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Alberto Martínez

Visitas novelescas de mujeres al Aneto

Seguiremos un poco más alojados en el universo del escritor alicantino Modesto Hernández Villaescusa, firmante de las doscientas páginas de Jurar en vano (Barcelona, 1894). O, mejor aún, acompañaremos en un entretenido ascenso al pico de Aneto a sus protagonistas. A quienes, en la entrada previa, dejamos en el viejo refugio-balma de la Renclusa que se hallaba donde hoy está la capilla del edificio moderno.

La heroína de esta novela, Teodora, y la prima de su marido, Pilar, junto con Ricardo, el esposo de marras, y unos guías benasqueses, de este modo abordarían la subida por la ruta de los Portillones hacia el Techo del Pirineo, según la toponimia de la época:

“Aparecieron las primeras nieves: yo no daba crédito a mis ojos. Me detuve un momento a contemplar aquella maravilla, y luego eché a correr, seguida de Pilar, y hundí mis manos con delicia en aquel inmaculado y esponjoso campo de blondas y encajes primorosos. Ricardo nos dijo que aquella nieve era reciente, y que la enorme garganta que la contenía estaba repleta de témpanos de hielo sobre los cuales se aglomeraba la que cala cada noche: yo tuve miedo y me retiré al punto; me parecía que iba a hundirme en aquel abismo pavoroso, surcado a veces por enormes grietas que llegaban hasta el fondo […].

“Ascendimos con mucha fatiga al collado de Portillón, de 2.908 metros: teníamos a nuestra derecha el ventisquero de la Maladetta; a la izquierda, el del Aneto; acabábamos de llegar al punto más difícil del camino. Los guías desplegaron las cuerdas, a las cuales teníamos que asirnos para salvar las horribles cortaduras, a veces veladas por la nieve, en las cuales han desaparecido no pocos excursionistas: dos hombres nos acompañaban constantemente a Pilar y a mí. Ricardo sudaba de angustia.

”Por fin, después de mil peligros y fatigas, ganamos el borde de un embudo, en cuyo fondo vimos el lago de Coronas completamente helado. Nos hallábamos a 3.173 metros de elevación. Abandonamos un momento el camino para subir a la Cúpula, primera cima del Aneto; de allí, trepando por el Puente de Mohamed, arista muy aguda que conduce a la más elevada cumbre de los Pirineos, llegamos al punto culminante del Aneto. ¡Habíamos salvado el verdadero mar de hielo que cubría las espaldas del gigante cual inmenso manto inmaculado, ynos encontrábamos a 3.404 metros sobre el nivel de las aguas del Océano!

”Sobre una espaciosa plataforma de veinte metros de larga por cuatro o cinco de ancha, aislados en el fondo del espacio que fulguraba a la intensa reverberación del sol en los temibles ventisqueros, aparecíamos, cual náufragos desventurados arrojados a la cima de un peñasco por las ondas espumosas de un mar embravecido.

”Y a nada mejor que a un mar horrorosamente alborotado podía compararse el grandioso panorama que se desarrollaba ante nuestra absorta vista. El día estaba espléndido: a uno y otro lado de la plataforma se descubría un verdadero caos de montañas y precipicios, de informes masas de granito que parecían estremecerse a cada movimiento de las enrarecidas ondas, como si estuvieran agitadas sus entrañas por imponente y destructora cólera; un frío glacial circulaba por nuestro cuerpo al contemplar aquellos abismos horrorosos que nos atraían con irresistible fuerza, con un poder magnético invencible, obligándonos a separar de ellos la vista con pavor horripilante. Y al mirar la fragosidad de aquel informe caos de montañas agrupadas sin orden ni concierto en el amplio regazo del coloso cuyas estribaciones se confundían con los límites del horizonte; al pensar que los abismos que lo circundaban se introducían en sus entrañas, como si quisieran socavar su base para derruir su imperio, sepultándolo en el seno de sus tinieblas profundísimas; al distinguir que la aguda arista que nos había conducido a la altanera cumbre, hendiendo la inmensa sábana de hielo, se asemejaba a la hoja dentellada de un alfanje monstruoso…, multitud de fatídicas ideas conturbaban nuestro corazón. ¿Cómo habíamos podido ascender hasta la cumbre, hollando aquella corva y acerada hoja damasquina? ¿Era posible que descendiéramos por el mismo punto? ¿Qué iba a ser de nosotros si nos sorprendía una tormenta, si se desencadenaba un vendaval, si un terremoto conmovía las entrañas del gigante…?”.

De esta forma discurriría la, hasta la fecha, primera visita (¿novelada?) de un grupo español al Aneto. En la que participaron dos jóvenes españolas: una catalana, nativa del Ampurdán, y una aragonesa, nacida en Benasque. La trama continuaba tanto en Luchon como en Castejón de Sos, donde finalmente se instalaba la pareja protagonista. Sin embargo, no adelantaré aquí la resolución de los amores y desencuentros de Teodora y Ricardo. Solo añadiré a que en la última página se explicaba el título de este Jurar en vano (1894): una alusión a lo prudente que resulta la ruptura de los juramentos cuando estos se realizan en estado sulfuroso…

Por lo demás, podemos completar las escenas de montaña que Teodora obsequiaba a los lectores mediante uno de los tan frecuentes como hermosos textos que le dedicó al Alto Ésera. Son unas líneas que, de conocerse en Aragón, hubieran servido como inmejorable promoción turística…, ni más ni menos que desde las mismas añadas finales del siglo XIX:

“Los días que permanecí en Benasque dejaron en mi corazón gratísimos recuerdos. No había contemplado nunca panoramas tan grandiosos como los que ofrece aquel informe conjunto de moles gigantescas, de esplendorosos valles, de pintorescos saltos de agua, de cascadas, remansos, corrientes, lagos y glaciares. Contemplar uno de aquellos cristalinos lagos a tan prodigiosa altura es un espectáculo sorprendente y magnífico sobre toda ponderación: parece que se encuentra uno en la orilla del mar; el viento riza las ondas, y las embravece en ocasiones, haciéndolas quebrarse contra las rocas y acantilados que circundan aquellos purísimos espejos, donde se miran las estrellas que tachonan el firmamento en las esplendentes noches pirenaicas; el color de las aguas, de inmaculada transparencia, ofrece curiosísimos matices, en armonía con la situación de las montañas, con la profundidad del fondo, con la vegetación de las laderas, con el estado del cielo, con la pureza del ambiente.

”La naturaleza siempre está de fiesta, siempre alegre, siempre en movimiento. Ordinariamente amanece un día sereno y despejado; las cumbres más elevadas parece que se aproximan, que pueden tocarse con la mano; el sol salva esplendoroso y magnífico la gigante cordillera, y quema como el fuego. Todo se reanima: los ganados pueblan las vertientes, pastando la fresca yerba de los prados; la vegetación exuberante e injuriosa que cubre las orillas de los arroyos y torrentes aparece embalsamada de rocío, que se desprende en abundantes gotas por los extremos de las hojas, humedeciendo las ramas y troncos de los árboles, y aumentando extraordinariamente el tono sombrío del follaje; la niebla que en capas espesas duerme amontonada en el fondo de los valles, ocultando los soberbios contrafuertes de las montañas, se despierta ä los abrasadores besos del sol, se hincha, se revuelve sobre sí misma, sin embates ni violencias, coqueteando dulcemente, y en caprichosos globos y columnas, escala las vertientes y se desvanece en las alturas, si no encuentra a su paso alguna corriente poderosa que la obliga a replegarse sobre sí misma en imponentes remolinos, ahorquillándola, arrollándola en caprichosas espirales, rompiéndola en girones, y transportándola con vertiginosa rapidez a las lejanas”.

Imagino que estos escorzos novelescos habrán suscitado no pocos interrogantes sobre la veracidad de las ascensiones narradas y sobre las fuentes de documentación de su autor. Porque Jurar en vano ¿se basaba en hechos reales o era un texto de pura ficción? Las explicaciones llegaron en diciembre de 2020 a resultas de una charla telefónica con Alejandra Hernández Clemente, sobrina bisnieta del escritor de Rafal.

Comencemos extractando hacia el terreno de lo montaraz las notas que tomé durante aquella conversación cordial… Arrancando con el creador de la trama, Modesto Hernández Villaescusa, Alejandra me contó que su antepasado había estudiado Filosofía en Barcelona. Era un hombre de formación sólida que hablaba alemán, francés, italiano e inglés que, desde muy joven, se dedicó a la traducción de textos. La obra que hoy nos ocupa quedó terminada el 28 de enero de 1894, siendo publicada en esa misma añada. Por entonces, su firmante daba clases en un colegio de Palafrugell. Localidad gerundense donde conoció a su novia, a quien dedicó esta novela: Antonieta Perxés y Prats. Se casó con ella justo al año siguiente.

Por añadidura, hay constancia de que Hernández Villaescusa era un excursionista. Poco extraña que gustara introducir bellas descripciones de naturaleza en sus textos. Sin duda alguna, una afición por lo campestre nacida en su patria chica, durante los paseos por la Vega del Segura. Pero a nuestro erudito también le interesaban otras actividades al aire libre, como la recolecta de fósiles e incluso la arqueología. Parece lógico, pues, que siguiera con sus marchas por diversas zonas de la campiña de Olot y de sus alrededores. Se sabe que al menos organizó cierta excursión a Montserrat. Sin embargo, por el momento no se le conoce visita alguna al valle de Benasque o al Luchonado. En realidad, hasta ahora no han aparecido rastros de movimientos más o menos montañeros en su currículo. No hasta la fecha…

Su descendiente, Alejandra, piensa que los datos para escribir Jurar en vano fueron obtenidos de libros de excursionismo, posiblemente en francés. La sobrina bisnieta del autor piensa seguir rastreando entre los textos y documentos de la familia, donde quizás surja alguna prueba de un periplo en torno a Benasque que aclare las incógnitas que todavía suscitan las interesantes descripciones montañeras del libro. De hecho, llama mucho la atención que los recorridos referidos se llevaran a cabo desde el flanco ribagorzano del Aneto, una ruta nada frecuente entre los visitantes foráneos de 1894. En cuanto a los tan discretos como hipotéticos montañeros hispanos que posiblemente hubo, pues eso: todavía guardan silencio sobre sus aventuras benasquesas…

Crucemos los dedos para que se descubra algún diario o colección fotográfica que logre que Modesto Hernández Villaescusa ingrese con todos los honores dentro de la crónica pirineísta. En su apartado deportivo, claro está, pues ya lo ha hecho en el literario, y de un modo tan sorpresivo como brillante. O quizás como viajero-divulgador que acudió en pos del Techo del Pirineo para buscar la información con la que construyó su trama.

Los aragoneses en general y los benasqueses en particular pueden alegrarse por la resurrección de esta novela escrita por un alicantino. Muchos años antes de las promociones del Alto Aragón, ciertamente meritorias, realizadas por el parisino Lucien Briet. Pues Modesto Hernández Villaescusa, al menos sobre los territorios de la pluma y el tintero, ¡nunca juró en vano…!

Aprovecharé para seguir tentando a la suerte: ¿alguno de los amables lectores de esta página sabe algo de José Duaso, ese capellán de Fernando VII que firmó un ascenso al Monte Perdido, tal y como anotara Pascual Madoz a mediados del siglo XIX…? En caso afirmativo, por favor: que lo difunda desde donde sea, que andamos muy necesitados de textos decimonónicos nacionales…

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Por Alberto Martínez

Alberto Martínez Embid practica el montañismo desde que era un crío. Últimamente llama la atención su faceta divulgadora, que se podría glosar como firmante de veinticinco libros y participante en veinticuatro colectivos, sin olvidarse de sus más de mil setecientos artículos. Casi todos, de temática pirenaica. Aunque se ha hecho acreedor de tres galardones de narrativa, seis de investigación histórica y siete de periodismo, se muestra especialmente orgulloso del Premio Desnivel de Literatura de Montaña de 2005.

3 respuestas a «Visitas novelescas de mujeres al Aneto»

El texto es magnífico, por más que a los usos actuales pueda parecer algo recargado. Pero hay que afirmar que lo bien hecho, bien hecho está. Tan solo hay que intentar ponerse en la época en la que fue escrito. Por lo demás, si el autor no estuvo en el Aneto, al menos se preocupó de documentarse exhaustivamente, porque la descripción es bastante precisa y correcta, aunque quizá en exceso teatral.

Sí, si que resulta interesante, José, sobre todo, por esa falta de antecedentes literarios hasta ahora. De hecho, aunque novelada, esta descripción del ascenso al Aneto, diría que es toda una primicia en Aragón, y acaso en toda la vertiente sur de la cadena…

Nada como recomendar que se acceda a la noticia que daba al tema Alejandra Hernández Clemente. Si se desea, se puede leer desde aquí el artículo que originó esta historia en la revista “Guayente” (páginas 19 a 22) y, mucho mejor, el texto de “Jurar en vano” (tema Benasque, a partir de la página 127) de la Biblioteca Nacional de España:
arcarafal.es/2020/12/22/el-valle-de-benasque-huesca-y-el-escritor-rafaleno-modesto-hernandez-villaescusa/

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