Blog de
Alberto Martínez

Una Integral de Salencas literaria

Nada como arrancar la temporada bloggera con unas experiencias de alta montaña. Junto al desaparecido escritor Agustín Faus, artífice de un texto esencial en nuestra literatura: Cara a la Montaña, tirado por la Editorial Juventud en 1954. Un tempranísimo ejemplo de narrativa en el gremio del piolet y la cuerda.

Ya hemos mostrado previamente el resumen de algún capítulo de esta obra. Para la ocasión, extractaremos fragmentos del relato de Agustín sobre “El Trofeo”, una de las doce historias cortas que el libro ofrecía. De esta manera poética y un tanto espiritual arrancaba desde su página 73 dicha ficción:

“Una agradable sensación de bienestar, de felicidad, invade a Jorge mientras baja con gran parsimonia por la magnífica escalinata del camarín de la Virgen de Montserrat […]. Después recoge su mochila, arrinconada a la derecha de los solitarios bancos de madera barnizada, y va a arrodillarse en la última fila, cerca de la grande y encristalada verja de hierro forjado”.

En realidad, aquello era una suerte de resolución de una historia de ascensiones por el Pirineo. Donde Faus adelantaba el feliz término de unas peripecias montañeras cuyo remate era la ofrenda a la Moreneta de una medallita de plata. Su protagonista se preparaba para compartir varias trepadas con los lectores, tras “alisar su pantalón de escalada de pana negra”…

Lo dicho: el relato giraba en torno a cierto Trofeo para Escaladores que tanto Jorge como su compañero de cordada Parés habían decidido cobrarse. Con esa excusa argumental, el autor de la ficción nos trasladará a los Montes Malditos de comienzos de los años cincuenta del siglo XX y su mundillo trepador:

“Aquella tarde [de verano], después de la escalada a la pared del pico de Salencas, habían vuelto al sitio del vivac donde les esperaban las mochilas, junto a las grandes piedras de la entrada del lago de Barrancs. Iban contentos y cantaban eufóricamente mientras se dejaban resbalar por los empinadísimos neveros que descienden hasta las proximidades de las negras aguas del lago. A pesar del natural cansancio físico que sentían, no se entretuvieron mucho y enseguida un pequeño fuego de leña transportada hasta allí desde Pla d’Estanys, en lo alto de las mochilas, calentaba la cena reconfortante que les convenía. Y cenaron alegremente, ya que no tenían el menor motivo de preocupación.

”–Llevamos unos días de mucha suerte. Diez días por auténtica montaña y hasta ahora todo nos ha salido a pedir de boca. ¡La de cosas que hemos hecho ya!

”–Es verdad. Volveremos a casa con una bolsa de escaladas que achicará al más pintado. ¡Cualquiera creería que vamos tras ese horroroso trofeo de esta temporada…!

”–Ya lo creo que es horroroso. Imagínate: ¡Prometer un trofeo al señor que haga más número de escaladas en todo el año, de octubre a octubre, sin tener en cuenta la calidad […].

”Siguió un silencio. En tierra, junto al lago, seguían las llamas de la hoguera –muy pequeña porque había que ahorrar leña– y en lo alto, las estrellas brillaban deslumbrantes en el ancho cielo de los tres mil metros encuadrado por las crestas muy dentelladas de Salenques [alterna este topónimo con el de Salencas] y Tempestats. Un frío quieto, muy húmedo por la proximidad del agua, se adueñaba del ambiente y los dos muchachos sintieron correr un ligero escalofrío por la espalda. ¿Por qué estaban callados ahora? ¿No sería porque los dos pensaban en el trofeo y al mismo tiempo se reconocían íntimamente un poco necios al calcular mentalmente el número de escaladas que llevaban hechas desde octubre? Sin decirse nada, los dos habían pensado lo mismo en el mismo momento mientras el frío de la noche pirenaica caía sobre Barrancs, y las brasas del fuego, avivadas por el viento que venía de la Maladeta, se convertían en encendidos rubíes. Los dos sabían que llevaban hechas las mismas escaladas en los últimos meses y que nadie los aventajaba ni en calidad ni en cantidad. ¿Serían tan necios como para dejarse seducir por lo que ellos mismos acababan de calificar de horroroso?

”El silencio se prolongó, muy triste. El alegre ambiente de la tarde había desaparecido. Y ya no había lugar para que reapareciera la camaradería y abnegación de la cordada. Sonaban demasiado secas y ásperas aquellas palabras que se perdían en la noche pirenaica mientras se desplegaban los sacos de dormir:

”–Anda, vamos a dormir, que mañana debemos levantarnos muy temprano también. La integral de Salencas y Tempestats es muy larga.

”Aquella noche, Jorge tardó mucho en dormirse y sabía que a su compañero le sucedía lo propio, pues le oía removerse mucho dentro del saco. ¿Estaría haciendo también aquellos necios cálculos sobre la posibilidad de ganar un trofeo de competición, cosa inadmisible e inhumana en escalada?

”La travesía integral de las crestas de Salencas y Tempestats es muy larga. Desde el agujero del Pájaro de Papel donde arrancan las dificultades que conducen al Margalide y de esta cumbre –mitad camino– hasta la Espalda de Aneto, donde la cordada, fatigada, da gracias al Cielo mientras cubre los pocos pasos que faltan para el final, transcurren bastantes horas de la más dura vida alpina. La cordada que va lista y se ha levantado temprano, puede concluir en un día, pero esto no impide que el descenso por el glaciar, directo hasta las llambrias que caen sobre Barrancs, se haga cuando el largo día de verano está ya expirando. Con buen tiempo, las dos travesías conjuntas son maravillosas y los escaladores vuelven de ellas tan animados y llenos de euforia que, a pesar del cansancio, sienten unas ganas locas de buscar más itinerarios y nuevos recorridos en la montaña pletórica de mágicos encantos.

”Todo ello les sucedió a Jorge y a su compañero Parés. Mas no; todo, menos lo último. Fue una jornada cuyo recuerdo perdura; tiempo espléndido, horarios matemáticos y máxima satisfacción. Pero, ¿por qué existía aquel silencio entre los dos, allí en la cumbre del Aneto mientras veían languidecer las luces del sol del ocaso? ¿Por qué bajaban los dos tan calladamente hacia las piedras del final del glaciar, sin planear futuras excursiones? ¿Por qué, al llegar a Barrancs, sin querer ver la maravillosa noche encendida de estrellas reflejadas en el quieto lago, se desplomaron sobre la húmeda hierba del rincón protegido por grandes bloques y, sin más comentarios, tomaron cualquier cosa y se metieron a sus sacos de dormir? Jorge conocía ya de muchas otras veces estos retornos de jornada larga. Eran lentos, pesados y silenciosos. Pero en aquellas ocasiones, si la fatiga impedía pronunciar palabras, se hablaba con los ojos, y la mente, aunque embotada por el desgaste físico, quería pensar y razonar, y si bien los rendidos miembros reclamaban reposo era para volver a trabajar al día siguiente con los mismos ánimos… Mas, esta vez no. Jorge, pesaroso e invadido de tristeza, se sentía dominado por una idea de la cual no podía librarse por mucho que hiciera: aquel compañero le estorbaba. Aquel compañero lucharía por quitarle el trofeo. Aquel compañero llevaba hecho, desde el pasado octubre, el mismo número de escaladas que él. Aquel compañero se separaría de él para disputarle el premio…

”Y sabía que aquel compañero estaría pensando exactamente lo que él en aquellos momentos.

”Aquel compañero había dejado de ser su compañero”.

Un párrafo fantástico que constituye un cuento en sí mismo. Recuerda un poco la novela sobre La Araña Negra (1842) de Jeremias Gotthelf. Además, llega con el valor añadido de desarrollarse en terreno benasqués, con una importante incursión por sus regiones de alta montaña. Allí donde se respira el aire sutil de los tres mil metros…

La trama de “El Trofeo” sigue en adelante por tierras catalanas. La resumiré un poco: tanto Parés como Jorge compiten, cada uno por su lado, pensando en hacerse con la Medalla en liza. Con la entrada del otoño, el primero aventajaba a su viejo compañero en número de trepadas. Acaso porque, a diferencia de Jorge, había tenido mejor suerte en la elección de otros compañeros de escalada. Al final, el protagonista de nuestra historia terminaba adoptando una arriesgada decisión para recuperar los puntos perdidos:

“Continuamente cambiaba, no podía confiar mucho en los [nuevos compañeros] que le ponían en situaciones muy comprometidas, y muchísimas veces habíase visto a ir a la montaña completamente solo, sin más compañía para sus desesperadas escaladas que su cuerda, su martillo, sus clavos y aquel dudoso aparato de seguridad individual, de seguridad muy relativa. Por la noche, Jorge volvía a casa, pálido y ojeroso, con los nervios deshechos y cara de pocos amigos. En el tren casi no hablaba con los conocidos que encontraba. Solo pensaba en el próximo domingo y en las escaladas que podría hacer y en su número, mejor cuatro que tres, sin reposo, sin detenerse un instante para comer ni para contemplar los preciosos paisajes montañeros que tanto le encantaran antes, ni para pensar en Aquél que los había creado, para embellecer el mundo…”.

Tras esos toquecillos de corte sobrenatural, la trama de Faus continúa con un interés creciente. Ahora trasladada a la región de Agulles y, más en concreto, a la pared de la Filigrana. Arribaban unas descripciones muy logradas de la escalada en solitario al estilo del inicio de los cincuenta. Donde Jorge estuvo cerca de sufrir un serio percance que así describe:

“Y volvió a las presas, las pequeñas presas que le conducirían hasta la cumbre. Calenturiento, sobrepasó el máximo punto anterior, manteniéndose por puro milagro en aquellos precarios puntos de apoyo. Los músculos de las piernas le temblaban y las falanges de sus dedos volvían a manchar de sudor las ínfimas y pulimentadas presas, pero no era esto a causa del esfuerzo físico, sino de la tensión nerviosa. Pensaba en la cumbre y creía tenerla ya a su alcance. ¡La piedra en forma de pico! Por fin la tuvo entre las manos. Ahora debía componérselas para colocarse de pie sobre ella. Inició un movimiento lento, frotando el cáñamo de las punteras de su calzado contra la pared. Por un instante, miró hacia abajo y vio la verdinegra frondosidad del fondo de la canal, muy profunda y muy lejana. Sabía que, caso de caer, si el clavo no le retenía, su cuerpo rebotaría de saliente en saliente de la pared, hasta dar en la verde fronda. Y también sabía que si resistía el hierro colocado ocho metros más abajo, daría un salto de dieciséis metros y quedaría colgado como un muñeco de trapo. Colgado, sí, salvado. Pero ¿quién acudiría en su auxilio?

”Levantó el brazo y fue a cogerse a una piedrecita que sobresalía unos milímetros, la cual le ayudaría a mantener el equilibrio, mientras con la otra mano se agarraba todavía a la piedra de pico. Tenía los ojos hacia lo alto, y vio otra vez el cielo azul. Y volvió a pensar en el Cielo y en aquella Virgen Morena que ahora nunca visitaba. Arañó la piedra con la alpargata [de suela de esparto de escalada]. Pero llevaba gastadas demasiadas fuerzas, y le temblaban los brazos. ¿Por qué los dedos se le escurrían de la piedra pequeñita? ¡No! ¡No quería caer! ¡Nadie iría a sacarle de allí! Repentinamente hizo un esfuerzo supremo, se agarró como pudo. ¡Se aferraría a la piedra con los mismos dientes, si fuera posible! ¿No conseguía mantenerse así? ¿Qué le pasaba, que no podía proseguir por donde otros habían subido hacia lo alto?

”Supo que ya no podría volver atrás. Tenía que seguir adelante, hacia arriba únicamente. Mas, ¿cómo? Resoplando, volvió a intentarlo. Pero los dedos se le abrían, las punteras del calzado resbalaban, todo su cuerpo se tambaleaba y perdía estabilidad en aquella pared de locos…

”–¡Oh, Madre, sálvame!

”Solo al caer, rígido como un gato y mirando al cielo, se había acordado de pedir ayuda a aquella Virgencita Negra, eternamente sonriente, que preside un gran templo, no lejos de allí.

”Por la tarde, Jorge bajó lentamente y cojeando por el camino húmedo de Agulles. Tuvo mucha suerte al poder recuperarse por sus propios medios. Él sabía que había sido la ayuda de la Virgen”.No por sufrir aquel percance desiste Jorge del Trofeo, que piensa ofrecer justamente a la Moreneta. Para ello acude al Pedraforca… Y en Saldes se encuentra con unos escaladores que le cuentan que la cordada de Parés ha tenido un accidente en su pared Norte. Se imponía un rescate. Cuando el sexteto de socorristas se sitúa bajo la vía, unos gritos que llegan desde arriba informan de que Parés se había roto la clavícula, justo debajo del Jardinet d’en Toldrà. Sin embargo, el grupo de Jorge logró sacarle de la pared para devolverlo a las tierras bajas de los hombres.El antiguo compañero del protagonista quedaba fuera de combate cuando todavía restaba un fin de semana de competición. Como le aventajaba a Jorge por una escalada, a éste le hubiera bastado con realizar un par más, aunque no fueran demasiado arduas. No lo hizo, dejando que Parés ganara el Trofeo. Y en delegación de su hospitalizado amigo la llevó hasta Montserrat en la escena de apertura del relato.

Impera en el final de este cuento sobre “El Trofeo” una resolución feliz, no del demasiado habitual en este tipo de género. Pero dejemos que la pluma de Agustín Faus lo remate:

“Después de atravesar la grandiosa verja encristalada, [Jorge] se persigna con el agua bendita de la gran pila y, una vez fuera, lanzando gritos jubilosos, se va corriendo hacia la plaza del Monasterio, llena de sol y de gente, y de allí hacia las escaleras inacabables que le llevarán hasta los más bellos rincones de la montaña”.

Es un bonito modo de iniciar un 2021 que tanta esperanza está suscitando entre todos nosotros…

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Por Alberto Martínez

Alberto Martínez Embid practica el montañismo desde que era un crío. Últimamente llama la atención su faceta divulgadora, que se podría glosar como firmante de veinticinco libros y participante en veinticuatro colectivos, sin olvidarse de sus más de mil setecientos artículos. Casi todos, de temática pirenaica. Aunque se ha hecho acreedor de tres galardones de narrativa, seis de investigación histórica y siete de periodismo, se muestra especialmente orgulloso del Premio Desnivel de Literatura de Montaña de 2005.

9 respuestas a «Una Integral de Salencas literaria»

¿Dónde quedaron aquellas ideas románticas acerca de la montaña? Me temo que morirán con nosotros, los antiguos. Y no pasa nada.

Sí, vaya pérdida, José. Quienes somos una suerte de «dinosaurios del monte», la verdad, la echamos en falta que no veas… Con Agustín se marchó toda una época, está visto…

Eso suena a adicción, Makako… De todas formas, si te gustan los rollos toponímicos no tendrás que esperar mucho, pues hay mucho material recopilado desde hace tres añadas o así…

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