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Del Ara al Cinca…, en 1916

En torno a la víspera de la declaración del Parque Nacional de Ordesa, algún nacional quiso recorrer las veredas del Macizo Calcáreo. Un hecho que nos brindará una perspectiva incomparable de estas montañas. Pongamos, por ejemplo, el itinerario de cierto ingeniero afincado en Valencia de nombre H. Deffner, quien difundió sus peripecias desde el número 40 de la Revista de Alpinismo Peñalara (abril de 1917). Un deportista que era “colaborador” de dicha publicación, aunque no se especificara si igualmente pertenecía al club. En cualquier caso, fue el narrador de un recorrido que, por entonces, parecía importante, como él mismo dijera, para “dar a conocer a los lectores partes de España que probablemente la mayoría de ellos no conocerán”.

Dicho y hecho. Su texto, fechado en julio de 1916, se tituló “Pirineos centrales: desde Panticosa a la Maladeta”. Por esta vez, será cuestión de ceñirnos a las jornadas que discurrieron a los pies del Monte Perdido.

Así, junto con dos acompañantes, Deffner arrancaba la travesía desde el pueblo de Panticosa en el verano de 1916. No parece que lo hiciera auxiliado por algún porteador, aunque parece que tal vez contratara alguno para el sector de Ordesa. En cualquier caso, atravesaron el puerto de Tendenera hacia Bujaruelo, para dirigirse de inmediato hacia el puente de los Navarros e ingresar en la vega del Arazas. Hora es ya de ceder la pluma al ingeniero:

“A las 5:30 h del 3 de julio del año 1916 partimos de la casa de Olibán, en el valle de Ordesa, que por suerte habíamos encontrado abierta, pues el mismo día la visitaron varios ingenieros militares. Y digo por suerte, porque desde que dura la guerra [de 1914-1918] están cerrados los dos albergues de Ordesa, que antes se sostenían dando hospedaje a los excursionistas franceses que bajaban del Monte Perdido y sus puertos; pero por causa de la guerra ya no pueden venir, y, por desgracia, los españoles no se acuerdan, o no lo saben, que tienen en los lindes de su patria uno de los paisajes más hermosos del mundo.

”Subimos por los bosques altos y espesos, con sus hayas gigantescas, arbustos gruesos de boj, penachos de abedules, altos robles y abetos de esbeltas formas, bordeados por las paredes multiformes del hondo cañón. Llegamos a los prados de Soaso, cuyas hierbas cubiertas de rocío brillaban como diamantes al sol. Anduvimos sobre los mullidos tapices verdes, adornados con las estrellas y campanillas azules de las gencianas, las primuláceas amarillas y encarnadas, las pujantes orquídeas, y de trecho en trecho con puñados de leontopodios (patas de león, edelweiss), con sus estrellas blancas y suaves.

”Según nos dijeron en Bujaruelo y Ordesa, debíamos encontrar por aquí dos pastores con una gran manada, que nos podrían acompañar, o, por lo menos, instruir respecto al camino de los collados de Goris [Góriz] y de Añisclo. Pero ya estábamos en el circo que forman los murallones laterales, uniéndose delante de nosotros en una garganta oscura, de la cual cae el río Ordesa, en un salto grande y hermosísimo; ya el Monte Perdido y el Soum de Ramond nos miran con toda la frialdad cristalina de los ventisqueros; pero no encontramos pastores ni manada; solamente los grajos revolotean sobre los peñascos que bordean el salto.

”La senda que nos guiaba hasta ahora se perdió en el terreno pedroso, y ni con prismáticos pudimos hallar ya la menor huella, a pesar de que debe conducir por la pared rocosa a la primera terraza de Goris. Subir al lado del salto tampoco fue posible, por las peñas salientes que lo rodean; escalamos, pues, la pendiente izquierda, una escombrera que termina en peñascos desnudos, desde los cuales pudimos mirar dentro de la garganta y reconocimos que era imposible seguir a la altura en que nos encontrábamos, sino que había que bajar al río, encima del primer salto, a cuya orilla izquierda (en el sentido de nuestra marcha), vimos que se podría continuar trepando. Hicimos esto, y sin grandes dificultades conseguimos pasar por estribaderos estrechos y pendientes de piedras derrumbadas de las paredes; subir por rocas bien escalables, tomando así el segundo y tercer salto del río, que rodea aquí un peñasco. Ya se cierran casi encima de nosotros los murallones, y de sus rocas salientes caen corrientes de agua.

”Mas no podemos seguir ya por esta orilla, y hay que pasar el río, todavía ancho, saltando sobre piedras grandes, al otro lado, donde están desmoronándose las peñas, cuyos pedazos, que caen abajo, han formado un derrumbadero algo menos inclinado. Detrás del mismo vemos el cuarto salto, el más alto y más bello de todos, que nos cerraba definitivamente el paso por la barranca.

”Volvimos, pues, al derrumbadero para ver si él nos permitiría libertarnos de este infierno tan prodigioso en sorpresas, pero poco agradable para nuestra situación. Como llevábamos los morrales llenos de ropa y de comestibles y demás necesidades para un viaje de quince días (el mío pesaba catorce kilogramos, sin contar la máquina fotográfica y el bastón alpino), y tampoco teníamos ni cuerda ni zapatos trepadores, dudaban mis compañeros de que fuera posible franquearlo. Convinimos en que yo principiaría a buscar la salida, y, si veía la posibilidad de alcanzar la terraza, llamaría a mis amigos a fin de que me siguieran.

”Comencé a escalar la pendiente, bastante escarpada, de la cual se desprendían con mucha facilidad las piedras, que caen con sus escombros, por lo que tenía que probar cada piedra antes de apoyarme sobre la misma, y muy despacio gané así la altura. Por la incesante lluvia de piedras no pudieron seguirme mis compañeros ni un solo paso. A medida que iba ascendiendo resultaba la muralla más escarpada, hasta el extremo de que las piedras sueltas no podían detenerse; y como por las hendiduras de las rocas crecen hierbas en tierra vegetal en la cual podían clavarse bien los dedos y clavos de mis botas, dándome así más facilidades para tomar el derrumbadero, a pesar de su repecho más grande, pronto alcancé su cima (unos treinta o cuarenta metros sobre el río), de suave declive, al final de la cual arranca una pared vertical de unos seis metros de altura. Ahora ya podían seguirme mis amigos, y, descansando un rato, observé cómo trepaban.

”Me acerqué a la nueva pared y fácilmente subí unos tres metros, pero pronto me faltaron los apoyos; necesitaba de todos mis dedos para agarrarme en las rocas, y como me molestaba el bastón, por no tener en donde apoyarlo, lo lance a la ventura hacia arriba, ya que reconocí que la pared terminaba bruscamente, buscando la horizontal. La primera vez retrocedió; pero la segunda se quedó arriba. Entonces pude buscar nuevos agarraderos, que encontré, en forma de una grieta, muy arriba; me así a ella con ambas manos, puse una rodilla en el apoyo donde tenía hasta entonces la mano izquierda, y así, casi colgado, pude mirar ya sobre la pared, viendo una llanura de césped. Para escalarla incliné la cabeza sobre las hierbas del linde de la terraza, a fin de dejar caer el morral sobre mi cabeza, para poder tener más libres los codos, que extendí, apoyándome con ellos sobre los bordes de la pared, y con un fuerte impulso subí al terraplén.

”Algo fatigado por este último esfuerzo, me senté en: la orilla del césped, viendo a mis camaradas, descansando, que todavía estaban –casi en el mismo sitio donde les había visto al comenzar la última subida–. Les llamé; pero el estruendo de los saltos de agua era tan fuerte, que no se pudo entender ni una palabra. Por sus señas deduje que no querían seguirme; pero yo no quería resignarme a haber hecho en balde esta penosa subida, tanto más, cuanto que vi a mi lado la senda más hermosa. Les di a entender que yo subiría al collado de Goris y que ellos dieran la vuelta por el sur del grupo del Monte Perdido. Se mostraron conformes, y nos separamos. Eran las 11:00 h;a las 10:00 h habíamos entrado en la garganta.

”¡Qué contraste más grande hallé aquí! Estuve en un prado multicolor, lleno de abundantes y fragantes flores, donde mariposas, coleópteros y lagartijas se bañaban en la luz caliente del sol, mientras abajo, en la garganta, hacía un frío húmedo. Las paredes, altas y estrechas, no dejando penetrar ningún rayo de sol en la obscuridad que reina en sus hondos; los aguaceros, que abajo me mojaron, serpentean por entre las rocas de enfrente como venas radiantes, pierden su base y caen hechos polvo acuoso, formando velos coloreados por el arco iris.

”A pesar de que esta garganta es de lo más bello que he visto en los Pirineos, no aconsejo a los excursionistas que intenten seguir mis pasos al escalar la pared como yo lo hice, por lo menos sin ir provistos de cuerdas y sin ser acompañados por un buen alpinista o guía, ya que hay una subida mucho más fácil más hacia el lado derecho del circo, tal como lo ha descrito Alberto Oettli en esta Revista [Peñalara], en los números anteriormente citados. La senda que siguió Oettli es probablemente la misma que hallé a mi lado, que, aunque se esconde de vez en cuando entre las hierbas exuberantes guía bien por una fuerte pendiente gramínea y traspasa cómodamente la segunda pared, coronada por una nueva terraza.

”En esta segunda terraza me azotó un viento glacial. Vino del Monte Perdido, que vi en toda su extensión delante de mí. Es el monte más cercano y más alto (3.352 metros) y brilla por sus amplios ventisqueros y glaciares. Su macizo total se compone de tres cumbres. La del medio está ya citada. A su izquierda se ve el Cilindro (de 3.327 metros), –denominado así por su especial forma–, y a su derecha, el Soum de Ramond (de 3.248 metros), también de forma cilíndrica. Todo el grupo se llama por aquí las Tres Sorores. Al lado del Cilindro, y algo delante, hay un triángulo romo de gran base y nevado completamente: el Marboré, de 3.253 metros de altura. Delante del Soum de Ramond se encorva un arzón ancho, el collado superior de Goris, mi objeto perseguido, al cual sigue una cumbre negra y gruesa, el pico de Goris o pico Gordo de los nerienses [¿habitantes de Nerín?], que se extiende en la cresta de la Custodia hasta detrás de mí, formando entonces las paredes del valle de Ordesa.

”La senda me conduce, sobre praderitas modestas, a orillas del Ordesa. Este riachuelo corre por el segundo terraplén, formando muchas curvas, como un río suave en los prados de las llanuras. En su inocencia infantil, todavía no sabe nada del furor con que se agita abajo en la garganta.

”Llegué a la tercera pared, sobre la cual caía el río en un pequeño salto; la senda que me guía da una brusca vuelta hacia la derecha, y, teniendo a la espalda el Monte Perdido, voy subiendo poco a por la última muralla, que está casi deshecha. Sobre neveros y herbazales pobres; luego, sobre losas ásperas con hendiduras hondas y hasta de un metro de ancho, se gana fácilmente altura y la tercera terraza.

”Pero desde aquí ya no sube más el sendero, como yo desearía, sino que sigue en la misma dirección, y con seguridad irá por la cresta de la Custodia a Fanlo. Tengo, pues, que abandonarle; pero ya no habrá dificultades, porque mi mirada abarca todo el terreno hasta el puerto de Goris, el cual parece bien accesible.

”Orientándome, observo que a pocos pasos más abajo caen las tres paredes, formando dos pequeñas gradas horizontales, en los prados de Soaso, directamente a la salida del Ordesa de la barranca; me hallé 500 metros más alto. Eran las 13:30 h y el estómago reclamaba sus derechos, pues desde las 5:00 h no había probado bocado. A mi lado se deslizaba un arroyuelo procedente de un nevero cercano, y me decidí a quedarme allí para comer, pues desde este sitio también pude mirar abajo y ver acaso si salían mis compañeros de la garganta para poder hacerles señales entonces. No los vi; solamente los grajos revoloteaban todavía por las peñas.

”A las 14:30 h partí, subiendo al principio un buen trecho hasta llegar encima de los barrancos nevados y rodeando luego las faldas del pico de Goris hasta que tuve delante de mí las escarpadas peñas del Soum de Ramond, separadas de mí por un foso cubierto de nieve. Sobre grandes losas calizas ascendí nuevamente y en marcha ligera, alcancé la altura del collado, a cuyo lado se encuentra una especie de casco negro: la torre de Goris, o el Morrón de Arrablo.

”El collado superior de Goris estimo deberá tener una altura de unos 2.500 metros (pico Gordo), pues el Soum queda a muy poca altura más y los mapas indican para el collado inferior, más al sur, 2.393 metros. El puerto es ancho, formado por un montón enorme de losas deshechas por la acción del tiempo durante siglos. El panorama es grandioso. Se extienden sobre el grupo del Monte Perdido y Marboré, hasta la aguda punta de la Torre (Tour) de 3.118 metros de elevación, el Casco (Casque), de 3.150 metros, y el Taillón, de 3.140 metros. Estos últimos picos ya los había visto desde las faldas del pico de Otal, bajando de la collada de la Tendeñera, habiendo rodeado desde entonces todo el macizo.

”Al otro lado del collado se presenta una nueva vista, casi más magnífica aún que la anterior. A mi izquierda se eleva la Cega, o el pico de Añisclo, con la collada de Escuaín, delante de la cual va a parar una estribación en el Fon Blanca. Desde aquel foso baja el valle de Añisclo, por el que serpentea el río Bellos, y que está formado por montes de extravagantes aspectos. Lo mismo que el valle de Ordesa, está bordeado por murallas perpendiculares; algunos afluentes forman ensenadas extrañas, sobre todo el río Pardina. Especies de púlpitos, torres y conos se elevan sobre las terrazas. Un monte asciende en una línea recta de poca inclinación para caer bruscamente, formando cinco gradas en el valle. Será los Sastrales (2.160 metros), entre Bestué y Escuaín. Más lejos hay una infinidad de picos y crestas, y siento no haber tenido conmigo los buenos mapas de la guía Joanne (Les Pyrénées), que mi compañero tenía en su morral [mochila]; pero creo haber distinguido las Espadas y los Posets antes de ir a perderse esta sierra glacial más allá de la frontera montañesa de Francia y cuya vista me quitan las nubes.

”En dirección del valle del Bellós se eleva desde una base ancha un picacho rojo-amarillo, parecido a una mano con dedo erguido. A su derecha se reducen las alturas de cada pico hasta que se desvanecen en las llanuras”.

Aquí interrumpiremos provisionalmente el relato. Será cuestión de seguir en la compañía del ingeniero Deffner: a través de su itinerario de 1916 por el Alto Sobrarbe, trataremos de atisbar cómo se mostraba su Parque Nacional poco antes de su apertura al público del 14 de agosto de 1920. Hace cien años y tres días.

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Comentario

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  1. No se si este año han promocionado mucho este 100 Aniversario de Ordesa. Igual con lo de hace 2 se han contentado. Una pena alberto.

    • Pues ahí me has pillado, Makako, que ando con mucho trabajo y un tanto desconectado de lo que se organiza (o no) por el Pirineo. De todas formas, ya hubo toda clase de celebraciones en 2018 y 2019. Menos mal que el grueso no se dejó para este 2020 nefasto…