de altura levantada entre Francia y España, a las que separa físicamente. Imagínese esa muralla curvada en forma de croissant, de forma que la convexidad esté vuelta hacia Francia. Imagínese, finalmente, que en mitad mismo del muro, Rolando, montado sobre su caballo de batalla, quisiese abrir un paso y, de un golpe de su famosa espada, hiciera una brecha de trescientos pies de abertura: con ello se tendrá una idea de lo que los montañeses llaman la Brecha de Rolando [o de Roldán]. El muro tiene poco espesor, pero adquiere todavía más por el lado de las Torres del Marboré, que se elevan majestuosamente por encima de la puerta y de todas sus avenidas, como una ciudadela que Rolando hubiera situado para defender el paso.

”Además de la puerta, hay dos ventanas abiertas sobre el mismo muro, en medio de los dos cuernos del croissant, a una distancia igual de la puerta. Y, frente a frente, las dos puntas de estos dos cuernos, dos montes piramidales colocados a distancias parecidas sirven de antecuerpo al edificio como para proteger el circo que encierra. Porque aquí todo es simétrico, pues Rolando trabajó a partir de un plan que hace tanto honor a su inteligencia como a la fuerza de sus brazos”.

Al acceder al gran boquete fronterizo, el alsaciano se instaló “sentado sobre una piedra, a los dulces rayos de un sol sin nubes, aunque carentes de ardor”, pudiendo saborear el montañero pasatiempo de “la pereza del proceder y del pensar que se respira poco a poco con el aire de las alturas”. Cientos de miles de excursionistas lo imitarían en el curso de los dos siglos siguientes. En cuanto a sus impresiones desde la divisoria, Ramond las relató con toda amplitud:

“Me encontraba en un espantoso desierto: nada de vegetación y nieves acumuladas por el lado de Francia hasta una altura considerable. Más raras por el lado de España y menos duraderas, estas nieves, a pesar de los ardores del mediodía, descubrían largos barrancos y vastas ruinas que la Naturaleza aún no había fecundado. Rocas de todas partes que eran más ásperas y erizadas por el lado de Francia, se veían más degradadas por el lado de España, y se hallaban suspendidas sobre los precipicios de una forma amenazadora. Los montes estaban más amontonados y eran más altos hacia el norte, donde la forma y la blancura de las cumbres sin igual recordaban las olas encolerizadas, en tanto que las cimas verdes y redondeadas de estas montañas, que siempre iban a abatirse hacia el sur, parecían las ondas de un mar más tranquilo.

”Se abrían aquí inmensas perspectivas, y por las ventanas del circo, por encima del circo mismo, el ojo podía recorrer Aragón. En efecto: nada se elevaba entre el cerco de este circo maravilloso y las llanuras que huían hasta el extremo del horizonte. También se veían cómo se abatían los montes de forma apenas sensible, con los valles tortuosos abriéndose cada vez más para perderse por las campiñas”.

El objetivo real de la excursión del alsaciano no pudo resultar más fructífero. Cuando descendía con sumo cuidado entre las rocas del contorno del glaciar, Ramond halló el tesoro científico que tan afanosamente buscaba:

“Estaba sumergido bajo cuarenta pies de nieve, donde distinguí todas las capas. Veía allí cómo los inviernos más famosos separaban perfectamente cada uno de los años. Reconocí los veranos ardientes en las bandas más débiles y en las más transparentes”.

Ese viaje inicial a la alta montaña del Marboré, además de permitirle examinar “el hielo verdadero, el hielo azul de los Alpes”, le descubrió por la lejanía un increíble macizo: “Mi guía lo nombraba Plan del Aubo, en tanto que el ángulo bajo el cual lo veía me llevaba a pensar que era el Vignemale”. Sin embargo, el tan corto como tormentoso verano de 1787 no daría sino para un precipitado viaje a la Maladeta que lo alejó de la Pique Longue.

Ramond no regresó a la Brecha de Rolando hasta 1792, durante sus minuciosas exploraciones en torno al Monte Perdido… Tres añadas más tarde, según cuenta en sus Carnets Pyrénéens, nuestro hombre ganaba su primer tresmil, el Touron del Néouvielle. Desde esta cumbre, acertó a percibir todo el Macizo Calcáreo, incluyendo cierta hendidura en su cresta ahora minúscula:

“Subido sobre un enorme pedestal desde donde se distingue primeramente un extraño Cilindro colocado sobre las gradas, enseguida las Torres de Marboré, después la Brecha de Rolando y sus murallas, y finalmente, las dos cúpulas del Taillón”.

El padre del pirineísmo envió a varios científicos al gran portal que el mito supone abierto por Rolando: sus alumnos Mirbel y Pasquier, quienes tantos problemas tuvieron ante los hielos de su glaciar en 1797. También dirigiría hacia el Marboré a su colega La Boulinière, quien acaso atareado con la búsqueda de fósiles marinos en sus paredes, quizás no admirase en exceso la belleza del entorno.

Curiosamente, Ramond nunca consideró que por la Brecha de Rolando estuviera la ruta más clara desde el norte hacia el Monte Perdido. Con el discurrir del siglo XIX, decenas de compatriotas preferirían ganar la cúspide del Macizo Calcáreo desde tan famosa Brecha. Por ello, quince años después de su célebre visita, el alsaciano sentiría cierto orgullo ante su padrinazgo, reseñando la facilidad con la que se subía en 1802 para admirar el portalón de Rolando, aventurando que, a no mucho tardar, aquellos turistas iniciales se atreverían incluso con el Monte Perdido.

Enseguida propondremos otra excursión hasta el gran collado del Marboré a través del manuscrito original de las veinteañeras “Historias de una Brecha”…

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Comentario

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  1. Me uno a la felicitación general, con buen conocimiento de causa. Es ya una completa saga de obras relativas al pireneísmo que da gusto tornar a leer de vez en cuando.

    • Muchísimas gracias, José… Me encantó que me permitieran «saltar» desde los viejos Boletines Digitales a papel de nuestro Club, donde comencé con las monografías pirenaicas, al ruedo editorial…

      • Eres muy amable, buen Simio Ilustrado. De momento me conformo con seguir aportando cuanto encuentro en este blog. Fíjate que lo último que acabo de echarme a la cara sobre esta Brecha de Rolando estaba, un tanto escondido, dentro del libro de Claud Schuster sobre «Men, Women and Mountains» (1931). En breve, vierto por aquí su capítulo sobre «Walks in the Pyrenees (1913)», acaso en una especie de re-cumpleaños de mi texto veinteañero para Desnivel Ediciones…