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¿Entre toponimistas y ufólogos?

En la entrada anterior, quinta de esta suerte de serial sobre la Lista Soro, un etnólogo benasqués enamorado de los topónimos de su tierra dejaba claro que en 1972 veía el mundo de las etimologías como “cosa difícil y resbaladiza al decir de los doctos”. Parece que estos últimos especímenes escasean hoy en día…, a tenor de lo que se percibe, cuarenta y cinco añadas después, por el tristemente politizado panorama toponímico aragonés. Donde todavía no se ha descubierto el menor rastro documentado de la Tuca d’Aneto o de la Maladeta de Corones, por cierto. Acaso estemos ante un trabajo ideal para algún ufólogo correoso, de ésos que dicen estudiar los platillos volantes…

Y hablando de Tresmiles perdidos… ¿De verdad, de verdad que nadie ha dado aviso al presentador de “Cuarto Milenio”? Porque hay en circulación otra teoría, quien sabe si tan delirante como el trío que revelé en el artículo anterior, que hablaría de una base de OVNIS en el fondo del ibón de Cregüeña. Desde donde, según dice, pudo emerger uno de los informantes que contactaron (¿en la “Tercera Fase”?) con cualquiera sabe qué misterioso experto de la Comisión Asesora, trasladándole cómo denominaban ellos a las cumbres de los alrededores. En marciano, claro está.

No hay que descorazonarse si por la fachada de la Consejería de Vertebración Territorial, Movilidad y Vivienda solo se perciben humaradas tenebrosas. Aunque sea desde una saludable distancia de nuestro Nirvana autonómico, siempre será posible atisbar los rastros que han dejado los semidioses en sus paseos por las tierras de los mortales. Por ejemplo, insistiendo, desde la más absoluta cordialidad, en busca de la obra escrita, que nunca del perfil personal, de quienes han integrado el Proyecto Tresmiles. Porque alguna cosilla reveladora se ha visto fugazmente, orbitando por ahí…

Regresemos a ese mundo de objetividad y de razones que queda del todo fuera del Aragón Imaginario que quieren imponer desde ciertos altozanos del Gobierno autonómico. Evité sobrecargar la entrega previa con un mayor lote de esos adoquines utilizados para empedrar la Toponimia Mayor de Aragón (2015). Una obra más que meritoria de Pascual Miguel Ballestín, experto reconocido como tal en un documento para el Justicia de Aragón que remitieron desde esa Consejería otorgada a cierto partido “nacionalista y socialdemócrata”. Ya me hubiera gustado saber quién fue su redactor, puestos a soñar con distinguir algo de luz por aquellos andurriales.

El caso es que le di tres o cuatro repasos a las 50 páginas de la “Bibliografía, webgrafía y fuentes orales” del libraco de marras. ¡Qué menos!: ocupaba un importante cacho del total de 557 páginas. A resultas de lo descubierto con la voz “Aneto”, el único Tresmil abordado por Miguel Ballestín, andaba escaso de esperanzas de toparme con nada que presumiera de verdaderos aires montaraces. Imaginando la pena y el tormento de cualquier espíritu curioso que igualmente estuviera rastreando las grandes cimas de Huesca por semejantes páramos… En efecto: a juzgar por sus títulos, solo figuraban por allí trabajos con toda la pinta de estar poco o nada orientados hacia los asuntos de la alta montaña pirenaica. Pero ya revisaremos alguno de los más significativos en otra entrega… Garantizando, por adelantado, todo el cariño de la galaxia hacia sus respectivos autores, ya ingresaran o no en esa Comisión Asesora de mis devociones. De la que tantas tardes de gloria espero todavía, como optimista redomado que soy.

Detallaré estos rastreos. Alguno de los textos que se aireaban desde la Toponimia Mayor lo tenía aparcado por mi biblioteca pirineísta o me lo habían prestado: eran escritos, insisto que del todo dignos, más bien aptos para la divulgación entre todos los públicos y en absoluto especializados en las cotas máximas altoaragonesas. En ocasiones, muy tintados políticamente… Así y todo, no habrá más remedio que arrimarse un pelín a ese gran recopilatorio que, lo que son las cosas, permite hoy que intuyamos lo que conocía en 2015 cierto toponimista con evidente afecto por las fablas. Una ideología que, desde luego, está muy bien para quien se la quiera comprar con su dinero.

Antes de avanzar resultados, he de dirigir una humilde súplica al buen bibliotecario de Gallocanta: ¡caramba!, aun estando familiarizado con las tareas de búsqueda bibliográfica, me mareó lo suyo ese desorden con el que apiló las 1.237 referencias. Acaso hubieran resultado más accesibles agrupadas por libros o por artículos y, sobre todo, en listado alfabético según autor. Un acomodo quizás preferible al de su aparición dentro de la Toponimia Mayor, lo cual complicaba cualquier pesquisa (imagino que no aposta). Aunque ya sé que nunca llueve a gusto de todos, espero que cambie su modus operandi en los próximos trabajos. Ya he visto que tiene un libro inédito sobre las Nuevas hipótesis etimológicas para la toponimia mayor aragonesa… Esperemos que, esta vez, el volumen rebose de Tresmiles: que se note que ha transitado por un Proyecto que se orientaba justamente hacia ese pedacito de nuestro terruño tan querido para algunos.

A pesar del despiporre de títulos para todos los gustos, como el tema me motivaba un huevo, efectué recuentos entre el medio centenar de páginas de biblio para así extractar, espero que sin grandes errores ni omisiones, los trabajos de los catorce caballeros de nuestra recién descubierta Comisión. Este sería el pódium de sus insignes ensayistas, sin discriminar en los cajones del honor si eran libros individuales, obras colectivas, textos inéditos o artículos, que de todo había en la viña del Señor:

Chesús Vázquez Obrador: 27 menciones (14, 68, 75, 90, 94, 115, 138, 142, 159, 160, 175, 205, 210, 258, 290, 324, 435, 508, 512, 513, 515, 516, 547, 656, 659, 762, 781).

José Antonio Saura Rami: 5 menciones (99, 196, 477, 558, 895).

Pascual Miguel Ballestín: 2 menciones (183, 1212).

Francho Beltrán Audera: 1 mención, ya citada (320).

José María Enguita Utrilla: 1 mención (189).

Chesús Casaus Parrilla: 1 mención (497).

Lejos de mí, ser insignificante y anodino, cualquier tipo de peritaje de unas obras, con toda seguridad, eruditas hasta la mismísima médula. Con este sondeo simplemente pretendía saber si hasta 2015 algún artífice de la Lista Soro había escrito algo, lo que fuera, sobre dichas montañas. Para solazarme, gracias a tan providencial asamblea de sabios, con sus geniales aportaciones desde los tratados de pastos del Medioevo o los catastros de los años reculados sobre nombres para mí tan enigmáticos como el pico Moros, los Marmorés d’el Cul, L’Almunia Gran o la tuca de la Crus, pongamos el caso. Brutico que es uno.

El resultado fue del todo decepcionante: se diría que cero-pelotero, a tenor de los títulos se pueden cotejar en el libro en cuestión mediante el numeral que he facilitado. Creo que ya he avanzado que hojearemos en breve los que aludían vagamente a las cotas por encima de los 3.000 metros… Me felicito por tener un corazón fuerte, porque nada o casi nada percibí que saltase a la vista de modo claro sobre los Techos altoaragoneses. Espero haberme equivocado, pues, en caso contrario, pondría en evidencia la escasa querencia por el terreno de la toponimia tresmilera, que no por otros infinitamente más cultos, de ese sexteto de miembros de los Hombres de Soro. Al menos, poco antes de ser incorporados a tan exclusivo club señorial. Que por allí no hay mujeres, bien se sabe.

En cuanto a los otros ocho invitados para figurar en la Comisión Asesora, la cuadrilla político-burocrática de la misma, pues uno ya se puede imaginar: la más clamorosa de las ausencias dentro de la recopilación de Miguel Ballestín. Como si se los hubiera tragado algún Kraken mitológico. O, mejor, aún: devorados por el fantástico Home Granizo de la peña Canciás. Si, por esas casualidades de la vida, resulta que han publicado algún texto más o menos apañadico sobre el territorio montuoso de Huesca, los tirones de orejas (o collejas, al gusto) que sean para el bibliotecario de Gallocanta, por favor…

¿Qué añadir sobre el embriagador cóctel de títulos de esta Toponimia Mayor? Pues, por ejemplo, que entre las obras consultadas hallé alguna que sin duda podía interesar a quienes gusten de los divertimentos con los nombres montaraces, si bien de autores ajenos al Proyecto de la Consejería de José Luis Soro. A destacar: Sobre la toponimia del Pirineo aragonés (1981) de Julio Caro Baroja (58), la Toponimia del valle de Tena (1981) de Juan José Guillén Calvo (139), El misterio de la Ribagorza (2000) de Bienvenido Mascaray (93) o la Toponimia benasquesa (1976) de Ángel López-García (440 y 551). El grueso de esta tanda ya lo conocía, claro está. Más aún esos clásicos, muy al alcance de la mano de cualquiera sin pertenecer a ningún Instituto Geográfico ni nada similar, como Madoz (122), Quadrado y Nieto (394), Labaña (450), Asso y del Río (451)… También localicé títulos originales que me suscitaron auténticas ansias de adquirirlos, como esos Alpes en los Pirineos (251), Topónimos montañeros de la sierra de Guadarrama repetidos en la de Gredos (825) o La toponimia no es un juego (686). Lo dicho: siempre agradezco los trabajos bibliográficos tan abundantes como meticulosos. Aquí, al menos, Miguel Ballestín lo ha petao. No tanto en cuanto al papel poco rumboso que, dirían los más severos en eso de mostrar al mundo obras sólidas, han jugado tanto él mismo como sus trece colegas de Comisión…, en la víspera del arranque de sus actividades.

Estoy desorientado. En mi flagrante simpleza, ya ni sé de qué forma se puede expender una etiqueta de experto (en Tresmiles) desde esa Consejería del Gobierno de Aragón. ¿Y cómo, a mi corto entender, hubieran podido conseguirla por el incómodo sendero del mérito? Pues, pongamos el caso, ingresando a través de algún trabajo de investigación sobre las Cotas 3.000 metros del Pirineo en publicaciones que, por lo que parece, los Hombres de Soro o desconocen o desdeñan. Y eso que existen tanto revistas en papel como páginas digitales verdaderamente especializadas, a un lado u otro de la cadena, como Aragón Turístico y Monumental, Desnivel, Grandes Espacios, Pyrénées o Revue Pyrénéenne. Por no hablar de los Anuarios o Boletines de los clubs añejos de montañismo. Expondré un caso, por si a algún individuo de la Comisión Asesora le complace realizar un cursillo rápido, en plan “maydaymayday, nos estrellamos”… Al grano: cuando un tal Francisco Termenon quiso difundir su excelente trabajo sobre “Los tresmiles fantasmas”, en Montañeros de Aragón, entidad deportiva a la que no pertenecía, se lo publicaron en su versionado resumido dentro del Anuario 2007-2008 (8 páginas) y en el extenso dentro del Boletín Digital número 5 de noviembre-diciembre de 2008 (19 páginas). Lo normal en nuestro mundillo, vamos.

Sigamos adelante… La lectura del listado del toponimista mayor surte de consideraciones un tanto secundarias para el asunto que más interesa a la comunidad pirineísta. Así, llama poderosamente la atención cierto detallito nada trivial: hay en nuestra Autonomía varios estudiosos de la toponimia de montaña como Biarge, Guillén, Lampre, Mascaray o Vidaller. ¿Cómo es que no constaban entre los catalogados como expertos de un Proyecto Tresmiles que tan necesitado de los mismos parecía andar? Hubiera sido interesante conocer la causa de tales descartes, e incluso, si es que tuvieron lugar, el motivo de las hipotéticas negativas a colaborar con Soro. Cualquier cosa, con tal de que esa Comisión tan progubernamental no termine atufando a sarao de compadres chiquiteros… Creo que, por mantener a salvo la honra de la Consejería que asignaron en sus repartos de despacho a CHA, cualquier esfuerzo explicativo tendría que parecernos poco. Sobre todo, a los aragoneses.

En tanto abordan (o no) esa rehabilitación moral tan necesaria, avancemos con otro detallito curioso más. Pascual Miguel Ballestín incluyó entre su amplísima bibliografía a varios guiris. A modo de ejemplo, citaré a eruditos como Rohlfs (7), Hubschmid (26), Elcock (140), Jungemann (347), Dolezalova (675), Ruhstaller (838), Pocklington (841), Harris (981), Meyer-Lübke (1164) o Kajanto (1213). Pues me parece otro despiste meritorio que se olvidara, espero que no por inconfesables motivos xenófobos, de un toponimista del Pirineo con producción literaria tan potente como el francés Robert Aymard. O del mismo Pierre Sallenave, a quien le editó en 1949 el Consejo Superior de Investigaciones Científicas de Zaragoza los “Premiers résultats d’une enquête toponymique dans la vallée d’Ossau” dentro de las Actas de la Primera Reunión de Toponimia Pirenaica de Jaca, allá por el mes de agosto de 1948. Un trabajo más tarde ampliado a través de esos “Résultats d’une enquête toponymique dans la vallée d’Ossau”, divulgados desde el número 136 de Pyrénées (1983). 

Una pena. Tanto nuestro toponimista mayor como sus compañeros de peripecias hubiesen aprendido lo suyo de Sallenave, quien realizó durante largas y largas añadas una revisión brillante del nomenclátor montañero osalés. Pero, claro, si se iba con prisa (¿acaso se veían fuera del Gobierno de Aragón?) y solo se dispuso de 365 días o así para este otro proceso en Huesca… Prefiero no pensar que, igual, para salvar semejante trámite, se decidiera recurrir a la reputada inventiva aragonesista.

Podemos aparcar por fin el texto al que hemos dedicado tres entregas del culebrón, fijándonos ahora en su interesante contraportada. No siempre la redacta el autor, por lo que cualquiera sabe si fue asunto del responsable de Gara. Quien sabe si pensando en la comercialización, que no solo de subvenciones vive una empresa privada. Sea como sea, parece un párrafo acertado que ojalá hubieran hecho suyo en el Proyecto Tresmiles. Si lo escribió Pascual Miguel Ballestín, solo queda felicitarle y rogar que se aleje del Lado Oscuro para seguir estas pautas en el próximo libro que dé al mundo. Pero vamos ya con su alegato de cierre:

Toponimia Mayor de Aragón […] pone a disposición del lector distintas propuestas etimológicas de más de 1.700 nombres de lugar (topónimos, hidrónimos, orónimos y corónimos) avaladas con más de 1.200 referencias de fuentes documentales. En este libro se puede encontrar el porqué de los nombres de lugar aragoneses, uno a uno, de tal manera que permite la consulta individual, pero también invita a los más intrépidos a sumergirse en la apasionante aventura de la toponimia. Porque la toponimia es una materia que va mucho más allá de lo meramente lingüístico. El origen y la evolución del nombre de un lugar esconde resonancias y ecos de la geografía, la historia, la política, la climatología, la silvicultura, la minería, el derecho consuetudinario, la etnología, la producción agraria, la mitología, la religiosidad popular, el urbanismo… Por tanto, conocer el origen del nombre de un lugar ayuda a comprender su legado histórico y su realidad geográfica y medioambiental, en resumen, contribuye a visualizar, reconocer y valorar la enorme riqueza que aporta la sucesión y la amalgama de pueblos y culturas en un territorio concreto, en este caso, Aragón. Como cantaba Joaquín Carbonell en 1979: …soy judío, griego, moro, celtibérico soy yo”.

Nada: cancioncillas aparte, en 2015 no parecía existir el menor rastro de los topónimos más originales o creativos de la Lista Soro de 2017. Buscase por donde buscase durante esas añadas de extraño silencio de los expertos gubernativos. En ningún lugar hallaba pistas…, salvo en los (muy-muy anteriores) mapas y guías de cierta editorial sociopolítica. Donde, en ocasiones, confluían para las revisiones toponímicas los apellidos Beltrán-Casaus-Miguel. Nuestros viejos conocidos. ¡Ostras!: que igual es preciso abandonar por un momento la línea bibliográfica de investigación para ir buscando la meramente pramesiana

Resulta evidente que ese cuelgue, cuan crespones de luto negros, de unos nombres aragonesizados a las 160 montañas en liza que, encima, resultaran del gusto de los gerifaltes de Chunta, hubiese sido una auténtica peonada. Ni los Doce Trabajos de Hércules. En nuestro caso, dudo mucho que fuera realizable durante el año que los miembros de la Comisión Asesora de Toponimia dijeron haber invertido en dicho proceso. Tal vez nos veamos forzados a sospechar que la tarea estaba siendo elaborada, poco a poco, desde unos cuantos decenios atrás. Aunque suene a tomadura de pelo, que seguro que no ha sido tal.

Hasta que recolectemos nuevos indicios, será mejor que sigamos pecando de candorosos. Y que pensemos que las denominaciones más chocantes no fueron, sencillamente, inventadas o adaptadas por las buenas en dos tardes cerveceras… Sin embargo, frente a una currada semejante, uno no puede dejar de preguntarse, mientras espera señales desde lo más profundo del Espacio Exterior: ¿no será, pues, que clonaron a los expertos de Soro? Me estremezco solo con pensar que, en tal caso, puedan protagonizar una peli de serie B para Aragón Televisión. Aunque sea en plan sci-fi-film cortico de efectos especiales. Si eso llega a suceder, igual está bien que se parezca a la clásica película sobre “La Invasión de los Ladrones de Cuerpos”. ¿Conectarán su argumento con el de los “Encuentros en la Tercera Fase”? ¿Y con los marcianos toponimistas del fondo del ibón de Cregüeña? Voy a ir comprando las palomitas, que la historia promete…

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Por Alberto Martínez

Alberto Martínez Embid practica el montañismo desde que era un crío. Últimamente llama la atención su faceta divulgadora, que se podría glosar como firmante de veinticinco libros y participante en veinticuatro colectivos, sin olvidarse de sus más de mil setecientos artículos. Casi todos, de temática pirenaica. Aunque se ha hecho acreedor de tres galardones de narrativa, seis de investigación histórica y siete de periodismo, se muestra especialmente orgulloso del Premio Desnivel de Literatura de Montaña de 2005.

12 respuestas a «¿Entre toponimistas y ufólogos?»

¿Queréis saber cómo funciona la difusión de datos sobre Tresmiles en el mundo pirineísta? Se puede curiosear por aquí:
TERMENON, Francisco, “Los tresmiles fantasmas” [versión resumida], en: Anuario de Montañeros de Aragón 2007-2008, 23, 2008. 8 páginas.
https://montanerosdearagon.org//data/descargas/Anuarios/2008.pdf
TERMENON, Francisco, “Los tresmiles fantasmas” [versión completa], en: Anexo del Boletín Digital de Montañeros de Aragón 5, noviembre-diciembre de 2008. 19 páginas.
http://bibliotecavirtual.aragon.es/bva/i18n/catalogo_imagenes/grupo.cmd?path=3707900
O, mejor aún, en esta página:
http://cazafantasmas3000es.blogspot.com.es/

Don Eduardo, que no pasa nada, que ya sé lo liado que siempre está… Por suerte para el pirineísmo de verdadera calidad.
Como voy a estar muy liado en breve, colgaré con relativa rapidez los próximos blogs de este serial sobre la Lista Soro. Ahora mismo va el siguiente.
Espero que guste y que, aunque relate asuntos extremadamente penosos para los aragoneses (como usted y como yo), al menos logre arrancar alguna sonrisa amarga. Pero, sobre todo, que trate de clarificar estos asuntos enmarañados. A falta de nada mejor por parte de sus protagonistas, igual sirven estas meras conjeturas personales…

La historia promete, sí, un triste epílogo tras un prólogo desastroso. Me temo. Porque al tener carácter oficial, los mapas del IGN podrían terminar por reproducirlos. Aunque pienso que, finalmente, desaparecerán sin dejar más rastro, podríamos tener jaleo para tiempo. Me vuelvo a temer.

Sí: como aragoneses que somos, ambos vemos por el horizonte un epílogo de lo más penoso para esta historia de un ridículo planetario. La «Marca Aragón», como se dice ahora, arrastrada por el fango… Y desde luego que desaparecerá de la cartografía semejante recolección de despropósitos, quizás a no demasiado tardar…

Qué va, Makako suspicaz… La verdad es que, sin conocer la causa de su ausencia en la pintoresca «Comisión Asesora», lo cierto es que creo que han tenido mucha suerte por no haberse dejado caer por allí…

Hay que buscar con rapidez a un buen ufólogo, Luis: no sé si preguntar a cierta Consejería del Gobierno de Aragón, por si disponen de uno que sea de confianza… Aprovecharé la coyuntura para explicar que al «platillo volante» se le llama UFO en medios anglosajones: «Unidentified Flying Object». Bien se ve que la toponimia es una ciencia de lo más apasionante que echa mano de cualquier disciplina del saber, tanto humano como extraterreste.

Si los marcianos de Cregüeña, como es normal, provienen del Area 51, ahí tienes el hilo conductor, Alberto: bien pudieron ser instruidos en los nombres de los Tresmiles por Francisco Garcés que los conocería de primera mano.
Por teorías será…

Un saludo

Bueno: yo diría que salvo que la Consejería de Soro quiera subvencionarme un viaje de investigación «extraterrícola» hasta el Área 51 de los Estados Unidos, me temo que el presupuesto me condena a buscar marcianos toponimistas, o lo que sea, por el Camino de los Molinos zaragozano… Enseguida te cuento lo que se puede hallar con cuatro mapicas «Made in Oregón» del siglo pasado… ¡Hasta entonces!

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