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Un suizo por Ordesa en 1913

Se acerca el centenario del Parque Nacional de Ordesa. El de su puesta en marcha, se entiende, que tuvo lugar un 14 de agosto de 1920. Así, nada más oportuno que destinar las entradas de este mes a dar unas rondas por el sector. Poco antes de la declaración del segundo Parque español, y con protagonistas madrileños. Vamos a recorrer el Macizo Calcáreo en buena compañía.

El primero de nuestros anfitriones será Alberto Oettli, firmante de un par de artículos para la revista Peñalara de 1914. Empezaremos por el que titulara como “Pirineos aragoneses. El Monte Perdido”.

La aventura en torno al Gigante Calcáreo estaba prevista, inicialmente, junto a su compañero José Fernández Zabalza, quien al finalmente no pudo acudir. Oettli no se desmoralizó, y en agosto de 1913 tomaba el coche de Panticosa desde Jaca, para acudir a Biescas. Este suizo de nacimiento marcharía junto a un alemán, un tal D.C.R., bien cargados con unas enormes mochilas. El órgano del club madrileño de montañismo, en su número 6 de marzo de 1914, de este modo explicaba el arranque de esta travesía a la sombra del Monte Perdido. Respetando la terminología de la época, desde luego:

“Seguidamente cargamos con nuestros morrales, que pesaban de doce a catorce kilos cada uno, peso algo crecido para subir cuestas con comodidad, y nos pusimos en marcha, atravesando el puente que une los dos barrios antes dichos. Subimos por la carretera de Gabín y Yésero, que por cierto en algunos sitios está en muy mal estado, y cerca de la ermita de San Bartolomé, entre los dos pueblos mencionados, interrumpida por un puente derrumbado. Está proyectada esta carretera hasta Torla, lo que resultaría verdaderamente beneficioso para toda aquella comarca y ayudaría mucho para fomentar el turismo. La gente del país espera que se reanudarán los trabajos el año que viene. Pasado Yésero, que se deja a la derecha, al otro lado de un arroyo, encontramos a un muchacho que iba con una mula a un campo de la montaña por trigo y aprovechamos esta ocasión para cargarla nuestros morrales, cuyo peso parecía haber aumentado aún. Ya antes de tener este encuentro se había reducido la carretera a una senda estrecha que ganaba altura describiendo zis-zas. A la media hora el muchacho había llegado a su punto de destino y tuvimos que caminar otra vez con nuestra carga.

”Entre tanto, se había encapotado completamente el cielo y amenazaba agua. En efecto; no tardó mucho en desencadenarse una tormenta y a caer un chaparrón que duró unos veinte minutos, pero no llegó, afortunadamente, a calar nuestros capotes. Encontrándonos luego descansando un poco a unos 1.600 metros de altura, nos alcanzó Elías Loaso de Linás con dos mulas, en una de las cuales iba montado un joven estudiante de Zaragoza y la otra llevaba unas alforjas con el equipaje de éste. Con suma amabilidad, Loaso colocó nuestros morrales en las alforjas y seguimos en compañía de estos dos señores. A las 19:15 h llegábamos a lo alto del Puerto de Cotefablo (1.600 metros), viendo al otro lado, en el fondo de un ancho valle: Linas, Viu y al final Frajen, todos pueblos por donde teníamos que pasar. Sin descansar en lo alto, llegamos a los pocos minutos a un sitio en donde Loaso nos enseñó escondida dentro de los arbustos una fuente de agua muy buena y fresca. En la subida desde Yésero no habíamos encontrado ni una gota, más que la que caía del cielo; huelga decir que la cogimos (la de la fuente se entiende) con ganas, porque la de nuestras cantimploras ya escaseaba y se había calentado. A las 20:05 h llegamos a Linas y enseguida nos despedimos de nuestros compañeros de viaje, después de tomar un vaso de agua fresca de pie, mientras se desataban nuestros morrales. Desde aquí el camino baja y sube varias veces hasta Frajen y es muy pedregoso. Bastante antes de llegar a este pueblo, o sea poco tiempo después de pasar por Viu, era ya completamente de noche; así es que al entrar en él, teníamos que preguntar por el camino. Al pasar de la última casa del pueblo, vimos en el fondo del valle de Broto una llamarada muy grande, sin duda producida por alguna borda que estaba quemándose (borda se llama en aquel país una especie de pajar donde se guarda el heno).

”Después de Frajen, faldea el camino la montaña y es fácil seguirle aun de noche, pero al llegar a la ermita de San Miguel se va perdiendo en una pradera. Hacía ya bastante tiempo que estaba amenazando una tormenta fuerte y los relámpagos menudeaban. Uno de ellos me hizo ver un trozo del camino a lo lejos y no me quedaba más que buscar su arranque desde la pradera; encendí mi linterna plegable, y a los pocos minutos de exploración le encontré. Este era otra vez pedregoso y malo, por lo que dejé la linterna encendida, y así entramos en Torla (que está próximamente, a 1.020 metros sobre el nivel del mar) a las 21:45 h, contentos de poder quitar nuestros morrales. Nos alojamos en casa de Ángel Viu, única fonda que hay en Torla, y para el cual iba recomendado por un amigo mutuo nuestro.

”Es dicha casa una de esas señoriales de los siglos XV o XVI, con habitaciones que parecen salones de baile, y el trato en ella es muy bueno. La alcoba, por ejemplo, que ocupé, mide siete por siete metros próximamente y contiene dos camas.

”Apenas sentados en la mesa para cenar, descargó una tormenta formidable con una lluvia torrencial, por lo que el electricista paró la máquina y nos privó de la luz eléctrica. Lo principal para nosotros era el encontrarnos bajo techo y en sitio seguro. Como ya era un poco tarde, cenamos ligeramente y nos retiramos a descansar, no sin antes quedar citados para la mañana siguiente con el guía Felipe López, que había de llevarnos al Monte Perdido. Al paso sea dicho, que ya se nota en Torla la proximidad de Francia, porque los guías son mucho más caros que en Gredos, Sierra Nevada o Picos de Europa, por ejemplo, pero también tienen más práctica.

”El día siguiente, lunes, amaneció espléndido y ya pudimos darnos cuenta del encanto de aquel país: un valle estrecho entre altas montañas, con praderas vera es en la parte baja, gracias al riego, y amarillentas y secas en lo alto. Hasta en los Pirineos se hacen sentir las consecuencias de este verano tan excepcionalmente seco.

”Dio la coincidencia de que un hermano de Ángel, Ramón Viu, dueño de la casa Olibán, del valle de Ordesa, se encontraba en el pueblo con una mula y se nos ofreció para cargar nuestra impedimenta, incluso la del guía, lo que aceptamos sin vacilar un momento. Salimos a las 8:15 h, bajando al río Ara, que cruzamos a los seis o siete minutos de marcha, por un puente alto y muy antiguo de piedra, llamado de la Gloria [¿Glera?], desde el cual vimos varias truchas en el fondo del agua. Seguimos un corto trecho por la orilla izquierda del río, dejándole luego para subir poco a poco por la ladera de la montaña. Después de media hora, poco más o menos, vimos en el fondo del valle, aguas arriba, el puente de los Navarros y el camino que va a Bujaruelo y el puerto de Gavarnie: enfrente teníamos la peña de Mondarruego, con sus paredes de roca multicolores. Echando la vista atrás vimos Torla, que de lejos parecía uno de estos pueblos retirados en las montañas del cantón de Grisones, en Suiza. Continuando por el camino de Turieto, entramos pronto en el bosque de pinos y hayas y ya nos encontrábamos en pleno valle de Ordesa. En algunos sitios había a nuestra izquierda unos precipicios muy hondos que descienden al río Ordesa, que por allí forma varias cascadas. A las 9:45 h estuvimos al nivel del río, que atravesamos por un puente hecho con troncos de árboles: y a los dos minutos llegamos a la casa de Olibán (1.317 metros), sencilla fonda de montaña que unos cuantos años atrás era todavía una simple borda, y donde hoy pueden encontrar alojamiento con buenas camas y suculenta comida, docena y media de turistas y veraneantes. El sitio es encantador. A los dos lados del valle, las paredes de roca, talladas a plomo, del Tozal del Mayo, del Gallinero, de la Foratata y de las Diazas, etcétera, parecen fortalezas gigantescas que tocan en el cielo; las laderas bajas están cubiertas de espesos bosques de hayas, boj y pinos. Aguas arriba hay una pradera llana y ancha, sembrada en parte también de hayas seculares, y más allá parece el valle cerrado por una cordillera.

”Almorzamos, entre otras cosas, ricas truchas del río Ordesa y cordero lechal, y a las 14:00 h continuamos nuestra excursión. Como Ramón no necesitaba su mula, dio orden a su hijo José María, muchacho de unos doce a catorce años, con cara angelical y siempre risueña, para que nos acompañara hasta la cueva de Frachinal. Nos acompañaba también una perrita que hacía dos meses había seguido a unos turistas franceses desde Gavarnie hasta la casa de Olibán, donde al parecer la trataban muy bien porque allí se quedó. A la media hora de salir vi con gran sorpresa, que el guía cogió algunos edelweiss (patas de león) en el bosque, al lado del camino, cuya semilla babia llevado sin duda a aquel sitio el viento o arrastrado alguna avalancha desde las alturas. Es el edelweiss, esa flor tan simbólica de los Alpes, blanca, en forma de estrella, que por castigarla tanto en estos, es cada vez más rara y casi ya no se encuentra más que en sitios peligrosos, por lo que todos los años se desgracian algunos turistas por cogerla. Es que en los Alpes, cuando el turista no vuelve de su excursión con el sombrero adornado de edelweiss, no se le considera, por lo general, como alpinista atrevido; así es que se da el caso de que compren dicha flor a los guías, que siempre tienen una buena provisión de ella. Para proteger el edelweiss en Suiza, está desde hace muchos años prohibido arrancarlo con la raíz.

”El camino nos llevó cuesta arriba hasta la cueva de Frachinal (1.650 metros) que se encuentra en el punto donde el valle se estrecha y forma un recodo, para dirigirse luego en línea recta hacia el Monte Perdido.

”Al separarnos de José María, le recomendamos tuviera cuidado de la perrita, porque observamos que el animalito había tomado mucho cariño por nosotros. En efecto, a los pocos minutos estaba otra vez con nosotros y no había medio de hacerla volver. Poco a poco nos acercamos más al río, que antes se había quedado en el fondo del valle (y que forma allí unas cascadas preciosas, los Grados de Loaso [sic], (su nombre indica que forma escalones) y delante de estos unos pilones muy profundos, en cuyas aguas se refleja el cielo azul.

”Más arriba se ensancha bastante la vaguada y forma un gran prado llano, el de Loaso, en que encontramos también edelweiss y a un pastor que estaba haciendo cucharas y tenedores de boj. Nos acercamos a su majada, que se encuentra hacia el final del prado, a la izquierda, debajo de un peñasco (1.720 metros), y nos sirvió leche de cabras. Después del prado sigue un circo formado por una ladera, sobre la cual so elevan dos paredones superpuestos y otras tantas tarrazas. El fondo del cuadro lo forma el Monte Perdido, con el Soum de Ramond a su derecha y delante de éste la Torre de Golis. Una vez descansados y fortificados, dejamos la perrita al cuidado del pastor con el ruego de bajarla a casa de Olibán en la primera ocasión y nos dirigimos hacia la subida. Atravesamos primeramente el río a unos trescientos o cuatrocientos metros de la majada, formando éste un poco más arriba, a la izquierda, otra cascada preciosísima, la de Loaso, en forma de un gran abanico”.

Seguiremos una entrada más en compañía de Alberto Oettli. Un modo espléndido de felicitar al espacio protegido del Sobrarbe por sus cien añitos de historia. Ahí es nada.

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Comentario

nueve − dos =

    • Sí, sí que va a ser un veranillo extraño, y esperemos que solo este 2020 lleve esa marca de la casa… En fin: habrá otros estíos más alegres y propicios. Entre tanto, si no se puede otra cosa: vamos con el pirineísmo virtual en estado puro, Makako…

    • Ya verás: este mes de agosto andaremos muy cerca de la Brecha… Y de Cotatuero… Y del Tozal del Mallo… Siempre dominados por las moles de las Tres Sorores…