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Alberto Martínez

Las escaladas inaugurales en Riglos

El número 411 de la revista Desnivel (febrero de 2021) ofrece un “Especial Riglos” que dará mucho de sí. Sin duda alguna, pieza de colección. Entre sus páginas se aprecia una importante presencia de socios de Montañeros de Aragón. Nada extraño, dado el papel del Club zaragozano en el arranque de las trepadas rigleras. Una historia poco conocida que merece mayor repercusión…

Dejando aparte las fábulas locales sobre los “recolectores de huevos de buitre”, parece muy probable que a nadie se le ocurriese tantear los mallos de Riglos hasta la aparición de los sportsmen con el tercio inicial del siglo XX. De hecho, los prudentes viajeros decimonónicos que desfilaron primero bajo estos murallones se limitaron a certificar su presunta inaccesibilidad. En 1908 Juli Soler les regaló una cita en la que aludía a su similitud con “piras inmensas que ardían en honor a los dioses de las montañas”.

¡Y tanto! Vistas desde abajo, era como si las cimas del “Reino de los Mallos” estuviesen vetadas a los simples mortales. Al menos hasta 1933, cuando se registraron varios intentos por parte de unos germanos misteriosos y de una cordada oscense. Esta última, compuesta por Oltra, Oliván y Osuna, se centró en el mallo Pisón. Aun con todo, se cree que nadie progresó gran cosa por sus paredones de pudinga. Claro que también fue el año de los escaladores de Montañeros de Aragón

No ha quedado demasiada documentación sobre el debut en Riglos de los trepadores maños. Sin embargo, a partir de entrevistas con uno de aquellos pioneros, Fernando Almarza, de charlas con familiares de otros protagonistas (Luis Gómez Laguna, Fernando Lozano y José María Escudero) y de algún recorte de prensa incompleto, se puede reconstruir cómo discurrieron estas búsquedas del vértigo tan madrugadoras para el deporte aragonés.

Todo parece indicar que el gran animador de las escaladas en Riglos fue Luis Gómez Laguna. Su sobrino, Fernando Almarza, le acompañó en alguna de ellas. Como se ha adelantado, el grupo se completaría con el núcleo duro de Montañeros: José María Escudero, Fernando Lozano, José María Serrano y Fernando de Yarza.

El detonante de este interés por el mundo de los clavos y los mosquetones pudo ser, sin duda, el ansia por hollar uno de esos mallos tan vistosos bajo los cuales pasaba el ferrocarril Canfranero. Alguno de sus candidatos ya había aprendido la técnica del rápel en paredes del entorno del refugio de la Renclusa, tras consultar los croquis de ciertas revistas extranjeras. Al menos Gómez Laguna y Almarza realizaron prácticas de progresión en roca a comienzos de los años treinta en unas peñas que se alzaban por encima de la desaparecida Caseta del Ruso en Candanchú. Desde allí emprendieron otras trepadas más o menos escabrosas en el Aspe y el pico del Águila, en ocasiones formando cordada con Fernando Lozano, José María Serrano y Fernando de Yarza. Se cree que estos zaragozanos también probaron su material por algún risco de la zona de Respomuso. Vale la pena detenerse unas líneas con su primitivo equipamiento.

A la cuerda de cáñamo “de origen agrícola” que portaban durante sus recorridos habituales por la alta montaña pirenaica, fue preciso añadir materiales especializados. Tras fijarse en los dibujos de libros y revistas, estos Montañeros contactaron con un forjador de Zaragoza para que copiara unas “clavijas alpinas”, descritas por Almarza como “artilugios de hierro con una anilla en su parte ancha, tan desmesurados como pesados” en su versión aragonesa. Igualmente les fabricaría un mosquetón similar al de los bomberos de los cines, de quince centímetros de longitud y doscientos cincuenta gramos de peso.

En cuanto a la técnica… El aprendizaje del arte de la escalada no andaba tan en pañales como habitualmente se cree. Por un lado, Luis Gómez Laguna y Fernando Almarza disponían de manuales prácticos en francés. No eran los únicos miembros de Montañeros de Aragón que en los años treinta estaban bien informados en los procedimientos alpinos de progresión. Su consocio, el periodista Narciso Hidalgo, publicaba con asiduidad nociones de trepada en el deportivo madrileño Campeón. Así, quien hojee el número del 6 octubre 1935 hallará un artículo sobre “La técnica de la escalada en roca” donde abordaba la colocación de pitones, el manejo de cuerda, los nudos no corredizos como el bulin, el uso de calzado ligero y adherente como las botas de suela de fieltro, el sistema para superar chimeneas o fisuras, el rappel al estilo Dülfer… Con Hidalgo llegaron a tierras aragonesas desde los entonces “cinco grados de la dificultad” en Italia hasta la necesidad de fundar escuelas de escalada.

Por lo demás, la prensa de Zaragoza no tardó en preguntarse si sería posible que alguno de sus paisanos ganaría los baluartes rigleros. En el Club maño se tomó muy en serio el reto. Se cree que los primeros ensayos de sus socios se orientaron hacia el Pisón, asediándolo por la parte de atrás para tratar de subirlo desde el collado. Nada ha trascendido de aquellas intentonas, salvo que fallaron.

Seguidamente, pusieron los ojos en el esbelto Fire. O Firés, como decían entonces los nativos. Al menos se concretaron tres asaltos contra la cumbre superior de este mallo, más adelante bautizada como punta de los Catalanes o de Mallafré. Por el momento, solo ha quedado un recorte de la prensa de 1933 en el que un anónimo periodista entrevistaba a Luis Gómez Laguna, calificado como “el alma” de aquellas aventuras funambulistas. Con la lírica del tiempo, el mismo cronista animaba a que “los montañeros auténticos de la solera zaragozana” intentaran la conquista de unos Mallos a los que se les suponía “toda la altivez de los pelados picachos todavía sin hollar por las plantas audaces”.

El primer encuentro con el Fire lo protagonizó, justamente, Gómez Laguna junto a otro camarada del que no aclara su nombre: solo dice de él que acudía “lleno también de experiencia y entusiasmo”. Bien pudo ser o José María Serrano, o Fernando Lozano o, más seguramente, Fernando de Yarza. De este último, su frecuente compañero de cordada, afirmó en 1993:

“Era un gran escalador, pero era inconstante; una persona que dominaba todos los secretos de la montaña. Esquiaba, escalaba y hacía grandes travesías, todo con una profunda identificación con la montaña… Todo lo que hacía, le salía bien, pero no permanecía mucho tiempo atado a las mismas ocupaciones”.

Tampoco ha quedado clara la fecha del ataque inicial contra el Fire: alguno de sus descendientes cree que sería en mayo o junio de 1933, al término de la temporada de esquí de montaña. En cualquier caso, el dúo maño partió del apeadero de Riglos y marchó unos cinco kilómetros por la vía del tren hasta colocarse al pie de su objetivo. Arrancaron desde una torrentera con mucho matorral molesto, para progresar hacia la que denominaron en su croquis como “punta número 1”. Gómez Laguna señaló que “el paisaje desde allí se extendía amplio a los pies, sin encontrar obstáculo hasta la sierra de Alcubierre”. La ruta se ponía seria a partir de allí.

En la “punta número 1” los escaladores se tomaron un breve descanso antes de que pasaran a encordarse. Una medida oportuna, pues desde ese lugar comenzarían los problemas con la especial naturaleza de aquellas rocas. Gómez Laguna describió así el terreno:

“Es casi imposible avanzar un metro sin que se produzcan desprendimientos. Cualquier presa, por sólida que parezca, ha de tantearse cuidadosamente. En cualquier punto acecha inesperado el peligro… Los apoyos, a poco que se pueda, han de aprovecharse por presión solamente. Es el peor material de construcción que he encontrado en esta clase de edificios”.

Los zaragozanos no estuvieron solos durante su ascenso por el mallo Fire: se vieron acompañados por dos buitres de los muchos que por allí anidaban. Aunque les constaba que eran inofensivos, Gómez Laguna dijo que “crispaban un poco los nervios y desviaban la atención que hay que tener en la escalada, por momentos más peligrosa; ese rumor de su vuelo, unido al constante arrastre de las piedras desprendidas que se pierden en la ladera vertical”.

El dúo de Montañeros alcanzó la denominada “punta número 2”. Nuestro narrador, encaramado sobre una de las después conocidas como Cinco Puntas del Fire, afirmó que “la vista desde este observatorio era maravillosa y escalofriante; toda la pared del mallo, desde la base a la cima, aparece con su ininterrumpida verticalidad de un solo golpe”.

De este modo se pudo concretar, por su flanco noroeste, el primer ascenso a la que más adelante terminó como punta del Buzón. Donde, ni que decir tiene, los aragoneses no descubrirían el menor vestigio de otros humanos. Apenas se tomaron un instante para echar un cigarrillo con el que saborear el momento. Y aunque les asaltaron tentaciones de no trepar más, decidieron prolongar su escalada hacia la punta principal. Así, tras bordear una terraza llena de matas, atacaron una chimenea que, por lo que imaginaban, les abriría la cima del puntal superior. Gómez Laguna indicó de aquella supuesta “última dificultad” que fue “corto el trayecto, pero interesante: se subía por presión sobre amplias paredes mientras que la separación lo permitía; luego había que echarse a la izquierda”. Era el argot escalador de hace ochenta y ocho añadas.

Por cuenta de los constantes desprendimientos de presas, se vivieron minutos de trepada muy tensa hasta el designado como “punto X”. Si se presta atención a las palabras del deportista zaragozano, se entenderán las severas dificultades que les forzaron a una retirada:

“Desde allí se mira todavía al mallo opuesto al que hemos alcanzado. Su aspecto desde este lado apaga por completo nuestras ilusiones. Su verticalidad está complicada por unos bombeos en varios trozos de la pared. Fracasan nuestras tentativas con clavijas de todos los modelos, desde las austriacas de duraluminio último modelo hasta las diformes, producto de la invención de nuestro acompañante [¿De Yarza?]. Nada conseguimos, como no sea machacarnos un dedo y continuar la obra de destrucción de la naturaleza, produciendo un desconchado tras otro sin poder hincar el diente por esta parte”.

Gómez Laguna y su amigo todavía consideraron una acometida por la otra cara del mallo superior. Pero, dado el exceso de emociones acumulado y el calor agobiante, acabaron bajando a bañarse al río Gállego.

Al parecer, poco tiempo después del tanteo inicial al Fire, se produjo un nuevo asalto de un cuarteto de este mismo grupo zaragozano. La segunda tentativa repetiría ruta hasta la primera chimenea escalada, donde se detuvieron para estudiar con calma la pared. Una travesía transversal les condujo hasta cierto “punto XX”, frente a otra chimenea vertical. Aunque la roca parecía más sólida que el resto, Gómez Laguna vivió aquí momentos tensos:

“Subimos por una hendidura en que todos los agarraderos eran laterales, por lo que al poco rato hube de salir a la pared. Continuamos subiendo y al alcance de mi mano surge una espléndida piedra… A los pocos metros, como llamándome, el final de la chimenea. Pruebo la resistencia del apoyo con una mano. Parece sólida. Apoyo las dos manos para hacer la dominación… Y en esta situación cruje y comienza a desprenderse… La posición no puede ser más comprometida. Estoy apoyado solamente con la punta de los pies. Veo a Serrano, que tiene la cuerda tensa… Y adivino al buitre, que como la otra vez se ha unido a nuestra excursión con su girar indiferente, desesperante e infatigable… Sin saber cómo ni cuánto tiempo, vuelvo a encontrarme en la hendidura anterior”.

Tras un consejo de los cuatro componentes de la cordada, se decidió que se había hecho tarde, por lo que descendieron. En Montañeros contaron después que enfrentarse con la roca de Riglos supuso una amarga experiencia: no era ni la caliza ni el granito del Alto Pirineo. Y cuando la verticalidad recomendaba meter algún clavo, “se terminaba demoliendo medio mallo sin conseguir un sólido punto de apoyo”. Por ello abandonaron con frecuencia las “técnicas modernas” para atacar aquellas paredes solo “con el corazón”, según su propia terminología.

Aún se llegó a realizar una tercera tentativa en el Fire de la que no ha trascendido gran cosa, salvo que al menos tomaron parte en ella Gómez Laguna y Almarza. Y que, acaso, se llevó a cabo en torno a 1934, cruzando datos con el momento de sus trabajos o estudios en que se hallaban. Por entonces, la prensa zaragozana publicó cierta nota alusiva sobre “Un intento en Riglos” de tonos más líricos que descriptivos, aportando poca materia a su crónica vertical:

“Los mallos de Riglos son una alucinante tentación para el espíritu montañero de los veteranos. Su escalada no es nada fácil. Es tan difícil que todavía no se ha conseguido plenamente. Montañeros como Gómez Laguna, Yarza, Serrano, contemplaron casi al alcance de sus manos atenazadas en la escarpa de la aguja misma. Pero no sabemos que hasta ahora nadie haya logrado pisar el agudo vértice de los mallos de Riglos, que se alzan con altivo gesto, orgullosos de su majestuosa soledad”.

Por aquellas fechas se pensaba que el ansiado triunfo quedaba al alcance de los tenaces escaladores de Montañeros de Aragón. Sin embargo, una cruel contienda hizo que la conquista de Riglos quedase para las generaciones siguientes. En 1993 Luis Gómez Laguna rememoraba sus evoluciones verticales de sesenta añadas atrás:

“A nadie de nosotros se nos ocurría hacer escalada en paredes artificiales, como ahora, sino que la atracción de la montaña residía en los peligros asociados a la soledad, al clima. Las escaladas más memorables son las que han estado acompañadas de ventiscas, de extravíos, de incertidumbres y de peligros”.

En cuanto a su compañero de cordada y sobrino, Fernando Almarza, también quiso pronunciarse sobre la filosofía de aquellos mismos lances durante una entrevista en 1997:

“Para mí la escalada fue la evolución lógica del montañismo y, si se quiere, la sublimación. En la montaña cada vez nos íbamos metiendo en aventuras más arduas y nos encontramos en situaciones en las que no había más remedio que acabar escalando. Al crecer las dificultades o, mejor dicho, al hacerlas crecer, nosotros que empezábamos a ver la belleza de la escalada, comenzamos a leer relatos de escaladores célebres y a ver qué material empleaban”.

Los esfuerzos maños en el Fire pasaron un tanto desapercibidos fuera de su Club. Poco a poco se fueron olvidando. Mayor difusión obtendría cierta cordada francesa que tentó la misma punta el 9 de julio de 1934: Jean Arlaud, Pierre Souriac y Christian Rachou. A destacar la similitud de la descripción de ruta del primero con los comentarios previos de Gómez Laguna:

“Trepada sin cuerda sobre un conglomerado que se sustenta bien y por algunos bojes. Nos encordamos para atacar un pilar de una quincena de metros de buena verticalidad. Una chimenea por arriba. Treinta metros más de subida. La cumbre es nuestra. Pues no: hay una brecha profunda donde sopla un delicioso aire fresco y luego dos bellos torreones. ¡El mayor es un auténtico Capéran! ¡Al ataque! Souriac tantea la vertiente sobre la fisura: durante un tiempo se empeña en una lucha tan encarnizada como vana. Rachou y yo lo aseguramos, valiéndonos de un grueso tronco de árbol que hay en la brecha… Después, ataque directo desde la brecha: verticalmente, pues el árbol molesta. Sería necesario una docena de pitones, y entonces se pasaría sin peligro, pues se clavan maravillosamente. Así pues, abandonamos”.

Jean Arlaud regresó el 9 de julio de 1935, acompañado ahora por dos primeras figuras como Jean Grelier y Piero Ghiglione. Repetirían la ruta del año anterior, aunque probando suerte en otra de las chimeneas superiores. Recolectaron un nuevo fracaso por cuenta de “un terreno bastante inseguro, con roca que no admite los pitones”, en una “escalada bastante incómoda y nada recomendable”. Se consolaron con la entonces Tercera Punta, donde no descubrieron huellas de quienes les habían precedido desde al menos dos años antes. El grupo francoitaliano dejó una cajita-buzón que, a la postre, terminó sirviendo su nombre actual.

Lo dicho: la Guerra Civil aplazó el siguiente ensayo en Riglos hasta los años cuarenta. Otros escaladores, tanto catalanes como aragoneses, iban a retomar, ahora con pleno éxito, las embestidas contra las puntas del Fire. Un camino abierto por los bravos predecesores de 1933.

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Por Alberto Martínez

Alberto Martínez Embid practica el montañismo desde que era un crío. Últimamente llama la atención su faceta divulgadora, que se podría glosar como firmante de veinticinco libros y participante en veinticuatro colectivos, sin olvidarse de sus más de mil setecientos artículos. Casi todos, de temática pirenaica. Aunque se ha hecho acreedor de tres galardones de narrativa, seis de investigación histórica y siete de periodismo, se muestra especialmente orgulloso del Premio Desnivel de Literatura de Montaña de 2005.

9 respuestas a «Las escaladas inaugurales en Riglos»

Hace tiempo, hablando de escuelas de escalada, se decía que Riglos no era una escuela; era «la universidad» Con toda la razón del mundo, diría yo. No he llegado a subir muchas vías de Riglos, pero, desde luego, siempre las he vivido como algo muy especial.

Y una Universidad donde hay un «patio» que casi siempre impresiona… De todas formas, nuestro consocio Narciso Hidalgo hacía referencia (hace ochenta y tantos años) a esas pequeñas escuelas de escalada que, un poco a imitación de Les Gaillands de Chamonix, proliferaban un poco por toda Centroeuropa…

Alberto mi enhorabuena de nuevo. Te aseguro que he leido mucho sobre escalada de Riglos y no he visto nada ni de Gómez-Laguna ni de Arlaud. Es para preguntarse de que chistera mágica sacas tus datos. Por fovor sigue sacandolos para todos.

Bueno, Makako, todo ha salido un poco por todo, aquí y allí… Los últimos datos los obtuve en la primavera de 2019, cuando rastreaba entre los descendientes de sus protagonistas y amigos, esas vías de dificultad que, se decía por Montañeros, se recorrieron antes de la Guerra Civil: la arista de los Murciélagos al Aspe, la cresta del Diablo al Balaitús…, y la primera visita a la punta del Buzón del Fire en Riglos, claro.

Me alegro de que te guste, Luis. La verdad es que enfrentarse con la peculiaridades de la roca riglera en los años treinta tenía su mérito. En otro lugar del mundo, hubieran hecho películas y todo, pero estamos en Aragón, claro…

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