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Oettli y el Monte Perdido

Resulta apasionante recorrer el entorno de Ordesa pocos años antes de su declaración como Parque Nacional. Es lo que hicimos en la primera de estas dos entregas, firmadas por un helvético asentado en Madrid de nombre Alberto Oettli. Le acompañaremos en su trabajo para la revista Peñalara número 7 (abril de 1914) sobre los “Pirineos aragoneses. El Monte Perdido”.

Junto a su acompañante germano D.C.R. y el guía de Torla Felipe López, de este modo se afrontaba hace ciento siete añadas el ascenso al Gigante Calcáreo. Respetando la grafía del texto, subamos ya al Monte Perdido junto a Oettli:

“Mirando el murallón que estaba delante de nosotros, parecía imposible escalarle; sin embargo, el guía nos llenó un poco hacia la derecha, y pegado a una chimenea, que en su parte alta acaba en una especie de bóveda, encontramos paso, si no muy fácil, tampoco presentaba grandes dificultades. Delante de la bóveda torcimos un poco a la izquierda y llegamos a la primera terraza, formada por una hermosa pradera, que pertenece ya a Golis y que se atraviesa tirando también hacia la izquierda para subir a la segunda, porque delante está la segunda pared de roca y ésta sí que no se puede escalar sin rodearla. Otro empujoncito y nos encontramos, a las 6:10 h, en la majada de Bernat, que era el final de la jornada y que se encuentra a unos 2.070 metros de altura. Era esta majada la morada de dos pastores y consiste en una roca socavada, en parte naturalmente y en parte por la mano del hombre, con un muro de piedra sin cal delante y estrecha entrada por el lado derecho. Este hotel alpino natural hubo de servirnos de albergue para aquella noche. Sería de desear que el Club Alpino Español tuviera algún día los medios para construir en este mismo sitio un refugio y extender su radio de acción a los Pirineos, porque sus bellezas lo merecen. Al caer la tarde llegaron los pastores Vicente Pradé y José Nadín con su ganado, que se componía de ovejas y cabras. Hizo mi compañero [el alemán D.C.R.] una sopa de guisantes con cubos Maggi, que saboreaban también los pastores, porque durante la temporada que están en la montaña no comen más que sopas de leche y pan. Conste que tuvimos que ir bastante lejos por el agua, porque también aquí escaseaba por la sequía. Después de cenar salimos de nuestro comedor para contemplar aquella soledad misteriosa y oscura. La única luz que se veía, además de la tea de nuestra majada, era otra en la majada de Manesma, en las faldas del Tobacor y que distará, en línea recta, unos cuatro a cinco kilómetros. Solté unos yuhuhus formidables, que fueron repetidos muy claramente varias veces seguidas por el eco hacia el Tobacor, pero ninguna voz humana contestaba. Del silbido ele un pito no se oía ningún eco. Ya dispuestos para descansar, los pastores nos preparaban la cama; extendieron una piel de oveja en el suelo rocoso y nos prestaron una de las dos mantas que poseían, reservándose la otra para ellos y el guía. Por cierto que eran unas mantas muy tupidas de lana pura, de fabricación casera, y con las cuales hubiera sido posible aguantar mayor frío del que hizo durante aquella noche. Esta era, como la anterior, tempestuosa, y no tardamos mucho en ser despertados por los truenos y el aguacero. Abrí los ojos y con la claridad de los relámpagos veía que todo el muro estaba ocupado por cabras, que habían buscado refugio de la lluvia; algunas de las más atrevidas habían entrado en la cueva, a pesar de haber cerrado la entrada con el piolet y los alpentocks, y entre mi compañero y yo un chivito se había echado a nuestros pies, en la manta, para buscar calor. Como todo pasa en este mundo, pasó la tormenta y el día amaneció otra vez sereno. Unas cuantas nubes dudosas desaparecieron también. A las 6:15 h nos despedimos de los pastores; la despedida fue corta, porque no hubo ni camareras, ni camarero de comedor, ni limpiabotas, ni liftboy, ni portero, etcétera, que pedían propinas, y con un par de pesetas los dos muchachos quedaron con la cara risueña, no sintiendo más que el no tener todos los días la visita de algunos turistas.

”Desde la majada de Bernat no hay camino ni senda hacia el Monte Perdido y se sube por donde mejor se pueda, procurando siempre no perder la dirección de su cumbre. El terreno al principio no es muy accidentado y se sube paulatinamente.

”Después de una hora o algo más de subida en un sitio en que el barómetro marcó unos 2.600 metros de altura, y donde ya empieza la parte rocosa y accidentada, dejamos los morrales, no llevando más que el del guía, con un poco de víveres y una cantimplora con agua. Llegados luego al pie de una pared de roca blanca, tomamos la izquierda, escalamos unos peñascos y seguimos, torciendo más allá hacia la derecha, por la cresta de un contrafuerte para bajar al otro lado de ésta, unos cuarenta metros, a un collado. Aquí encontramos la primera nieve y a la derecha un glaciar con muchas grietas pequeñas, que se extiende entre el Monte Perdido y el Soum de Ramond. Subimos un corto trecho por el nevero y luego por una chimenea. Nos dijo el guía que había otra subida más fácil, pero que rodeaba bastante. Vencido el pequeño obstáculo seguimos fácilmente hasta la cumbre del Monte Perdido (3.352 metros), donde llegamos un poco antes de las 11:00 h.

”¡Qué vista tan grandiosa, querido lector! Por centenares se pueden contar los picos y cumbres que se elevan hacia el cielo! ¡Cuánto nevero y glaciar y cuántos valles y ríos!

”La cumbre del Monte Perdido está formada por una cúpula, cuya vertiente Sur estaba completamente limpia de nieve, mientras que la parte que mira hacia Francia la cubría este elemento y el límite entre estas dos zonas pasaba precisamente por la misma cresta de la cumbre.

”A nuestros pies, hacia el Norte, teníamos un pequeño lago, el llamado del Monte Perdido, en cuyas aguas, de color azul oscuro, flotaban algunos bloques de hielo; más allá, lejos, el Pic du Midi de Bigorre, y a la izquierda, en primer término, el Cilindro. Delante de éste, en el fondo y sobre un nevero, apercibimos a dos turistas (tal vez era solo uno con un guía), que a esa distancia parecían dos pájaros. Un yuhuhu fuerte nuestro, después de unos cuantos segundos, les hizo parar, en prueba de que lo habían oído, pero no pudimos oír ninguna contestación. Seguimos admirando el panorama encantador, y cuando quisimos acordarnos otra vez de los dos viandantes, habían desaparecido. Al parecer habían ido hacia la Brecha de Rolando.

”A la izquierda del Cilindro, a lo lejos, reconocí el Vignemale, en cuya cumbre estuve cinco años antes, cuando precisamente me incitó la vista del majestuoso Monte Perdido (que desde allí parecía entonces completamente cubierto de nieve y hielo) a pisarle algún día.

”Hacia el suroeste me llamó la atención sobre todo la peña Oroel por su configuración especial, y que tres días antes había visto de cerca desde Jaca. Sería obra de muchas horas el describir todo lo que se ve desde más allá del Vignemale hasta la Maladeta y desde las llanuras de Tarbes hasta el Bajo Aragón, y no es mi pluma tampoco capaz de hacerlo para cautivar al lector; todo lo que puedo hacer es animarle para que haga también esta excursión, estando seguro que no sentirá el relativamente pequeño esfuerzo que cuesta para poder disfrutar de tanta belleza indescriptible.

”Ya durante la subida observamos que en dirección de Jaca había nubes muy altas y negras, qué caminaban con bastante rapidez hacia el Vignemale, descargando agua en el trayecto, y lo propio ocurría en la dirección de Barbastro, hacia la Maladeta. Este fenómeno se había repetido varias veces en los dos sitios, mientras que en nuestra zona no cayó ni una gota y no dejó de hacer ni por un momento sol. Entre cada dos chaparrones quedaba despejada la vista y nos dejaba ver lo que antes nos ocultaban las nubes.

”En una lata de sardinas, carcomida por el orín y escondida en un montón de piedras, encontramos las tarjetas de los pocos alpinistas que habían visitado aquellas alturas durante los últimos días pasados, y cuyos nombres he aquí con las fechas: 18 de julio, Paulino Martínez, ingeniero militar, Madrid; 31 de julio, Dr. Med. Benito Meisser, San Gervasio, Barcelona; Gustavo Schlosser y Emesto Glock, Barcelona; Dr. Phil. Víctor Fuchs, Innsbruck; León Desforges, Pharmacien de premiere classe; 4 de agosto; Kuno Kocherthaler, Madrid; Georges de Levin, éleve de l’Ecole des Arts et Manufactures, y Eugenio Tejeiro, Madrid.

”Después de gozar durante tres cuartos de hora de este espectáculo, con una temperatura, aunque fresca, muy agradable, emprendimos la bajada […].

“Volvimos por el mismo camino otra vez a casa de 0libán, donde llegamos a las 18:20 h, recogiendo al paso la perrita que habíamos confiado a los pastores de Loaso. No tardamos en alegrarnos de haber tomado esta decisión, porque apenas habíamos descansado un poco, se dejaron oír truenos seguidos de lluvia. Nos quedamos el día siguiente y el segundo hasta después de almorzar en Ordesa, haciendo pequeñas excursiones en los alrededores en busca de edelweiss que encontramos en profusión. El rododendro ya había florecido y además escaseaba”.

La aventura del suizo y el alemán estaba a punto de finalizar. Lo hacía en el número 8 del órgano oficial del club madrileño Peñalara (mayo de 1914). Así nos brindaba Oettli los últimos cuadros del ambiente en la ribera del Arazas:

“En la casa de Olibán paraba como único turista estable desde hacía un mes, un alpinista francés, E. [Édouard] Cadier, cuyo nombre es muy conocido en la literatura francesa sobre los Pirineos. Algo delicado de salud, no podía, como hubiera sido su deseo, acompañarnos. Tenía montada a unos diez minutos de la fonda, en la pradera del río, una tienda de campaña, en donde pasaba gran parte del día con su fiel compañero y protector Pataud, un hermoso perro de pastor. También disfrutamos una hora de hospitalidad en su agradable compañía al sorprendernos el día 6 de agosto [de 1913] un chubasco. El mismo día llegó también un joven matrimonio inglés, al que quedó justo el tiempo de armar su tienda de campaña antes de que cayera dicho chubasco, y que se propuso pasar una temporadita de miel en aquella morada portátil.

”El día 7 de agosto [de 1913] nos despedimos con sentimiento de Ramón y de su familia; a las 13:40 h y bajamos por la senda de la Faja, pasando por la borda de Andescastieto (1.180 metros), en la ladera derecha del río Ordesa, hasta el puente de los Navarros (llegada a las 14:40 h, altura 1.060 metros) llamado así por haberle construido unos navarros. Éste salva el río Ara entre dos paredes de roca bastante altas cortadas a pico, y en el fondo corren, en parte escondidas, las aguas cristalinas y turbulentas. Tomamos el camino que al principio es muy pedregoso aguas arriba, por la orilla izquierda del río, atravesamos luego un puente, y a las 15:20 h pasamos cerca de la Ermita de Santa Elena, llegando a Bujaruelo a las 15:45 h. La garganta desde el puente de los Navarros hasta cerca de la ermita de Santa Elena, es muy estrecha y pintoresca […]”.

Nuestro andarín helvético proseguiría su travesía hacia Panticosa a través del puerto de Tendenera. Teniendo que reparar sus pobres botas en el pueblo de Panticosa. A punto de tomar tren en Sabiñánigo que le llevaría de vuelta a Madrid…

Lo dicho: esta semana llegará el centenario del arranque de cara al público del Parque Nacional de Ordesa. Un 14 de agosto de 1920 se abría a los visitantes. Será cuestión de buscar nuevos testimonios de la época…

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Comentario

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  1. Fantastico Alberto. Solo lamentar que en 1913 los nacionales escribieran poco. Todavía. Aunque siempre podríamos darle doble nacionalidad al suizo.

    • Sí: habrá que conformarse con que Oettli fuera del Peñalara y escribiese en su revista… Como otros compañeros suyos, hispanos al cien por cien, de esa época…