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La inscripción fantasma de la Brecha

No; con las “Historias de una Brecha” no gané el I Premio Desnivel de Literatura de Montaña, Viajes y Aventura. Un concurso al que me presenté (y quedé finalista) en las dos ediciones siguientes, hasta finalmente dar en el clavo con el Monstruo de Artouste… Pero, de cualquier modo, la editora Beata Rozga vio posibilidades para que el tocharraco del primer manuscrito presentado a concurso, tras aligerarlo de algunas reseñas, saliera al mercado en formato papel, hace ahora veinte añadas. Es más: dado su éxito en ventas y temprana reedición (en septiembre de 2000), se animó a publicar lo que se había caído de La Brecha de Rolando (Desnivel, 2000) junto con otros materiales que guardaba en mi cajón, como una suerte de segundo volumen dedicado al Macizo Calcáreo que tituló: Monte Perdido. Historia y mitos del gigante pirenaico (Desnivel, 2001). Por ese motivo se editaron tan seguidos.

Podemos regresar a la fantástica Brecha del Marboré a través de uno de los relatos que más interesantes me han parecido desde siempre. Estoy hablando de la inscripción fantasma de la Brecha de Rolando. Una especie de graffitti decimonónico tallado en roca que, al parecer, aparecía y desaparecía del collado según lo buscara, o no, un visitante u otro. Una historia de 1828 que lleva nombre de mujer. Así lo conté en el manuscrito de 1999…

La fama de la Brecha de Rolando era ya considerable cuando María Carolina de Nápoles, duquesa de Berry, visitó los Pirineos en el agitado verano de 1828. Tenía treinta años y se permitía el tratamiento de Alteza Real por ser la viuda (desde 1820) del segundo hijo del monarca Charles X de Francia. También era muy popular en el país vecino, a pesar de su calidad de extranjera como hija de Francisco I, rey de las Dos Sicilias. María Carolina dejó una inmejorable impresión en todas las regiones que visitó. En su tiempo, se dijo que poseía “todas las virtudes de la viajera popular: alma sensible, habilidad para amoldarse a las costumbres locales y noble sencillez”.

Su periplo pirenaico se iniciaba el 19 de agosto de 1828 en Saint-Sauveur, donde su comitiva fue recibida en olor de multitudes. Una placa adosada a la pared del entonces prestigioso Hôtel de France de esta ciudad balnearia y dos monolitos a los que los avatares de la política hurtaron sus inscripciones originales recuerdan esta visita y la de su predecesora, la duquesa de Angulema, cinco años antes. Mas la inquieta María Carolina no pretendía contentarse, como aquélla, con tomar las aguas termales de Saint-Sauveur.

Así, el día 26 la joven viuda subió al pico del Midi de Bigorre: a caballo hasta el lago de Oncet y alternando tanto la silla de manos como las abarcas hasta la cima. El uso de atuendos locales por parte de esta aristócrata debió de parecer sorprendente en una dama de su posición. Sin embargo, la italiana quiso prescindir de su sombrero a la última moda para cubrirse con la típica boina azul bearnesa. Como ya había pasado tantas veces desde los tiempos de Louis Ramond, las vistas de la Brecha de Rolando desde la cumbre del Midi de Bigorre resultaron de lo más cautivadoras para la duquesa de Berry.

Naturalmente, las autoridades locales trataron de hacerla desistir de su nuevo proyecto de ascensión. Aunque en vano, pues “Su Alteza Real tenía grandes deseos de ver tan famosa Brecha”, según reconoció Walsh de Serrant, el cronista oficial de este viaje tan mediático en su día.

Por ello, un radiante 29 de agosto de 1828, una vistosísima caravana de medio centenar de personas se pondría en marcha desde Gavarnie a las 4:30 h. Marchaba rumbo a la ruta de las Échelles de Sarradets. En la Oule del fondo del circo de Gavarnie, María Carolina hubo de apearse de su caballo y comenzó a trepar por las rocas. Según el veredicto de su guía en jefe Jacques, ascendiendo “tan ligera como un pájaro”. Walsh apunta también, respecto a estas dificultades rocosas, que “los guías hicieron tomar el camino de las Échelles, un camino que está bien nombrado, pues jamás, salvo en una escalera, se sube de un modo tan perpendicular”. Nuestra Duquesa iba equipada con “un bastón de punta de hierro y abarcas españolas de suela de cáñamo”. Además de llevar dos guías por cada lado, como con las otras damas de su cortejo, para que la ayudaran en los pasos peores.

Al acceder a las nieves del vallecillo de los Sarradets, la Berry no se calzó con decisión unos crampones, y dicen que encabezó la comitiva sin dar la menor muestra de fatiga o miedo. El repecho final lo superó merced al apoyo de los hombros de los montañeses y al cómodo camino abierto previamente en el hielo a golpe de hacha por los guías del Pays Toy.

El historiador Pierre de Gorsse también quiso dar su opinión respecto de este ascenso, suponiendo que se realizó “tanto en silla de porteadores como a pie”. En cualquier caso, sobre las 11:00 h se alcanzaba la prestigiosa Brecha de Rolando. El panorama no defraudaría a nadie, siquiera al cronista Walsh:

“Esta Brecha tallada en la roca viva tiene trescientos pies de abertura. A derecha e izquierda, la roca se eleva hasta cuatrocientos pies: ¡este gran pórtico es tan bonito y noble como el nombre del amigo de Carlomagno! Está situado totalmente sobre la cresta de los Pirineos y, desde allí, se domina toda la cadena de montañas, al sur como al norte, la parte de Francia y la de España”.

Llegados al punto álgido del día, Jacques, el jefe de los guías de Saint-Sauveur que había dirigido la comitiva, se echó a llorar de la emoción. Algunos sostienen que el abigarrado cortejo de la Berry incluía cinco sillas de manos conducidas por relevos de dos fornidos montañeses.

Todo el grupo pasó a la vertiente española, más cobijada y soleada, para tomar la regia pitanza, dicen que con muy poco protocolo… Tras una hora de buen comer la caravana inició el retorno, completando una excursión de catorce horas en total.

No se sabe si María Carolina fue la primera aristócrata en ganar la Brecha de Rolando. Al menos se tiene el dato, aportado por la condesa de Lépine desde el texto sobre su Voyage aux Pyrénées en 1820, del sistema que algunos montañeses inventaron (o eso le contaron) para devolver intactos al valle a sus clientes más temerosos:

“Para descender de la Brecha de Rolando, veinte minutos bastan a dos guías que, después de haber encerrado a su amable cliente en un saco, seguidos o precedidos de su paquete, bajan muy deprisa deslizándose por el glaciar”.

El peculiar colofón de esta aventureta principesca fue el encargo que se hizo de tallar, en el lado español de la Brecha de Rolando el nombre de los más importantes miembros del grupo. Se supone que no, como algunos afirmaron, con la Berry delante, sino a posteriori. Por ejemplo, Walsh señaló en su relato que “Su Alteza Real no quiso abandonar la Brecha de Rolando sino tras haber grabado en la roca el nombre de Maria Carolina de Sicilia, duquesa de Berry”.Como quiera que fuese, dicha inscripción aún sigue allí, en los contrafuertes meridionales del Casco, a unos cinco metros de la divisoria y a medio metro del suelo. Algo desgastados por las inclemencias del tiempo, no es difícil percibir los bonitos caracteres en letras romanas de unos cinco centímetros de altura. En total, ocupa un sector rectangular de unos ochenta por ciento diez centímetros, donde se limita a informar en francés de la identidad de los ocho participantes más destacados de aquella excursión:

MARIE-CAROLINE DE NAPLES

DUCHESSE DE BERRY

DUCHESSE DE REGGIO

MARQUISE DE PODENAS

COMTE DE MESNARD

COMTE DE MAILLY

MARQUIS DE VERDALLE

COMTE DE SERRANT

CHEVALIER DE LA ROUZIERE

29 AOUT 1828

Después de observar esta lista encabezada por siete nobles que cerraba un plebeyo, se puede acudir a los libros de historia de Francia. Allí se constatará que la mayor parte de ellos tuvo un final triste de encarcelamientos y muertes prematuras. Es decir: el tallado del muro de la Brecha de Rolando pareció acarrear a sus protagonistas una especie de maldición. No fue el único ingrediente misterioso.

Tras este ascenso del todo real, una nueva leyenda se aposentó sobre la roca tallada junto a la Brecha. Y es que, si bien existen numerosos testimonios de viajeros decimonónicos que pudieron ver la inscripción de la duquesa de Berry, se fueron alternando con los de los pirineístas de peso que pasaron sin percibirla. Por un lado, los Jubinal, Russell, Lequeutre, De Bouillé y Joanne hablaron de ella en sus escritos. Por otro, los Chausenque, Packe, Le Bondidier, Ledormeur, Briet y Soubiron, no lo hicieron. Es de suponer que, más que por republicanismo, porque o nunca habían oído hablar de ella, o no la supieron encontrar.

En cuanto a los manuales de recorridos montañeros posteriores, hay que decir que presentaron discrepancias y divergencias notorias. Con el tiempo, la tendencia generalizada fue hacia el olvido de aquella inscripción. Aunque no en todas las páginas: por ejemplo, en el tardío 1928 la Guide Bleu hablaba de aquella inscripción situada “en la vertiente española, sur, a izquierda de la muralla”. Por añadidura, quienes sí encontraron el epígrafe, en especial durante el siglo XX, subieron a la Brecha una costumbre que parecía quedar circunscrita a las llanuras: tallar sus nombres, empleando como cincel los más variados sistemas, junto a los de la comitiva principesca. Un lamentable concurso de graffittis llegó de esta manera al Marboré.

En fin: si os acercáis hasta el umbral sureño de la Brecha de Rolando, mejor que no dejéis más pruebas de la vanidad de los humanos. Por otra parte, desde su declaración como Parque Nacional, está prohibido. Ya seas príncipe o plebeyo. Ojo: además de multa, hay maldición de por medio.

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Comentario

quince + diez =

  1. He de confesar que no he llegado a ver nunca la famosa inscripción, sea por ignorancia o porque no me acordé durante la visita. Tampoco es que haya estado muchas veces en la Brecha, si bien la he rondado muy cerca en bastantes ocasiones. Sic transit gloria mundi…

    • Bueno, pues ya somos dos… En mi «primera vez», allá por los inicios de los años ochenta, tampoco la vi. En realidad, ni sabía que existía, que de eso me enteré mucho después… De todas formas, las letras están ya un tanto desgastadas, por lo que ¡mejor darse prisa si se quiere ver la Inscripción de la Berry!!!

    • Vaya con las maldiciones pirenaicas Alberto. Tú te apuntas a un picnic en la Brecha de Rolando junto a unos amigos y «cae sobre ti la maldición». Como decían los de Radio Futura.

      • Sí, sí; debe de haber unas cuantas maldiciones rondando por el ambiente pirenaico de las que los urbanitas no tenemos ni idea… Espera a enterarte de cierto hecho luctuoso que sucedió junto a la Brecha, en la entrada siguiente, Makako: ¡como para pensarse mejor dónde monta uno un vivaqueo por allí!

      • Aquí no estoy de acuerdo contigo, Luis, que aunque mis peripecias a veces pueden resultar entretenidas, no son nada comparables a las de Ramond, Russell y demás…