Blog de
Alberto Martínez

¿Una Lista Casaus en cuatro cachos?

Hoy abriremos boca con un espot audiovisual reciente. Hace pocos meses se emitía por la tele el anuncio de una conocida marca de lácteos donde el típico urbanita paseaba por unos prados de Asturias. Al llegar a una casa le pedía leche a su dueña, que ésta le escanciaba con una jarrita rústica. Nuestro senderista se ponía entonces a alabar lo bueno, sano, puro y auténtico que era lo que bebía, entusiasmado ante la vida campesina. Mientras, la chica trataba en vano de comentarle algo al locuaz visitante de la ciudad. Solo cuando éste marchaba, la asturiana descubría su secreto al telespectador: como muchos recordaréis, se trataba del tetra-brik de la marca patrocinadora con el que había llenado el vaso. Que no era de leche recién ordeñada en el establo de al lado, como el excursionista imaginaba.

Ignoro si en la Sociedad Anónima zaragozana que estos días ocupa mis desvelos, siempre colmados de respeto y admiración hacia sus trabajadores, alguien se fijó en dicho espot. Pero seguro que ningún jerarca de “Proyectos y Realizaciones para la Montaña, Escalada y Senderismo” ató cabos del modo que un servidor: ¿y si, en ocasiones, dan gato por liebre cuando se realiza alguna encuesta toponímica sobre el terreno? Como en aquella ficción televisiva con su leche supuestamente recién salida de la ubre. Acaso comprada de oferta en un hipermercado de la capital.

Con frecuencia veo a gente de las ciudades que se deja fascinar por cuanto llega del campo. Cree que extramuros de su metrópoli todo es tan sincero como auténtico. Muchos montañeses se parten de risa cuando perciben por sus valles a algún foráneo que acude con esa actitud de iluminado. Por ejemplo, buscando la supuesta pureza de sus topónimos vernáculos ante el primer paisano vestido con pana que se echan a la cara. Los nativos lo saben: a veces, en su mismo pueblo, cada Casa da un nombre distinto a ciertos accidentes del terreno. O casi.

A algunos moradores del Pirineo también les hace gracia lo de la devoción urbanita por sus pastores. Conocen las miserias que antaño implicaba el vivir de tan ruda profesión. Pero a sus propios paisanos, los ganaderos no suelen parecerles unos oráculos por cuyas bocas salen siempre palabras sagradas. Ni tampoco, como apuntan los montañeses más cultos y sensatos, los suponen arcanos depositarios de una toponimia exacta de todas las cumbres. Algunos saben algo de las puntas altas, pero otros permanecen completamente de espaldas a estas. Solo una minoría las sube hasta arriba del todo.

Últimamente cierta infiltración ideológica se ha ido extendiendo por esos territorios en los que los arrieros, cazadores y ganaderos escasamente se fijaban: las cotas superiores de sus municipios, que solo parecían interesar a esos visitantes de fuera que acudían pertrechados con mochila y piolet. En todo caso, también a los contados guías y porteadores. El viejo guardabosques de un pueblo de montaña me lo explicó a su modo: conocía algunos nombres de “los picos”, los más característicos que rompían por el horizonte, que no todos. Y, mirándome a los ojos, añadió algo así:

“¿Para qué tendríamos que saber más? ¿Qué nos iba en ello? ¿Acaso usted conoce el nombre de todas las estrellas que tiene allá arriba, sobre su cabeza? Pues nosotros tampoco: ni las estrellas ni los picos”.

No me atreví a preguntarle a ese montañés que tanto se pateó las trochas del sarrio si había oído hablar de los Tresmiles Secundarios de la Lista Buyse…, o de su actual catalogación dentro de un registro aragonesizoide por parte de unos caballeros pertenecientes a cierta Sociedad Anónima de Zaragoza. Me figuro que su rostro, por lo general adusto, hubiese compuesto una mueca de lo más fotogénica.

Ya siento abandonar a quienes han nacido entre montañas para volver con las patanerías de las Tierras Llanas. Donde, en mi humilde opinión, se está tratando de dotar de topónimos alienígenas a las innombrables estrellas del firmamento. Quería decir: a esas 160 montañas altoaragonesas que sobresalen por encima de los 3.000 metros. Resaltes secundarios incluidos, pues, por lo que parece, todos ellos, incluso los que no se aprecian desde el valle, disponen de apelativo autóctono…, en su Aragón Imaginario.

Vamos con otro capítulo en la crónica de los recientes listados de Tresmiles de Huesca. Con pequeñas primicias sobre la mesa. Porque el año 2002 iba a resultar poco menos que memorable para uno de los futuros expertos de la Comisión Asesora de Toponimia de 2016-2017. Una especie de consagración en eso de ponerle sus nombres a las grandes montañas pirenaicas. Una suerte de festejo que iba a celebrarse, como se dice en los pueblos, a dos corrales. Hoy visitaremos el primero…

Así, durante aquella añada infortunada se difundiría desde El Periódico de Aragón, a través de sucesivas entregas junto al correspondiente ejemplar del diario zaragozano, una serie de cartas del norte de Huesca. Entre ellas, cuatro pliegos a escala 1:40.000 del “Mapa excursionista. Pirineo aragonés” donde proliferaba la cota 3.000 metros. Unos trabajos acondicionados por unas gentes de PRAMES SA que, seguramente, andarían más que satisfechos: de paso que ponían el cazo, podían difundir urbi et orbe sus particulares ideas lingüísticas.

En ese cuarteto de pliegos que incluían sectores con Tresmiles venía un cajetín chiquito que, con letra pequeñaja, lucía diversos mensajes reveladores: “Corrección cartográfica: M. Cosculluela, M. Serrano y C. Casaus” (número 3), o “Correcciones planimétricas y toponímicas: Chesús Casaus” (números 4, 5 y 6). Mucho más explícitos se mostraban los cuadernillos que contenían dichos mapas cuando se adquirían por separado. Por ejemplo, si se tomaba el número 8, se leía en su página 2 la consabida apostilla: “Corrección de la cartografía: Chesús Casaus”. En la página 15 se explayaban más gusto:

“En este mapa excursionista a escala 1:40.000, en el que se ha dado un importante paso en la mejora de la cartografía, encontrarás toda la información topográfica y toponímica […]. La toponimia menor aparece, normalmente, en lengua aragonesa, es decir como los naturales llaman a sus montes, valles, etc., y la mayor, es decir poblaciones, aparece en bilingüe”.

Y punto. Aquí acababa cualquier tipo de aclaración a la plebe. Además de darse auto bombo, se ve que los señoritos de PRAMES SA no tenían la menor intención de compartir con el público las fuentes donde habían obtenido sus tesoros lingüísticos. ¿Quizás del Arca de la Alianza…? Ni siquiera cuando aquello pintaba como una recolecta de topónimos a lo bestia, pues el número de cuadernillos ascendía a la friolera de 16. ¿Fue obra de un solo ser superdotado? ¿Quién dio por buenos-excelentes-inmejorables sus métodos operativos? ¿Realizó aquella labor titánica en plan Llanero Solitario? ¿Durante cuántos decenios se dejó su salud investigando toponimias por los archivos inéditos y las cadieras recónditas…?

Todo parecía de película épica: un poco como “Los Diez Mandamientos”. Pero con un Moisés bien encachirulado que brindaba a las Doce Tribus, no desde el monte Sinaí sino quién sabe si desde cierto “Faixón dero Cul Tormosetero Chicot”, las auténticas Tablas con su Ley Toponímica. A riesgo de inducir unas decepciones de infarto, avanzaré que la Sociedad Anónima de Zaragoza persistiría en su política de silencio absoluto durante 2002. Y en 2003, y en 2004, y en 2005… Y así hasta 2020.

Cierto es que no siempre se detallan los cambios en la nomenclatura que bulle entre las curvas de nivel del Pirineo, pero cuando lo que se aborda supone toda una revolución, entonces hay que justificarla. Aunque sea por el interés que despiertan entre quienes frecuentan sus montañas. A cartógrafos de otros tiempos como Wallon, Schrader, Meillon o Espouy nunca se les cayeron los anillos por explicar algo, que no todo.

Por lo demás, hubo variaciones poco significativas en las advertencias de los cuadernillos de marras, donde unas veces se aludía al zaragozano Chesús Casaus Parrilla como el garante de las correcciones “toponímicas” y otras de las “cartográficas”. Más jugoso fue lo que el librito número 4 escondía en ese “índice toponímico” de su página 4. Una fabulilla victimista que tomaba forma entre los simples mortales mediante esta solemne declaración sin firma:

“Tradicionalmente el Pirineo Aragonés ha sido cartografiado por gentes foráneas que desconocían la toponimia o la fonética de la lengua aragonesa. Por eso ha habido multitud de errores en las transcripciones realizadas en los mapas y que se han arrastrado de uno a otro. Por filosofía editorial y a petición de los ayuntamientos de la zona, hemos empleado el auténtico nombre local, junto al topónimo que la cartografía ha inventado o mal interpretado. Aquí reflejamos una pequeña muestra de las correcciones toponímicas que aparecen en el mapa y que responden a la triple faceta de recuperación cultural, rectificación de errores y al deseo de los moradores de estas tierras”.

Ya lo creo que sí: unas afirmaciones realmente campanudas. En plan: ¡pero qué bueno, sano, puro y auténtico es cuanto os vamos a endilgar desde este mapa! Mediante un párrafo pretencioso habían pasado revista (¿gracias a mentes tan preclaras como autodidactas?), a más de dos siglos de historia montañera. Como de costumbre, sin detallar en qué basaban semejantes revelaciones. O dogmas. Seguro que a más de uno le pareció que trataban de venderle sus leches en tetra-brik como recién salidas de la teta vacuna. Quién sabe si algo pasadas en su fecha de caducidad, que eso del nacionalismo se inventó en los inicios del siglo XIX.

Y el caso es que, para opinar sobre lo que hicieron o dejaron de hacer nuestros antecesores pirineístas, siempre acompañados por montañeses de ambas vertientes, existía en la España de 2002 abundante-abundantísima documentación. Creo que ya he mencionado las más de 13.000 referencias que vengo coleccionando, a título personal, de los libros escritos sobre esta cordillera. Y dispongo de un buen muestrario de dicho registro en los estantes de mi biblioteca, ya en formato a papel, ya en digital. Sin mencionar los textos que me han prestado o que he consultado por las instituciones públicas.

Así, desde esta experiencia lectora del todo personal, puedo trasladar a los queridos compadres de PRAMES SA, en un registro de colegueo amistoso, que no se debe conjeturar (menos aún pontificar) sobre lo que pudo suceder desde el arranque de la exploración pirineísta en el siglo XVIII si no se ha leído, grosso modo, el millar de obras esenciales. Buscando entre líneas, por ejemplo, lo que centenares de pioneros nos trasladaron sobre sus problemas para dilucidar el nombre de unas montañas que solo deseaban ascender. Recurriendo a lo que les contaban los nativos, pues ¿quién si no les iba a dar las denominaciones que anotaron? Cuando las había, que no siempre.

Hace falta andar por la vida muy despistado para creerse que los primeros pirineístas vinieron por aquí, no como unos botánicos-geólogos-naturalistas-cazadores-excursionistas-escaladores con fines perfectamente claros, sino como una suerte de colonizadores. Llegaban al monte con las mismas ilusiones que los de ahora, tampoco eran tan distintos. Incluso cabe preguntarse si en estas “Realizaciones y Proyectos” (¿de Montaña, Escalada y Senderismo?) no conocen bien las motivaciones reales del gremio montañero. O si acaso les importa un bledo cuanto pueda pensar o hacer este colectivo con sus muestrarios de nombres ideologizados.

Como siempre, acudo a estas citas como un modesto filántropo pedagógico de tercera división. Así pues, démonos una vuelta rápida, por tomar un resalte de los damnificados, por el pico de Russell. Aunque por desgracia no se pueda entrar a valorar de dónde demonios se sacaron en PRAMES ese nombrecito insólito, supuestamente autóctono, que le encasquetaron por las buenas, dada su tradicional ausencia de explicaciones… Que, me huele a mí, o lo obtuvieron de alguna charla a salto de mata (¿acaso única?), o lo adaptaron directamente a sus gustos idiomáticos. Cuando, antes de mover nada, hubiesen tenido que conocer el terreno que pisaban…

Por ejemplo, estudiando mínimamente la trayectoria de ese explorador que dejó constancia de ascensos tempranos a un número importante de picos de más de 3.000 metros a través de sus 83 libros, 10 prólogos y 106 artículos hasta ahora censados (que habrá más). Nuestros rebautizadores hubiesen tenido que demostrar que, como poco, habían analizado los escritos russellianos esenciales. Y alguno que otro de su colega Charles Packe, ya puestos.

Acudir al público desnudo de todos estos ropajes, sin referirse tampoco a mapas inéditos o documentos del catastro olvidados, a un servidor le produce una inmensa vergüenza. Muy en especial, tras constatar que seguramente desconocían esa primera denominación del posterior pico de Russell como Pequeño Aneto, que hubiesen podido trasladar a su lenguaje imaginario cuan “Tuquetica d’Aneto Chicot”. O algo parecido, como han hecho en situaciones similares. ¡Ay, esos caprichitos editoriales!

Se diría que en el emporio empresarial maño pasan de seguir cualquier pista histórica. Uno comienza a temerse que en esa Sociedad Anónima optaron casi desde sus arranques por la visceralidad y el personalismo. ¿Tanto les marcaron los deslices, perfectamente corregibles en una tarde, de la Lista Buyse? ¿Tanto les fastidió que se siguiera usando mayoritariamente? ¿Tan agrio fue el debate…? Ignoro si aquellas tanganas provocaron traumas profundos que, quizás, se visibilizarían a través del inmenso desdén hacia la crónica de estas montañas que PRAMES iba a denotar desde gran parte de sus productos.

En 2002 todo pareció ir a más. A los simples de corazón nos maravilla todavía que, desde un clamoroso desconocimiento de cuanto estaba registrado en las obras pirineístas, se atrevieran a endosarnos declaraciones de principios como los de su manual número 4. Simplificando, de un modo que al menos a mí me parecía infantiloide, un proceso de más de dos siglos de recorrido. Pero, claro está, abrirse paso entre la avalancha de datos que circulan con apellidos-fechas-rutas-croquis exige mucho tiempo y trabajo. Resultan más cómodas, pongamos, las charletas de bar. O, mejor aún, plantarse ante unos nombres, la mayoría con un historial propio, y convertirlos a algún idioma artificioso. Que lo mismo podían haberse decantado por traducirlos al esperanto. Para, seguido, alabar las bondades de sus maravillosas leches de tetra-brik.

Venga: que, puestos a insistir desde un tono humilde y constructivo, le voy a echar una manita al misterioso redactor del parrafillo de marras… Seguro que le encantará que descubra cómo tenía que haberlo expresado para no incurrir en clamorosas inexactitudes:

“Tradicionalmente, debido a que, dado nuestro desinterés por las montañas no existía aquí ningún tipo de mapa detallado ni apenas libros, el Pirineo aragonés tuvo que ser cartografiado por gente foránea que se vio forzada a lidiar con la toponimia y la fonética de los diversos dialectos de cada valle. Sobre todo, preguntando a los locales. A pesar de eso, apenas cometieron errores significativos en las transcripciones que les dieron nuestros montañeses y que trasladaron a unos mapas que, tras no pocos esfuerzos, nos regalaron con generosidad ante la persistente ausencia de nada mejor hasta los años treinta del siglo XX. Como es lo habitual en los países civilizados, sus trabajos se fueron corrigiendo con el tiempo. Hay que agradecer que los artífices de estas cartas se enfrentaran con tan serias dificultades debido a que los nativos apenas visitaban las regiones de alta montaña, donde el grueso de cimas que los foráneos deseaban identificar y subir carecía de nombre, mientras que otras cumbres lo tenía en colectivo e incluso algunas disponían de varios”.

El resto de la declaración pramesiana sobre su “filosofía editorial” era algo similar a un pastiche que, sin pruebas sobre el tapete que esclarecieran la naturaleza de la tarea ejecutada, hubiese tenido que ofender a cualquier alma independiente. También a las políticamente afines. ¿Una “recuperación cultural en triple faceta”, decían ellos?: pues eso había que explicarlo con detalle. Hace 18 años. Si no, fue un lamentable brindis al sol. Por no emplear otros calificativos más duros.

Dejemos ya las afirmaciones gratuitas de ese sector sociopolítico que se airean sin la menor prueba, y pasemos al recuento de los Techos de Huesca. Sorprende comprobar la progresiva introducción de topónimos inexplicables que se produjo en 2002. Casi en tromba. Así y todo, no hay más remedio que embarcarse en un conteo de Tresmiles que, acaso, antes nunca se había realizado. Comenzando por ese mapa número 3 “Valle de Tena-Biescas”:

[1] Picos deras Frondella sin cota [a esa escala casi no hay espacio].

[2] Punta Barrada sin cota.

[3] Balaitús/pico Moros 3.146 m.

[4] Pico Bachimaña/Gran Facha 3.005 m.

[5] Garmo Blanco 3.075 m.

[6] Picos de l’Infierno/Quijada Pondiellos 3.083 m.

[7] Pico deros Arnals 3.002 m.

[8] Punta Garmo Negro 3.066 m.

[9] Señal dera Estibiecha/pico d’Algas [sin tilde] 3.033 m.

[10] Pico deras Argualas sin cota.

[11] Comachibosa/Vignemale 3.299 m.

[12] Punta dero Clot dera Fuen sin cota.

[13] Punta Zerbillonar sin cota.

[14] Punta Biñamala sin cota.

[15] Punta Os Musarez sin cota.

[16] Pico Monferrato 3.219 m.

[17] Tapón Gran 3.151 m.

De veras que produce hilaridad ser testigo de los gatillazos que por aquellas cartas se sirven. Sin entrar en valoraciones sobre si meterle una b o una z a todo cuanto suena como tal es adecuado o no. Tras desdeñar a las v o a las c por ser propias de la lengua española, supongo. Personalmente creo que, en tal caso, debieran de advertir en sus productos que no estaban pensados para los deportistas hispanohablantes, sino para quienes se manejaban bien con esa fabla que algunos llaman esperanto aragonés. Para eso están los gustos y los colores (políticos).

Alguna otra cosilla llamativa se podía destacar de ese mapa número 3. Así, para bochorno de los pirineístas aragoneses, en aquella creación de la Sociedad Anónima PRAMES seguían adscritos al método franquista de adaptar los apellidos extranjeros al lenguaje propio, como hicieron en el pitón Von Martín (a un alemán) o en el cuello Saretas (a un francés). ¿A que eso suena a engendro similar al de la ensaladilla patriótica, antes rusa, o de la montaña suiza, antes rusa? Y uno que pensaba que aquellos años negros habían quedado atrás…

Mayor gracia pudo producir entre el personal bien informado de Tena que aragonizasen como Pallás al pico Palas (el verdadero Castillo de los Moros, por cierto). Con un par de castañuelas. Mostrando, de paso, lo que podía ser el modus operandi del agudo revisor toponimista. Uno de ellos, cuanto menos. ¿O acaso se trataba de un homenaje a quienes, en mitad de la montaña, se preguntaban si tal cumbre quedaba “pallí”, a la derecha, o “pallá”, a la izquierda)? Pues eso: el pico de los “pallás”. Es como para pensar que nos hallamos ante campeones de la componenda lingüística.

Pasemos con rapidez al siguiente recopilatorio de Cúspides. Ahora desde la carta número 4 “Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido”, afloraban al mundo-mundial las siguientes perlas del saber:

[18] Cabieto S 3.036 m.

[19] Cabieto N 3.034 m.

[20] Punta Negra/Taillón 3.146 m.

[21] Corral Ziego/Casco 3.012 m.

[22] La Torre/punta Faixón 3.011 m.

[23] Pico dera Ula 3.098 m.

[24] Punta deras Crepas sin cota.

[25] Pico Plan de Marmorés/pico Marboré 3.252 m.

[26] Picos de Astazu, Marmorés d’el Cul Chicot 3.015 m.

[27] Marmorés d’el Cul Gran 3.071 m.

[28] Cilindro de Marboré/Zilindro Marmorés 3.325 m.

[29] Mon Perdito/Monte Perdido 3.355 m.

[30] Pico Añisclo/Soum de Ramond 3.259 m.

[31] Punta deras Solas/punta las Olas 3.009 m.

[32] Punta deras Escaleretas sin cota.

[33] Mallo Tormosa/punta Rabadá 3.045 m.

[34] Punta Tormosa/Navarro 3.026 m.

[35] L’Almunia Gran 3.134 m.

[36] Punta Tormoseta 3.089 m.

[37] Pico Rubiñera sin cota.

Lo dicho: suscita cierta ternura el repaso a estas colecciones de topónimos extravagantes. Así, desde la óptica del chistecillo rápido, se podía observar que el Dosmil adjudicado al precursor de la escalada Jean Bazillac (desde el tercio último del siglo XIX), se estabilizaba ahora, tras el topónimo de transición previa de la “Peña d’a Brecha”, para terminar como “Picalayuala”. Y todos tan frescos, que cualquiera sabe si, andando los años, no les apetecerá colgarle un cuarto apelativo. Imagino que, como siempre, sin otro comentario que el de que era su nombre original-originalísimo. Acaso el mismo que le asignase, en el Principio de los Tiempos, el Sumo Hacedor.

Los chascarrillos divertidos se sucedían sin tregua por cuanto distribuyó El Periódico de Aragón en 2002. Pongamos el caso del “ibón Chelau”, transcrito como si fuese su nombre auténtico entre los nativos…, cuando fue Henry Russell el responsable de dicho bautizo. Algo similar a lo observado con las supuestamente autóctonas «Escaleretas», nombradas de un modo parecido desde el siglo XIX por los guías y turistas de Gavarnie. Ahora, estas Échelles (Escaleras) en origen se vendían a los cándidos con una denominación fetén sobrarbesa. Pues, ¡caramba!, me parecería perfecto que de este modo se rindiera pleitesía a los ascensionistas de esa vieja normal que proceden de Huesca-Huesqueta. Perdón: Uesqueta. Pero si fue así lo de tales «Escaleretas», que lo digan.

También añadía su puntita de salero que tan rumbosos toponimistas se decantaran, en lo referido al grupo de las Tres Sorores (nombre bien reflejado en los mapas añejos hispanos) por el de “Tres Serols”. Que no por las demás variantes locales recogidas, pongamos, por Henry Russell en 1866 o por Lucas Mallada en 1878. No sé si suponer aquí que en PRAMES SA resolvían estas cuestiones espinosas sacrificando algún lechal sobre el dolmen de Tella e interpretando sus vísceras al viejo estilo… ¿O quizás tiraron unos dados?

Eso sí: de momento, les dio por respetar un apelativo como el del Cilindro, que procedía del norte de igual modo que el del Monte Perdido o el del Soum de Ramond. Pero, claro, si un topónimo histórico cae en gracia a estos pramesianos, pues se deja. Arreándole una z, listo: ya es un nombre bueno, sano, puro y auténtico. ¡Milagro gordo!

No nos entretendremos más con esas curiosidades en la nomenclatura que el maño Casaus Parrilla se montó, sin dejarnos, ¡vaya un chasco gordo!, la menor pista de su origen. Prosigamos nuestro viaje rumbo a oriente a través de esa carta número 5 “Llardana o Posets” donde aparecían varias gracietas ya comentadas:

[38] Punta Culfreda sin cota.

[39] Punta Batoba 3.034 m.

[40] Punta el Puerto sin cota.

[41] Punta l’Abella sin cota.

[42] Bachimala Chicot 3.068 m.

[43] Punta l’Ibón 3.052 m.

[44] Punta Bachimala 3.177 m.

[45] Punta Sabre sin cota.

Poco que añadir en su edición de 2002, salvo el detallito del “Bachimala Chicot”. Es decir: que nuestros sabios regionales, frente a algún topónimo que se les resistía, se limitaban a traducir el nombre clásico, en este caso el del Petit Batchimale-Pequeño Bachimala, a cualquiera sabe qué dialecto. Porque acaso el omnipresente señor Casaus, a pesar de venir al mundo a orillas del Ebro, ¿conocía la decena de fablas de los diez municipios con Tresmiles? ¡Pues vaya tío! Si alguna vez coincido con este fuera-de-serie de la lingüística le pediré sin dudar su autógrafo.

Rematemos el conteo de grandes cimas que dio lugar a nuestro listado autóctono de 2002. Ahora desde un mapa número 6 “Aneto-Maladetas” que llegaba con no pocas novedades respecto a las cartas de PRAMES SA previas. Atentos a esta apoteosis nominadora:

[46, 47] Los Gemelos sin cota.

[48] Tuca de Bardamina o Posets 3.068 m.

[49] Tuca de la Paúl sin cota.

[50] Tuca Llardana o Posets 3.369 m.

[51] Tucón de la Canal sin cota.

[52] Llardaneta 3.321 m.

[53] Les Espades sin cota.

[54] Tucón Royo 3.111 m.

[55] Tuca la Forqueta 3.010 m.

[56] Tuca de Grist o Bagüeñola 3.009 m.

[57] Tuca Clarabide 3.020 m.

[58] Pico Puxebres sin cota.

[59] Tuca de O/pico de Gias sin cota.

[60] Tuca Gorgues Blanques 3.104 m.

[61] Tuca del Puerto de O sin cota.

[62] Tuca Sellán de la Baca 3.088 m.

[63] Sellán de la Baca 3.093 m.

[64] Tuca d’el Portillón sin cota.

[65] Perdiguero 3.221 m.

[66] Pico Royo de Lliterola 3.143 m.

[67] Tuca de Crabiules sin cota.

[68] Tuca de Malpás 3.096 m.

[69] Tuca d’el Bom sin cota.

[70] Tuca d’Alba sin cota.

[71] Maladeta Oc 3.218 m.

[72] Morrón de las Maladetas 3.146 m.

[73] Tuca de la Maladeta 3.308 m.

[74] Pico Maldito 3.350 m.

[75] Tuca d’el Medio 3.266 m.

[76] Pico de Corones 3.294 m.

[77] Aneto 3.404 m.

[78, 79, 80] Agullas de l’Aneto sin cota.

[81] Tuca Gran de Llosás 3.284 m.

[82] Tuca d’el Cabo Barrancs/pico Margalida 3.168 m.

[83] Tuca d’el Cap de la Vall/Russell 3.205 m.

[84] Pico d’Aragüells 3.037 m.

[85] Tuca de les Culebres 3.051 m.

[86] Tuca de Ballibierna 3.056 m.

[87] Tuca de Mulleres 3.006 m.

¡Ta-ta-chán! Sin casi enterarnos, disponíamos desde 2002 de una primera Lista made in PRAMES. Con sus 87 topónimos tresmileros apilados por allí merced a una sencilla recolecta por sus cuatro mapas a 1:40.000 de escala. A tiempo, ¡qué oportuno!, para su entrada en servicio durante el mismísimo Año Internacional de las Montañas. Aunque dicho listado nunca fuera exhibido como tal, dado que los nombres se dispersaron por un cuarteto de cartas. Una táctica discreta, por el momento.

Y uno se pregunta, como cándido contumaz que es: ¿para qué diantres tenía que solicitar nada la Federación Aragonesa de Montañismo al Gobierno de Aragón en 2016? ¡Si ya tenían su lista supuestamente buena, sana, pura y auténtica! Como las leches en tetra-brik. Salvo que, acaso por cuenta del escaso éxito que estos visionarios recolectaban entre el colectivo que subía hasta los Tresmiles, comenzasen a soñar con meternos por donde fuera sus partos (de los montes) en cuanto se diesen las condiciones políticas adecuadas. Como, pongamos, que el PSOE necesitara para formar gobierno autonómico a Podemos y, sobre todo, a Chunta Aragonesista. En tal caso, habría que admirarse porque estos chicos aguardaran su momento con la paciencia del Santo Job, bien agazapadicos en sus sedes de la calle de Santa Cruz de Tenerife o del camino de los Molinos. En stand by.

No sé si atreverme a solicitar que esta colección de Tresmiles, un tanto inédita hasta la fecha, para aclararnos en lo sucesivo luzca el apellido del presunto compilador. Quien, con sus aciertos o errores, bien que se la ha currado. Así pues, ¿la llamamos Lista Casaus? No suena mal. Si yo estuviera en el lugar del interesado, igual hasta me hacía tarjetas de visita alusivas y todo.

Pongámonos del todo serios: aquella fue una añada infausta para la crónica del pirineísmo aragonés. Porque 2002 trajo una segunda iniciativa toponímica de PRAMES SA: la difusión de cierto mapa con los nombres de sus montañas…, Imaginarias. Como enseguida veremos, las de Chesús Casaus y compañía. Las de quienes magnifican las virtudes de sus leches en tetra-brik diciendo que acaban de ordeñarlas de las ubres más buenas, sanas, puras y auténticas de la vaquería local. Por labia, que no quede.

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Por Alberto Martínez

Alberto Martínez Embid practica el montañismo desde que era un crío. Últimamente llama la atención su faceta divulgadora, que se podría glosar como firmante de veinticinco libros y participante en veinticuatro colectivos, sin olvidarse de sus más de mil setecientos artículos. Casi todos, de temática pirenaica. Aunque se ha hecho acreedor de tres galardones de narrativa, seis de investigación histórica y siete de periodismo, se muestra especialmente orgulloso del Premio Desnivel de Literatura de Montaña de 2005.

7 respuestas a «¿Una Lista Casaus en cuatro cachos?»

En cierta ocasión intenté dilucidar el nombre correcto de cierta Forca muy característica en la Partacua, de nombre parecido a Cachivirizas (y con todas las variantes posibles). Para volverme loco. Una divertida experiencia fue indagar en torno a personas, algunas de ellas muy cultas, que habían pasado su niñez en los aledaños de la Forca. Como resultado, nada aclarado. Y, curiosamente, alguno de los encuestados contestaba haciendo referencia a mapas modernos. Me temo que esos presuntos nombres originales se han perdido en su mayoría, si es que alguna vez existieron, pues carecían de interés para los lugareños, como tampoco tiene mucho que ver el habla propio de un valle como Ansó, con el de otro valle más alejado, sea Tena o Benasque. Por ello, cualquier intento de homogeneizar lenguas y dialectos tiene poco sentido y su primer efecto es destruir definitivamente antiguas formas dialécticas, si es que todavía perdura alguna.

Pienso algo similar a lo que has expresado, José, como igualmente he escuchado decir a otros colegas bien informados sobre lo que pasa en el Pirineo: creo que, por desgracia, la mayor parte de los topónimos de zonas de alta montaña llegan ya muy «contaminados» a nosotros, con pocas posibilidades de que sean más o menos auténticos, libres de cualquier inducción. Por eso, quienes entienden verdaderamente de toponimia y están realmente interesados en realizar un buen trabajo, cruzan los datos que recogen sobre el terreno con los obtenidos en textos, mapas, archivos o catastros. Que cualquiera sabe la «leche» que te venden por ahí…

Hola de nuevo: se ve que este puente hace mal tiempo por tu casa, ¿eh? Gracias por tus amables palabras, Luis. En efecto: me encanta difundir datos e ideas, lo más interesantes y objetivas posible, desde Internet, dada su permanencia en el tiempo y accesibilidad… Pero ya sé que «copias-y-pegas» en word mis artículos en Desnivel.com y te los pasan a papel para hacerte así un libro a mi costa. Muchas gracias por tomarte tantas molestias…

No te preocupes, Luis, que me cuido la vista desde antiguo: intento no estar frente al ordenador mucho tiempo seguido, en un lugar bien iluminado y con la intensidad de la pantalla bajita. De vez en cuando me pongo lubrificante…, en los ojos, se entiende. Y creo que ya te comenté que la mayoría de los datos, junto con otros que de momento no voy a usar, los tenía atesorados desde antiguo. Como los mapas y libros a los que aludo, que tengo siempre a mano. De todas formas, bucear por mapas del Pirineo, aunque sean toponímicamente inadecuados, me gusta, te lo aseguro. Y leer cosillas sobre los nombres de las montañas, pues me relaja del trabajo… Saludos, Luis: si te vas a meter entre pecho y espalda mis textos, lubrificante (ocular)…

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