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Excursiones femeninas por Benasque en 1894

Me cuento entre quienes están entusiasmados con las Redes Sociales. Especialmente, como medio de intercambio de informaciones varias y de contacto entre colegas de todo tipo. Desde 2008 he podido completar, gracias a textos publicados en esta página o en medios similares, mi recolecta de datos con los proporcionados por lectores atentos como Roberto Aspiazu (el manuscrito de José de Viu en 1832), Conchita Grávalos (el informe sobre el fallecimiento de su padre en la Norte del Monte Perdido en 1953) o Ignasi De Quadras (el film de su progenitor sobre el esquí sallentino en 1933). Vamos: que las tres personas citadas localizaron en Internet algún artículo mío sobre estos temas y tuvieron la amabilidad de contactar para trasladarme cuanto sabían. Que no era poco.

Por suerte, he vuelto a recibir otra de esas comunicaciones que se originan a través de la Red. Esta vez ha sido una descendiente de Modesto Hernández Villaseca, el escritor de Rafal que firmara Jurar en vano en 1894. Esa novela escrita por el alicantino que sirve una interesante descripción de ascenso femenino al pico de Aneto.

El artículo que originó este nuevo episodio de colaboración lo publiqué dentro del número 107 de la revista Guayente en abril de 2017. Bajo el título de “Jurar en vano. Una visión novelesca del valle de Benasque en 1894”, andaba entre sus páginas 19 y 22. Como dicha publicación está subida en Internet, fue allí localizado por una sobrina bisnieta del creador de dicha novela llamada Alejandra Hernández Clemente. Quien no tuvo problemas para que le facilitaran mis señas desde la revista ribagorzana…

Mejor dejemos para el final de una segunda entrega los datos que obtuve sobre Hernández Villaescusa desde el seno de su propia familia. En este primer artículo nos centraremos en el motivo por el cual la novela Jurar en vano puede interesar a los pirineístas en general, y a los apasionados del Aneto o del montañismo nacional femenino en particular.

Para ello, he recurrido al texto de ese primer manuscrito que preparé para la publicación Guayente, aunque quitando la parte referida al sector de Castejón de Sos. Así, nos centraremos en las incursiones de los protagonistas de la novela por la alta montaña benasquesa. Tras eliminar varias conjeturas que planteaba hace cuatro años, dado que con las nuevas informaciones que acabo de recibir de Alejandra, algunas han pasado a mejor vida.

Vamos ya con la ficción de Hernández Villaescusa. Tuve primera noticia de su existencia a resultas de tropezarme, por pura casualidad, con una reseña promocional o literaria insertada en cierto periódico barcelonés. Se trataba de La Hormiga de Oro, donde se leían estas líneas el 7 de junio de 1894:

“Obra nueva: Jurar en vano. Novela, por don Modesto Hernández Villaescusa. De esta hermosa obra ha dicho un concienzudo crítico: Es toda ella el estudio de una pasión que se desarrolla naturalmente, hija de las exigencias y modo de ser de la moderna sociedad, que conmueve las pasiones y siembra la desventura en les familias que no saben resistirlas desde un principio […]. El autor, que nos tiene acostumbrados a leer las bellísimas descripciones de la naturaleza, las contiene superiores en esta novela, debiendo hacer mención de la pintura del valle de Benasque y de la ascensión a la montaña Maldita o monte Aneto, la cima más alta de los Pirineos. La recomendamos porque es un cuadro de realidad asombrosa, así como el desenlace, que cautiva y que conmueve hondamente el corazón”.

Me costó poco recurrir al buscador para obtener el PDF de esta narración de 200 páginas que tanto prometía y que a todos recomiendo leer de cabo a rabo. Sobre todo, en sus porciones centrales, las más montaraces. En efecto: de un modo sorpresivo, entre aquellas páginas me surgieron unas tan interesantes como enigmáticas peripecias en torno al Techo del Pirineo, editadas desde la Barcelona de 1894 y dedicadas a una dama llamada Antonieta Perxés y Prats. Era el libro de un autor que, posiblemente, jamás había aparecido por censo pirineísta alguno, con varias novelas en su haber. Pero nada como bucear primeramente por su argumento…

La obra, muy bien escrita y detallada, describía las aventuras sentimentales de Teodora, una veinteañera ampurdanesa. Quien se casaba por amor con cierto ingeniero, Ricardo de Mendoza, cuya familia procedía del valle de Benasque. Tras unos capítulos que discurren por la finca de la muchacha al norte de Gerona y en la ciudad de Barcelona, la trama ingresaba en el mundo pirineísta a partir de la página 127. El argumento cobra cota cuando Ricardo decide mostrar a Teodora la tierra de sus ancestros en Castejón de Sos, de la mano de unas familiares benasquesas: la tía Matilde y su hija Pilar. De una obra tan densa, apenas picotearemos sino en los párrafos más interesantes de sus andanzas por el Alto Ésera, como esa presentación que realiza la prima de Ricardo en la que respetaré su grafía original:

“Te gustará sobremanera —me decía—: es un país soberbio y poco conocido por los españoles. El río Ésera, que recorre todo el valle de Benasque, nace en los glaciares de los Montes Malditos, al pie de las cimas más altas de los Pirineos. Nadie ignora que el Guadiana se pierde en las entrañas de la tierra apareciendo en los Ojos de su nombre; pocos son los que saben que nuestro hermoso río, cuyo curso superior es una cadena de cascadas y remansos deliciosos, desaparece repentinamente, convertido en espantoso remolino, en la sima de Turmón, luego de atravesar el antiguo lago de La Ranclusa, y surge como una aparición, después de algunas horas de curso subterráneo, poco más allá del Hospicio de Benasque. Multitud de torrentes y riachuelos aumentan de continuo su caudal, que alimentan constantemente las nieves perpetuas que coronan las cumbres más elevadas de los Pirineos, la Maladetta, el Perdiguero, el Lardana, el Eristé, el Malibierne, la Castaneza, el Gallinero: los valles son amenísimos, de un verde sombrío que contrasta vivamente en muchos puntos con el color rojo encendido de los taludes que limitan el curso del río: inmensos bosques cubren las vertientes, y las soberbias cornisas que ostentan las montañas aparecen revestidas de guirnaldas de arbustos tan espesos, que parecen inmensas cabelleras aprisionando dulcemente la robusta cerviz de aquellas moles gigantescas… ¡Oh, cómo te gustará recorrer aquel país!”.

Un buen arranque del capítulo pirenaico, no cabe duda. Pero sigamos adelante con una trama que, casi desde el inicio, llevaba muchos boletos de ser imaginaria… Así, Teodora se allegó hasta la casona de Matilde sin pintar ningún viaje atroz desde Barcelona hasta la villa benasquesa, como era lo habitual en otros textos. Todo cuanto se desarrolla en esta Ribagorza dulce y gentil luce un tono de normalidad completamente alejado del exotismo exacerbado que se empeñaban en adjudicarle los escritores arribados desde otras latitudes. Ni que decir tiene, la ampurdanesa quedó cautivada con cuanto veía y detallaba a los lectores:

“Benasque es una pequeña población de 1.500 almas, a 1.143 metros sobre el nivel del mar, sumamente pintoresca, y muy propia para centro de excursiones: su calle mayor es una preciosidad histórica, con sus casas antiquísimas, sus numerosas estatuas y curiosísimas inscripciones. Tiene una hermosa iglesia bizantina, en la que se admira un soberbio crucifijo de plata del siglo XI; el pueblo está situado a la izquierda del Ésera, de ese afortunado río que tiene el privilegio de nacer en el punto más alto de los Pirineos. Sus habitantes son honrados y laboriosos, y sostienen un comercio activísimo, especialmente en ganado mular.

”Nos habíamos instalado en la vieja mansión de nuestra tía, una especie de castillo feudal que nos recordaba los tiempos de la Reconquista, convertido por exigencias de la época en poderosa casa de labranza. Yo me encontraba a mis anchas en aquel vasto edificio que me recordaba los días felices de mi juventud: edificado al pie de la montaña, cerca del río, domina el delicioso valle, que ofrece por todos lados admirables perspectivas; una inmensa cerca que, arrancando de los costados de la casa, asciende por la falda del monte, encerrando entre sus paredes extensión considerable de terreno, transformado en prados amenísimos y frondosos parques”.

Toca ya ir ganando altitud. Porque la protagonista de Jurar en vano realizaría junto a Pilar pequeñas excursiones por los alrededores de Benasque. Pronto, estos paseos se les quedaron cortos. Así pues, decidieron organizar una marcha hasta el ibón de Batisielles junto con Ricardo y “dos pastores de la casa nos sirvieron de guías, con otro mozo conducía las provisiones en un mulo”. Veamos cómo discurriría el arranque de sus peripecias montaraces:

“Seguíamos la orilla izquierda del Ésera, cuyos continuos murmullos contribuían poderosamente a dar variedad al espectáculo: con frecuencia atravesábamos pequeñas corrientes que bajaban de las altas cumbres a engrosar el caudal del río; cada riachuelo suponía un valle; cada torrente, multitud de arterias que se unían sucesivamente, surcando las frondosas laderas, en el fondo del valle. Al principio nos alumbró la luna, cuyo pálido resplandor dibujaban en las macizas y lejanas moles fantásticas figuras, a las que los guías daban nombres adecuados que despertaban la idea de monstruos y animales imaginarios; poco después vimos aparecer por el Oriente ráfagas de púrpura, en las que se bañaban, flotando en el fondo del firmamento, vaporosas nubecillas; empezaba el día, tomaban cuerpo y forma propia los objetos, y por todas partes oíamos las esquilas del ganado que pacía por los prados y vertientes.

”A media hora del pueblo encontramos el puente de Cubera, que pone en comunicación el valle del Ésera con el de los Astos de Benasque, atravesado también por el río de su nombre. Pasamos el puente, y entramos en el otro valle, remontando la orilla izquierda del Astos, que cruzamos al poco rato, siguiendo por la derecha del río: el país está cubierto de bosques inmensos de pinos rojos, pero el valle de los Astos de Benasque es tan hermoso como el del Ésera. Un ruido extraño llamó a poco mi atención […].

”Después de almorzar, volvimos a emprender la ruta; el sol picaba mucho; eran las seis de la mañana, y Ricardo nos daba prisa para ganar la cabaña de Turmes, donde suelen hacer noche los excursionistas franceses. Allí descansamos media hora; nos quedaba que recorrer la parte de camino más árida y peligrosa. Después de la cabaña, empezamos la ascensión de una vertiente sembrada de enormes rocas desprendidas de las cumbres, siempre en dirección al sur, hasta que entramos en una árida garganta, torciendo la marcha al suroeste, y ganando el collado de Batisiellas, desde donde vimos el soberbio lago.

”Yo no pude contener una exclamación de asombro: aquello era soberanamente hermoso. El gran lago, encerrado entre aquellas altísimas montañas, parecía cosa de encantamiento; asemejábase a un inmenso espejo de esmeralda engarzado en maravilloso marco de granito; podía comparársele a una copa gigantesca, llena de misterioso líquido”.

Lamentando los recortes de estas hermosas descripciones que por fuerza hay que realizar, saltaremos hasta la siguiente experiencia andarina de nuestros protagonistas. Ni más ni menos que al pico de Aneto, tras reforzarse con “dos cazadores de Benasque, colonos de mi tía, con provisiones, cuerdas, hachas y armas en abundancia, como si se tratara de una expedición al Polo Norte”. El plan era pernoctar en el Hospital de Benasque y, al día siguiente, cobrarse el Techo de los Pirineos por su normal de los Portillones de la Maladeta. Una ruta cuya meticulosidad y detalle hará que más de un lector se pregunte si Hernández Villaescusa la realizó en persona, o bien recurrió a otros testimonios, ya verbales, ya escritos. Extractemos alguno de los pasajes llamativos de esta aproximación:

”Pasamos el pequeño desfiladero, y desembocamos en una hermosísima pradera, regada por multitud de riachuelos que bajan confundirse, en el fondo de aquel delicioso edén, con el río principal. Vuelven otra vez a estrecharse las montañas: el terreno es abrupto, pero el camino no es difícil; a la salida del desfiladero, encontramos, a nuestra izquierda, el valle de Litayroles, surcado por el río de su nombre, y poco después, a la derecha, la estrecha garganta que sirve de lecho al torrente de Querigueila, que baja del gran lago de su nombre: poco después llegamos a los Baños de Benasque. El edificio, situado sobre una amplia terraza, a laizquierda del río, tiene una vista magnífica: su vastafachada domina el Ésera, que corre a muchosmetros de profundidad, por el fondo de un verdaderoprecipicio. El establecimiento de baños cuentacon seis fuentes sulfurosas, y dista del camino veintemetros: hay allí una excelente fonda.

”A las ocho y media de la noche llegábamos al Hospicio, después de haber contemplado la confluencia de Ramuny con el Ésera y la hermosísima cascada de Aguas Pasas. Nos acostamos muy temprano, pues debíamos madrugar al día siguiente. El Hospicio de Benasque, a 1.705 metros de elevación, es un hermoso centro de excursiones: el edificio es nuevo; en él pueden alojarse cómodamente veintidós personas, y sirve también de aduana española.

”Al día siguiente, a las dos de la mañana, abandonamos aquella hospitalaria mansión, y emprendimos la ruta del puerto de Benasque, límite de España: atravesamos el Ésera, que habíamos remontado por su orilla derecha, desembocando en un espacioso prado, regado por multitud de pequeñas corrientes; al salir del prado, seguimos el curso del río, convertido en multitud de pequeños lagos, de donde le viene a aquella región el nombre de Llano de los Estanques; a las tres de la madrugada llegamos al puerto de Benasque, a 2.417 metros; debíamos subir todavía para alcanzar la cima del Aneto cerca de 1.000 metros, que representaban seis horas y media de camino, casi todo a pie. Tomamos un refrigerio en la cantina española del puerto de Benasque, y emprendimos la ascensión a la luz de la aurora. Aquella naturaleza iba adquiriendo un aspecto grandioso, superior a toda ponderación: el frío era muy intenso; yo miraba sin cesar al Oriente, deseando con ansiedad que apareciera el astro del día para bañarme en sus ondas bienhechoras.

”Pasamos las fuentecillas de peña Blanca, y Ricardo nos hizo escalar un pequeño promontorio que domina, a la derecha, el puerto de Picada, asegurándome que iba a contemplar un panorama magnífico. No me arrepentí: al sur vi destacarse la soberbia mole de los Montes Malditos; quedé como agobiada por aquella grandiosidad de la naturaleza. Al principio creí que podía tocar con la mano aquella ingente cumbre, blanca como sudario inmaculado, sobre la cual se reflejaban las rosadas tintas de la aurora. Era el Viejo Pirineo, el testigo de las edades, el guardián de los siglos, contemplando con sublime impavidez los trastornos que la robusta mano del tiempo produjera en torno suyo, sin lograr conmover sus entrañas de granito. Estaba allí, envuelto en el silencio solemne de las grandes soledades, hendiendo con su frente indomable y poderosa la inmensidad subyugadora del espacio, desafiando el pavoroso fragor de las tormentas, la rabia asoladora de los vendavales, la acción corrosiva de los ventisqueros que se albergan en su regazo de gigante […].

”A las cinco de la mañana llegábamos a La Ranclusa, antiguo lago, hoy convertido en lecho del Ésera, encerrado en un círculo de enormes peñascos que amenazan precipitarse en el abismo. Allí desaparece el río en la Sima de Turmón: las aguas se precipitan bramando en aquel horrible remolino, perdiéndose en las entrañas de la tierra. El panorama iba presentándose cada vez más salvaje; el sol quemaba como el fuego, pero si esquivábamos sus rayos, tiritábamos de frío; el terreno aparecía unas veces cubierto de césped, otras convertido en un archipiélago de enormes cantos graníticos transportados al fondo de la vertiente por los pavorosos ventisqueros que se desencadenan en los formidables repliegues y gargantas: en algunos valles abrigados, vimos unos cuantos árboles raquíticos”.

Una vez finalizada la marcha hasta el pie de los Montes Malditos por parte de los protagonistas de Jurar en vano, dejemos que se preparen para la gran prueba. En la siguiente entrega Modesto Hernández Villaescusa nos conducirá hasta el pico de Aneto. Quién sabe si a resultas de una experiencia real o imaginaria…

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Por Alberto Martínez

Alberto Martínez Embid practica el montañismo desde que era un crío. Últimamente llama la atención su faceta divulgadora, que se podría glosar como firmante de veinticinco libros y participante en veinticuatro colectivos, sin olvidarse de sus más de mil setecientos artículos. Casi todos, de temática pirenaica. Aunque se ha hecho acreedor de tres galardones de narrativa, seis de investigación histórica y siete de periodismo, se muestra especialmente orgulloso del Premio Desnivel de Literatura de Montaña de 2005.

2 respuestas a «Excursiones femeninas por Benasque en 1894»

Hola de nuevo, Luis… Bueno, tal y como digo en el texto, el libro de «Jurar en vano» me surgió un tanto por curiosidad, cuando «pescaba» por la Hemeroteca de la Biblioteca Nacional introduciendo en el buscador una serie de palabras que suelen dar buen resultado. Algo que hago con cierta periodicidad por Gallica, por cierto… La maravilla es que te localicen a través de tus textos personas implicadas más o menos directamente en los hechos que simplemente me limito a airear, y que accedan a colaborar, completando los datos con sus testimonios o documentos. En tales casos, doy las gracias que no veas a ese Internet sin el cual difícilmente se hubieran producido tan fructíferos contactos…

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