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Pernoctas russellianas en la Brecha

Continuaremos un poco más instalados sobre el, sin duda, collado favorito de muchos pirineístas. Aportando a modo de entrante algún detalle personal con el que conmemorar los cuatro lustros de la tirada de “La Brecha de Rolando” (Desnivel, 2000). Como, pongamos, ese encuentro temprano con el gran portillo donde arrancó cierta faceta literaria-montaraz…

No tengo claro el momento en el que percibí por vez primera una imagen de la Brecha del Marboré. Posiblemente, en alguna de las postales de Ediciones Sicilia que empecé a atesorar, durante nuestros veraneos familiares en Panticosa, desde 1969. Mas he de confesar que ninguna de ellas logró impactarme de un modo especial. Sí que lo hizo su descubrimiento dentro de “Los Pirineos. Las 100 mejores ascensiones y excursiones” (RM, 1977), de Patrice de Bellefon, allá por 1982 ó 1983. Un libro que hojeé en casa de un amigo y que compré poco tiempo después… Allí estaba, en su página cincuenta, esa fotografía de Bernard Clos sobre “La Brecha de Roland”, ilustrando la excursión al “Pic du Taillon 3.144 m. Brecha de Roland, vía normal”. La portada del libro no me había chocado tanto, a pesar de que mostraba “Los desiertos de piedras de la vertiente sur de Gavarnie”. Ni siquiera la previa de la página veintiuno con ese “Excursionista en la Brecha de Rolando”. No; la foto de Clos fue el auténtico flechazo.

Pero hoy quería traer como invitado a Henry Russell, el gran protagonista de la epopeya pirenaica. Poseedor de un historial donde destacan algunas de sus primeras aventuras montañeras, desarrolladas en estos magníficos decorados del Macizo Calcáreo…, y su inmensa Brecha. Lo haremos desde el manuscrito que envié al I Premio Desnivel de Literatura de Montaña, Viajes y Aventuras (1999).

Fue justamente en este collado donde Russell sufriría, al inicio de su carrera pirineísta, una experiencia tan dura como inolvidable. Que bautizó como “Una noche de otoño y de tempestades pasada solo en la Brecha de Rolando” en los Souvenirs d’un Montagnard (1908). Durante ese verano intenso de 1858, el joven pretendía ganar el Monte Perdido en el día, con ida y vuelta desde Luz en solitario. Una marcha extenuante que casi consigue rematar. Así, la mañana del 1 de septiembre, Henry Russell ganaba sin problemas la gran hendidura del Marboré:

“En la Brecha de Rolando (2.804 metros), donde llegué antes de las 10:00 h, me detuve para almorzar, contemplando con dicha los picos calcinados de Aragón, ya totalmente velados por el calor, y los pinos del profundo valle del Ara, bañados en un vapor tembloroso, lo que anunciaba demasiado la tormenta… Pero en la misma Brecha hacía frío y estaba claro, y la silueta nevada de las cimas más elevadas se perfilaba con tal nitidez sobre el limpio azul del cielo que escasamente me esperaba que un día tan bello pudiese acabar mal”.

Estaba escrito que el tormentazo de altura iba a ser casi bíblico. Russell ganó la cima del Monte Perdido sobre las 15:00 h, e inició el viaje de regreso hacia Luz. Pero la tremenda tempestad de granizo lo sorprendería (hasta cierto punto) en Millaris. En los hizo un vívido relato de esta peripecia que merece la reproducción en su integridad:

“¡Cómo corría hacia la Brecha de Rolando para tratar de llegar a ella antes que la noche! Corría mientras subía: tenía alas, pues la inquietud las da, y por suerte me sentía seguro de mis fuerzas. Dudaba más sobre si tenía que pararme. Si uno se pierde por las montañas con este tiempo, no sale vivo.

”La nieve lo había borrado todo. Todo aparecía amortajado como bajo un inmenso sudario, pues aunque caía del cielo escasa en los lugares abrigados, la de las cimas remoloneaba en espirales, que un viento feroz despedía por todas partes como el humo de una ciudad incendiada. No veía ni a veinte pasos por delante de mí y, no teniendo nada que me guiara, aún no sé qué instinto me llevó hasta la Brecha. Huyendo, huyendo siempre, atravesé Millaris entre una tempestad de granizo y llegué vivo, pero solo eso, a la Brecha de Rolando, instantes antes de la noche.

”Mojado, helado y cansado, sin víveres, ni siquiera una gota de vino, sin manta y en solitario, me decidí a pasar una noche polar en lo alto de los Pirineos, entre el huracán y la electricidad. ¡Vaya perspectiva! Había un abrigo a dos pasos de la Brecha. Pero, abierto por tres costados, ¿de qué me servirá? La nieve y las ráfagas entraban por todo.

”Jamás, ni siquiera en el Océano [Atlántico], el viento sopla como en las grandes montañas durante el equinoccio. Gruñe más fuerte que el trueno, que ya ni se escucha. Las rocas vibran como un moscardón que zumba, y lo extraño es que sigan en su lugar. Por lo demás, he visto a menudo volar las piedras como si fueran paja. Cuando uno está solo en momentos así, verdaderamente cree que la muerte pasa buscando su presa.

”Y, a pesar de todo, me quedaban bastantes fuerzas y entusiasmo para gozar de las espantosas batallas que libraban los elementos a mi alrededor. ¿Cómo no hubiese caído de rodillas cuando, justo antes de la noche, vi surgir de un mar de nubes lleno de rayos y relámpagos, cien kilómetros de picos enrojecidos por el sol poniente? Se hubiese dicho un archipiélago de islas infernales, o los escollos de la Patagonia con la llegada de las noches australes. ¡Cómo se parecen lo bello y lo horrible!

”Inútil describir el horror de aquella noche desastrosa, que duró más de once horas, y en la cual hubiera muerto de frío si me hubiese sentado. Pasé todo el tiempo caminando al sur de la Brecha, flagelándome [con un cabo] con todas mis fuerzas. Ni despierto, ni dormido, tenía alucinaciones extrañas. Creía ver catafalcos, y tomé las nubes por rocas.

”Cuando el día llegó, cesó de nevar, amainó el viento, y pensé en descender a Gavarnie. Pero, ¿cómo hacerlo? El sendero de la Brecha nunca es fácil de encontrar, ni con el mejor tiempo del mundo. ¿Cómo descender entre la niebla, sin mapa y sin brújula, y sobre una capa espesa de nieve que lo tapaba todo?”

Por suerte para los seguidores del futuro Señor del Vignemale, sacó adelante su retirada. Pero Russell estaba tan helado al amanecer que, bajando por los Sarradets, casi se despeña en las gradas del circo de Gavarnie, salvándose in extremis cuando escuchó ya muy cercano el sonido de su Gran Cascada. Le quedaba muy poco para que alcanzase, sano y salvo, la lechería para los turistas de la Oule. Nunca olvidó esos vientos terribles que acostumbraban colarse, entre rugidos, por la Brecha de Rolando.

Aun con todo, nuestro pirineísta evitó trasladar nada negativo sobre tan espeluznante experiencia en su primer libro pirenaico. Se trataba de Les Grandes Ascensions des Pyrénées, d’un mer à l’autre, guide spécial du piéton (1866). Considerada como la más temprana guía verdaderamente montañera de esta cadena. Así abordó su “Recorrido 57: el Monte Perdido por la Brecha de Rolando y Góriz” para que los lectores accedieran hasta las cotas altas del Marboré:

“Fuente de los Sarradets, donde comienza la desolación de las altas regiones. El frío se apodera de vosotros. Unos glaciares de láminas azules os dominan a la izquierda y os encaminan en medio de grandes bloques desordenados, a menudo sobre la nieve (el collado nivoso que se abre al oeste es el col del Taillón, por donde se pasa inmediatamente al gran glaciar horriblemente agrietado de la Falsa Brecha).

”Dejando a la izquierda (sur) el Casco, dirigíos al oeste-suroeste entre las rocas calcáreas donde murmura por todas partes el agua turbia escapada de los glaciares. Atacad al suroeste una capa de nieve, mejor que subir directamente a la izquierda sobre las gravillas rodantes y fatigosas de las morrenas.

”Cresta que separa el glaciar de la Brecha de Rolando del de la Falsa Brecha (o del Taillón). Medid a ojo las oscuras grietas de éste. Desde aquí, atacáis el de la Brecha de Rolando, que se abre al este-sureste. Es convexo, y a menudo es preciso hacer agujeros con el hacha.

”Brecha de Rolando (2.804 metros), enorme muesca de cien metros de profundidad, y cortada como por un golpe de espada en la cima misma del circo [de Gavarnie]”.

Como no podía ser de otro modo, las peripecias del Poeta de los Pirineos sobre tan lírico collado no habían hecho sino comenzar… Henry Russell ganó con frecuencia la Brecha de Rolando, adonde iba, según dijo su biógrafo Georges Sabatier, “sin contar sus visitas, por las simples ganas de pasear”. En otras ocasiones, como en 1868, el entorno de esta gran hendidura le serviría como inicio de su temporada de ascensiones estivales: “Se abre en junio con una noche en la Brecha de Rolando, a 2.804 metros, con el orgullo de tener por almohada la nieve y por cama la cúspide del Pirineo”.

Pero mejor será que dejemos el amable texto de 1926 del doctor Sabatier, y acudamos a su fuente original, los Souvenirs d’un Montagnard. Por ejemplo, recordando una visita russelliana para realizar una campaña de explorar en torno al Casco de Marboré. Bien se ve que la nostalgia de su primera vez le dominaba:

“¿Cuántas veces, desde hace treinta años, he subido hasta la Brecha de Rolando? ¿Cuántas veces he dormido allí, desde aquella noche fatal, espantosa, que pasé en septiembre de 1858, sin víveres, perdido, abrumado por la fatiga y helado, tras una ascensión al Monte Perdido realizada en solitario, y partiendo de Luz?

”No lo sé, no las puedo contar. Pero tengo un vivo recuerdo de cierta noche que pasé allí en junio de 1868, con el bravo pero prudente Hippolyte [Passet], para reconocer, a la mañana siguiente, la vertiente norte del Casco y la segunda grada del Circo de Gavarnie, donde jamás el hombre había dejado su huella a pesar de que desde hace algunos años, se le ha dado tres o cuatro veces la vuelta completa.

”Raramente se ve mayor poesía en un atardecer. La vertiente norteña de los Pirineos, cubierta de tristeza y nieve, se llenaba de sombras, más bien azules que tenebrosas, y frías brisas gemían sobre el hielo, en tanto que al sur los picos quemados de Aragón y lo alto de los precipicios del valle del Ara tomaban, por debajo de la noche que caía, estos tintes púrpuras y escarlatas que se pueden, sin ser un poeta, llamar celestes. Pero aquello duró poco. La noche fue fría, como bien podía pensarse (2.804 metros). A pesar de todo, dormimos, con la cabeza totalmente al lado de un montón de nieve, una especie de Mont-Blanc en miniatura, y lo que nos despertó a menudo, lo que fue quizás un poco de orgullo, fue el pensamiento de que teníamos lo más alto del Pirineo por cama. Se podía ver, como fragmentos de fantasmas, bajo un misterioso claro de luna, las blancas paredes del Casco, cuando el viento desgarraba la niebla soplando en la Brecha”.

Parece que, en nuestra pequeña celebración por los veinte añitos de La Brecha de Rolando (Desnivel, 2000), será imprescindible que contemos un poco más con la presencia de Henry Russell para que nos ayude a soplar las velitas…

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Comentario

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  1. La descripción ruseliana es famosa y uno de los mejores relatos que recuerdo. Pero, ahora, quisiera recordar a Patrice de Bellefon, al cual has nombrado como uno de tus primeros guías montañeros. También lo fue para mí, esa espléndida obra que recoge las mejores ascensiones de los Pirineos. Por lo que cuenta y por cómo lo cuenta.

    • Ya lo creo que sí, José. Tuve mucha suerte y, hacia el año 2000, pude contarle esa misma historia en Zaragoza, durante una conferencia en IberCaja en la que hice de (pésimo) traductor. Además le llevé el libro para que me lo dedicara. Va, que te copio lo que me escribió: «Lo más difícil, al terminar ese libro, fue inventar la salida 101, la 102, la 103…, hasta vivir la montaña».