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¿Dos visiones del panticuto?

Regresamos a las polémicas en torno a la toponimia altoaragonesa. Sin embargo, por un día postergaremos nuestras romerías en busca de nombres autóctonos de Tresmiles para, a cambio, efectuar un descanso por las zonas pobladas de Panticosa. Merece la pena esta breve pausa con objeto de observar, desde las inmediaciones de la población tensina, un par de perspectivas sobre la lengua local. Como poco, sorprenderán en el gremio montañero.

Así, a través de la obra escrita de dos respetados filólogos se pueden constatar ciertas diferencias en sus respectivos enfoques, siempre dignos de respeto. Vamos: lo que hasta un profano intuye que aflora cuando aborda cuestiones lingüísticas alguien nacido en Zaragoza y quien lo ha hecho en Panticosa. Aunque sus estudios tengan objetivos diferenciados: en un caso se trataba de la gramática; en otro, de la toponimia panticuta. Por hoy no miraremos gran cosa hacia las alturas del Alto Gállego.

Pasemos ya a la obra del primer erudito: Francho Nagore Laín, un zaragozano a quien el Instituto de Estudios Altoaragoneses editó El aragonés de Panticosa. Gramática en 1986. En realidad, era un estudio algo más añejo: una tesis de licenciatura bajo la dirección de Tomás Buesa Oliver que salía a la calle con diez años de demora y alguna actualización. Es un fenómeno que hoy se observa con frecuencia: el interés de ciertos lingüistas de la Tierra Llana por cuanto charran los nativos (o lo que hablaban en el pasado) en las cercanías de la muga con Francia…

El propio autor de esta Gramática declaraba que su interés por las lenguas locales arrancó a partir de cierto viaje por la Bal en 1973, cuando visitó Sallent y Lanuza. Parece que obtuvo la materia prima para su trabajo a lo largo de cinco estancias de duración variable, pues oscilaron desde un día hasta un mes. Es un primer dato chocante que a algún lector objetivo habrá hecho levantar una ceja si antes ha oído hablar de los célebres “veinte años” de recolectas de Jean-Joseph Saroïhandy. Y, sobre todo, a quienes recuerden estudios toponímicos de alta cota, realizados a la antigua usanza, como los de Franz Schrader en los Pirineos centrales o Henri Sallenave en Ossau…, ¡de unas treinta o cuarenta añadas de duración! E incluso esos otros, no menos prolongados en el tiempo, acometidos por gente del lugar como Alphonse Meillon en torno al Vignemale. En fin; de todo hay en la viña (toponímica) del Señor.

Por lo demás, Nagore Laín no pareció decantarse en exceso, o al menos se diría que no lo reseñó de una forma clara, por investigar en archivos: mapas, catastros, textos añejos… Aunque, eso sí, presentó una potente bibliografía como cierre de obra. En esencia, se supone que su Aragonés de Panticosa recogió los resultados de encuestas entre la población autóctona.

Las páginas de este trabajo sirven de un modo recurrente cierto tema que, desde una visión actual, no deja de sorprender por su tono un tanto victimista y casi hasta dramático. En las “consideraciones generales” señalaba Francho Nagore las causas por las que, según él, el idioma panticuto se hallara en retirada o mostrase problemas de mestizaje con el español:

“Aparte del turismo, las influencias castellanizadoras son las normales: la escuela, donde no se fomenta el uso del habla local sino todo lo contrario; la radio y mucho más la televisión, que tiene gran audiencia en un pueblo donde no hay cine y sí largos días inactivos en el frío invierno; la guarnición de la guardia civil y sus familias, mayoritariamente de origen extremeño, andaluz y castellano; la predicación y oficios religiosos, que se han dicho siempre en castellano: el servicio militar y los estudios medios y superiores, realizados fuera del Valle”.

Poco más adelante, Nagore Laín retomaba la misma cuestión, si bien aludiendo a otras lenguas de ese sector del Alto Gállego:

“Si intentamos buscar alguna causa a esa diferencia de conservación del aragonés, pienso que hay que remitirse a las grandes obras públicas acometidas tras la guerra. Personas de Sallent me han asegurado que allí era muy normal antes de la guerra hablar en aragonés, aunque siempre las grandes familias han tenido cierto prurito de hablar bien. El alojamiento de veraneantes en casas particulares era ya frecuente en la década de los años cuarenta en Sallent y otros pueblos del Valle. Esto seguramente influyó, pues el número de los forasteros era igual o mayor que el de los habitantes de la localidad durante la época estival.

”Pero, además, en Sallent se ha explotado durante cierto tiempo, desde 1940, una mina de antracita, en que trabajaban unos diecisiete mineros asturianos, y un yacimiento de espato de flúor, todavía explotado en 1973, con trabajadores andaluces especialmente.

”Y sobre todo hay que contar con las grandes obras del Coto Hidraúlico de la Cabecera del Gallego. Hacia 1944-1946 trabajaban ahí unos mil obreros, la mayoría andaluces, mientras sus familias se alojaban en casas particulares de Sallent. Calculando a tres o cuatro miembros por familia, tenemos que había en Sallent por lo menos tres mil castellanohablantes, frente a quinientos habitantes locales, que además tendrían el aragonés muy deteriorado. Si a esto añadimos todavía la guarnición de guardia civil y personal de aduanas, se hace comprensible la mayor castellanización de Sallent, frente a Panticosa”.

¡Caramba! Uno se pregunta si la solución al paulatino ocaso de ciertas lenguas pirenaicas, según el estudioso (y algún otro que más tarde revisaremos), se hubiera impedido cerrando los hoteles, las minas e incluso los cuartelillos de la Guardia Civil en la Bal. O, ya puestos, impidiendo que los nativos viajaran más allá de Santa Elena. Quizás, ahora mismo alguien de esta cuerda sueñe con purgar Internet para meterle un frenado al avance del español (¿el de acento andaluz, extremeño o asturiano?), e incluso la no menos pérfida penetración del inglés. Enseguida contrastaremos estas consideraciones con las del filólogo local…

Continuando con nuestro siempre admirado estudioso de Zaragoza, hay que retomar la cuestión de sus “informantes”. Un tema que a algún lector sensible puede resultar incluso violento. Pues aunque Francho Nagore mostrase un afán clarificador muy encomiable que ojalá hubieran lucido en 2017 expertos como Pascual Miguel, Chesús Casaus, José Antonio Saura y demás colegas de la Comisión Asesora de Toponimia, sin embargo, creo que ciertas opiniones sobre gente de Panticosa (que se brindó a ayudar de un modo u otro) se las hubiese tenido que guardar. O expresar de un modo más suave y, digamos, diplomático. Si es que conocía mínimamente el alma montañesa. Veamos algún ejemplo que, la verdad, su reproducción todavía produce un puntillo de pudor treinta y cinco añadas después:

“Sixto Guillén, de Casa Balen. De 48 años. Es, junto con el anterior, uno de los mejores conocedores y practicadores del habla local. Informador difícil, de inteligencia lenta. Gracioso y bebedor, las mejores informaciones las daba espontáneamente, precisamente cuando no se le preguntaba.

”Antonio Belío, de Casa Plan. De 77 años. Ha pasado 27 invernadas en la Ribera del Ebro. Muy mal informador, pues no presta atención ni interés, aunque conoce muy bien el habla local y la usa con frecuencia”.

Lo dicho: ciertos juicios, quien sabe hasta qué punto objetivos (y, muy probablemente, algo ofensivos), mejor no ponerlos en negro sobre blanco. Máxime, disponiendo de diez años de tiempo para su revisión. Algunos urbanitas parecen desconocer la realidad rural altoaragonesa. O acaso les pueda su fundamentalismo idiomático.

Pero llevemos ya el ascua a nuestra sardina. Por desgracia para los pirineístas, Nagore Laín apenas prestó atención a esas cumbres, ¡más que evidentes!, de Panticosa: aunque bien se ve que estamos ante una Gramática, sorprende que entre los topónimos que recogió por sus páginas no hubiera ni un Tresmil. Cuando tales montañas se muestran de un modo bien ostentoso desde muchas zonas habitadas. Se podía descubrir alguna que otra elevación o paraje montaraz como “A Partácua”, “O Tozal de ro Patro”, “Rincón de ro Berde”, “O barranco d’a Ripera”, “Peiraluns”, “Luniacha”, “Lacuniachas” o “Zarratiecho”. Y en cuanto nos situamos mínimamente en el territorio del sarrio, hallamos este comentario que realizaba el filólogo:

“Fue oída, sin embargo, la forma Gramatuero de un topónimo local en un sujeto, apresurándose a corregirle otro, diciendo que era Bramatuero. Como la equivalencia fonética g = b es un fenómeno muy común en el Altoaragón, no creo que haya que darle demasiada importancia”.

De nuevo la misma historia: ¿merece la pena introducir cambio alguno en los mapas de montaña cuando se aprecia con harta frecuencia que, a distintos informantes, diferentes versionados? Ha sucedido en infinidad de ocasiones. Saliendo de Tena, véase el ejemplo de esas Tres Sorores a las que Henry Russell y Lucas Mallada dieron varias denominaciones autóctonas entre 1866 y 1878: desde Tres Erodes…, hasta Tres Serós, Tercerós y Treserodes (curiosamente, no registraron el hoy hegemónico Treserols). Vamos, que algún jerarca de la Sociedad Anónima PRAMES o de la Consejería de Vertebración Territorial, Movilidad y Vivienda tendría que explicarnos quién toma las decisiones unificadoras e impositivas al respecto… Y, sobre todo, en qué consideraciones objetivas se basan. Fuera del “porque yo lo valgo”, si puede ser.

Hablando de variantes curiosas: en esa Gramática “de Panticosa” que firmara Francho Nagore Laín en 1976-1986, ¿dónde quedaba cierta “Pandicosa” que no tardaría en colear desde los trabajos de PRAMES SA? Porque creo que no comparecía ni una sola vez por el libro que hoy abordamos. Sí que lo hacía, y con verdadera profusión, por el capítulo de este estudioso zaragozano dentro del libro coral sobre la Comarca del Alto Gállego (2003). ¿Fue debido a un descubrimiento tardío o a una conversión repentina? Buenos mares de dudas nos dejan los detalles de este tipo…

Cambio de tercio. Para variar de perspectiva, se puede recurrir a un natural de Panticosa: Juan José Guillén Calvo, autor de cierta Toponimia del valle de Tena que fue tirada por la Institución Fernando el Católico en 1981. Era una tesis doctoral de 1979, igualmente dirigida por Tomás Buesa Oliver. A mi entender, una obra imprescindible de la que en 2006 hubo una adaptación por parte de Comuniter dirigida al gran público que portó como título: Los nombres del valle de Tena. Un libro en el que nos centraremos tanto en la presente como en la entrada venidera.

Así pues, en la Toponimia de Guillén Calvo hay diversos elementos que pueden extractarse por ver si coinciden con los antes expuestos por el zaragozano Nagore Laín. Empezando por este párrafo en la “Introducción” del primer citado:

“Los topónimos son nombres propios dados a unos determinados lugares. Las razones de las distintas denominaciones son muy varias y pueden obedecer a motivos geográficos, históricos, personales, humorísticos, etcétera. La vitalidad de cada topónimo depende de la importancia que tiene para las gentes que lo usan, lo repiten una y mil veces, y lo pasan de generación en generación. Semejante a cualquier otra palabra de la lengua, esa vitalidad depende de la mayor o menor  necesidad y frecuencia con que el hombre lo usa y lo vive en sus actuaciones diarias […]. Por eso, la mayor o menor vitalidad de un topónimo o su desaparición están en función de unos condicionamientos históricos, geográficos, económicos, razón por la que puede ser un testigo vivo de muchos de estos aspectos de la actividad humana […].

”El turismo ha ganado la batalla del progreso económico con una gran ventaja sobre la agricultura y la ganadería, y, aunque esto puede ser la causa de bastantes pérdidas en lo que se refiere a las formas tradicionales de vida, a las formas de convivencia de las gentes del Valle, a estos restos toponímicos y estas denominaciones de siempre que estamos tratando de salvar del olvido, es justo aceptar que la evolución ha sido positiva, al menos en el terreno económico, y que el tesón y la laboriosidad de los habitantes de este valle han sabido convertirlo en una zona atractiva y moderna, donde caben juntos la actividad tradicional de siempre y la explotación turística de todos sus recursos”.

Resulta interesante la mirada del filólogo local. De la realidad del devenir histórico, económico y cultural de la Bal, ciertamente. Sin dedos acusadores de por medio ni rasgado de vestiduras. No nos detendremos para comentar en profundidad dicha opinión, pues sus ideas parecen diáfanas. A cambio, revisaremos un poco el modus operandi empleado por este panticuto para obtener Los nombres del valle de Tena:

“Dejo fuera el listado de fuentes bibliográficas, aunque, cuando cito a alguien, dejo constancia de la obra de donde procede la cita. Pero no voy a omitir las Notas histórico-geográficas, fruto de mis esfuerzos en busca de papeles y documentos, no siempre fructíferos por lo difícil del empeño, en una época de los años setenta, cuando casi nadie se había aventurado a disipar las sombras en que yacía la historia de este valle. Hoy no habría sido lo mismo, después de la publicación de los documentos del Valle de Tena, realizada por Manuel Gómez de Valenzuela, que facilita el camino para múltiples estudios sobre diferentes aspectos de la vida del Valle”.

Da gusto comprobar que, fuera del “Proyecto Tresmiles” del actual Gobierno de Aragón, existan fuentes de luz que brillan sobre el territorio de la toponimia montañesa. Más aún, si insistimos por el texto de 2006 de Guillén Calvo con objeto de ver cómo resolvió el proceso de “recogida de materiales” para su tesis doctoral:

“Como base inicial para la recogida del material toponímico del Valle de Tena utilicé, con algunas variaciones, el Cuestionario de Toponimia que viene publicado en las Conclusiones de las Actas de la Primera Reunión de Toponimia Pirenaica. El primer paso que di fue recoger de los catastros existentes en los Ayuntamientos los nombres de las fincas particulares y de los montes comunes de cada pueblo. Luego, reuniéndome con diferentes personas, contrasté la pronunciación del nombre de cada lugar con la escritura del topónimo. A partir de aquí, cuando no coincidían, tenía que interpretar por mi cuenta, y por cotejo con los numerosos estudios que hay sobre la materia, si la pronunciación popular había sufrido variaciones importantes respecto de la escritura, o si la escritura había sido obra de secretarios foráneos que habían falseado la realidad del topónimo. En bastantes casos, un mismo topónimo aparece escrito de formas diferentes, lo que también coincide con las distintas pronunciaciones de la gente. En los casos concretos de Escarrilla y Sallent, me encontré con dos catastros relativamente antiguos, de 1864 y 1855, respectivamente, en los que aparecen algunos campos, montes y límites desconocidos hoy, y donde se ven grafías diferentes de las actuales.

”Así, los catastros fueron mi primera fuente organizada de recogida de materiales. Pero, por lo que se refiere a fuentes, barrancos, puentes, picos, majadas, cuevas, tozales, peñas y otros accidentes y particularidades que tienen su nombre propio en toponimia, tuve que utilizar la colaboración de personas con quienes conviví durante mucho tiempo y que conocían bien los lugares, por haber sido una mezcla de pastores y agricultores. Mis entrevistas con ellos no tuvieron la formalidad de una encuesta, sino de comentarios y a veces discusiones sobre un determinado nombre o sitio. Cada nueva charla sobre cualquiera de las zonas solía dar algún topónimo nuevo, algunas veces uno que solo algunos habían oído nombrar.

”Mis informantes fueron muchos, sobre todo en Panticosa. En este pueblo me ayudaron a recoger materiales Rafael Belío Pueyo, de Casa Juansoro, hombre de cincuenta y tantos años, pastor y labrador; Nicolás Pueyo (Colás de Casimiro), de unos sesenta años, labrador y vaquero; Ángel Guillén Urieta, de Casa Pedrón, labrador; Juan de Lope Viñuales, de Casa Pichirrín, labrador; y otros muchos. En Sallent, Osán O Ferrero, de unos cincuenta años, y Pepe de Marieta. En El Pueyo, Luis Pueyo Royo, de Casa Alonso, de sesenta y tantos años, labrador y ganadero. En Escarrilla, Pacual de Belica. En Tramacastilla, José María Pelegay, de Casa Pablo. Para Saqués, Búbal y Piedrafita, José María Arruaba. En Lanuza, los Guallart, de Casa Luis. En Sandiniés, José María Sanz, de Casa Pedrovicén. En Oz, Antonio de Agueda. Al repetir este trabajo [de 1979], ya en el año 2006, quiero expresarles a todos ellos mi agradecimiento y recordar con la normal tristeza a los que de ellos ya han muerto en varios pueblos del Valle.

”La documentación consultada en el Ayuntamiento de Panticosa, donde había una arqueta con los documentos y privilegios del Valle de Tena en muy malas condiciones y con gran riesgo de desaparición de muchos escritos de alguna importancia, me sirvió en un sentido doble, histórico y toponímico. Algunos documentos me permitieron desenterrar topónimos totalmente desaparecidos para los habitantes de hoy. Otros me ayudaron a explicar el origen de ciertos topónimos por sus diferentes grafías. En resumen, para la obtención de mis materiales, utilicé: los catastros de los Ayuntamientos; el cuestionario toponímico mencionado anteriormente, mediante informantes de varias edades y condiciones; y los documentos existentes en el Ayuntamiento de Panticosa, sobre asuntos y privilegios de todo el Valle de Tena”.

Como ya se ha dicho anteriormente: poco o nada que comentar sobre estos párrafos esclarecedores. A mi humilde entender, tan sensatos como eruditos. Dan garantía de que los topónimos que surgirán de este libro llegan bien arropados. Y de que, a través de estas explicaciones, se muestra respeto por sus lectores.

Aquí detendremos hoy nuestra ronda por los nombres de Tena. Mejor será que sigamos de la mano de Juan José Guillén Calvo en otro artículo aparte: quien desee una visión nativa de las altas montañas tiene cita en la siguiente entrada, donde se ingresará en el reino del “se piensa”, “se cree” y expresiones similares. Lo adelanto: merece la pena bucear por escritos sobre los topónimos de las cumbres que hacen gala de un espíritu de modestia y prudencia. Máxime, si además están firmados por un doctor en Filología de Panticosa. Perfecto.

Por Alberto Martínez

Alberto Martínez Embid practica el montañismo desde que era un crío. Últimamente llama la atención su faceta divulgadora, que se podría glosar como firmante de veinticinco libros y participante en veinticuatro colectivos, sin olvidarse de sus más de mil setecientos artículos. Casi todos, de temática pirenaica. Aunque se ha hecho acreedor de tres galardones de narrativa, seis de investigación histórica y siete de periodismo, se muestra especialmente orgulloso del Premio Desnivel de Literatura de Montaña de 2005.

7 respuestas a «¿Dos visiones del panticuto?»

En la década de los cincuenta del siglo pasado, cuando veraneaba con mis padres en Casa Caperán de Panticosa, yo era muy pequeño. No digo que no escuchara todavía alguna que otra palabra dictada en el habla local (las cabras era «clavas» o algo parecido), pero eran palabras sueltas y muy, muy, esporádicas. No recuerdo nada parecido a un dicho con estructura gramatical, siquiera mínima. Por lo demás, aparte de compartir tu entusiasmo sobre la forma de trabajar de Guillén, he de estar de acuerdo con algo señalado por Nagore: los informantes que hablan de las montañas y parajes de altura son los más rústicos, de muy escasa formación, y relegados en la estructura social de las Casas y de la población en general; en este sentido, también los menos fiables. Por el contrario, quienes redactaban alguna reseña en los archivos consistoriales o parroquiales se encontraban en el extremo opuesto de la escala social. Por mi propia experiencia en el tema (¿Cavichirizas?), sé lo complicado que puede resultar cualquier aproximación a la toponimia, lo cual deviene todavía más ridículas las nuevas pretensiones de bautizos gratuitos.

Desde luego que estamos de acuerdo en lo complejo del terreno toponímico. Yo casi añadiría que ante un decorado tan diversificado y resbaladizo, tratar de imponer algo revela afanes ideológicos claros. E imponer una política determinada en las altas cotas, una empresa orientada al fracaso…

Por aquí andan los previos de estos artículos dedicados al “Proyecto Tresmiles”, en sus tandas de finales del año pasado:
https://blogs.desnivel.com/albertomartinez/2020/10/05/una-lista-soro-zombie/
https://blogs.desnivel.com/albertomartinez/2020/10/19/una-editorial-sociopolitica/
https://blogs.desnivel.com/albertomartinez/2020/10/30/en-busca-de-la-comision-perdida/
https://blogs.desnivel.com/albertomartinez/2020/11/09/existen-las-160-razones-no-mentirosas/
https://blogs.desnivel.com/albertomartinez/2020/11/17/y-los-expertos-del-aneto/
https://blogs.desnivel.com/albertomartinez/2020/11/26/entre-toponimistas-y-ufologos/
https://blogs.desnivel.com/albertomartinez/2020/12/01/por-sus-obras-los-conocereis/
https://blogs.desnivel.com/albertomartinez/2020/12/04/esas-cosicas-de-prames/
https://blogs.desnivel.com/albertomartinez/2020/12/07/una-lista-casaus-en-cuatro-cachos/
https://blogs.desnivel.com/albertomartinez/2020/12/10/los-mapas-de-sus-montanas/
https://blogs.desnivel.com/albertomartinez/2021/01/21/pero-existe-algun-toponimista-sensato/
https://blogs.desnivel.com/albertomartinez/2021/01/28/subimos-al-pico-de-yristi-eristi-grist-o-heriste/
https://blogs.desnivel.com/albertomartinez/2021/02/04/buscamos-pedazos-de-monte-por-benas/
https://blogs.desnivel.com/albertomartinez/2021/02/10/dinamita-y-toponimia/
https://blogs.desnivel.com/albertomartinez/2021/02/17/las-voces-montanesas-de-tena/

Bueno, de buscar y buscar un poco por todo razones honestas y bien construidas no paso, Luis…

Muy interesante Alberto. Como siempre abres los ojos. Ya tengo ganas de que nos presentes los «3.000’s» de Guillen. imagino que como muchos. No todo el mundo tiene tu biblioteca.

Pues en un par de días podrás echarle un ojo a las propuestas de Guillén Calvo en cuanto a la toponimia de las montañas de su tierra.

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