Blog de
Alberto Martínez

¿Esas cosicas de PRAMES?

Vamos con otro capítulo de lo que por el montañismo aragonés se denominaba, no bien se abría uno de sus mapas autóctonos, como “las cosas de los chicos de PRAMES”. En referencia a los nombrecitos exóticos que por aquellos pliegos brotaban cuan muchardinas en un prau. Pero antes, dado que por el entorno de dicha empresa han transitado personajes con tendencia a las analogías chistosas, abriré este artículo con unas gotas de humor montañés. Seguro que lo valoran.

Así, con el ojo puesto en esos toponimistas que trastean con los nombres de los Tresmiles aragoneses, quién sabe si escarbando por alguna cadiera, nada como aportar a sus candidaturas pintorescas otra que incluso las supere. Del todo seria, aunque se apoye solo en la transmisión oral y quede fuera de las fuentes escritas. Pero, visto lo visto en alguna de las fabulosas denominaciones de la Lista Soro, incluso hubiese podido tener un recorrido por los brumosos senderos de su Comisión Asesora.

Al grano: hace cosa de quince añadas charlé con un histórico montañero que, si bien no había nacido en Aragón, conocía de sobra sus cumbres. En tono confidencial me contó varias andanzas por cierto valle oscense del Pirineo central a comienzos de los años cincuenta del siglo pasado. Cuando sus zonas altas aún se mostraban pobladas por los pastores y sus rebaños. Pues bien, tras rogarme el anonimato, me informó del topónimo que uno de aquellos ovejeros le daba al importante Tresmil que tenían justo delante. Un apelativo en femenino que seguramente disgustaría a los espíritus líricos de nuestro colectivo, compuesto por un nombre propio bastante obsceno y un apellido del todo blasfemo. Me limitaré a servir solo las iniciales de la palabreja en cuestión: la ZP del DC. Así llamaba el pastor a la gran cumbre, dado que los aludes de sus faldas se habían llevado por delante a varios corderos. No empleaba las denominaciones que usaron con ella Louis Ramond, Henry Russell o Franz Schrader. Tampoco la preferida por Lucas Mallada.

No es frecuente que se cumpla ese dicho tan hermoso que afirma que “vienen los rabadanes para pinchar con sus bordones largos unas estrellas y alumbrarse con ellas tanto sendas como dones”. Lógico: entre los moradores de las montañas, como en cualquier grupo humano, hay un poco de todo. No siempre son poetas, como pretenden ciertos urbanitas alunados. Ni mucho menos seres infalibles que lo saben todo de su hábitat de trabajo…

Sigo con mi relato: como disponía de un buen contacto en ese pueblo, recio lugar, que quedaba más próximo al Tresmil aludido (en cuyo término municipal se alzaba), trasladé allí mis consultas. Sin revelar la fuente, pregunté sobre dicho topónimo a un miembro de una de las Casas Buenas de la Villa. Pertenecía a cierta familia donde se conjugaba la práctica del montañismo deportivo y el interés por la historia del pirineísmo…, con la posesión de campos y, en otros tiempos, de rebaños. Además, varios varones del clan frecuentaban la cima del monte de marras. Recibí una respuesta críptica, muy del estilo montañés: “Algo de eso hay”, me dijo totalmente en serio.

No creo que la abrupta denominación del pastor, por difundida que estuviera entre su gremio hace tres cuartos de siglo, sirviera para algo más que como chascarrillo sobre toponimia popular aragonesa. Dudo mucho que figurase en documento o libro alguno. Tampoco era una denominación tan extraordinaria: conozco casos similares de nombres montañeses poco o nada pudorosos. Alguno de ellos roza incluso lo pornográfico.

Se me ponen los pelos de punta pensando que esta historia del todo verídica sobre la ZP del DC pudiera haber llegado a oídos de esos personajes que, desde hace al menos una treintena de añadas, se han dedicado a colgarle topónimos curiosos a los Tresmiles altoaragoneses. Según lo que parecen ser no criterios técnicos, sino ideologizados. Quién sabe si nuestro particular apelativo hubiera terminado, con todos los honores autonómicos, en el universo de la letra impresa y de los documentos oficiales, pues la montaña a la que me refiero sobrepasa con holgura la línea de los 3.000 metros.

Pero apartemos esta idea grotesca y tratemos de obtener datos válidos que ayuden a comprender qué demonios ha pasado con el nomenclátor tresmilero oscense. A falta de otra cosa, por conjeturas documentadas y razonadas que no quede. Igual se acierta…

En el artículo anterior se pudo observar cómo desde la Sociedad Anónima conocida como PRAMES se arrojaba al frío mundo una serie de mapas que, cuan hijos no deseados, llegaban hasta sus compradores sin una paternidad clara. Más o menos entre 1990 y 1998, que su fechado en Internet resulta incierto por estar hoy descatalogados. Hablo de unos pliegos a 1:40.000 que, por el momento, se limitaban al Alto Ésera y al Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido. Pero no fueron estos los únicos Proyectos y Realizaciones de nuestro siempre admirado emporio empresarial durante la época previa al cambio de milenio.

El repaso de las primitivas actividades cartográficas de esta organización tan sociocultural puede completarse mediante un par de pliegos que igualmente aparecieron a finales casi del siglo pasado. En ambos casos venían como anexo de dos libros corales dedicados a sendos cobijos oscenses. Pues tendremos que curiosear por allí…

El más temprano en ser editado fue un trabajo colectivo de 1992 sobre el refugio de Estós. ¡A saber si no estamos, en realidad, ante el mapa inaugural de PRAMES! Porque tiene toda la pinta… Dicho volumen incluía un capítulo sobre la cuestión idiomática que firmaba cierto “Ligallo de Fablans de l’Aragonés”. ¿Otra asociación misteriosa sin nombres ni apellidos…? Pero además de esta inquietante presencia de seres sin identificar, en su página 21 se apuntaba que de la recolecta de topónimos se habían ocupado dos viejos conocidos: “Francho Beltrán Audera, licenciado en Ciencias Geológicas, corregido y ampliado por Chesús Casaus Parrilla”. ¡Caramba!, se va cerrando el círculo de amigos…., de José Luis Soro.

Nuestra pareja literaria nada especial reseñó en esas 184 páginas sobre la toponimia de los Tresmiles del entorno más o menos cercano al valle de Estós. Ignoro si igualmente se encargaron de revisar los nombres de las cimas que se consignaban dentro del pliego adjunto: “Pirineo aragonés. Benasque-Chistau-Perdiguero-Posets-Bachimala-Eristes. Mapa excursionista montañero”. Un trabajo a 1:25.000 de escala sin fecha a la vista ni responsable manifiesto de su toponimia. Venía con algunas pequeñas rarezas incorporadas que, en algún caso, ya se habían paseado por el mapa “Ribagorza 1/6”:

Picos de Batoua (Batoba), tres puntales de más de 3.000 m, entre ellos el pico Culfreda 3.027 m.

Pico de la Pez 3.019 m.

Pico de l’Abeille (pico de l’Abella) 3.030 m.

Pequeño Bachimala 3.052 m.

Punta Ledormeur 3.120 m.

Pico Bachimala-pic Schrader 3.174 m.

Punta del Sable-pico de l’Ixabre 3.139 m.

Gemelo Norte 3.134 m.

Gemelo Sur 3.176 m.

Posets (Lardana)-tuca de Llardana 3.368 m.

Pico de Bardamina 3.083 m.

Dien de Llardana 3.094 m.

Las Espadas (Lardaneta) 3.325 m.

Tucón Royo 3.124 m.

Dien Royo 3.010 m.

Pico de la Forqueta 3.011 m.

Picos de Clarabide, dos puntales de más de 3.000 m.

Pico de Gías 3.002 m.

Rocheblaye [¿Lourde-Rocheblave?] 3.088 m.

Pico de Gourgs Blancs (Gorgas Blancas) 3.114 m.

Pico de Oô (Jean Arlaud) 3.048 m.

Picos Xel de la Baca 3.093 m.

Pico del Portillón de Oô 3.050 m.

Punta Occidental de Perdiguero sin cota.

Pico Perdiguero 3.221 m.

Pico Royo 3.124 m.

Punta de Lliterola 3.132 m.

Picos de Crabioules 3.106 y 3.116 m.

Pico de Malpás 3.096 m.

Pico de Bom 3.004 m.

Pico de Alba 3.107 m.

Dien de Alba 3.120 m.

Maladeta Occidental 3 3.158 m.

Maladeta Occidental 2 ilegible.

Maladeta Occidental 1 3.263 m.

Pico de Le Bondidier 3.146 m.

Pico de la Maladeta ilegible.

Pico Maldito 3.350 m.

Punta de Astorg 3.343 m.

Pico del Medio 3.340 m.

Pico de Aragüells 3.037 m.

Dos resaltes en la cresta de Cregüeña 3.019 y 3.039 m.

Un resalte en la cresta de Llosás 3.031 m. 

Resultaría tan largo como tedioso comparar entre sí minuciosamente las permutas que se obsequiaban al mundo desde la cartografía pramesiana del siglo pasado. Quienes tengan afición por los puzles y dispongan de tiempo, bien que pueden divertirse un rato, que para eso he picado sus diversas colecciones de topónimos tresmileros. En estos tiempos de pandemia y crisis económica, el humor constituye un poderoso antídoto: ¡aprovechad estos chistecillos toponímicos, amigos!

En fin; el caso es que desde 1992 cristalizó entre nosotros un listado con 48 nombres que, salvo unas naderías heterodoxas, se apoyaba mucho en la crónica histórica. Con cuatro excentricidades nunca explicadas, tipo Batoba, Xel, Malpás y ¡Bom! (este último otras veces hacía ¡Boum! o ¡Bun!). En realidad, nada que perturbase el sueño del más escrupuloso de los pirineístas. Y eso que dicho trabajo podía ser una especie de parto intelectual entre Beltrán Audera y Casaus Parrilla, dos de los futuros Hombres de Soro. Por el momento, su mapa se parecía bastante a los croquis de Tomico Alique en 1988. Extraño, muy extraño… ¿Es que aún no se habían decidido a liarse la manta a la cabeza para aragonesizar montes a porrillo? Tiempo al tiempo.

Esta irrupción desde las mismas entrañas de PRAMES de alguno de los protagonistas de la Comisión Asesora de Toponimia de 2016-2017 me abocó al escrutinio de otros textos referidos a regiones por debajo de la cota 3.000 metros. Hubo suerte: buscando las trazas del “Colectivo Aragón y Montañismo” en una de sus producciones de 1993, el libro sobre Ansó, Echo y Aragüés, se descubría el nombre de su revisor toponímico. Era Chesús Casaus, claro, quien ya no iba a dejar de comparecer por este tipo de películas. De quien nunca nadie ha comentado nada, siquiera unos mínimos apuntes sobre su procedencia, preparación, método o ideario. Lo que fuese, algo un poco por encima, dado que su protagonismo dentro la crónica pirineísta contemporánea está resultando notorio.

Por lo demás, tampoco se registraron nombres especialmente anómalos en el segundo volumen de esta serie: el libro grupal sobre el Circo de Piedrafita y refugio de Respomuso tirado por PRAMES SA en 1995. Poco que destacar allí, salvo lo que parecía ser un alarde del enorme desinterés o el desconocimiento rotundo de la editorial por el A-B-C del pirineísmo. Es, al menos, lo que se sospechaba a tenor de las repetidas faltas en los apellidos de muchos pioneros de primera línea. Como, pongamos a Iestu (Jean-Prosper Testu), Durán (Hubert Durand), Parke o Packes (Charles Packe), Russel (Henry Russell), Wallón (Édouard Wallon), Gourdón (Maurice Gourdon), Le Bretón (Henry Le Breton)… Parece que en la empresa zaragozana no se prestaba atención a los estudios históricos, ni entonces ni, mucho me temo, después. Porque no creo que aquel festival de gazapillos, como el de la chimenea Carlos-Eduardo (Cadier), fuera una tentativa infantil por españolizar, a falta de una oportuna fablización, nombres al más puro estilo franquista, cuando se hablaba del inventor Alejandro Grajan Bel (Alexander Graham Bell) y de la actriz Laurencia Bacal (Lauren Bacall). Curiosos son los frutos que producen los diversos árboles nacionalistas…

Al menos, en el mapa adjunto tampoco se excedían con la decena de topónimos tresmileros. Solo introdujeron cuatro cosillas de ambientación autóctona, como para dotarles de una pica de saborcillo local:

Balaitous (pico Moros) [de los Moros en el texto] 3.151 m.

Picos de las Frondiellas sin cota.

Gran Facha (Cúspide de Bachimaña) 3.005 m.

Picos de l’Infierno 3.073, 3.082 y 3.076 m.

Picos d’os Arnales 3.006 m.

Garmo Negro 3.051 m.

Pico d’Algás 3.021 m.

Pico d’as Argüalas 3.046 m.

Las últimas producciones de nuestra Sociedad Anónima desconciertan. Era como si la editorial tuviera dos almas. O como si, lo más probable, aún no se hubiese despertado en sus rectores cierta fiebre ideológica. ¿Alguien tiene a mano, por ahí, a un pramesólogo de guardia…? Porque no se entienden los desfases entre los pliegos a 1:40.000 y los de 1:25.000 de escala de los años noventa.

De cualquier modo, acaso en aquella carta de excursiones desde Piedrafita se ocultase la explicación del modus operandi que (a veces) se seguía para darle cierto barniz aragonesizante a los topónimos de montaña. Así, imaginemos que cuando alguno de sus expertos percibió entre las curvas de nivel cierto “collado Sarrettes”, al lado de las Argualas, no se le ocurrió sino cambiarlo por lo del “cuello Saretas”. ¡Pobrecillo!: no debía de sospechar la existencia de cierto guía de Cauterets llamado Jean-Marie Sarrettes. ¡El muy gabacho! Bien se ve que por estos andurriales rondaban verdaderos linces de la toponimia.

Insistiendo un poco en la misma línea de pesquisas… Cierto especialista (de verdad) sobre Tresmiles me apuntó hace ya tiempo que existía otra fuente que podía surtirme de datos divertidos sobre la curiosa evolución tresmilera de nuestra editorial autóctona: las dos topo-guías tiradas por PRAMES SA sobre Llardana/Posets-Perdiguero en 1997 y 1999…

Destaquemos varios ejemplos que en su día produjeron pasmo entre quienes visitaban estas montañas. Si se acudía a la página 28, por allí se descubría cierta “collada de l’Estraperlo” que, lo que son las cosas, podía esclarecer hasta cierto punto el posterior cambio de nombre de los picos de Crabiules. Una denominación que llegaba desde el siglo XVIII, por cierto… Pero ese trueque debido a algún chascarrillo de 1940 ó 1950 (no creo que aludiera al escándalo de Strauss-Perle, sino al contrabando de posguerra) no le llegaría sino unas añadas después. Bien se ve que, por el caprichito de quien fuese, aún no se había decidido que dichas montañas pasaran a la nomenclatura del Biello Aragón…, imaginario.

Había más. También saltaban a los ojos prodigios como que cierta punta Lourde-Rocheblave se convirtiera, por arte de birla-birloque, en la “tuca Puxebres”. Y no poco podía maravillarse algún pobre incauto como un servidor con otra mágica presencia: ¡sim-sim-saladín!, donde antes andaba el pico del Portillón de Oô, pues ahora se materializaba la “tuca d’el Portillón de Molsero”. Nuevos enigmas que nunca se quisieron esclarecer…, ¿por despiste? ¿por modestia? ¿por prepotencia?

Curiosamente, aquellos revisores toponímicos aún no la habían emprendido con los Gemelos del cercano Posets, ya que de momento retenían sus denominaciones clásicas. En fin, para qué seguir con esta cantinela de “a cada cerdo le llega su San Martín”. Casi todos los Tresmiles, los 160 censados en Huesca por el equipo de Buyse, parecían estar en una suerte de lista negra de espera. De exterminio nominativo y cultural.

Entre los montañeros de a pie, nadie sabía de dónde habían surgido los neo-topónimos que, de momento con cuentagotas, golpeaban su vista desde los productos de PRAMES SA. Se conjeturaba sobre alguna entrevista más o menos casera, e incluso sobre de una adaptación personalista hacia algo que sonase a nativo. En tan críptica editorial nunca fue costumbre, ni entonces ni ahora, aclarar cuanto se colgaba con alegría por sus guías y mapas.

Sin duda que sería interesante comparar los nombrecitos antes citados con los que figuraban en el manuscrito original del autor de Llardana/Posets-Perdiguero, Josep de Tera i Camins. Igual por allí no aparecían sino los topónimos clásicos, que no los ahora aragonesizados… Tampoco hacía falta acudir hasta la versión catalana del trabajo. Bastaba con leer, al comienzo de estas guías PRAMES de 1997 y 1999, que de la “revisión y toponimia” se habían ocupado dos viejos conocidos: “Chesús Casaus y Pascual Miguel Ballestín”. Caramba, por aquí se estaba reuniendo la cuadrilla de expertos de Soro… En esta ocasión arribaban hasta nosotros al son de cierto comentario que dejaban caer por las páginas del glosario de términos:

“Se ha recuperado la toponimia aragonesa poniendo, en caso de no coincidir con la convencional, los dos nombres; los del otro lado de la frontera van en negrita”.

Tranquilos, que no entraron al detalle con cada nombre recuperado. Ni entonces ni creo que nunca. ¿Extraña, pues, que algunos descreídos oscilemos entre la tesis del viaje en tonel Santa Elena-Palestina y el contacto con los alienígenas de la base submarina de Cregüeña? ¿Cómo, si no, se entendían sus trueques lingüísticos?

En este punto surge un interrogante que entusiasmará a los seguidores de las novelas detectivescas. Porque si en la revisión toponímica de las dos guías sobre Llardana/Posets-Perdiguero participó Miguel Ballestín, ¿cómo es que en su libro de 2015 no comentó nada sobre ninguna de las montañas de aquellos macizos? Ni una de ellas fue citada. Y eso que por allí constaba la segunda altura pirenaica. ¿Acaso a nuestro toponimista mayor se le olvidó cuanto pudo aprender junto a su socio en esta aventura, Casaus Parrilla? Una lástima: para una vez que se podían haber brindado aclaraciones en un grueso volumen sobre las actuaciones lingüísticas pramesianas… Así y todo, no dejan de resultar muy sospechosas tales ausencias. Como dirían Hercules Poirot o Sherlock Holmes.

A falta de nada mejor, acaso se pueda considerar como una cuasi explicación cierto documento con membrete de PRAMES SA de 1994 donde su gerente, refiriéndose a las bases cartográficas del Instituto Geográfico Nacional, reconocía que las habían corregido “según nuestros trabajos de campo, nuestros estudios, nuestras opiniones”. Eso es: con los nuestros-nuestras bien recalcados. Perfecto, así presume uno de carácter. Pero, ¿también lo hace de claridad? Pues confío en que alguna vez vean la luz sus trabajos de campo y sus estudios. Que sobre las opiniones no hace falta que se explayen: parecen más que evidentes.

Entre tanto, ¿se percibía algún atisbo de vida por el Alto Aragón Toponímico fuera de las excentricidades que los mozos de PRAMES nos servían de un modo tan jacarandoso? Ya lo creo que sí. Por ejemplo, Jesús Martín de las Pueblas Rodríguez andaba estudiando el sector de la Ribagorza desde 1994: realizó por el valle de Benasque encuestas muy serias entre los locales durante varias añadas. También se podría citar ese mapa de Sallent que en 1998 arribó desde Sabiñánigo, confeccionado por Santiago Borra a partir de entrevistas con varios tensinos que conocían a la perfección el terreno. Ambos casos merecen que los estudiemos al detalle más adelante. Entre tanto, anticiparé que sus topónimos de alta montaña y los de nuestra querida Sociedad Anónima no coincidían en casi nada. ¿Pero es que en la editorial zaragozana no escuchaban sino la voz de quienes les interesaban por sus idearios afines? Y eso, como ya estoy empezando a temerme, si no aragonesizaron directamente muchos de los topónimos afectados, tirando de viveza y de gracejo…

Marchemos ya hacia el cambio de siglo y de milenio. Un poco antes de que esto sucediera, asomó por el mercado un mapa de gran calidad: “Ordesa y Monte Perdido. Parque Nacional. Parques Nacionales 1”. Dibujado a 1:25.000 de escala en el año 2000. Con editores múltiples: el Ministerio de Fomento y Ministerio Medio Ambiente, el Centro Nacional de Información Geográfica y los Parques Nacionales…, junto con la Sociedad Anónima PRAMES.

Causó auténtica sensación. Así y todo, ya se sabe cómo es el carácter regional: dentro de un determinado estamento pirineísta le colgaron al enorme pliego un apodo feote que hacía referencia al color verdoso predominante y a su amontonamiento de topónimos. Otros lo quisieron comparar con los de nuestros vecinos del Norte, refiriéndose a él como un IGN-Aragonés. Aunque casi todos lamentaron la melonada de los pasitos trazados para marcar las rutas, el caso es que esta carta gustó mucho. En cuanto al asunto de sus topónimos estrafalarios, añadir que batiría cualquier récord con los 24 Tresmiles que abarcaba:

Cabieto Sur 3.036 m.

Cabieto Norte 3.034 m.

Punta Negra/Taillón 3.146 m.

Punta Corral Ziego/El Casco 3.012 m.

La Torre/punta Faixón 3.015 m.

Peña Portiella 3.075 m.

Pico dera Ulla 3.098 m.

Repunta deras Bruixas 3.108 m.

Punta deras Crepas 3.088 m.

Pico Plan de Marmorés/pico de Marboré 3.252 m.

Marmorés d’el Cul Chicot/picos de Astazu 3.015 m.

Marmorés d’el Cul Gran 3.071 m.

Cilindro de Marboré/Zilindro de Marmorés 3.325 m.

El Dedo 3.188 m.

Monte Perdido/Mon Perdito 3.348 m.

Pico Añisclo/Soum de Ramond 3.259 m.

Punta deras Escaleretas sin cota.

Repunta las Neberas 3.078 m.

Mallo Tormosa/punta Rabadá 3.049 m.

Punta Tormosa/punta Navarro 3.030 m.

Punta deras Solas/Punta las Olas 3.022 m.

L’Almunia Gran/La Munia 3134 m.

L’Almunia Chica 3.099 m.

Pico Rubiñera 3.005 m.

¡Toma ya!: por allí surgía, como el champiñón tras la lluvia, un generoso lote de novedades que dos años antes no estaba en las cartas de la misma editorial. Así, por arte de magia se iban completando los picos de la Cascada en plan aragonesiniano. ¿Acaso sus nombres habían brotado así escritos desde las profundidades de la tierra…? Como siempre, estos trueques llegaron sin explicación alguna a sus compradores y, acaso, tampoco a sus espónsores. Cuanto menos, dudo que nadie en esta desmelenada PRAMES aclarase algo que sonara a convincente o detallado, al estilo de esos estudios toponímicos por la Ribagorza que, como ya hemos comentado, Jesús Martín de las Pueblas Rodríguez estaba a punto de cerrar. Hasta donde sé, el editor de la Sociedad Anónima se limitó a responder ante un asombrado pirineísta que “había que apresurarse, pues los abuelos de los pueblos de montaña se morían”. Y con eso quedaba todo dicho.

A muchos les chirrió lo suyo que se siguiera insistiendo en lo del “Mon Perdito”. Seguramente no habían visto esta gracieta en el pliego previo a 1:40.000 de escala. Y otra curiosidad que también daría mucho que hablar entre la grey del piolet y los crampones: por fin, cierto Dosmil, el pico de Bazillac, tras pasar por un nombre intermedio, había evolucionado enigmáticamente hacia el de “Picalayuala” sin que nadie comentase nada al respecto. Las cosas de PRAMES.

Aunque no haga demasiada falta, ¿elucubramos un poco sobre el posible papá toponímico de esta criaturita del año 2000? A falta de otro dato, se puede constatar que dicho trabajo tuvo varias secuelas de tamaño más manejable entre 2002 y 2008, como una serie de tres mapas (“Ordesa”, “Pineta” y “Añisclo”) con tapas verdes y plegado en cuadradito a 1:25.000 de escala. Al menos allí indicaban las “correcciones cartográficas de Chesús Casaus y PRAMES”. Algo es algo.

Será cuestión de cambiar ya de milenio para tratar de intuir el rol jugado en los drásticos cambios en los Tresmiles por nuestra querida editorial sociopolítica. A la que vuelvo a desear de todo corazón mil años de prosperidad…, fabricando, para solaz de toda la Cristiandad, tanto libros como mapas pirenaicos. Esperemos que mejor corregidicos en su toponimia. Voy a pedirle en mi Carta a los Reyes que las revisiones venideras se basen en algo sólido, que no en el gusto personal de nadie.

Ante este panorama de puro despiporre, uno no puede dejar de considerar, mientras trata de ser un bien pensado, si entre “sus trabajos de campo y sus estudios” los chicos de PRAMES disponían de informes sobre el Tresmil que algún pastor quiso llamar la ZP del DC. Desde luego que su topónimo hubiera puesto la guinda a la Lista Soro. ¡Vaya campanazo! Hubiésemos abierto los telediarios de aquí a Hong-Kong…

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Por Alberto Martínez

Alberto Martínez Embid practica el montañismo desde que era un crío. Últimamente llama la atención su faceta divulgadora, que se podría glosar como firmante de veinticinco libros y participante en veinticuatro colectivos, sin olvidarse de sus más de mil setecientos artículos. Casi todos, de temática pirenaica. Aunque se ha hecho acreedor de tres galardones de narrativa, seis de investigación histórica y siete de periodismo, se muestra especialmente orgulloso del Premio Desnivel de Literatura de Montaña de 2005.

9 respuestas a «¿Esas cosicas de PRAMES?»

Por mi parte, el primer y sorprendente contacto con lo que sería el preludio de la lista Soro, fue la exultante visión de «Mon Perdito» como egregio paradigma de nombre autóctono. Fue hace décadas y lo tomé a chiste chusco, sin mayor trascendencia que el ridículo que se suponía por parte de sus mentores. En fin, que no valgo para profeta…

Ay, todos lo tomamos a chiste, mucho me temo. Ya ya ves a lo que, de momento, hemos llegado. Pero verás qué curiosidades esconde (hasta cierto punto, que todos veíamos sus mapas) la historia tresmilera de PRAMES «contada por ellos mismos». Hasta entonces…

Magnífico, Alberto, como siempre.
Ya conoces mi opinión sobre el desarrollo de esta cómica saga. Bien está que quienes estamos sufriéndola dejemos las suficientes miguitas de pan para facilitar el trabajo de aquellos que en el futuro escriban sobre estos hechos. Qué puedan seguir el hilo que hoy no es conveniente ni posible desvelar.
Un saludo.

… y, desde luego, que quienes siguen el tema no se dejen engañar. Que nadie se sienta acomplejado ante ciertas declaraciones de lo más agresivas y campanudas que destinan a los montañeros.
Por lo demás, desde el entorno de estos «rebautizadores pro-aragonesianos» se sueltan unas chorradas sobre la historia y los nombres de los Tresmiles que son para caerse de la silla. Torpemente tratan de justificar cuanto han hecho (y hacen) con el nomenclátor de las montañas, al parecer, porque les ha venido en gana. Disponen, por el momento, de una innegable impunidad, dadas las reglas de esta democracia y la moralidad de nuestros políticos autonómicos. Bien que se aprovechan del desmadre, a ver si arañan unos votos u obtienen unas subvenciones, según cada uno. Cuando el péndulo cambie, ya se verá en qué queda este vodevil. Entre tanto, que no nos vendan más burros cojos.
Tú lo has dicho: habrá que seguir dejando miguitas…

Caramba, Luis, vaya rapidez. Imagino que te dejarás su lectura para el fin de semana. Aunque parece que hay mucho texto, no lo es tanto, pues la mayoría del espacio lo ocupan varios listados… Por lo demás, el grueso de estos datos lo tenía listo desde hacía tres años o así, no te preocupes. ¡Que disfrutes con los chistecillos inocentones del artículo!

Vaya con tu historia Alberto. Supongo que no vas a decir aqui lo la de Z. P. D. C. No hará alusion ese a «ZP» que fue Presidente de Gobierno vamos.

No; no se refería a José Luis Rodríguez Zapatero, alias «ZP». En cuanto a la montaña y sus protagonistas, pues salvo que me autoricen, así queda la cosa. De todas formas, de veras que me da miedo que este nombre «pastoril» llegue a oídos de algún toponimista desnortado, Makako…

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