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¿Existen las 160 razones no “mentirosas”?

Vamos con una cuarta entrega dedicada, desde la actitud más constructiva del mundo, a ese Proyecto Tresmiles que pretende cambiar la toponimia de los Techos de Huesca. Arranca con otra pregunta: ¿es posible conjugar el respeto por las Lenguas de los moradores de las montañas con la historia pirineísta? Estamos ante una duda del todo retórica. Porque puede comprobarse con facilidad que nuestros vecinos por el Este han logrado un equilibrio óptimo entre los nombres de sus Cúspides. Parece que los lingüistas catalanes han llegado a la conclusión de que en su Nomenclátor de altas cotas deben coexistir las designaciones montañesas con las tradiciones montañeras de antaño. Tampoco resulta tan complicado: es una mera cuestión de cultura bien asentada.

Así, invito a que los más curiosos se asomen por los mapas del macizo tresmilero de Besiberri. Como, pongamos, esos pliegos a 1:25.000 que van desde el “Parque Nacional de Aigüestortes i Estany de Sant Maurici” de Piolet (2000) hasta el “Aigüestortes-Vall de Boí” de Alpina (2012). Se descubrirán en ellos unos Techos de Lleida como el “tossal des Capceres/punta de Lequeutre”, la “punta de Passet” o la “punta d’Harlé”. Sin desdeñar esos nombres de collados próximos como la “bretxa de Salles”, la “bretxa de Oliveras”, la “bretxa de Peyta” y el “pas de Trescazes”. Todos ellos, salvo uno, lucen apellidos de pirineístas galos, tanto montañeses como montañeros. En cuanto a la toponimia del otro macizo leridano (y francés) con Tresmiles, bien se ve en la carta de la “Pica d’Estats-Montroig” de Alpina (2007) que se ciñen a los topónimos de la (tan mejorable como popular) Lista Buysé.

Es este un asunto de buen hacer que contrasta vivamente con otras actitudes que parecen presumir de grandes dosis de ignorancia o de xenofobia cateta. Y, sobre todo, de una indisimulada inquina hacia todo cuanto huela de lejos a foráneo, a montañero, a ciudadano o a hispanohablante. Al menos es lo que algunos espíritus críticos podrían deducir si analizan la nueva toponimia aragonesista que, más que a favor de, se diría orquestada en contra de. Cuanto menos, en el terreno de la recién oficializada relación de Tresmiles oscenses. Mientras, en otras latitudes, el cuidado de la Lengua y el amor por la crónica pirineísta pueden ir de la mano, exhibiendo una coherencia envidiable. Mi aplauso para los leridanos.

Hemos de centrarnos ya en la Comunidad aragonesa. Trataremos de conocer un poquillo mejor, aunque no en el sentido bíblico, la obra de esos individuos de la Comisión Asesora de Toponimia que nos obsequiaron, queramos o no, sus 160 designaciones para los Techos de Huesca. Con todo el cariño y comprensión de la Cristiandad hacia sus discretísimos artífices, vaya eso por delante.

Como se vio en el artículo previo, gracias a las gestiones de Eduardo Sánchez Abella ante el Justicia de Aragón se ha desenmascarado la identidad al completo de los catorce miembros de la aludida Comisión. Hasta ese momento, guardada con un celo casi maternal por José Luis Soro y sus vicepresidentes. Ahora solo resta bucear un poco entre lo publicado por los (auto titulados) expertos antes de que arrancara, allá por 2016, ese Proyecto Tresmiles promocionado a bombo y platillo desde la Consejería de Vertebración Territorial, Movilidad y Vivienda. Son unas pesquisas forzadas por el clamoroso silencio gubernamental, realizadas en espera de hallar las gratas sorpresas de un trabajo bien hecho…, o medianamente hecho…, o con algo hecho, simplemente. Que, dado el tiempo transcurrido, empieza a producir melancolía el reclamarles ya nada. O poner el listón demasiado alto.

Pues ha habido suerte. Porque justo un año antes de que la Comisión Asesora declarara el inicio de sus enigmáticas actividades, salió a la calle un libro de generosas proporciones firmado por uno de sus expertos. Se trata de la Toponimia Mayor de Aragón. Ciudades, villas, lugares, aldeas, ríos, montañas y territorios de Pascual Miguel Ballestín. Un grueso volumen editado en 2015 por Gara que exhibía los anagramas de su esponsor, la Institución Fernando el Católico de la Diputación de Zaragoza…, entidad que surtiría con un representante oficial al Proyecto del entonces presidente de Chunta, por cierto. Y con la “ayuda” (¿económica?), que eso siempre viene bien si no hay avalanchas de ventas, del Departamento de Educación, Cultura y Deporte del Gobierno de Aragón. ¡Qué bonito!: ni en la serie sobre La Casa de la Pradera se veían escenas de amor tales…

Como es lógico, los ejercicios de curioseo literario empiezan siempre por la tapeta. En este caso, servía una especie de bio-pic de Pascual Miguel Ballestín, un mozo natural de Gallocanta (Zaragoza), que parecía alejarlo de cualquier relación, siquiera desde una platónica distancia, con el ultra especializado mundo de los Tresmiles oscenses. Nada de interés manifiesto. Salvo, quizás, cierta empresa intelectual (en realidad, un prólogo) con un futuro colega de la Comisión Asesora de Toponimia, Chesús Casaus, en otra entente idiomática de Gara con la Institución Fernando el Católico en 2005. Pero, aunque una carta de presentación pinte mal, siempre se tiene que conceder el privilegio de la duda y avanzar en la lectura…, a pesar de que, con semejantes premisas, pocos datos de enjundia prometa.

Error gordo. Porque en la introducción de la página 5 era posible descubrir unos ramalazos tales de sinceridad por parte de Miguel Ballestín que, yo diría, mostraban al mundo la óptica adecuada con la que hay que abordar cualquier trabajo sobre toponimia. Unas palabras que, de paso, me surtían de un oportunísimo título, amén del perfecto remate para esta entrada.

Veamos cómo principiaba su texto de 557 páginas quien, un año después, aterrizaba como experto en ese Proyecto Tresmiles conformado, aún no se sabe por quién, desde la Consejería que gestiona cierto político que se declara nacionalista-socialdemócrata:

“Probablemente el 80% de lo que hay escrito en este libro sea mentira, incluso puede que un 90%, aunque tal vez el porcentaje se reduzca solo a un 60%. En cualquier caso, seguro que más de la mitad, ya que estamos ante una recopilación de propuestas etimológicas, y si sobre una misma palabra se ofrecen cuatro diferentes, al menos tres, en todo o en parte, han de estar equivocadas.

“[…] Nos costó convencer [a un revisor del texto que disentía] de que, precisamente, uno de los objetivos del libro es mostrar la variedad de propuestas etimológicas que se han podido encontrar sobre la toponimia mayor aragonesa, independientemente de si son válidas o no. Le recordamos, además, que, dado que incluso los mayores expertos en toponimia elaboran hipótesis que posteriormente ellos mismos desmienten, resultaría muy pretencioso por nuestra parte decidir cuáles entre todos los supuestos planteados son los correctos y cuáles no.

“[…] En un primer momento sí que se planteó eliminar todas las propuestas etimológicas inviables, pero caímos en la cuenta de que esta opción tendría varios efectos colaterales no deseados: en primer lugar, perderíamos algunas hipótesis que, pese a no resultar admisibles para explicar el origen del nombre, sí que pueden ser un recurso muy útil para otros fines como, por ejemplo, los literatos e históricos”.

Absolutamente genial. De hecho, me atrevería a decir que cuanto afirmaba en 2015 uno de los artífices de la Lista Soro en 2017, lo firmaría ahora el 60-80-90% de los pirineístas. Los no politizados, al menos. Aunque suene tan mal eso de que te vendan unas hipotéticas mentiras como hechos reales y comprobados por todas las instituciones del mundo-mundial. Siquiera en el terreno nebuloso de las etimologías toponímicas.

El autor del introito proseguía con un tono no menos sincero, e incluso divertido, hasta llegar a la página 13. De este modo remataba allí su tan sorprendente como acertado preámbulo:

“En fin, que ya que nos hemos ido del tema, que estábamos hablando de etimologías y toponimia y hemos acabado hablando de gentilicios, historia, arqueología y canción de autor. ¿No será porque, en el fondo, está todo relacionado?”.

Vamos: ahora nuestro buen experto relacionaba con la toponimia algo que sonaba de un modo vago a las famosas cuatro patas de los escrupulosos eruditos de antaño. ¡Bravo! Para mí eran las palabras de un individuo honesto que, sabedor de que la suya es una especie de ciencia similar a la Ufología (el estudio de los platillos volantes), advertía sobre lo etéreo de sus conclusiones. No nos escandalicemos. En realidad, yo diría que resultan muy parecidas ambas actividades: la que trata de las etimologías de los nombres montaraces basándose en juegos lingüísticos especulativos y la que se ocupa de si los OVNI llegan desde ese planeta Raticulín del inolvidable mesías Carlos Jesús. Ambas, perfectamente respetables con tal de que sus adeptos no intenten imponer sus, en realidad, meras divagaciones personales.

Una pena que Pascual Miguel Ballestín, quién sabe si abducido por alguna presencia oscura de la parte política-burocrática de la Comisión Asesora de marras, se sumara al poco tiempo a un ejercicio opuesto al que aparentaba practicar desde su Toponimia Mayor de Aragón. Es decir: que protagonizase un cambio radical y que pusiera rumbo hacia unas imposiciones que suponían el descarte de cualquier cosa clasificada dentro de la “historia, arqueología y canción de autor”. ¡Ay, señor!, que de ser consecuente con sus ideas de 2015, igual hubiera tenido que alejarse, como quien persigue el mismo Diablo, del influjo de los Hombres de Soro

Por lo demás, el bibliotecario de Gallocanta tampoco mostraba en su libro un desmedido interés por esas montañas que sobrepasan, allá por el horizonte lejano de Huesca, la línea de los tres mil metros de altitud. Nos fijaremos en el número de tales cumbres que aparecían en un estudio que decía abordar la toponimia de Ciudades, villas, lugares, aldeas, ríos, montañas y territorios: una, solamente una. Una de las, más adelante, 160 altas cimas que afirmó estudiar junto a sus trece colegas. Cierto que por su libro comparecían (con cuentagotas) resaltes como como el Cotiella, el Gallinero, el Moncayo, Oroel, Riglos o el Turbón. Pero nuestro toponimista mayor únicamente se fijó en un tres mil metros como el Aneto. O la Maladeta de Corones, según dictaminara en unánime conformidad junto a sus compañeros de aventura en 2017. Buscando, sobre todo, ese segundo nombre, a la par que su certificación como Versado en Temas Serios sobre Tresmiles, acudamos ya hasta la página 58 para ver el desarrollo de la voz Aneto, referida en primer lugar al pico benasqués:

“Aneto. Macizo: Maladetas [¿?]. Nombre histórico: Aneto [¿de verdad que no hay más?].

“Como corresponde a la importancia del pico más alto de los Pirineos, abundan las referencias etimológicas sobre este orónimo. La mayoría de los autores que han escrito sobre el origen de este nombre lo consideran muy antiguo, muchas veces prerromano, como el que le da el descriptivo significado de cumbres rocosas, o el que lo deriva del vasco ain, igual a arriba, encima, en lo alto, seguido de eta, con valor plural, con lo que significaría los altos, con un resultado parecido, una cita plantea que su significado no es otro que pico, sin más. Otras explicaciones intentan conciliar lo etimológico con lo legendario y así hay varios autores que parten del teónimo Neto, o Netón, nombre de divinidad suprema, que unos consideran celta, otros celtibérico y otros ibérico, y que ha sido relacionado con el sol. Incluso un estudioso ha llegado a plantear que “el Aneto era la residencia de un dios, cuyo nombre sirvió para designar su altar, es decir, el pico”. Partiendo desde el latín también encontramos varias propuestas: amnetu, del latín amnis, igual a río; asinetum, de asinus, igual a asno, tal vez por la forma del macizo a dos vertientes, como el lomo del animal, o asinetum, igual a “lugar de cría de asnos, paraje donde hay muchos asnos”; asinus, igual a tablilla delgada, como las hojas de las pizarras, y los yacimientos de asinus pudieron recibir el nombre de assinetuo; o anetum, anetus, nombre de planta aromática que ha dado en aragonés el apelativo de aneto, igual a eneldo. Otras hipótesis parten, bien de una voz griega, que podría ser ánesis, igual a altura máxima, o anetôs, igual a confortablemente; o bien del galo ana, igual a pantano, con el sufijo diminutivo –itum. Para finalizar, es preciso comentar otra explicación sobre el origen del nombre que no suele aparecer en letra impresa. Parece ser que, como tantos otros, el pico no tenía un nombre específico, y en el momento en que se considera que esta cumbre es la más alta de la cordillera, al ir a buscarle un nombre que la individualizara, se optó por el de la población más cercana a la misma, aunque perteneciese a otro término municipal: Aneto”.

Por los pelos, el Techo del Pirineo no quedaba, según las etimologías de este estudio cortito, como el pico del Asno. O, mejor aún: la tuca Burreña, que así suena más a benasqués. E incluso, ya puestos, el pico del Río, el del Pantano, el del (¿Bello?) Eneldo, el del Confortable, e incluso el de la Más Delgada Tablet (¿de Samsung?). Es el mundo de las sopas de letras, algunas tan delirantes como divertidas. Mientras no te obliguen a usarlas, claro. En fin; todavía me pregunto si todos estos trabalenguas sirven verdaderamente para algo práctico.

Seguido, Pascual Miguel Ballestín centraba su análisis en esa población homónima que, según defienden ciertas teorías, acaso le diera su nombre al vértice. Pues vamos a por otra tanda de pasatiempos y acertijos lingüísticos:

“Aneto. Municipio: Montanuy. Nombre histórico: Anet, Anero, Ainieto, Aneto de la Val de Barrabes, Aneto, Annero de la Val de Barrabes. Fecha documento: 1319.

”Las hipótesis formuladas para el nombre del vecino pico del mismo nombre son prácticamente las mismas que se han empleado para explicar la etimología de esta población, aunque hemos podido apuntar algunas propuestas diferentes. Si nos remontamos a un origen prerromano, una cita lo deriva de la forma badana, que significa corral; y si tomamos como base la lengua vasca, las hipótesis halladas son las siguientes: la voz ain, igual a colina, lugar elevado; hipótesis que otros autores amplían apuntando que procede de ain, igual a altura, cuesta, seguido del apelativo eto, igual a aleve, traidor, pérfido, muy malo, terrible, para tener el significado global de la cuesta terrible o la cuesta fatigosa o traidora; emparentado con el aumentativo vasco anitz, igual a mucho, en gran medida seguido de edur, igual a nieve, para tener la forma an(z)edu(r), igual a nieve en gran cantidad o el glaciar. Otros consideran que el origen del nombre del pueblo está en el nombre de un dios: de Neto o Neton, para algunos celta y para otros ibero, para quienes era el dios del sol. Partiendo del latín también se han elaborado varias hipótesis: de asinetum, igual a “paraje donde hay asnos, donde se recrían estos animales”; o de la misma voz pero refiriéndose al nombre animal, no al paraje, asinetum, igual a asno; de amnetuamnis, igual a río; de anet(h)u, nombre de planta umbelífera aromática que ha dado en aragonés al apelativo aneto, o eneldo; de la voz assis, igual a tabla, pero que también designaba a la pizarra. Varias citas se limitan a encuadrarlo en una época y dar una traducción sin aportar raíz alguna: así, ha sido calificado como topónimo prerromano: cumbres rocosas; o celtibérico: hermano mayor bajo. Otras propuestas apuntan que procede del galo ana, igual a pantano con el sufijo diminutivo –itum; que sea un diminutivo de dain, que en arábico significa fontezuela; o que provenga de un lenguaje románico antiguo precatalán, sin más explicaciones. Para finalizar, se ha planteado que su origen es un antropónimo, para lo que se propone la forma anetus, derivada de los documentados annus o anus; o incluso, a partir de la forma medieval ainieto, que estemos ante un topónimo gemelo del serrablés Aineto”.

Lo dicho: he aquí nuevas dosis de divertimentos idiomáticos con los que ahuyentar de la mente los nubarrones por esa pandemia que ahora mismo nos asola. Pero ni sombra de la Maladeta de Corones, el topónimo que desde la Lista Soro pretenden endilgarle al Aneto. Todo parece ahora más claro: muy posiblemente sea un nombrecito añadido a modo de aportación personal creativa. Una suerte de monumento al ego desmedido de su progenitor, un individuo (más o menos) misterioso que, por cualquiera sabe qué extraños motivos, llegó a creerse que, bajo el paraguas de la Consejería de Vertebración Territorial, Movilidad y Vivienda del Gobierno de Aragón, él y solo él podía darse el enorme gustazo de rebautizar como le viniera en gana al Techo del Pirineo. Porque nunca antes se había tenido noticia alguna de la existencia de esa Maladeta de Corones exótica en torno a la cota 3.404 metros… Probablemente, tan caprichoso inventivo no ha sido Miguel Ballestín, aunque todo apunte a que éste accedió sin problemas a validarlo. Desde luego, no estaría de más que quien inventó esta suerte de neologismo se identificara y explicase…, acaso reconociendo que lo hizo “porque le dio la gana”, bien cobijadito entre las faldas de la Consejería de Chunta. O algo similar.

Avancemos un poco más en nuestro benévolo análisis. Es una pena que no hubiera más Tresmiles en este libro reciente sobre la toponimia mayor del terruño aragonés. Pero donde se pueden generar no pocas dudas inquietantes es en el obligado repaso de las páginas que van desde la 507 hasta la 557. Sí: en ese tocharraco donde figuraban las 1237 referencias bibliográficas de la obra, alguna de ellas firmada por alguno de los Hombres de Soro. Por ejemplo, entre los libros y artículos consultados para los jugueteos con la voz Aneto. Por ahora, resumiré mis prospecciones: los textos verdaderamente especializados sobre los Tresmiles parecían brillar por su ausencia. Según reseñara en cincuenta páginas este integrante de la Comisión Asesora, poco antes de que ésta se formase. Interesante.

De momento, picoteemos levemente entre las 1.237 referencias del libro de Miguel Ballestín. Dicha bibliografía parecía abordar toda suerte temas ajenos a las grandes montañas de Huesca, lo cual está muy bien. En particular me encantó cierto título: “No hay pueblo como el mío”, el número 1.097 del listado. Sin olvidar la proliferación de trabajos sobre apodos o sobre la, sin duda, arrebatadora toponimia campurriana, así como monografías tan escasamente relacionadas con las cumbres pirenaicas como las dedicadas a Carmona, Mondoñedo, Tafalla, Móstoles, Moraleja de Enmedio… En fin; salvo que entre sus títulos se esconda algún texto verdaderamente rupturista sobre las cotas altas de Huesca, se diría que desilusiona un poco la actividad previa de quienes estaban a punto de ser incluidos en ese Proyecto Tresmiles…, ¿sin haberse preocupado gran cosa por estos puntales hasta 2015? Al menos en apariencia, a tenor de los títulos. Y salvo dos o tres excepciones con las que más adelante regresaremos.

Pero en este territorio de altas cotas donde, por lo demás, siempre ha pululado gente entendida de verdad (me produce pudor emplear el término experto), se puede hacer una especie de prueba de la rana para determinar si una afirmación toponímica es de carácter técnico o sencillamente llega con intencionalidad xenófoba: basta con ver cómo abordan ciertas equivocaciones clamorosas que se adjudican, merced a Lucas Mallada, a un falsario pico Moros, o de la mano de Juli Soler, al no menos erróneo pico de Añisclo. Digan lo que digan los propagandistas del Aragón Imaginario sin aportar el menor dato en defensa de unos gatillazos perfectamente documentados. En los trabajos serios, se entiende.

¡Caray!, pues en el caso del Aneto también se dispone de una suerte de criba que delimita a la perfección la raya que separa a quienes han estudiado de verdad su toponimia…, de esos aficionados voluntariosos que juegan a sentar cátedra sin que les importe caer en lo absurdo. Y aquí nos alejaremos, como decía en su introducción el propio Miguel Ballestín, de esa cuota de hasta un 60-80-90% de posibles mentiras, para tratar de vislumbrar quién domina realmente el tema de los nombres del Techo del Pirineo. Porque, algún miembro de la, hasta hace nada, fantasmagórica Comisión Asesora de Toponimia, ¿está al tanto de que existe un trabajo de setenta y cinco páginas sobre la evolución histórica y etimología de los nombres del pico de Aneto? ¿La ha citado en algún escrito previo, aunque fuese tan solo para criticar al autor o a sus conclusiones? Daré pistas: me refiero a la obra de un prestigioso miembro de Montañeros de Aragón, editada hace ya bastantes añitos, donde se hacía gala de datos atesorados durante, al menos, un cuarto de siglo de búsquedas por los legajos antiguos, los mapas antañones…, y entre los pastores benasqueses de las cercanías del Monarca del Pirineo.

Vaya fiasco. A tenor de este primer rastreo, se podría pensar que a los creadores de la Lista Soro les va, más que las tediosas tareas de investigación por textos pirineístas, viejos testimonios montañeses, mapas históricos o documentos del catastro, eso otro que decía la canción de Bob Dylan: “El hombre puso nombre a los animales”. Pero con la letra de Joaquín Sabina. Ante su falta clamorosa de explicaciones, parece como si sus particularísimos expertos se hubieran divertido haciéndolo con gran parte de los Tresmiles de Huesca. Eso sí: con todo el desparpajo y la alegría de este mundo. Que ni Dylan ni Sabina.

Será cuestión de seguir investigando si verdaderamente existen las 160 razones serias y no mentirosas de la Lista Soro. Igual tenemos que recurrir, para saberlo con certeza, al médium Carlos Jesús. El de las Crónicas Marcianas, se entiende.

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Por Alberto Martínez

Alberto Martínez Embid practica el montañismo desde que era un crío. Últimamente llama la atención su faceta divulgadora, que se podría glosar como firmante de veinticinco libros y participante en veinticuatro colectivos, sin olvidarse de sus más de mil setecientos artículos. Casi todos, de temática pirenaica. Aunque se ha hecho acreedor de tres galardones de narrativa, seis de investigación histórica y siete de periodismo, se muestra especialmente orgulloso del Premio Desnivel de Literatura de Montaña de 2005.

12 respuestas a «¿Existen las 160 razones no “mentirosas”?»

Buen trabajo, Alberto. Después de un tiempo fuera de juego en Internet, observo con satisfacción que no has perdido el tiempo.
Un abrazo.

Hola de nuevo, José. Siempre es bueno tomarse descanso, prácticamente de todo… Por lo demás, son unos artículos que hubiera preferido no publicar, te lo aseguro: yo daba a la Lista Soro por extinta, visto lo que he visto durante estos tres años. Pero parece que, a la chita callando, seguía su curso. Y con sus palmeros finos listos para arroparla… Pues nada, reactivemos el tema una nueva temporada. Que hay material para unas cuantas entregas, por cierto…

Perfecto, Eduardo… A fin de cuentas, sin tus gestiones, seguiríamos del todo a ciegas sobre los componentes de la polémica Comisión Asesora… ¿Tendrá Portal de Transparencia el Gobierno de Aragón…?

Y por si alguien no conoce todavía la letra de la versión española “El hombre puso nombre a los animales”, de Joaquín Sabina. Igual le ayuda a comprender muchas cosas:
El hombre puso nombre a los animales con su bikini, con su bikini.
El hombre puso nombre a los animales con su bikini, qué mogollón.
Al cocodrilo le llamo cocodrilo,
porque en el Nilo nadaba con estilo.
Y al diplodocus le llamo diplodocus,
porque ya entonces quedaban pocus.
y al que en la selva rugía feroz,
leeeeeeeee puso león.
El hombre puso nombre a los animales con su bikini, con su bikini.
El hombre puso nombre a los animales con su bikini, que mogollón.
Vio a un bicho nadando por el Canal de Suez,
y le puso pez (qué gilipollez).
Vio un caballo alto que no usaba gafas,
y por supuesto le puso jirafa.
Y al ver algo chiquito y malo,
leeeeeeeeeeee puso rata.
El hombre puso nombre a los animales con su bikini, con su bikini.
El hombre puso nombre a los animales con su bikini, que mogollón.
A las ladillas les puso ladillas,
por lo que pican cuando las pillas.
Y al ornitorrinco le puso ornitorrinco,
porque no encontró un nombre más raro.
Y al que se adapta a cada situación,
leeeeeee puso camaleón.
El hombre puso nombre a los animales con su bikini, con su bikini.
El hombre puso nombre a los animales con su bikini, que mogollón.
Vio un lagarto que iba para Barranquilla,
y le puso caimán, se va el caimán (adiós caimán).
A otro que ya no puede caminar porque le falta
la patita de atrás le dijo cucaracha te vas a llamar.
Aaaaa, viva la raza humana.
Aaaaa, viva la raza humana.

Fantastico Alberto. Me gusta lo de que juegues con lo de las «mentiras» de Ballestin. Con la proporcion que sea. Pero no se si hubiera sido mejor hacerlo con lo del «Hombre que puso nombre a los Animales». El de Sabina que mola más.

Tienes más razón que un «Mono Sabio». Te confieso que al principio dudé un poco, pero, bueno, Dylan y Sabina me sabrán perdonar…

Bueno, Luis, pues aunque no sé muy bien lo que exacta, exactamente quieres decirme, me adelantaré para confirmarte que, parezca lo que parezca, he tratado que estos artículos sean lo más constructivos posible. Buceando entre los textos de los respetables caballeros de la Comisión Asesora de Toponimia para ver si sus motivos quedaban por completo al aire. Vamos: intentando ayudar a esclarecer cuanto han hecho, ya que estamos ante un grupo de modestos o de tímidos contumaces…

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