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El Crimen de la Brecha de Rolando

Va una dosis más de chascarrillos sobre esa monografía de la gran Brecha del Marboré que dentro de unos días cumplirá veinte añitos. Como, por ejemplo, la historia de su aterrizaje en mitad del Jurado del I Premio Desnivel de Literatura de Montaña, Viajes y Aventuras (1999). No sin antes aclarar que lo que viene a continuación me lo contó en su día uno de los miembros del referido Jurado…

Bien: había una fecha de entrega para dicho Concurso y, dado el tamaño del tocho que quería enviarles, vi que iba a llegar muy justo de tiempo. A base de cafés lo terminé dos días antes de que se cerrara, y acudí a una empresa paquetera de Zaragoza con cuyos responsables había hablado previamente: con amabilidad, se comprometieron a que llegase dentro del plazo, como así sucedió. Pero, pero, pero… Fui el último en hacerlo entre el montón de trabajos que se presentaron, dado que para el debut del Premio Desnivel todo el mundo sacó esos textos que “tenía guardados por algún cajón”. El caso es que, por lo que me comentaron meses después, los miembros del Jurado estaban exhaustos tras revisar la avalancha de manuscritos que me precedían y, al ver el gran paquete que les llegaba desde las Tierras Mañas, se quedaron espantados. Por suerte, había entre ellos pirineístas militantes que consideraron que aquel monográfico sobre la Brecha de Rolando figurase entre los finalistas de la edición de 1999…

Nada como conmemorar este cumpleaños a través de otra de las narraciones históricas que en su día más me emocionaron. Seguiremos en la brecha a través de una tercera entrega procedente del manuscrito original, de la mano de un viajero escocés. Porque la visita hasta el gigantesco Portillo del Marboré de James Erskine Murray figura, sin duda, entre las más entretenidas de todo el catálogo. Máxime, teniendo en cuenta la fecha en que se produjo: el verano de 1835.

Este natural de Edimburgo, entonces con veinticinco años de edad, en periplo por el Pirineo central con base en su vertiente francesa, llegó a la conclusión de que subir hasta el Monte Perdido por la ruta de la Brecha de Rolando era una aventura inexcusable. Ni corto ni perezoso, acudió hasta Gèdre para contratar como guía al hijo de Gregorio Taula/Grégoire Taulat Rondou, quien tantas veces condujera a Louis Ramond, reforzado por un tal Antoine como porteador. El trío se dirigiría hacia Gavarnie con todo el ánimo del mundo puesto en vencer al Gigante Calcáreo.

En 1835 todavía se podían contar con la mano el número de expediciones exitosas hacia el Techo del Marboré. Por entonces se había abandonado el itinerario del cuello de Añisclo en favor del trayecto por la Brecha de Rolando. El abogado que vino desde Escocia tendría que enfrentarse con toda clase de dificultades, incluidas las imaginadas que le surtirían por los agoreros desde el mismo Gèdre:

“A pesar de todo, el patrón del albergue me aseguró que esta hazaña [de subir al Monte Perdido] era imposible. Si yo no hubiera tenido ninguna inclinación a creer en las afirmaciones de los que habían retrocedido ante los peligros de la ascensión hasta la Brecha de Rolando, que encontraron insuperables, y si no hubiese aprendido a traducir al inglés sencillo los superlativos con los cuales, a la menor ocasión, los franceses entremezclaban sus descripciones más banales, siquiera hubiese soñado con emprenderla.”

Nuestro animoso trotamundos había adquirido la suficiente experiencia en el Pirineo como para no dejarse impresionar por sus montañeses: ya había subido al Canigó, explorado la misteriosa Andorra e incluso atisbado la Maladeta desde el Portillón de Benasque. A partir de ésta, su segunda visita al circo de Gavarnie, arrancarían sus apasionantes peripecias por las más altas regiones calcáreas de la cordillera. Las relataba con bastante gracia desde A Summer in the Pyrenees (1837):

“Avanzamos hasta que llegamos casi al lado opuesto a la Gran Cascada, donde giramos a la derecha y, después de haber atravesado los diversos arroyos que corren en la parte superior de la Oule [el Caldero], llegamos al lugar donde un estrecho reborde en pendiente, sobre la pared lateral del anfiteatro, que permitía realizar en un instante, a quien tuviese la costumbre de caminar por el borde de un precipicio, la primera parte de la ascensión, que parecía la más difícil, por lugares donde el sendero, que contorneaba un ángulo o saliente rocoso, se encontraba suspendido por encima del abismo. Los prudentes contrabandistas que tomaban este camino desde hacía siglos, habían picado unos puntos de apoyo para los pies [en las Échelles, o Escaleras de Sarradets], remediando así la dificultad del pasaje. En el espacio de una hora habíamos superado esta escalera natural y llegado a los altos pastos llamados Les Serrades [hoy, Serradets] donde, durante unas semanas al año, los pastores españoles conducían sus rebaños para que se alimentasen en las pequeñas praderas colgadas de los flancos escarpados de estas montañas.

”En este lugar nos volvimos un instante para contemplar el Marboré, cuyas torres majestuosas se iban diferenciando cada vez más y resultaban más imponentes a medida que uno se encontraba a sus pies y desaparecía en el vértigo de lo lejano. Después volvimos a ponernos en ruta, atravesando una serie de pequeños barrancos y pequeñas gargantas, entremezcladas con masas rocosas y placas de nieve. Al fin llegamos al pie del gran glaciar que, desde el Taillón, la punta Occidental del croissant, se extendía todo a lo largo de la cresta del Marboré, pasando bajo la Brecha de Rolando, y que recubría las terrazas del anfiteatro, cuyos amontonamientos aislados [de nieve] alcanzaban el gran glaciar del Monte Perdido.

”Contorneamos el flanco oeste del glaciar [de la Brecha de Rolando], escalamos una pedriza (era la parte de la ascensión menos peligrosa, aunque la más molesta, pues los guijarros rodaban bajo nuestros pies y nos arrastraban a menudo con ellos, haciéndonos ir hacia abajo) y, una vez llegados a lo alto, atravesamos el glaciar, describiendo un ángulo en dirección a la Brecha.

”Aunque el glaciar estaba colgado de una pendiente muy fuerte, lo atravesamos sin ninguna dificultad. Una reciente caída de nieve había recubierto su superficie, que de otra forma hubiera sido lisa, con una fina capa que, cediendo bajo nuestro peso, nos daba un perfecto agarre para los pies, por lo que juzgué que la cantidad de crampones de hierro y de bastones con los que se había pertrechado Rondou [hijo] eran un estorbo inútil.

”Llegamos entonces a la estrecha llanura de nieve donde, hacia la Brecha, los rayos del sol que pasaban por este agujero inmenso, habían formado en la nieve una fosa tan profunda que tuvimos que contornearla y pasar cerca de las rocas del costado más alejado, antes de alcanzar la célebre Brecha. Un lugar que la tradición afirma que el belicoso sobrino de Carlomagno (héroe de un gran número de historias y de leyendas románticas) la talló con la ayuda de su terrible espada en una muralla rocosa que, separando España de Francia, protegía a los moros de la venganza exterminadora de sus ejércitos”.

El viajero de Edimburgo estaba por fin ante el mágico collado. James Erskine Murray había leído con anterioridad a Louis Ramond y a Vincent de Chausenque, por lo que traía frescas las impresiones de sus predecesores. Por suerte, nuestro cronista también quiso añadir, de su propia cosecha, observaciones y sentimientos sobre la fabulosa Brecha de Rolando:

“Tras satisfacer mi curiosidad contemplando, desde el lado sur de la Brecha, las montañas y valles de Aragón, volví sobre la explanada de nieve situada en el lado francés para fijar en mi memoria el aspecto que tenía esta puerta gigantesca vista desde aquel lugar.

”Los ataques de tormentas y de lluvias, así como los cambios atmosféricos, habían dejado las huellas de su acción destructiva sobre la superficie de la muralla, sobre todo, sobre su costado sur, donde puede preverse que, con el tiempo, esta enorme barrera acabará por desaparecer. Los elementos han ocasionado los peores destrozos a la parte inferior de la muralla, que estaba en cierto modo excavada en aquel lugar […].

”Desde el lado francés de la Brecha se descubría un conjunto de rocas, precipicios, nieves y glaciares. Por el lado español no había glaciar y tenía muy poca nieve, salvo en las profundas grietas que se extendían a lo largo de la base del Marboré, en tanto que se descubrían, aquí y allá, manchas aisladas de vegetación, dispersas en todas las direcciones, entre las masas de piedra y las colinas rocosas apiladas las unas sobre las otras”.

Hasta este punto, el relato de la excursión había discurrido de un modo ortodoxo. Sin embargo, Murray cruzó a España y pasó junto a un cobijo rocoso donde sus acompañantes le pusieron al corriente de los últimos acontecimientos criminales en la región. Seguramente, la historia que escuchó en labios de sus guías hizo estremecerse de terror a buena parte de los lectores anglosajones de su Verano en los Pirineos. Porque en aquella gruta natural, cierto tratante español de mulos fue asesinado, cuando volvía de la feria de Gavarnie, por dos compatriotas. Y éstos escondieron el cuerpo del desdichado allí mismo, bajo un montón de piedras no muy profundo, dejándose un brazo por fuera. La desenfadada narración del magistrado de Edimburgo se tornará aquí crónica negra:

“Sus asesinos debían haber premeditado su crimen antes de abandonar Gavarnie y debían haber elegido este lugar para perpetrar su salvaje acto. Habían llegado hasta allí (como lo hacen, por costumbre, todos los que se ven sorprendidos por la noche en la travesía del Marboré) para pasar las horas de oscuridad, antes de descender las pendientes accidentadas de la vertiente española. La víctima tenía de una fuerza y agilidad fuera de lo común, e incluso parecía perfectamente capaz de rechazar los asaltos de dos individuos si le hubieran atacado abiertamente. Por ello, su muerte pudo deberse a un complot empleando los métodos más desleales. Con toda probabilidad, el mulero, completamente desprevenido ante el peligro que corría, se debió de dormir, y los asesinos, esperando ese momento propicio, le hundieron los cuchillos en su vientre antes de que se hubiera dado cuenta de sus intenciones. Es de suponer que así sucediera, pues este hombre robusto, incluso en la agonía, pudo haberse batido violentamente con sus agresores, dado que todo el interior de la cavidad, desde el suelo hasta las paredes rocosas, estaban todavía cubiertas de manchas de sangre coagulada”.

Ni que decir tiene, el viajero desistió de almorzar en la escena del crimen, tal y como le propusieron sus guías: al parecer, era lo que se acostumbraba a hacer hasta que sucedió el asesinato.  A pesar de que los familiares de la víctima no tardaron en descender el cuerpo del desdichado.

El asalto en la Brecha de Rolando aún daría para más. En los pastos de Góriz pudo enterarse Murray de nuevos detalles escabrosos, porque los pastores aragoneses que ayudaron a los hijos del tratante muerto para recoger su despojo le añadieron nuevos datos sanguinolentos:

“No solamente estaba su cuerpo recubierto de cuchilladas, sino que sus brazos tenían marcas de los numerosos cortes, muy profundos, que seguramente fueron debido a que trató de parar los golpes, o bien a que se los dieron con el propósito de hacerle soltar su presa”.

Lo último que se sabía en 1835 del Crimen en la Brecha de Rolando era que no había sospechosos de haberlo perpetrado. Nuestro abogado pudo hacerse con un curioso recuerdo de tan trágico suceso: uno de los pastores le vendió una gran navaja plegable con mango de madera que fue hallada junto al difunto. El filo todavía mostraba huellas de sangre seca.

La aventura del escocés en la Brecha no terminó aquí. Cuando volvía de la cumbre del Monte Perdido por el mismo itinerario, James Erskine Murray y sus dos acompañantes tendrían que afrontar un complicado ascenso hacia el portillo desde el barranco de la Brecha por cuenta de una tormenta que llegó de improviso, envuelta entre nubes oscuras y llovizna. No tardaron en quedar envueltos por una niebla tan espesa que apenas les permitiría distinguir los muros ciclópeos de la gran hendidura del Marboré.

El viento haría que el trío se viese obligados a refugiarse, ahora sin remilgo alguno, en el ensangrentado refugio natural que evitaron con repugnancia la víspera. Por un tiempo, antes de decidirse a cruzar al lado francés. La violencia de las ráfagas les exigiría un descenso hacia Gavarnie notablemente más arriesgado que su apacible subida:

“No teníamos tiempo de pensar en los peligros de esta empresa ni en la eventualidad de que uno de nosotros, o bien el grupo entero, se arriesgara a verse arrastrado sobre el glaciar, o incluso en un precipicio. Era demasiado tarde para batirse en retirada, y tendríamos ir hacia delante o bien quedarnos donde estábamos y morir de frío. Los franceses, por muy charlatanes que sean, pueden ser silenciosos en ciertas ocasiones, y nuestros preparativos fueron realizados tan calmosamente y tan despacio como si hubiésemos estado a punto de cometer alguna fechoría y tuviéramos miedo a que nos sorprendiesen.

”Adoptamos la idea de Rondou [hijo] de caminar cogiéndonos por los brazos, y nos pusimos en marcha en dirección a la Brecha. Esta idea fue excelente, pues ningún hombre solo hubiera podido resistir la violencia de la tempestad, dado que, aun cogidos juntos, vacilábamos como borrachos a causa de la fuerza del viento. Una vez alcanzada la pared de la Brecha, nos deslizamos por su abertura agarrándonos a los salientes rocosos pues, después de haber contorneado la pared, nos vimos pronto completamente abrigados del viento. Yo ya había escuchado a los vientos desatados cuando silbaban entre el mástil de un velero o internándose entre algún bosque, pero en este paso entre dos montañas rugían y saciaban su furor en el estrecho llano de nieve que nos separaba del comienzo del glaciar, llevando con él jirones de la capa de nieve que hacía remolinear antes de que desapareciesen en la bruma.

”Rondou pensaba que la capa de nieve que tanto nos había ayudado a atravesar el glaciar el día anterior, había sido arrastrada por las fuertes lluvias, y propuso entonces que antes de abandonar el lugar donde estábamos, nos colocásemos nuestros crampones y nos preparáramos para cualquier eventualidad. Es lo que hicimos y, cogidos los unos a los otros como antes, nos adentramos sobre la banda de nieve. Marchando de frente de esta manera e inclinándonos en la dirección del viento, alcanzamos esa extensión que se encontraba al otro lado de la Brecha, cubiertos de nieve después de tan corto trayecto, como si nos la hubiesen echado por encima a grandes paladas. Nos aproximamos entonces al borde del glaciar donde, desgraciadamente, pudimos verificar la exactitud de la predicción de Rondou: su manto de nieve había desaparecido por entero, mostrando una superficie lisa sobre la cual la lluvia y la nieve que se fundía formaban pequeños arroyos, lo que hacía la travesía todavía más difícil.

”Entre los objetos que, el día anterior, yo había considerado con error como una molestia inútil, se encontraba una pequeña hacha, y si no hubiéramos tenido este útil en nuestra posesión, no habríamos podido iniciar la travesía del glaciar. Rondou abrió la marcha, teniendo bien en cuenta no poner un pie delante del otro antes de haber tallado primero un agujero suficientemente grande donde ponerlo, sobre la superficie inclinada de la pista, lisa como un espejo, donde nos encontrábamos colgados, conscientes de que el menor paso en falso, o si el hielo se rompía, resbalaríamos por el glaciar y nos precipitaríamos por el barranco que se encontraba debajo”.

No existe la menor duda de que James Erskine Murray, además de conocer las intimidades la Brecha de Rolando, aprendió en su viaje de retorno a Gavarnie una importante lección sobre la necesidad de equiparse adecuadamente para realizar cualquier ascenso montañero. No sería la única enseñanza que extrajera de su periplo de dos jornadas por el Macizo Calcáreo: cuando regresó a Gèdre, nadie creyó que con un tiempo tan malo ganara ni la Brecha de Rolando ni el Monte Perdido. Así somos los humanos.

Las “Historias de una Brecha” continuarán con nosotros un poco más para celebrar los veinte años desde que Desnivel Ediciones se decidiera a difundirla en papel…

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Comentario

19 − siete =

  1. Recuerdo la novela de David; una buena obra, sin duda, pero novela al fin y al cabo y, como tal, hasta cierto punto intrascendente. Tu libro es mucho más interesante, en especial desde la perspectiva del tiempo.

    • ¡Qué decir! Salvo que fue un magnífico y justo ganador… Además, durante la pequeña celebración que montaron durante la entrega del Premio en la Librería Desnivel, demostró con creces que era un mozo de lo más simpático…

    • La pena es que este viajero murió al año siguiente en las Antípodas, cosido a lanzazos por los nativos. Hubiera firmado grandes páginas dentro de la literatura de trotamundos, no hay duda… Por lo demás, imagino que te refieres a su testimonio de la agitada vida sentimental dentro de la fonda de Sallent, ¿eh?