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El turismo y Rolando

Vamos a dejar, por el momento, las crónicas del gran portillo que abre el Marboré. Recurriendo, de nuevo, a ese manuscrito de las Historias de una Brecha que se presentó en 1999 al I Premio Desnivel de Literatura de Montaña, Viajes y Aventura. De su amplio texto se puede extraer una aventura que ilustra de un modo magnífico el período del pirineísmo en el que se saltó del tiempo de los exploradores al de los turistas de alta cota…

Porque tal es el caso de Jules Leclercq, autor de cierta guía sobre sus Promenades dans les Pyrénées (1896). Para redactar uno de sus capítulos estrella, preparó una ascensión a la Brecha de Rolando desde el circo de Gavarnie. La completaba a mediados del mes de septiembre de 1872 de este modo tan entretenido:

“Cualquier traza de sendero desapareció enseguida y llegamos frente a una muralla [de las Échelles de los Sarradets] que, a primera vista, parecía totalmente inaccesible. Fue preciso escalarla ayudándonos de pies y manos, alzándonos de presa en presa, y trepando como gatos salvajes. Mi guía [Henri Passet] abría el camino desprendiendo los fragmentos de roca poco adheridos, que precipitaba al abismo. Nos colgábamos de los menores resaltes, apoyando contra la roca todas las partes del cuerpo. Un paso en falso y hubiésemos sido lanzados infaliblemente en el Circo [de Gavarnie] con la misma velocidad que las piedras que hacíamos caer. Me pareció oportuno reprimir el temor: a nada que pensara en esa garganta abierta sobre la que estaba suspendido, mi corazón batía más rápido que cuando escribo estas líneas. Se supone que la posibilidad de dar un salto de cinco a seiscientos metros no era una perspectiva atractiva. En cuanto vencimos esta dificultad, Henri Passet me confió que nueve de cada diez turistas se detenían en el punto que acabamos de pasar.

”Alcanzamos pronto las amplias pendientes herbosas llamadas Ets-Sarradets. Esas pendientes eran muy deslizantes, pero las suelas de nuestros zapatos estaban tan bien armadas de clavos que nos manteníamos sin apenas ayudarnos con el bastón. Hacia las 7:00 h, el sol comenzó a refulgir con sus rayos sobre nuestras cabezas. Fue para nosotros la bienvenida, pues la mañana era fresca, y una brisa punzante que llegaba directamente de las cumbres heladas del Marboré nos azotaba el rostro. Hicimos un alto de unos minutos al pie de un roquedo que nos abrigaba de las ráfagas. Desde allá la vista se sumergía en el admirable anfiteatro que se abría ante nosotros en toda su inmensidad.

”Fue preciso arrancarse a este bello espectáculo para alcanzar, por la fuerza de las piernas, la Brecha de Rolando, que percibíamos ya a unos cien metros por encima de nuestras cabezas. Debimos abrirnos paso a través de grandes campos de nieve donde nos hundíamos a cada paso. Seguimos un profundo barranco comprendido entre la Brecha a la izquierda y el pico de Saint-Bertrand a la derecha. En este lugar las nieves estaban acumuladas en montones enormes debido a las avalanchas que frecuentemente descendían de las dos vertientes. Frente a nosotros se alzaba la cima abrupta del Taillón, una de las más altas montañas de los Pirineos. Tras los campos de nieve llegaron los de piedras, procedentes de los desprendimientos del tramo de pared cuya caída había practicado esta ancha abertura a la que la imaginación popular ha dado el nombre de Brecha de Rolando. Es una roca calcárea negra que contiene gran cantidad de fósiles de animales marinos. Por lo demás, en ningún lugar las conchas fósiles son tan numerosas como en las regiones cercanas a la Brecha. Fue preciso trepar a través de esta miríada de piedras que a cada paso rodaban a nuestros pies. Para mayor diversión, vi a mi guía tropezar dos veces ante mí y deslizarse algunos metros más abajo, en medio de un cortejo de piedrecillas menudas.

”Entre el glaciar y la Brecha se abría una ancha grieta producida por la reflexión del sol contra la roca. La hubiésemos podido evitar dando un gran rodeo. Pero íbamos con el tiempo justo, Henri Passet dijo que era preciso ejecutar un salto peligroso. Se desembarazó de su mochila, que lanzó al otro lado de la grieta. Después tomó impulso, franqueó el abismo con la habilidad de una gamuza y fue a caer sobre sus dos pies a unas pulgadas de la garganta. Enseguida sacó una cuerda de su mochila, me lanzó uno de sus extremos: lo enrollé sólidamente alrededor de mis riñones, en tanto que él sujetaba el otro extremo. A la vez tomé impulso, volé sobre el vacío y fui a tenderme graciosamente de bruces sobre la nieve resbaladiza del otro lado. Vencida esta última dificultad, sentimos una corriente de aire llegar desde un inmenso corredor. Eran las emanaciones de las Españas, que nos llegaban por oleadas. Este corredor era la Brecha de Rolando.

”Nada impone tanto como el aspecto de la Brecha de Rolando. Ahora podía contemplarla de cerca y medir sus colosales dimensiones. Aquí estábamos, en la cúspide del Pirineo, cercanos a los tres mil metros de altitud, sobre la línea de arista que separaba Francia de España. Una muralla tallada a pico donde una mano desconocida parecía haber aplicado la escuadra, alzada entre los dos pueblos, inexpugnable, tan vieja como los Pirineos, de un cuarto de legua de longitud y unos cien metros de altura. Una hendidura enorme, cortada en ángulo recto, serraba el muro en dos partes. Fue en este tajo, según decía la leyenda, donde el sobrino de Carlomagno, sintiéndose próximo a la muerte, horadó la roca con su valiosa espada Durandal [o Durandarte]. La Brecha tiene unos cien pies de anchura y unos trescientos de profundidad. Todo muestra un aspecto sorprendente. El roquedo de la derecha está terriblemente agrietado y se desploma de una manera espantosa: quizás no esté tan alejado en el día en que, sucumbiendo a la acción del tiempo, este gigantesco monolito se hunda sobre sí mismo, como le ha sucedido al lienzo de pared cuya caída ha formado la Brecha.

”La vegetación se detiene aquí. Esta roca que la Naturaleza ha alzado entre dos pueblos, parece transida por el frío de comarcas polares. La espantosa esterilidad de Siberia separa las fértiles llanuras del Ebro y las del Garona. Desde lo alto de la Brecha de Rolando la vista resulta verdaderamente bella: el ojo puede deslizarse a la vez sobre las montañas de Francia y de España. El panorama es más extenso hacia el sur que hacia el norte. En primer plano se abre, como un ancho precipicio, el valle del Arazas, por el fondo del cual corre un torrente que no parece ser más que un arroyo imperceptible: es el Cinca, que nace del Monte Perdido, y que forma uno de los afluentes del Ebro. Este valle, aunque situado en España, no tiene nada que recuerde la tierra de las palmeras y de los naranjos: triste y oscuro, apenas se ve recorrido sino por los sarrios y los contrabandistas. Entre las innumerables montañas de Aragón, mi guía me hizo destacar el pico Rojo, así como un grupo de montañas conocido bajo el nombre de Monrepós. En los límites extremos del horizonte, por encima de un océano de cimas, se distinguía vagamente una línea azulada que no era otra que la llanura del Ebro donde está situada Zaragoza. Henri me dijo que, con un tiempo bien claro, se podía percibir dicha villa, aunque estuviera a más de treinta leguas de distancia. El hecho parecía creíble, puesto que, cuando visité Zaragoza en 1868, pude distinguir, en lo alto de los Pirineos, una ancha hendidura que no podía ser más que la Brecha de Rolando.

”Mientras contemplaba esta inmensa extensión de país, y en tanto que mi pensamiento, franqueando el campo de visión, se paseaba por las Castillas y por el Reino de Granada, fui repentinamente arrancado de mis ensoñaciones por un extraño coloquio entre mi guía…, y la Brecha de Rolando. ¡Ohé! ¡Voy a España!, gritaba el primer interlocutor. Y la Brecha repitió: ¡Ohé! ¡Voy a España! Cada frase fue textualmente repetida por un eco de una fidelidad sorprendente, producido por las dos paredes verticales y paralelas de la Brecha”.

Lo dicho: en cuanto os resulte factible, visitad el gran tajo en la roca que abriera la espada legendaria Durandarte. Mientras tanto, se puede preparar la experiencia a través de la crónica de La Brecha de Rolando (Desnivel, 2000). Es raro que quien conozca el fantástico collado del Macizo Calcáreo no quiera repetir. No todas las cordilleras disponen de lugares que impresionen de un modo tan rotundo.

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