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Russell en los dominios de Rolando

En Francia, donde gustan más estas cosillas, algunos de nuestros colegas coleccionan los llamados diecisiete vivacs de Henry Russell. Es decir: las ubicaciones de pernocta en montaña que especificara el Poeta de los Pirineos durante la segunda mitad del siglo XIX. Vamos, que los actuales pirineístas se suben con sus sacos para “dormir a la bella estrella” en estos lechos de alta cota. Donde, por cierto, alguna vez se han padecido problemas por falta de espacio y apreturas.

Naturalmente, una de esas pernoctas russellianas para gourmets se practica en las inmediaciones de la Brecha de Rolando. En general, se elige o bien el Abrigo Russell de su umbral norteño, o bien esa Villa Gaurier cercana a la Falsa Brecha. Sin desdeñar los diversos cobijos de piedra de la vertiente aragonesa, claro. Pero hoy no irá el asunto sobre los diecisiete vivaqueos, sino de los más sonados ascensos al portillo del Marboré realizados por el gran pirineísta.

No todas estas aventuras en la Brecha de Rolando podrían calificarse de afortunadas. Nuestro pirineísta terminó, con el tiempo, como una especie de víctima propiciatoria de sus noches terribles. Sin embargo, nunca le escatimaría Russell al gran portillo su perspectiva poética de la montaña, la que le hacía hablar de “esas ilusiones, esos juegos de luz en la bruma de las altas regiones que son algunos de los más bellos y extraños espectáculos del mundo”.Además de la ya referida peripecia del año 1858, aún tuvo que padecer varios vivaqueos exigentes… Como, pongamos, el del estío de 1869, cuando la naturaleza jugó (un tanto) en contra de su apasionado admirador:

“A mis recuerdos de la Brecha de Rolando asociaría también la noche terrible del 15 de agosto de 1869. Estaba en compañía de sir Henry Halford, y de los bravos Passet (Hippolyte y Pierre): hizo tanto frío (tres grados por debajo de cero), que nuestros dos termómetros se soldaron el uno al otro por el hielo como hermanos siameses. Incluso nevó durante una hora. Imposible, a pesar de todo, no estallar en risas cuando mi amigo Halford, queriendo salir de un cerco de piedras en el que estaba demasiado bien cerrado, no pudo hacerlo y no lo logró sino ondulándose convulsivamente con su manta como una serpiente con su presa. Pero nos pusimos más serios al día siguiente por la mañana, cuando fue preciso franquear la Brecha para volver a descender, pues el viento de Francia soplaba con una tal ferocidad que los guijarros volaban, y nosotros estuvimos a punto de hacer otro tanto. En cincuenta y cinco minutos llegamos a la parte baja del Circo (mil metros de desnivel por hora). Nada le calienta a uno más deprisa.

”Sin embargo, ¡cuántas noches tranquilas y espléndidas he pasado allí algo después! Si algunas fueron más bien duras, no obstante, no dudaré en decir que la Brecha de Rolando me parece preferible al roquedo de Góriz para el vivaqueo en la ascensión al Monte Perdido. Para empezar, uno está mucho más alto (2.804 metros), de forma que la ascensión del día siguiente disminuye unos quinientos metros. Además, queda más cerca de Gavarnie y mucho mejor abrigado que en Góriz, donde uno se ve inundado en cuanto llueve. En fin: ¡qué bello espectáculo el del atardecer en la Brecha de Rolando! Se goza doblemente cuando no se tiene que volver a descender. Se aprecia, por lo demás, un país singular en todo momento, tanto Aragón como sus montañas, cuando se les ve en su conjunto y desde tan alto. Aparece tan desierto como Etiopía.

”¡Qué extraño paisaje! Todas estas cumbres que se dominan tienen el aspecto de hacer una llanura sin sombra, esterilizada por el eterno sol que las calcina, en tanto que éste no penetra más que una o dos horas cada día en las profundas grietas que desgarran y trazan en ella líneas negras. Una de esas fallas es el valle del Ara, o de Ordesa. Pero al sur, bien lejos, estas masas calcáreas donde predomina la forma cuadrada se precipitan sin duda y verticalmente sobre las verdaderas llanuras como un colosal peldaño de escalera, y solo los picos que forman verdaderamente el relieve sobre este horizonte amarillo y plano, tan africano por su estructura y aspecto, son el altivo Monte Perdido, recubierto de nieve, y la punta desnuda aunque no menos orgullosa del Cotiella, que atraviesan el ardiente vapor del cielo de España como enormes Vesubios apagados o genios melancólicos de las arenas”.

Las bellas evocaciones del paisaje vislumbrado desde arriba no dejan de confirmar el placer que hallaba Henry Russell en sus pernoctas de altura. Todo ello, en una época en la que todavía no disfrutaba de sus noches de príncipe en las grutas del Vignemale. Tampoco se filtraría el menor signo de ojeriza hacia esa oquedad que de forma tan áspera, las más de las veces, le daría cobijo. Así, en el curso del verano de 1871 “se ofreció una noche en la Brecha de Rolando” sin denotar sino complacencia ante este nuevo vivaqueo:

“En 1871 me fui, pues, para volver a dormir sobre mi lecho favorito de guijarros de la Brecha de Rolando, en compañía de Célestin Passet. Hacía bastante calma y el único ruido que turbaba constantemente el gran silencio de las noches en estas regiones demasiado altas para las cascadas, era el de los hilillos de agua corriendo por debajo de las nieves a medida que estas se fundían. El ruido variaba según la fuente, la brisa y las horas de la noche. Por la mañana se calló, y no se oyó más que el viento que pasaba por la Brecha con la proximidad de la aurora, pero a sacudidas y para morir al momento. Estas pequeñas brisas son totalmente locales: resultan de los grandes desequilibrios de temperatura sobre cada vertiente, con los cuales una está siempre fría, cubierta de hielo, y la otra abrasada todo el día por el sol de España.

”Un murciélago, saliendo de mis cabellos, vino también para agitar el aire en un instante. Además, alguna cosa atormentaba los guijarros, que nunca estaban quietos. ¿Tan alto viven los roedores? No lo dudo”.

Bien se ve que el apartado russelliano de la Brecha de Rolando terminaría mostrando una gran riqueza, tanto de visitas como de descripciones poéticas. Con el paso del tiempo, las peripecias en el gran collado del Macizo Calcáreo se irían sucediendo. En el mes de agosto de 1883 Russell volvía para visitarlo, ahora inmerso en una peculiar actividad: una inspección de ese Cobijo que se estaba excavando en la vertiente norte por cuenta del Club Alpin Français. No tardó en informarse de las condiciones de los obreros de Gèdre a los que contrataron para dicha obra:

“Ellos vivían muy bien, allí arriba, sobre los 2.800 metros. Se habían hecho una admirable instalación, una especie de cuarto muy bien caldeado en el lado español de la Brecha, en ese Abrigo bien conocido por los turistas, que estaba allí desde hacía más de treinta años, y donde yo mismo había dormido en diferentes épocas, al menos nueve o diez veces. Quería tanto a ese viejo Abrigo, le debía tanto agradecimiento a él, que me había salvado una vez la vida en septiembre de 1858, en mitad un ciclón espantoso de nieve que duró toda la noche. ¡Y cómo lo echo en falta! ¡Pues ha desaparecido abruptamente! Unos desconocidos lo han demolido, arrasado, aniquilado, una vez que los obreros acabaron, en la vertiente francesa, el Abrigo del Club Alpino. Es triste decirlo, pero está claro que, en ciertos espíritus la destrucción es una necesidad y una pasión, incluso cuando eso no les sirve de nada”.

Henry Russell ganó el Monte Perdido por su ruta de la Brecha de Rolando en siete ocasiones. La última de ellas, en su visita postrera al gran portillo, durante el verano de 1891. Nos detendremos en este viaje de adiós. Por ejemplo, fijándonos en un ascenso que realizó por un itinerario poco habitual:

“Para subir a la Brecha de Rolando seguimos mi camino favorito, el glaciar del Taillón, que prefiero con mucho al de los Sarradets. Es más nivoso, menos monótono, y apenas media hora más largo. Se ven grandes grietas: incluso se pasa a su lado”.

Justo al llegar a la frontera con España, Russell abriría una de las páginas más hermosas de cuantas se han escrito en honor a collado pirenaico alguno. Como homenaje de despedida nos legó su descripción del paisaje desde la Brecha con la caída de la tarde:

“A las 18:00 h estábamos en la Brecha de Rolando (2.804 metros), detrás de la cual las nieves inmensas se encrespan hasta perderse de vista por el este, como la marejada. Quizás jamás se había visto tanta en esta época: había más que en Francia. Desde hace algunos años, la nieve aumenta. Hace menos sol, se queda más dura y se funde menos deprisa.

”Una pequeña nube se aproximó a nosotros: era blanca como la inocencia y ligera como una pluma. ¡No sería ella la que nos trajera mala suerte! El día declinaba: iba a morir. Pronto, la nieve se encendió, el mundo tenía el aspecto de fuego… Pero era el fin, pues el sol se iba. Desaparecía en una tumba de ópalo y de rubíes, y todo moría con él. Las sombras subían por todas partes, y las Sierras doradas de Aragón se apagaban las unas después de las otras, en la púrpura y la gloria. Nuestro corazón se encogió un poco… ¿Qué nos reservaba la noche en semejantes alturas? Mas no hacía frío: se sentía una gran calma y nos regocijamos en paz con uno de los más bellos espectáculos de la Naturaleza, el adiós supremo del día a las cumbres entristecidas de la Tierra”.

En efecto: La Brecha de Rolando (Desnivel, 2000) es un libro donde se han coleccionado las vivencias más llamativas a la vera del gran collado del Marboré. Esperando que sus líneas animen a atesorar peripecias de alta cota como las allí relatadas…

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Comentario

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  1. Bonito. Bonito de verdad Alberto. A veces es para preguntarse por lo del apodo de Poeta del Pirineo. Lees descripciones asi y lo entiendes sin problemas.

    • Pues, si me da tiempo, ya lo creo que la meto, Luis, que con «Uncle Henry» se dan dos condiciones que lo destacan sobre todos los demás: la calidad de su trayectoria ascensionista/exploradora…, y la de sus escritos, claro. Al menos, para un servidor. Saludos!!!