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La Hermana Leona en la montaña

Son raras las narraciones excursionistas escritas por mujeres y ambientadas en el siglo XIX. Por eso doy unos botes bien comprensibles cuando me encuentro de narices, aunque sea por pura casualidad, con una pieza como la que se puede hallar, un tanto escondida, en cierto libro de cuentos editado en 1942. Más todavía, tras descubrir la identidad de su autora.

Estoy hablando de esa obra firmada por Isak Dinesen, que no es sino uno de los seudónimos masculinizados (triste costumbre de antaño) de Karen Christentze Dinesen. Una danesa más conocida como la baronesa von Blixen. En efecto: se trata de la autora de esas Memorias de África en las que en 1985 se basó el film oscarizado de Sydney Pollack con reparto de Meryl Streep, Robert Redford, Klaus Maria Brandauer… Y esa banda sonora de John Barry que tantas veces hemos tarareado bajo la ducha. Pues la granjera en Kenia nos va a llevar hoy hasta las montañas noruegas.

Como es bien sabido en el mundillo literario, Karen fue también la creadora de los Cuentos que hoy revisaremos. Una obra que terminó en Copenhague cuando tenía cuarenta y nueve años de edad y África quedaba ya muy lejos en su horizonte. Un trabajo magnífico que le ganó el apodo de la “Scheherezade del Norte”. Muy justo, se podría apostillar.

Vamos antes con unos rápidos toquecillos biográficos. La Dinesen había nacido en 1885 en la localidad danesa de Rungsted. Su primer cuento fue fechado en el año 1907: Los Ermitaños. Sería el arranque de una actividad como escritora que retomó tras su regreso de 1931 a Copenhague con sus Siete cuentos góticos (1934), y luego con las ya citadas Memorias de África (1937)… Cinco años después de esta suerte de autobiografía keniata llegaba su tercera obra importante, la que le valdría una consagración definitiva…

Estos Cuentos de invierno en los que nos vamos a centrar llevaron una vida editorial bastante azarosa. Finalizados en plena ocupación germana de Dinamarca, los problemas para su tirada provocaron que Karen viajara con su manuscrito hasta la neutral Suecia, en cuya capital se entrevistó con representantes de las Embajadas de Gran Bretaña (en guerra contra los nazis) y de los Estados Unidos (todavía neutral). Finalmente, los diplomáticos de esta primera nación trasladaron el texto hasta Norteamérica, donde fue editado por primera vez, aunque traducido al inglés y sin que su autora tuviese noticia de ello. De hecho, la Dinesen se enteró del éxito de su narración justo al terminar la Segunda Guerra Mundial, cuando recibió cartas admirativas de ciertos lectores muy especiales: los soldados yankees que se maravillaron con la edición de bolsillo para sus Fuerzas Armadas…

Los relatos cortos que degustarán quienes se hagan con un ejemplar de este texto contienen no pocas sorpresas y giros argumentales, así como instantes de rara belleza. También podemos hallar entre estas páginas discretos mensajes sobre alguno de los ideales femeninos de la valiente granjera en Kenia, como en ese de “El pez” ambientado en el año 1286: “Las damas francesas, dijo, eran tan intrépidas en la silla como los hombres”. Además de una serie de detalles que, según ciertos analistas, ofrecen a los varones de ojos abiertos la posibilidad de obtener retazos del alma de las mujeres. Como, pongamos, a través de fragmentos de ese triste subcuento que el de “Peter y Rosa” brindaba:

“Un capitán puso a su barco el nombre de su esposa. Encargó un hermoso mascarón que reprodujera su imagen con el cabello dorado. Pero su mujer concibió celos del barco. Piensas más en ese mascarón que en mí, le dijo. No, contestó el marido; pienso tanto en él porque es igual que tú; porque eres tú misma. ¿No es airoso, de pechos llenos, y no baila en las olas como bailabas tú en nuestra boda? La verdad es que, en cierto modo, es más cariñoso que tú. Galopa cuando le digo que ande, deja en libertad su larga cabellera, mientras que tú embutes tu cabello debajo de un sombrero. Pero me vuelve la espalda, de manera que cuando quiero un beso tengo que regresar a [nuestra casa en] Elsinor […]”.

Sin destripar argumento alguno, busquemos ya los paisajes montaraces descritos por quien fuera apodada por los masai como la Hermana Leona. Forman sus Cuentos de invierno (1942) once relatos, casi todos ellos ambientados en diversas zonas de Escandinavia o en Centroeuropa. El quinto, “Las perlas”, constaba de diecinueve páginas cuya acción discurría en torno a dos recién casados daneses y a cierto collar de perlas del que no hablaré, para no reventar el final. Es un texto con ramalazos alpinísticos que algún crítico ha señalado como un ensayo desde la perspectiva femenina de la cuestión del valor y la cobardía.

El marco temporal de dicha narración es la víspera de la guerra entre Dinamarca por un lado, y Prusia con Austria por otro. Nos fecha, pues, la actividad que aquí nos interesa: dado que ese conflicto por la cuestión de los Ducados fronterizos arrancó en marzo de 1848, situaría el cuento hacia el verano de 1846 o, quizás, el de 1847. Claramente ubicado en unos escenarios de la región noruega de Odda, en torno a un fiordo cercado por montañas más que vertiginosas.

El argumento que nos propone Karen Dinesen se refiere a cierta boda en Copenhague un tanto de compromiso: la protagonista del relato, Jensine, era un bellezón de veinte años que, por lo que se decía, aportaba el dinero al enlace a cambio del título como barón Rosenkrantz que traía su marido, Alexander. Curiosamente, lo que parecía el clásico matrimonio decimonónico de conveniencia, iba a funcionar bien. Este cuento de clara autoría femenina se desarrollaba esencialmente durante una luna de miel entre cumbres de la que se podían extractar interesantes alusiones de corte montaraz:

“En aquel entonces hacer un viaje a Noruega era una empresa romántica, y las amigas de Jensine le preguntaron por qué no iban a París; pero a ella le atraía la idea de iniciar su vida de casada lejos de la civilización y a solas con su marido […].

”El paisaje de Noruega, en el que tuvo su primera experiencia de la pasión, contribuyó a hacer más abrumadoras sus impresiones. La Naturaleza estaba en su momento más glorioso. El cielo era azul, el cerezo silvestre florecía por todas partes e impregnaba el aire de una fragancia dulce y amarga, y las noches eran tan duras que se podía leer a media noche. Jensine, con crinolina y un bastón de montañero, subía por numerosos y empinados senderos del brazo de su marido…, o sola, ya que era fuerte y andariega. Se quedaba de pie, en lo alto de las cimas, con las ropas azotadas a su alrededor, y pensaba y pensaba. Había vivido siempre en Dinamarca, y un año en un internado en Lubeck, y su noción de la tierra era que debía de extenderse horizontalmente, plana y ondulada, a sus pies. Pero en estas montañas, extrañamente, todo parecía elevarse de manera vertical, como se levanta un gran animal sobre sus patas traseras, no se sabe si para jugar o aplastarla a una. Estaba más arriba de lo que había estado nunca, y el aire se le subía a la cabeza como el vino. Y hacia donde miraba, veía correr el agua, precipitarse desde las montañas inmensas a los lagos, en plateados arroyos o en rugientes cascadas nimbadas por el arco iris. Era como si la Naturaleza misma llorase, o riese, en voz ronca.

”Al principio, todo esto resultaba tan nuevo para ella que sentía que sus viejas nociones del mundo se henchían en todas direcciones, como se henchían su falda o su chal. Pero tardaron en converger sus impresiones en una sensación de la más profunda alarma, en un pánico como jamás había experimentado.

”Se había educado en un ambiente de prudencia y previsión […]. En casa, Jensine se había considerado a veces un espíritu atrevido, y había anhelado la aventura. Pero en este paisaje impresionantemente romántico, cogida por sorpresa, y abrumada por las fuerzas violentas, desconocidas y formidables que se agitaban en su corazón, miraba en torno suyo en busca de apoyo. ¿Dónde debía buscarlo? Su joven marido, que la había traído aquí, y con el que estaba a solas, no la podía ayudar. Muy al contrario, era la causa de la turbulencia que se agitaba en su interior, y se encontraba también, a los ojos de ella, particularmente expuesto a los peligros del mundo exterior. Pues muy poco después de la boda, Jensine se dio cuenta –como sin duda sabía ya, vagamente, desde que se conocieron– de que era un ser humano totalmente carente, e incapaz, de temor.

”Había leído historias sobre héroes en los libros, y los había admirado de todo corazón. Pero Alexander no era como los héroes de los libros. No desafiaba o vencía los peligros de este mundo, sino que ignoraba su existencia. Para él, las montañas eran un patio de recreo […]. Cuando finalmente [Alexander] la tomó en sus brazos, arriba en las cumbres, con el cielo como testigo, Jensine exclamó en su interior: Si es posible, aparta de mí este cáliz […].

”A partir de entonces [Jensine] se volvió más imprudente que él en las ascensiones. Se colocaba en el borde de un precipicio, apoyada en su sombrilla, y le preguntaba cómo era de profundo. Se balanceaba en estrechos y frágiles puentes, por encima de torrentes espumeantes, sin parar de parlotear […]. Por la noche soñaba con los peligros del día, y se despertaba gritando, de manera que él la cogía en sus brazos para tranquilizarla. Pero de nada servían estas temeridades. Su marido estaba encantado y sorprendido ante su transformación de modesta doncella en valkiria […].

”A veces, Alexander salía a pescar. Estas ocasiones las aprovechaba Jensine para estar sola y ordenar sus pensamientos. Entonces la joven esposa vagaba solitaria, figura minúscula en los montes, con su vestido de tela escocesa […].

”Un día que estaba sentada en una piedra, descansando, se acercaron unos niños que cuidaban ganado y se la quedaron mirando. Les llamó y les dio unos caramelos que llevaba en su pequeño bolso […]. En otro de sus paseos solitarios le vino a la cabeza el recuerdo de un joven de la oficina de su padre que había estado enamorado de ella […].

”Los dos jóvenes estaban tristes de tener que marcharse. Solo ahora se daba cuenta plenamente Jensine de la belleza del paisaje que la rodeaba, porque al final lo había convertido en su aliado. Aquí, pensaba, los peligros del mundo eran evidentes, estaban siempre a la vista […].

”Cuando regresaba [Jensine] divisó a un hombre bajo y corpulento, con sombrero negro y abrigo, que caminaba con paso vivo. Había un banco en el sendero desde el que se dominaba una vista magnífica. El hombre de negro se sentó en él, y Jensine, para quien era su último día en las montañas, se sentó también en el otro extremo […]. Un momento después se dirigió a ella con una leve sonrisa:

”–La he visto salir del taller del zapatero –dijo–. ¿No habrá perdido una suela en las montañas? […].

”Tras una pausa comentó:

”–Me han dicho que usted y su marido han venido de Dinamarca en viaje de novios. No es corriente eso: estas montañas son muy altas y peligrosas. ¿Quién de los dos sugirió venir aquí? ¿Usted?

”– –dijo ella.

”–Claro –dijo el desconocido–. Me lo figuraba: que quizá fuera él el pájaro que se remonta hacia arriba, y usted la brisa que lo lleva. ¿Conoce la cita? ¿Le dice algo?

”– –dijo ella, algo desconcertada.

”–Hacia arriba –dijo él, y se echó hacia atrás, en silencio, con las manos sobre el bastón. Al cabo de un rato prosiguió–: ¡Las cumbres! ¿Quién sabe?”.

Este último episodio un tanto surrealista narraba un encuentro, al parecer imaginario, con el célebre dramaturgo noruego Henrik Ibsen, en labores de recopilación de mitos populares sobre el terreno…

Fuera como fuese, así se vivía el montañismo femenino de 1847, trasladado al papel por una mujer en 1942. Una fantástica historia entre montañas noruegas de la célebre Hermana Leona de los masai. Como dijera Ibsen: Hacia arriba, hacia las cumbres

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Por Alberto Martínez

Alberto Martínez Embid practica el montañismo desde que era un crío. Últimamente llama la atención su faceta divulgadora, que se podría glosar como firmante de veinticinco libros y participante en veinticuatro colectivos, sin olvidarse de sus más de mil setecientos artículos. Casi todos, de temática pirenaica. Aunque se ha hecho acreedor de tres galardones de narrativa, seis de investigación histórica y siete de periodismo, se muestra especialmente orgulloso del Premio Desnivel de Literatura de Montaña de 2005.

4 respuestas a «La Hermana Leona en la montaña»

Bueno; lo voy a estirar durante los dos blogs siguientes y en el FB de todo este mes de marzo, ya que tengo mucho material en lista de espera… No sé si se nota que practiqué en cierto modo el montañismo femenino (en calidad de «huésped») unos meses antes de venir a este mundo… Celebro que te gusten estas iniciativas, José…

Estoy contigo, Luis, pues aunque no se abordan grandes gestas verticales, si atiendes a las fechas y a sus soberbias descripciones, comprendes la valía de estas referencias alpinísticas…

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