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La Brecha de Schrader

Tuve poca suerte en mi primera visita al gran portillo del Marboré. Aprovechando una acampada familiar en Pineta, planeamos una travesía hasta Góriz. Y al día siguiente de ganar el Monte Perdido, me escapé bien temprano, ahora en solitario, rumbo a la Brecha de Rolando. Apenas pude sino intuirla entre la niebla y la llovizna. Aquel 31 de julio de 1984 la mella en la roca que abriera la mítica espada de Rolando no se dejó ver.

Mi segundo intento resultó más afortunado. Antes de que empezaran las clases, tomé el autobús a Panticosa y partí hacia Bujaruelo, buscando el refugio de los Sarradets y la vertiente norteña del Marboré. El 26 de septiembre de 1985, por fin pude percibir al natural la Brecha de Rolando. Y hacerle, con el cielo radiante, unas primeras diapositivas, que era lo que entonces se llevaba. No podía ni imaginar que ese mismo proceso lo repetiría de un modo reiterado a lo largo de 1999 para completar la monografía que publicó Desnivel un año después. Sin intuir siquiera la aventura literaria en la que me zambullía…

Pero pasemos a vivencias mucho más interesantes. Porque si se revisa la crónica pirineísta se pueden descubrir otros encuentros con la Brecha de Rolando que fueron poco o nada afortunados. En primera instancia, se entiende. Ya hemos verificado las penurias que le acontecieron en sus diversas visitas a Henry Russell. Hoy abordaremos la noche terrible de uno de sus amigos: Franz Schrader.

En el verano de 1873 el cartógrafo de Burdeos trataba de estudiar el entorno del Monte Perdido a pesar de una lesión de rodilla durante su estancia en el servicio aerostático del Ejército francés. No pudo ser: cuando estaban cerca del techo del Macizo Calcáreo se les echó encima una de sus célebres tempestades. Se impuso la retirada del grupo, forzado a contornear el Cilindro de Marboré hacia la Brecha. Con grandes dificultades llegaron al Portal de Rolando por su vertiente sur. Allí, imitando a Russell, los galos se refugiaron en la pequeña oquedad del lado español para pasar la noche. De ese modo conoció nuestro erudito la furia de las tormentas que se colaban de Francia a España a través de la Brecha de Rolando. La situación llegó a ser tan apurada que se tomó la drástica determinación de encender una hoguera para calentarse y asimismo fundir nieve con la que obtener agua…, ¡quemando los trípodes de sus aparatos orográficos! Sobre las 4:00 h Schrader aprovecharía para realizar, con las primeras claridades, un círculo de horizonte con su orógrafo desde esa Brecha que, de forma tan oportuna, les había amparado.

Curiosamente, nuestro cartógrafo prefirió no entretenerse en exceso en dicha anécdota cuando abordó, por vez primera, este encuentro con la Brecha de Rolando del 4 de agosto de 1873. Lo narró dentro del artículo sobre sus “Études géographiques et excursions par le massif du Mont-Perdu” para las Mémoires de la Société des Sciences Physiques et Naturelles de Bordeaux de 1874. Vamos a curiosear entre sus líneas…

La aventura se iniciaba en Héas el 3 de agosto de 1873. Nuestro hombre llegaba acompañado por Léonce Lourde-Rocheblave, esperando que en Estaubé se les añadiera otro amigo, Fernand Bourdil. Por lo demás, contrató como guía a Henri Paget Chapelle, y como porteadores a los cazadores de Héas, Francès y Jean-Marie. Quienes iban a cargar, sobre todo, un equipo cartográfico que Schrader quiso detallar:

“Un orógrafo, una cámara oscura portátil destinada a completar los detalles, un objetivo fotográfico y veinte placas preparadas al colodión, una brújula, un nivel portátil en forma de largo tubo de caucho rematado en dos tubos de vidrio acodados, un catalejo de gran calidad, un hacha y una cuerda fuerte, así como gafas oscurecidas y velos negros, un termómetro y un barómetro metálico”.

Era mucho peso para el cuarteto. Así, el bordelés reconoció que, rumbo al puerto Viejo, portaban un “equipaje de ropa y mantas reducido hasta lo estrictamente necesario, y provisiones necesarias para mantenernos vivos durante cuatro días”. Nos saltaremos la primera jornada de marcha para ceñirnos a la del 4 de agosto de 1873:

“Ahora, era necesario dirigirnos, un poco a la aventura, por cornisas y murallas desconocidas, hacia la Brecha de Rolando. Apresuramos el paso, pues la tormenta se tornaba cada vez más amenazadora, y no teníamos ninguna duda de que resultaría terrible. Pero la morfología de las montañas nos brindaba alguna esperanza de llegar allí con celeridad. Recorrimos unas terrazas poco inclinadas, cuyos muros de sostén, más numerosos y menos elevados que los de esa vertiente norte que constituían el circo, se alzaban suavemente de este a oeste. Así, fue preciso descender continuamente, de grada en grada, para conservar aproximadamente el nivel de la Brecha. Había nieve por todas partes y, a menudo, nos ocultaba las rocas, pero las murallas superiores presentaban montones de nummulites, cuyos característicos tonos amarillentos se prolongaban en los estratos del Cilindro y del Monte Perdido. Más abajo, se veían largas hileras de capas calcáreas de un bello gris fuerte, esculpidas por las nieves y las lluvias en millares de surcos irregulares cuyos dorsos relucientes sobresalían por encima de los neveros. En ocasiones, una gran veta de mármol atravesaba oblicuamente la roca principal. Y, a menudo, profundas grietas verticales y casi perpendiculares a la dirección de las capas, hendían la masa de la montaña, obligándonos a adoptar algunas precauciones. Ciertamente, quien se cayera aquí, no hubiese podido ser rescatado. Mas, caminando algo alejados de los muros, estábamos seguros de que la nieve recubriría los escombros, y que tales mantos de desprendimientos habrían rellenado las grietas que se abrieran en nuestra ruta.

”Un incidente desagradable retrasó nuestra marcha. Por debajo de la Torre de Marboré nos vimos acorralados por todas partes, tanto por arriba como por abajo, entre unas murallas de varios centenares de metros de altura donde, durante más de media hora, buscamos en vano una salida. Al final, uno de los guías halló en los muros que separaban las moles de la Torre y del Casco, una cornisa estrecha que descendía hasta una lengua de nieve, por donde penetramos a falta de nada mejor. Así dimos la vuelta a la base del Casco sobre montículos de escombros, informes, cortados por murallas y barrancos nivosos. Más abajo, dos campos de pedrizas grises y de nieves, dispuestos como en un embudo, dejaban escapar sus aguas por el centro. Los serpenteos de los arroyos helados confluían hacia un punto común donde convergían como las ramas de un árbol. Más allá, dos o tres montañas grises, peladas, horrorosas, formadas por capas superpuestas y por ruinas amarillentas donde parecía rezumar el agua, circunscribían un vallecillo de una desnudez horrible que debía de ir a parar a la Brecha. Dimos un rodeo más y nos apareció la aludida Brecha, pero, ¡a qué altura, y por encima de cuántos taludes de nieve! Estábamos en lo alto de un muro de hielo en el que toda su porción inferior se había desplomado en el valle. No puedo recordar cómo acertamos a franquearlo. La tormenta estalló mientras atravesamos las últimas nieves. Escuchamos el ruido estridente del granizo en las rocas, por encima nuestro, que nos alcanzó dos segundos después. Por fortuna, el granizo no tenía consistencia, por lo que se aplastaba sobre nosotros. Evidentemente, la cristalización estaba incompleta, y las pequeñas estrellas de hielo, entremezcladas con las gotas de agua, formaban esferas a medio cuajar que, aplastándose sobre nuestras manos, producían un frío insoportable. Se transformaban en hielo duro sobre la nieve y, ciertamente, caían como piedras de granizo en los valles. Como situados en mitad del laboratorio, teníamos la extraña suerte de asistir a la formación de los cristales y de observarlos en el momento en que dejaban de ser lluvia para comenzar a ser hielo. Nos extrañó la simplicidad de dicha transformación. Ciertamente, nos las teníamos que ver con una lluvia de tormenta, enfriada con brusquedad por debajo de los cero grados, y la baja temperatura de las gotas explicaba el cambio de estructura que se operaba durante su caída. Un solo hecho no bastaba para establecer una teoría, pero, a pesar de todo, eso nos dio qué pensar.

”Las hipótesis propuestas para explicar la formación del granizo, quizás eran más complicadas que la realidad y, en tanto que se discurría cómo puede permanecer el granizo suspendido en las nubes, ¿no sería más acertado admitir que se formaba después de haber salido de ellas?

”Para esta cuestión y para otras muchas, las aclaraciones procederán de los observatorios de montaña, donde los meteorólogos interpretarán, en sus orígenes, los fenómenos atmosféricos, cuyas fases últimas sólo pueden ser apreciadas en las regiones inferiores.

”Alcanzamos la Brecha a las 18:30 h, después de quince horas de marcha sobre la nieve. Apelotonados bajo la visera de roca donde deberíamos pasar la noche, fuimos testigos, durante dos horas, de un desenlace que, por adelantado, nada nos hubiese hecho prever. Se hubiera podido decir que la misma montaña iba a incendiarse entre los resplandores o a hundirse bajo los estallidos de los rayos. Estábamos cegados y ensordecidos, las descargas eléctricas se sucedían como un fuego graneado y, desde el fondo de todos los valles, subían espirales de nubes negras que el viento del sur llevaba sobre nosotros y que, tras franquear la cresta en la que estábamos agazapados, se inflamaban por completo con un estruendo espantoso. No puede imaginarse una escena más majestuosa. Es preciso haber vivido dos horas parecidas para tener una idea bien clara de las fuerzas naturales y de la impotencia humana.

”Hacia las 21:00 h la tormenta se calmó, permitiéndonos descansar un poco. A la mañana siguiente nos despertamos sobre las 4:00 h. El cielo estaba azul, aunque atravesado por grandes nubarrones alargados, dirigidos en franjas hacia todas las direcciones. Parecía una nueva amenaza que se concretaría hacia el sur, por lo que no podíamos hacer otra cosa que descender hacia Gavarnie. Así, nuestra primera preocupación fue la de realizar un alzamiento de croquis de las montañas meridionales. Después, nos deslizamos con alguna dificultad sobre el glaciar endurecido por el granizo y por las temperaturas de la noche, para así descender hacia el fondo del circo de Gavarnie, que alcanzamos después de una hora y media de marcha.

”Nos sentimos más fuertes y capaces que a la salida. Todas las dificultades quedaban olvidadas o, más bien, no guardamos de ellas sino un alegre y triunfal recuerdo. Si no habíamos podido poner los pies sobre la cima del Monte Perdido, fue solo por culpa de la tormenta. De cualquier forma, poco nos importaba: habíamos recogido bastantes documentos y observaciones para, al menos, terminar una parte de nuestra obra, y la visión del trabajo realizado nos hacía contemplar a estas montañas con cierto aire de posesión, como si en lo sucesivo nos pertenecieran. A su vez, fueron llegando otros placeres, pues nos pareció muy agradable el ruido del agua corriendo, así como la hierba y las flores de la montaña; enseguida, vimos un rebaño de carneros. Después, el pastor. Finalmente, un senderito vagabundo que descendía a lo largo de las pendientes. Una atmósfera más densa y perfumada hinchaba nuestros pulmones y volvimos a sentir un poco, a la vista del valle y de las casas lejanas, la sensación de calma y el bienestar que se saborea al salir de un acceso de fiebre”.

Tal fue el complicado encuentro de Franz Schrader con la Brecha de Rolando. Un portillo que no tardaría en ser representado por dicho cartógrafo en sus maravillosos dibujos y mapas del Macizo Calcáreo.

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Comentario

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  1. Hermoso relato de la tormenta en alta montaña, aunque esta vez no sea cosa del Conde. Y hermoso espectáculo, si tienes la suerte de contemplarlo resguardado. La brecha da para mucho.

    • Sí que escribían bien estos «antiguos», José… Por no hablar de sus vivencias en un Pirineo que apenas salía de la Pequeña Edad Glaciar… Saludos!!!