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Hostelería aragonesa del XIX

Por lo que cuentan, no corren muy tiempos buenos para el sector del turismo pirenaico. En ambos lados de la divisoria de aguas. Sin embargo, bien puede servirse una perspectiva con unos apuntes de cierto viajero francés que, en torno a 1898, cruzó el sector aragonés de estas montañas registrando las particularidades de nuestra hostelería. Más que nada, por aportar un toque de humor, que buena falta hace: sus evidentes exageraciones no pueden suscitar sino una sonrisa tolerante.

Dicho recuento arrancaba desde el número 12 del Bulletin Pyrénéen (diciembre de 1898). Firmado, justamente, por un montañés que poseía hoteles en Cauterets y Pau: Alphonse Meillon, responsable de “Un raid en Aragon. Notes de courses”. En su primera entrega nos contaba sus cuatro etapas inaugurales: de Lescun a Ansó por el col de Petrechema, de Ansó a Berdún, de Berdún a Jaca, y de Jaca a Biescas por Sabiñánigo. Lo dicho: nos centraremos en sus peripecias por los mesones y albergues.

Nuestro hombre, un pirineísta de primer orden interesado especialmente en los mapas y la toponimia de la cordillera, declaró tener cierta “curiosidad de montañero” por conocer esa provincia limítrofe por el sur de tres departamentos galos… Lo cual, puede adelantarse, le colmaría “de buenos recuerdos”. Pero Meillon no aclara la fecha del recorrido, si bien se supone que ya habían pasado algunos años. Tampoco cita, por desgracia, a sus compañeros.

En los textos del hostelero de Cauterets son todo elogios hacia la belleza de los parajes naturales que atraviesa, desde luego. Vamos ya con los chascarrillos en las posadas de su viaje por el norte de Huesca…

Escena inaugural de nuestro vodevil: nada más pasar la raya por Zuriza, informa de que, como primer cobijo, no hay sino un “abrigo de los desdichados carabineros”. Seguido, ya situado en Ansó, cuenta que dicha villa “nos ofrece su hospitalidad; en el barrio de la Fonda, podemos entrever furtivamente algunos bellos ojos [¿de mujeres?], donde algunos hidalgos con calzas aragonesas nos recuerdan que estamos en España”.

Va la siguiente escena, ya en Berdún: “La organización de nuestra caravana despierta a los vecinos de la Fonda, y en todas las ventanas hay cabezas turbadas que aparecen, miran y desaparecen”.

Rápidamente saltaremos a la cuarta anécdota hostelera, donde Alphonse Meillon se explaya algo más:

“Realizamos una parada en la aldea de Javierregay, donde desayunamos así asá. Mientras nos tomamos nuestra escasa pitanza, un ciego nos canta una tan interminable como molesta melodía, que una distribución de francos acaba por separar de nuestros tímpanos”.

No nos detendremos mucho en la Val Ancha, acompañando al francés hasta Biescas. Así narraba su quinto escorzo sobre nuestra crónica mesonera del siglo XIX:

“Acudimos a la Posada. Esperando la hora de la comida, nos enzarzamos con el hostelero en una larga charla con el fin de aumentar nuestras observaciones, que es el único bagaje cuyo tamaño y peso nunca debe de temerse durante un viaje. Cenamos bastante bien, incluso bien, para tratarse de la cocina española. Pero aquí se resiente ya de cierta influencia francesa. En efecto: en esta Fonda se detiene la diligencia que va desde Sabiñánigo hasta Panticosa y Sallent. Por desgracia, nuestro descanso no dejará de ser desbaratado. Dicha diligencia pasaba por Biescas de noche, por lo que a las 1:00 h, los gritos de los muleros y los toques estridentes de una trompeta nos sacan del sueño que habíamos podido coger. Pero, al menos, por unos instantes hemos revivido esos viejos tiempos de las diligencias, que en Francia buscaríamos en vano, a estas alturas, ni en las provincias más retrasadas”.

El pirineísta de Cauterets continuó con sus aventuras oscenses en el número 13 de la misma revista, el Bulletin Pyrénéen, en marzo de 1899. Sus páginas nos ofrecerán la ocasión de acompañarle en un sexto sketche, ya en el Balneario Panticosa, una vez arribado al Hotel Franco-Español de Miguel Lacasa, “encantado de tan bella etapa y del recibimiento que hace”. Cuanto menos, reconoció pasar una “noche excelente”.

El grueso de las observaciones de Meillon se iban a ceñirse al Macizo Calcáreo. Conozcamos una séptima escena, esta vez con desarrollo en Bujaruelo:

“Nos decidimos a pasar la noche en este puesto de los carabineros. El primer vistazo nos dice pronto que no disfrutaremos del confort del Hotel Lacasa, pero, ¡qué importa!

”Así, nos instalamos en una de las cuatro o cinco edificaciones que componen la aldea. Está decorada con el nombre de Fonda. El alberguista nos introduce en una gran habitación, donde todo anda mezclado: cabras, cerdos, perros, pollos y personas habitan entre estos cuatro muros renegridos, terminados en una cúpula, en cuyo remate hay un orificio que sirve como chimenea. Hay troncos gruesos de árboles que arden en mitad del cuarto. Los carabineros que rodean este brasero se levantan cuando entramos y nos reciben no solo con los brazos abiertos, sino con los vasos llenos.

”Parece que en estas provincias de costumbres aún simples y primitivas, es costumbre, cuando un extranjero llega, la de bajar de los pellejos que cuelgan de la bodega, varias botellas del mejor vino. ¡Dios mío, qué vino! Todo, menos una bebida; no tenía de vino sino su nombre. En fin: poniendo buena cara, tuvimos que sufrir esas rociadas asesinas y beber a la salud de estos soldados del joven rey Alfonsín [Alfonso XIII] que nos insisten con una tenacidad tan benévola como poco adecuada a los hábitos civilizados. Verdaderamente, fue un penoso aperitivo, completado aún más con el aroma del aceite y el del tabaco.

”La hora de la cena llegó finalmente. ¡Vaya cena! Al son de una guitarra que nos rellena las orejas, y al resplandor de los estallidos resinosos de los troncos de pino que ardían sobre una plancha. Esta forma de iluminación era empleada a menudo, incluso durante el día, en esta sala cuya única ventana, estrecha como una aspillera, no dejaba pasar sino un rayo de luz más que insuficiente.

”Decididamente, los aragoneses son unos cocineros deplorables, pero los productos de su ciencia culinaria son más deplorables todavía. A modo de revancha, los amantes del ajo, de las cebollas, de los pimientos, de las especias, del aceite y de todas las variedades del rompegargantas, quedarán bien servidos.

”Sin embargo, no era cuestión de quejarse: pagamos en función a lo que nos dieron. La cena resultó, efectivamente, una sucesión interminable de pasturas que intentamos hacer pasar por medio de una taza de achicoria que pretendía llegar directamente desde Moka, y de una jarra de alcohol de anís, a 0’75 francos el litro, que era una especialidad del país.

”En ese…, salón, hubiésemos tenido que dormir con los carabineros, si no hubiera habido al lado una pequeña sucursal con una habitación con los camas que los propietarios quisieron cedernos. Tales eran las costumbres, ¡cuando los turistas pasaban la noche en Bujaruelo!

”¡Ah! ¡Qué noche! ¡Una noche de sorpresas! ¡Una noche de pruebas! En lo que a mí se refiere, no tuve ni tiempo para dormir, ni, menos aún, tiempo para aburrirme. ¡Vaya trabajo y menudas ocupaciones, Dios mío! No lo olvidaré jamás. Seguramente nada más agradable que cuando, al acostarte reventado después de doce horas de marcha, uno descubre, como si fuera Colón, no un nuevo continente, sino una cama previamente ocupada por un magnífico cuerpo de ejército de bestiecillas cuya especie aún no se ha extinguido en Aragón. Los coleccionistas podían hallar aquí especímenes de cualquier especie. ¡Aviso a los aficionados [a la Entomología]!”.

Un poco más, ahora en Torla. Porque nuestro viajero del Norte realizó de este modo su ingreso en la población sobrarbesa:

“Entramos a las 16:00 h en la Villa. Muchas figuras bastante poco apetitosas se muestran a nuestro paso a lo largo de eso que allí se llama una calle. Finalmente, tras algunos rodeos, llegamos a la antigua puesta de la Casa Víu, donde la propia Marquesa [un viejo mito desde tiempos de Charles Packe] nos da la bienvenida. Nuestra primera preocupación, tras habernos cambiado de ropa, es la de lanzarnos a la calle a la busca de curiosidades. Ignoro si le gustamos o no a la Marquesa, pero puedo afirmar que nuestras fisionomías les resultaron antipáticas a los caniches del lugar, que no cesaron de aullar a nuestro paso. Por suerte, entre nuestras piernas y sus colmillos había una buena distancia […].

”Llegamos así, siempre paseando, a la entrada del pueblo, y preparamos el aparato fotográfico para tomar algunas instantáneas. ¡Por desgracia, nos habíamos situado justo ante la puerta de Don Toribio González Arias, alférez de los Carabineros, quien nos invitó de inmediato a entrar en su casa para una pequeña comunicación! Este bravo jefe de los Carabineros tenía instrucciones formales de prohibir que se tomaran planos o fotografías en treinta kilómetros desde la frontera. Sin embargo, don Toribio se mostró como un príncipe benigno, y nos permitió, en compañía siempre de un carabinero, de tomar imágenes de algunas vistas interiores de Torla. Tampoco dejó pasar la ocasión de procurarse un retrato de su esposa.

”¡Pero no dejemos que la cena se enfríe! Ya era hora de regresar a la gran casona […]. Nos instalamos en la gran habitación con viejas carpinterías, al fondo de la cual, en una alcoba cerrada mediante dos cortinajes rojos, se hallaban las dos camas que nos asignaban. Nuestros cubiertos estaban dispuestos. Sobre un mantel muy blanco, unos cubiertos viejos de barro y de plata vieja no dejaban de aportar su caché. ¿Y el menú? ¡Ah, el menú! Lo voy a transcribir para que el lector aprenda: sopa al aceite; legumbres al aceite; cebollas hervidas con vinagre; pollo al azafrán, condimentado con pimienta negra y pimientos rojos; cerdo lechal asado con pimiento rojo, pimienta negra y azafrán; vino de Boltaña azucarado y perfumado con alquitrán.

”A pesar de todo, comimos con buen apetito y…, dormimos todavía mejor”.

Cerraremos aquí con el noveno escorzo de Alphonse Meillon. Ahora, de retorno a su patria, allá por el puerto del Cotefablo, se despedía de este modo de sus colegas, los hosteleros del Sur:

“La comida debía de comenzar, pero, ¡por desgracia!, nuestras desventuradas provisiones habían sido puestas a prueba más que nosotros mismos por este calor tropical. Estaban completamente disecadas: el jamón hubiera podido servirle a un curtidor, el pollo estaba tan negro como un mirlo y de los huevos esperábamos ver salir a los pollitos. Solo el queso no había modificado su olor”.

Otros tiempos, otras perspectivas. Y, seguramente, una actitud poco ecuánime por parte de los viajeros norteños. Como apunte malévolo, añadir que esta recopilación bien podría completarse con los testimonios de turistas procedentes de ciudades inglesas, alemanas o, simplemente, de la Francia septentrional, colmados de ácidas observaciones sobre los mesones y albergues de, pongamos, Gavarnie o Cauterets…

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Comentario

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    • Bueno, en este caso, creo que era un Meillon de juventud, acaso poco viajado por Aragón, o que quizás quería hacer chistecillos a nuestra costa ante sus compatriotas. Más adelante se centró más…