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A través del Macizo Calcáreo

Vamos con la segunda parte de las andanzas sobrarbesas del ingeniero H. Deffner. Una travesía, como ya se ha visto, muy influida por las peripecias previas del peñalaro Alberto Oettli. Esta vez en el estío de 1916, y en sentido oeste-este, con etapas en Panticosa, Bujaruelo, Casa Olibán, Soaso, el collado superior de Góriz, Salinas, Plan, Benasque…, y el pico de Aneto. Sin embargo, de su artículo “Pirineos centrales: desde Panticosa a la Maladeta” para la revista Peñalara de abril de 1917, nos quedaremos únicamente con los tramos del entorno del Parque Nacional oscense.

Pero revisemos ya las pateadas de Deffner. A quien, en la entrada anterior, situábamos en un lance apurado que retomaremos sin mayor tardanza respetando la grafía original:

Y ahora, ¿qué hago yo?, me pregunté. Nuestro proyecto primitivo fue traspasar con un guía la collada de Añisclo para ir al valle de Pineta y bajar a Bielsa y Salinas, en el valle del Cinca, a fin de subir luego por el valle del Cinqueta a Plan y al puerto de Sahún, para ir, por último, a Benasque.

”Pero ahora no sabía yo en qué estado y adónde se encontraban mis compañeros, y qué camino tomarían. Probablemente volverían a Ordesa y seguirían hasta Torla para hacer noche allí. Mañana, entonces, podrían ir a Fanlo, y luego continuar su viaje por Buerba, Escalona y Plan para llegar también a Benasque. Desde luego, quería encontrarles lo más pronto posible, y como, además, la guía Joanne no aconseja atravesar solo y sin guía los páramos del collado de Añisclo, con sus despeñaderos, me decidí a bajar por el valle de Añisclo para esperarles en su unión con el valle que desciende de Fanlo.

”Por eso me quedé en la vertiente derecha del Fon Blanca, una hondonada que encontré muy poco nevada. Deslizándome, patinando por las neveras y saltando luego sobre losas como las que hallé durante la subida, penetré en un extenso campo de esta formación. Las losas, poligonales y lisas, son un poco encorvadas, probablemente por la acción de las lluvias, y contienen en su cavidad pequeñas piedras agudas. Al principio están estas losas gigantescas casi en posición horizontal; pero luego se inclinan poco a poco para descender, finalmente, en rápido declive. Por su aspereza no fue difícil bajar por ellas, y pronto estuve nuevamente entre pastos que fajan la collada. Aquí pastaban dos ovejas, que huyeron precipitadamente. Yo esperaba encontrar por este sitio un pastor que hubiera podido enseñarme la bajada; pero no hallé a nadie.

”Vi la negra línea de una senda, medio oculta por las hierbas, que se dirigía hacia la cañada del Bellos. Esto fue lo que busqué. A buen paso anduve, bajando algo, durante un cuarto de hora; pero luego terminó la vereda y se me presentaron unos derrumbaderos que fue completamente imposible bajar por ellos. Seguí descendiendo a las ensenadas del cañón y encontré otras andaderas que me llevaban a la misma trampa. La última bajaba mucho; pero me dejó luego en un campo de cicutas y ortigas, cuyas hojas picantes llegaban hasta mi nariz. Además, el suelo era muy escabroso, y las piedras, invisibles por la espesura de las plantas, me hicieron tropezar. Después de un cuarto de hora salí de este estorbo y dejé entonces las orillas del cañón, cruzando la meseta para acortar una lengüeta larga. Al otro lado vi un arroyo dirigirse al Bellos. Por la cuesta serpenteaba otra senda, y creí nuevamente haber encontrado la bajada. Ya estaba entre arbustos de avellanos y de boj, y también las zarzamoras manifestaron su presencia con sus pinchos. Descendí un buen trecho; pero luego se perdieron todos los vestigios de camino en las piedras pulidas por el agua. En una cascada magnífica se precipitaba el mencionado arroyo al Bellos. Tuve que volver algo sobre mis pasos, y tomé luego la otra vertiente, con la ayuda de las piadosas malezas de boj. Llegué a una hermosa pradera, desde la cual disfruté, descansando, una magnífica vista sobre la collada de Añisclo, que vi completamente por primera vez. En forma de un arzón cómodo se encurva entre el Soum de Ramond y la Cega y cae en esbeltas líneas hasta los manantiales del Bellos. Debajo de mis pies ya era este río un fuerte y feroz torrente, cuyos bramidos se oyeron desde la altura en que me encontraba. Entre declives y murallones escarpados se ha formado su cañada, gracias a los trabajos seculares: la lengüeta que antes acorté y que ahora forma un peñascal picoteado y abrupto.

”Ya eran las 17:00 h (a las 15:15 h estaba en el collado), y todavía no sabía cómo podría llegar al valle, y con esto, al próximo pueblo. Tampoco hallé ninguna de las cabañas o majadas que debe haber por allí, según la guía Joanne. Ascendí a la próxima elevación para orientarme, y observé delante de la misma el cañón estrecho y hondo de la Pardina, tajando bruscamente la planicie.

”Según mis experiencias adquiridas hasta ahora, no podía esperar encontrar delante, o en la misma angostura, una bajada, por lo que me dirigí, pues, directamente hacia el final de la loma árida que desciende de la cresta de Goris. Subí poco a poco a diestro y siniestro, trepando, saltando y rodeando las losas gigantescas. Sus hendiduras profundas alojan hierbas jugosas, que al andar en ellas me encerraban completamente. De vez en cuando tuve que atravesar un arroyuelo de agua amarga (tendrá azufre).

”Comenzó a anochecer y pensé en pernoctar en una cueva o grieta que me abrigase. Busqué, pues, la más apropiada, trepando siempre en dirección de la loma, cuando vi de repente un camino ancho de herradura, bien pisado por las caballerías, que se dirigía también a la loma. Seguramente bajaba del collado, dando acceso a las otras sendas, que servirían tal vez para recoger la hierba en los herbazales abruptos del cañón.

”Suelta y desembarazadamente pude caminar ahora y alcancé pronto la loma, y allí, sobre su espalda yerma, encontré en profunda soledad una cabaña con un gran corral derrumbado. A mis pies comenzaba un nuevo barranco, todavía seco, de un arroyo que baja hacia Fanlo y Nerín; pero no pude ver ningún ensanchamiento del valle ni pueblecito. El crepúsculo ya cubría las faldas opuestas al lado donde había desaparecido el sol. Me decidí a quedarme en la cabaña, bien conservada y limpia. Un nevero que había a poca distancia me daba agua glacial, y allí comí mi modesta cena.

”La choza tenía una estrecha entrada, sin puerta; delante había una especie de patio con bancos de piedra lisa. Tapé las ventanas, o, mejor dicho, unos agujeros que de día daban luz y aire al interior, con piedras apropiadas. Entretanto se obscureció totalmente, y desde las ocho hasta la una dormí divinamente, envuelto en mi capota, pues estaba bastante cansado. A la 1:00 h me desperté, noté frío, y por primera vez pude distinguir bien mi albergue, que la luna alumbraba. Salí delante de la choza y me vi sobre un islote solitario, en un mar de nubes en cuyos fondos dibujaba la luna un extraño oleaje. Los barrancos a ambos lados habían desaparecido bajo las densas nieblas. La escarcha, en el tejado de mi choza, iluminada por la luz de la luna, hacía el efecto de estar cuajado de brillantes. El cielo, sereno y estrellado, abovedaba la inmensa soledad.

”Me acosté nuevamente y dormí bien hasta que me despertó, a las 3:00 h, un pajarito que había pernoctado en la misma vivienda e iba a saludar con sus alegres trinos al sol naciente. Me arreglé, comí un poco de chocolate y empecé, el día 14 de julio a las 3:15 h, mi marcha, siguiendo por el mismo sendero que me trajo el día antes a la cabaña. Por un matorral yermo y quemado descendí a orillas del riachuelo, rodeando una falda ancha que luego me daba vista libre abajo al valle.

”Vi el pueblo de Fanlo sobre un cerro que casi no se destacaba del terreno por la poca luz que aún había. Más abajo se bifurcaba el camino: uno iba hacia Fanlo; el otro tomaba la izquierda en dirección del Bellos. Como me pareció que, por lo menos, estaba separado de Fanlo por un valle hondo, cogí la vereda izquierda, que me condujo, faldeando muchos repliegues de la montaña, por entre jarales y eriales, y me hizo ver pronto el pueblo de Nerín (1.258 metros), sobre un montículo encajonado en el fondo del valle. El sol, más alto ya, alumbraba aquel promontorio y hacía que se destacase su capote de casas blancas de la faja verde de las huertas. Tomando la delantera a dos rebaños de ganado, con sus pastores, me acerqué al pueblo. Olorosos arbustos de boj cubrían las faldas bajas. Dieron las 6:00 h cuando encontré las primeras casas del pueblo, que, chicas y escalonadas, forman tortuosas callejas, coronando la colina un nogal majestuoso.

”Al primer hombre que encontré le pregunté adónde podría tomar café; sin contestarme, corrió al corral de enfrente y consultó a otro. Salió un señor, bien vestido, que me invitó a seguirle para tomar café con él. Subimos una angosta y obscura escalera y llegamos a un comedor, bien arreglado con objetos modernos, no vistos hasta entonces en aquellos parajes. Me hallaba en casa de un señor que habita en Valencia y que visitaba entonces a su madre. Como no hay ni posada ni fonda en este pueblo desmantelado, ya se han acostumbrado a dar hospedaje a los raros turistas que paran en aquel pueblo; y conste que tomé el mejor café que me han servido en todos los Pirineos en compañía del amable dueño, que luego me acompañó hasta la salida del pueblo.

”Eran las 7:00 h. El sendero, que se convierte aquí en buen camino para mulas, sigue por la pendiente derecha del barranco entre pinos y boj, y muy poco más abajo entra en la angostura del Bellos, adonde se encuentra la confluencia con el arroyo de Nerín, llamado el Aso. Ahora tenía enfrente el dislocado monte de cinco gradas que ayer llamó mi atención desde el collado de Goris. El río está franqueado por algunos puentes de altos arcos para permitir el paso al pueblecito de Bestué, colocado entre las peñas verdes de la vertiente. Mi sendero sube las murallas del cañón, y a las 9:00 h llegué a Vió (1.200 metros), un pueblo situado en la meseta de aquellas murallas, con interesantes formaciones de riscos y con una hermosa vista de todo el valle de Añisclo, hasta las cumbres glaciares de las Tres Sorores, por un lado, y por el otro, sobre las ondulaciones montañesas de los valles del Bellos y Cinca.

”Algo más abajo, en la otra vertiente de la meseta, entré a las 9:15 h en la aldea de Buerba (1.158 metros). Como en todos estos pueblos no hay teléfono ni telégrafo, fue imposible enterarme del paradero de mis camaradas; pero como tenían que pasar por Buerba, rogué a toda la gente que encontré que informaran a dos turistas, equipados como yo, por donde yo marchaba. El sol, ya bastante alto, y el camino sin sombra, sentí mucha sed, y como no hay fuentes públicas, pedí agua a una campesina. Me hizo subir escaleras altas y estrechas y me dio un gran jarro de agua, que bebí con verdadero placer. Después de haber comprado pan en la misma casa partí nuevamente.

”Continué mi camino por la vertiente pelada meridional de la meseta, bajando sucesivamente por múltiples repliegues. En estas tierras secas se cría solamente el boj, y ansiosamente miré enfrente los oscuros y frondosos pinares en los montes de Boltaña. De vez en cuando pasaba un aldeano en su rocín, con jaez de vivos colores, llevando un gran saco conteniendo sus compras y el inevitable paraguas azul, muy grande y lleno de remiendos.

”A las 11:30 h, con un calor que asaba y la boca ardiente de sed, llegué a Gallisué (1.057 metros), una aldehuela de tres casas sobre el espinazo fértil de la estribación de la meseta. Aquí me quedé para pasar la tarde, con un panzudo jarro de agua fresca, y me puse sobre el césped, debajo de un gran nogal, saboreando el líquido delicioso y el espléndido panorama y despachando mi frugal pitanza. La peña rojo-amarilla, con el dedo erguido, que ya había visto en el collado de Goris, la tenía ahora enfrente: es la peña Montañesa, de 2.303 metros de altura. En sus faldas se divisa el pueblo de Laspuña, y delante de las mismas se curva el valle ancho del Cinca, cuyas orillas verdes están salpicadas de pueblecillos. El más cercano es Escalona, en la desembocadura del Bellos en la Cinca, donde pernoctaré hoy […].

”A mi izquierda pude mirar toda la cañada del Bellos. El lomo que había pisado se derrumba en abruptos despeñaderos en el curso del río; más detrás vi otra vez los Sastrales, y en último término, las Tres Sorores coronando todo el cañón”.

Una vez en la ribera del Cinca, nuestro hombre se alojaría en Escalona, desde donde seguiría viaje por carretera el 15 de julio [de 1916] rumbo al valle del Cinqueta… Como detalle, decir que en Plan se decidió a visitar cierto “monte Chesta o del Heno”, que se alzaba sobre la villa:

“Subí al monte verdoso que domina la población, donde había desparramado heno fragante para secarse. En otros campos ya estaban recogiéndolo, y con burros, o sobre un trineo largo, arrastrado por una fuerte yunta de bueyes, era llevado a casa. Aquí permanecí toda la mañana, dejándome explicar por un mozo los nombres de las montañas que rodean el fecundo valle”.

Allí conectó con sus compañeros. Y, ya juntos, pudieron salir juntos el 17 de julio de 1916 rumbo a Benasque. Nos despediremos de Deffner en este punto, no sin que antes nos valore la escasez de hispanos por estas rutas del Alto Sobrarbe:

“Según lo que hemos oído, fue esta excursión la primera en la cual se atravesó del lado español los macizos centrales de los Pirineos, y, como se deduce por la descripción, fue realizada, con pocas excepciones, por los valles, por tratarse de un terreno desconocido para nosotros. Seguramente tienen los valles muchos atractivos; pero a los alpinistas gusta siempre más andar por las cumbres, y ya tengo proyectado otra variante de la excursión, más al Norte, pero también sin pasar la frontera francesa”.

Bien se ve. El montañismo español, ausente durante largas añadas del escenario pirenaico, estaba a punto de sumar experiencias escritas a las de sus colegas foráneos.

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Comentario

quince + diez =

  1. Pues una buena peripecia, sobre todo teniendo en cuenta la época. La acabo de leer completa, junto con la entrada anterior, tras unos días alejado de la rutina cotidiana.