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Los misterios del Monte Perdido

Estos días se cumplen los veinte añitos de la salida al comercio de mi segunda monografía para Desnivel Ediciones. Me refiero a uno de mis “hijos” más queridos: Monte Perdido. Historia y  mitos del gigante pirenaico (2001). Un volumen que era la segunda entrega del duetto dedicado al Macizo Calcáreo, en cierto modo complemento de La Brecha de Rolando (2000). Un colofón de ensueño a varias campañas dedicadas a recorrer las cotas altas del Marboré.

Por aquel entonces ya había en circulación varias obras dedicadas a grandes cumbres del Pirineo, desde el Vignemale de Alphonse Meillon…, hasta el Aneto o el Posets de Jean Escudier. No era así para las Tres Sorores. Por ello, la irrupción en el mercado del libro que hoy nos ocupa suscitó cierto interés al norte de la línea de aguas.

El caso es que entre mis amigos galos llamó la atención un capítulo de este Monte Perdido que llegaba desde tierras aragonesas. Alguno de los datos que por allí se servían se conocía, pero otros no tanto. Sea como fuere, no me resisto a dejar por aquí alguna de las aventuras de los pioneros hispanos en esta cúspide marmórea. Las que discurrieron un poco antes de la arribada del gran promotor de la mayor de nuestras Sorores…

Veamos cómo pudieron ser los primeros éxitos sobre la cota 3.355 metros antes de Louis Ramond de Carbonnières. Refresquemos cuanto se publicó hace dos decenios en este libro de Desnivel:

“En 1784 los gobiernos de Francia y España decidieron crear un comité bilateral con el fin de alzar nuevas cartas de su frontera común. Los trabajos, iniciados al año siguiente, estuvieron dirigidos por dos tenientes coroneles: Gaultier de Kervéguen y Antonio de Zara. Se confiaba en poder finalizar estas tareas entre los años 1800 y 1806. Al frente de las brigadas de topógrafos marcharon dos avanzadas encabezadas por sendos oficiales geógrafos: el teniente Louis-Philippe Reinhard Junker por la parte francesa y el capitán Vicente de Heredia por la hispana.

”Para llevar a cabo su misión, los respectivos equipos arrancaron de la costa atlántica: uno desde San Juan de Luz y otro desde Hondarribia. Poco sabemos del militar español, protagonista de esta medición divisoria: los turbulentos acontecimientos a los que pronto se vio abocado nuestro país, borraron todas sus reseñas de los registros estatales. Pesquisas como las efectuadas en 1912 por un futuro socio de Montañeros de Aragón, Aymar d’Arlot de Saint-Saud, por los archivos del Ministerio de la Guerra en Madrid, resultaron del todo infructuosas. Las escasas noticias de la actividad del capitán Heredia, cartógrafo del Ejército de Su Majestad Carlos IV, se las debemos a su colega francés, puesto que, tras ocho años de colaboración, ambos soldados establecieron abundante correspondencia.

”Por lógica, los progresos iniciales de la Comisión Franco-española para la Delimitación de Fronteras fueron lentos. Hacia el año 1787 apenas habían penetrado en el terreno más escabroso del Pirineo. Sus grupos tenían como misión realizar la triangulación de primer orden, base a partir de la cual se efectuarían las siguientes, así como la topografía de las zonas visitadas. Por ello, situaron sus señales grandes torretas de piedras– en las alturas más visibles de cada región. El avance de Heredia por el complicado terreno pirenaico haría de él todo un montañero. En el verano de 1790 el capitán –algo adelantado respecto a la expedición gala, que triangulaba el Béarn– se hallaba estudiando el relieve de los alrededores de Sallent, donde se impuso la elección de un promontorio con buenas perspectivas sobre todos los demás. Vicente de Heredia optó por la masa rotunda de las Argualas.

”A esas alturas de su misión, el geodésico ya debía de haber aprendido algunos rudimentos sobre la vida y los desplazamientos en la alta montaña. El grupo español –compuesto por el oficial, sus ayudantes y algunos guías tensinos– se puso en marcha hacia la cúspide del centro del valle y alcanzó, en agosto de 1790, cierta “Señal de Estibiecha”: para algunos, el pico de Argualas (3.046 metros) y, para otros, su vecino el pico de Algás (3.036 metros).

”La siguiente campaña de Heredia –en el estío de 1791, en cuanto se retiraron las nieves de las montañas– fue todavía más intensa. Continuando su lento avance oeste-este por el mismo corazón de los Pirineos oscenses, llegó hasta al valle de Ordesa. En su progresión, nuevas primeras llenaron de torres de piedras las cimas del Sobrarbe, desde los picos de Brazato hasta la peña Montañesa. Se cree que bien pudo instalar alguna de sus estaciones geodésicas en una de las cumbres de las Tres Sorores. De haberlo realizado, lo probable es que eligiese la más elevada, que no era otra que el Monte Perdido, perfectamente asequible trepando por sus laderas meridionales.

”El capitán español, acaso con la ayuda de pastores locales, accedió hasta la cúspide del Gigante Calcáreo desde las antiquísimas estivadas de ganado de Fanlo. Sin embargo, Heredia jamás presumiría de semejante ascenso…, si es que se llegó a completar. De hecho, las sospechas iniciales de esta conquista provienen de su colega Reinhard Junker. Así, en 1972, Luc Maury y Henri Baudrimont facilitaron datos reveladores sobre el hipotético cometido de Heredia de 1791 a partir de los documentos recopilados en 1877 por parte del cartógrafo militar Léon Maury. Las conjeturas sobre los silenciados éxitos del español se apoyaban en la lista de las cotas que había determinado y señalado con torretas, y que enviaría a Junker en el otoño del mismo 1791 (aparecieron en un viejo cartón nominado “Pyrennées”). Estas fueron las conquistas de Heredia que supuso Maury:

“Al sur y al este del Circo de Gavarnie no ha construido más que una cadena geodésica apoyándose sobre las cumbres siguientes, todas provistas de señales: Mondarruego, 2.848 metros (“Montexuego”), punta Tabacor, 2.760 metros (“Fraucata”), Monte Perdido, 3.355 metros (“Tres Sorores”), Castiecho, en los Picos de Añisclo, 2.809 metros (“Seza”) y peña Montañesa, 2.179 metros (“San Victoriano”), y sobre dos cumbres francesas, no provistas de señales, el pico Rojo de Pailla, 2.784 metros, y el Astazu Occidental, 3.072 metros (“Estanzou”), y sobre otras cumbres más al Sur”.

”Dada la importancia que tuvo para el pirineísmo la después aclamada victoria sobre una de las mayores cumbres de la Cordillera, merece la pena detenerse unas líneas sobre la espinosa cuestión de la primera real al Monte Perdido… Porque existen toda una serie de pistas que hacen sospechar que Vicente de Heredia alcanzó el remate de las Tres Sorores en el mes de agosto de 1791…, con once años de ventaja sobre Ramond. Por pura lógica, puede suponerse que, para tales fechas, el grupo español estaba ya curtido en las lides de resolver sus problemas montañeros o de orientación, y no tuvo grandes inconvenientes en hallar el itinerario más fácil hacia el vértice del Marboré. Contaban, por añadidura, con poderosos motivos para hacerlo así: estas montañas constituían un evidente mirador de primer orden, una joya para la realización de sus observaciones visuales. Y Heredia portaría las correspondientes Cartas Reales que obligaban a los alcaldes de la zona a prestarles toda la ayuda que precisaran, ya fuesen informes o guías.

”Asimismo puede destacarse la extraña pleitesía que concedería Franz Schrader, un ramondiano confeso, en el año 1910, a las campañas de Junker y Heredia, tras conocerlas por la pluma del cronista Henri Beraldi:

“Toda la región de los Pirineos que nosotros teníamos la alegría de descubrir, nosotros, los afortunados del siglo XIX, he aquí ya descubierta en el siglo precedente, pero tan bien enterrada que nadie había sabido esto”.

”El propio Beraldi prestó una discreta atención aunque sin adelantar conclusiones demasiado heterodoxas– a las ascensiones de Heredia en Le sommet des Pyrénées (1923), mencionando que “una señal de Las Tres Sorores, con las coordenadas del Monte Perdido (Remarcad el nombre español Sorores); el Monte Perdido, ampliamente sobrepasado, tiene una señal de Zega”.

”Por otro lado, resulta del todo imprescindible repasar los testimonios de diversos coetáneos de Ramond de Carbonnières. Sin duda que es una suerte contar con las casi olvidadas declaraciones del comisario real Francisco Zamora: el 17 de noviembre de 1794, llegaba ante el umbral de la ermita de Nuestra Señora de Pineta, entonces “dotada de un Prior ecónomo y su familia; este prior en el día es mosen Pedro Zueras, el que me dijo que la nieve suele llegar a 9 palmos”.

”En cuanto a la presencia de ese coloso en mármol que, por el oeste, dominaba estos parajes casi vírgenes, también sería objeto de atención por parte de este inspector del Ejército. Así, mediante una reseña muy poco convincente, Zamora vendría a sumarse a la lista de los pretendientes a su cima:

“Es famosa la laguna de Marmorés, situada en lo alto del Pirineo donde nace el Cinca y en cuyas cercanías hay nieve de colores como en las Maladetas. N. M.: a la izquierda de la ribera de Pineta está la famosa montaña que llaman tres Sorores, por ser tres picos iguales que se elevan sobre la misma cordillera: se ven desde 20 leguas por su glaciar. Están casi siempre cubiertas de nieve: subí a la más alta y vi hasta Calatayud y más allá”.

”Sin embargo, como el día 16 había reconocido la frontera norte y la Barrosa, y el 18 ya estaba saliendo de Bielsa hacia San Victorián, es harto improbable aunque tampoco absolutamente imposible– que esta ascensión de Francisco Zamora se llevase a cabo de veras. Parece más seguro pensar que el cura que atendía Nuestra Señora de Pineta, se la hubiese explicado un poco por encima. En cualquier caso, su testimonio da la impresión de que subir al Monte Perdido desde el sector belsetano –fue la primera persona en reconocer una visita a las Tres Sorores– a finales del siglo XVIII, resultaba excursión hasta cierto punto frecuente. Luc Maury nos añadiría que el referido sacerdote era, con bastante posibilidad, mosén Vicente Zueras: nacido en Bielsa en 1761, ordenado en 1794, prior de Pineta en 1795. En cuanto a sus precoces actividades como guía de montaña, Maury conjeturaría:

“El cura del Santuario de Pineta ofrecía a los raros visitantes que por allí transitaban, a primeros del 1800, a conducirles a la cumbre del Monte Perdido, en una sola jornada, en viaje de ida y vuelta desde el Sur. Ponía por condición de hacerlo a final del verano, cuando ya se ha fundido casi toda la nieve”.

”Todas estas pistas que se han podido hallar sobre las primitivas ascensiones hispanas, coinciden con las que procuraró el suizo Jean de Charpentier. En su libro Essai sur la constitution géognostique des Pyrénées (1823) daba noticias sobre aquel sacerdote montañero de Pineta: el guía de Ramond, Rondou, le confesó al helvético que recopiló las indicaciones sobre la ruta más practicable hacia el Monte Perdido del propio prior, quien podría haberla realizado en varias ocasiones…

”Y otro antecedente muy a tener en cuenta es la facilidad con que Ramond de Carbonnières o sus guías franceses hallaron dos pastores aragoneses –al parecer, diferentes– que les condujesen sin problemas hasta el remate del Macizo en 1802. Tal es la opinión del historiador Josep Maria Guilera, quien sospechó que “si este pastor les acompañó, es porque conocía el camino a la cumbre, lo que evidenciaría el haber subido con anterioridad”.

La crónica montañera del Monte Perdido aguarda nuevos datos que, acaso, den la vuelta a la historia de su conquista. Aunque no hayan llegado a tiempo para que se publicaran, hace veinte años, en ese Monte Perdido (Desnivel, 2001) que estos días celebro con cierta nostalgia…

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Por Alberto Martínez

Alberto Martínez Embid practica el montañismo desde que era un crío. Últimamente llama la atención su faceta divulgadora, que se podría glosar como firmante de veinticinco libros y participante en veinticuatro colectivos, sin olvidarse de sus más de mil setecientos artículos. Casi todos, de temática pirenaica. Aunque se ha hecho acreedor de tres galardones de narrativa, seis de investigación histórica y siete de periodismo, se muestra especialmente orgulloso del Premio Desnivel de Literatura de Montaña de 2005.

8 respuestas a «Los misterios del Monte Perdido»

Un gran libro… entre otros muchos que has firmado y que de vez en cuando tengo el placer de releer. En cuanto a Heredia, estoy convencido de que fue el primero… salvo que se le adelantase algún pastor de la zona; al fin y al cabo, subir a Monte Perdido por el sur no es una empresa difícil y, desde luego, más fácil que sus dos vecinos más próximos.

Muchas gracias, Luis, pero este tipo de textos se hacen solos (o casi): es cosa de buscar un poco por todo, reunir lo más interesante y dejar que los verdaderos protagonistas de la epopeya del Monte Perdido nos cuenten qué vieron e hicieron. Una recolecta interesante, sobre todo desde finales del siglo XVIII. Y es que el Monte Perdido es mucho Monte Perdido…

No me extraña que los franceses alucinaran Alberto. Y que les revolviese que alguien hubiera subido al Perdido antes de Ramond. Un mito que podia caerse del Panteon Pirineista.

Diana, Simio Sagaz, que algún comentario un tanto improcedente sí que he escuchado por parte de algún ramondiano acérrimo. Y créeme que lo entiendo, pues el alsaciano es un personaje de primer orden en el pirineísmo, fuese o no el verdadero “primero” sobre las Tres Sorores… Que seguramente no lo fue, aunque (diría yo) nadie le quite lo de ser el gran impulsor de nuestro deporte…

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