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En busca del Techo del Pirineo

El Monte Perdido es una montaña que apenas necesita etiquetas. Con su sola presencia se sobra y se basta. No hay duda de que estamos ante una cumbre que sabe fascinar al primer vistazo. Así y todo, durante algún tiempo disfrutó del equívoco honor de ser la máxima Cúspide pirenaica. Un asunto que hoy se contempla como una mera curiosidad en su extenso historial…

Y, sin embargo, la determinación precisa de cuál era la mayor altura de la Cadena ocupó de forma eminente las primeras crónicas que atañían al Monte Perdido. Como ya hemos visto en la entrada previa, en tanto que el capitán Heredia insistía en su lento camino hacia el Mediterráneo, interrumpido en 1794 por la Guerra contra la Convención, otros equipos de hombres de ciencia recorrían sus estribaciones, preocupados por resolver la vieja cuestión de cuál era la identidad del Techo de los Pirineos.

Por lo demás, era un problema relativamente nuevo. Porque únicamente desde hacía un par de siglos el hombre se había molestado en indagar sobre la ubicación del remate de los Montes de Pirene. En sus comienzos heroicos los científicos del Siglo de las Luces, faltos de métodos fiables, tendrían que acudir a unas tradiciones orales…, todas ellas completamente erróneas.

Así, aquellas cumbres que aparecían aisladas respecto al eje montañoso eran consideradas con frecuencia como las más elevadas. Semejante laurel, que los lugareños acostumbraban a transmitir de generación en generación como una suerte de arcano, se adjudicó a prominencias tan dispares como el pic du Midi d’Ossau, el pic du Midi de Bigorre, el Mont Valier, el Canigó…, e incluso nuestro Monte Perdido. Referidos a cualquiera de estas candidaturas, abundaron los más variopintos testimonios, como el del cartógrafo Roussel, quien en 1719 supuso al “Mont-Perdu” la inequívoca eminencia sobre el resto de los Pirineos. No todo fueron palos de ciego, puesto que su compañero La Blottière apostó intuitivamente, desde los mismos arranques del siglo XVIII, por que la cúspide se encontraba entre alguna de las agujas de la Maladeta:

“La creo la más alta de los Pirineos, dado que hay muchas más nieves en ella que en todos los otros lugares. En muchos sitios de esta montaña, hay más de ochenta pies de altura de nieves, que se han convertido en hielo de color azul brillante como el cristal”.

No es de extrañar que el tiempo brindase alas a las más diversas y gratuitas conjeturas… En el año 1788 el doctor Carrère seguía apostillando, carente de argumento alguno con el que apoyarlo, que “el Canigó, la más alta de las montañas del Rosellón, era también la más alta de los Pirineos”. Cuestión de perspectiva.

Sin embargo, estas apreciaciones no pasaban de meros efectos ópticos. Porque los primeros intentos serios para descubrir la identidad de la mayor elevación pirenaica se produjeron tan solo catorce años antes de este último dictamen. Así, perfectamente acordes con el espíritu ilustrado imperante, dos científicos galos desearon conocer las altitudes de estas montañas a pesar de las dificultades que conllevaba el manejo de unos barómetros tan aparatosos como rudimentarios: Jean d’Arcet y Gaspard Monge. El primer citado era ya un prestigioso médico, químico y geólogo galo que había cambiado el ejercicio del Derecho por las Ciencias. Y su acompañante se consideraba como un prometedor matemático que más tarde sería célebre por acompañar a Bonaparte en su Expedición Científica y Militar a Egipto.

En agosto de 1774 ambos se encontraban ascendiendo al pic d’Ayré, una elevación al sur de Barèges. Ganaron con gran pena los 2.416 metros de esta montaña con suma precaución, velando por la integridad y el contenido de sus delicados tubos de mercurio. La imprecisión de sus altímetros les obligó a efectuar observaciones de la presión atmosférica cada diez toesas (19’4 metros). De esta forma, la nivelación de tan secundaria cima les reclamó seis días de exigente trabajo. Pero en el Ayré se adiestraron para su verdadera misión: comprobar si el cercano pic du Midi de Bigorre era el vértice más alto de los Pirineos.

Dicho y hecho: ambos sabios subieron hasta la referida montaña a finales de ese mismo mes con sus mejores aparatos de medición. Mas, a pesar de las excelentes vistas sobre los demás colosos del Pirineo, Arcet y Monge no tuvieron empacho alguno en coronar al Midi, erróneamente, como la cima que reinaba sobre la cordillera. Justo lo mismo que hacían intuitivamente los campesinos de la Bigorra desde tiempos inmemoriales.

Otra empresa montañera con unos fines muy similares se desarrolló doce años más tarde, patrocinada por otros dos científicos descollantes. Así, el 28 de julio de 1786 se reunían en Bonrepos cierto físico de Toulouse, Reboul, y un astrónomo de Pèzenas, Jean Vidal. Su objetivo no era otro que acabar con todas las conjeturas sobre cuál era el punto más elevado de los Pirineos. Prepararon de forma concienzuda la que más tarde sería definida como “la mayor operación de nivelación que jamás haya sido realizada”.

Reboul, un jurista con gran afición por las Ciencias, encabezó tres efectivas expediciones dieciochescas de medición en 1786, 1787 y 1789 dirigidas hacia las cimas más altas de la Cadena. En realidad, se iba a encontrar ante una tabula rasa, pues no se tenía ninguna idea precisa sobre cuáles eran las mayores cotas pirenaicas, ni dónde se alzaba la predominante… Nuestro erudito debería enfrentarse no solo con las limitaciones de su equipo de medición (primitivos barómetros y termómetros), sino con los rigores de un medio, el montañoso, en el que apenas nadie se había internado antes.

El grupo galo comenzó sus trabajos ascendiendo aquellas prominencias que parecían dominar a las demás desde la vertiente septentrional. Así, en el verano de 1786, Reboul y Vidal se instalaban sobre el pic d’Anie (2.504 metros) para apuntar con sus telescopios hacia los Pirineos centrales, descubriendo a cierta montaña, misteriosa e inmensa, al sur de Gavarnie… Aun vislumbrando tan solo la mitad de la cadena, Vidal haría caer algunos viejos tópicos declarando que “el pico del Midi de Pau [hoy, de Ossau], en contra de la opinión de la gente del país, es superado en altura por otras montañas”.O bien la lógica aseveración de que “no es el valle de Arán al que pertenecen las cimas más elevadas, como han supuesto algunos viajeros”.

Durante su primera campaña de exploración de 1786, Reboul ya rondaba los Marborés desde el valle de Estaubé y el Pimené con la intención de subir a uno de sus vértices culminantes. En varias ocasiones, el de Toulouse acertó a atisbar en la lejanía a una montaña desconocida y de presencia severa, a la que estimó que contaba con 250 toesas más que el recién medido Midi d’Ossau. Sin duda se trataba de aquel mítico “Moum-Pergut” al que se referían con reserva los pastores y los cazadores de sarrios. Ante su aspecto adusto y ciclópeo, el instinto de Henri Reboul no dudaría en declarar a esta “montaña perdida”, como “la más alta de los Pirineos”. Todo parecía indicar que los dos sabios deberían seguir adentrándose todavía más profundamente en las regiones agrestes de la Cordillera.

En 1787 su siguiente atalaya para registrar altitudes con el barómetro y compararlas por métodos visuales con las cumbres circundantes no podía ser sino el pic du Midi de Bigorre (2.865 metros). Para entonces era este un promontorio que ya recibía alguna esporádica visita: a finales del siglo XVIII casi constituía la única cima que se ascendía, dado que se ganaba con facilidad desde el col del Tourmalet. Por contra, el mayor fracaso cosechado por Reboul sería el de no lograr encaramarse en ninguna de las eminencias importantes de los Marborés, reconociendo en 1788 el “haber tentado muchas veces, en vano, llegar a sus cumbres”. Pero nuestro físico nunca se quejó de todas las molestias que le acarreaba su cometido, puesto que “el amor por las montañas hizo considerar sin temor las fatigas de un trabajo tan largo como penoso”.

El interés público que existía por conocer, de una manera fiable, las altitudes de los principales picos de los Pirineos, obligó a estos científicos del Languedoc a anticipar algunos datos circunstanciales. En el año 1790 un editor impaciente como Dralet publicaba en su Exposition d’un nivellement fait dans les Pyrénées lo que no eran sino meras conclusiones provisionales. En esta obra de avanzada se cristalizaban los cálculos de Vidal en una primera correlación seria entre las cumbres de estas montañas: “Maladeta, 1.780 toesas (3.469 metros); Monte Perdido, 1.744 toesas (3.401 metros); Mont Posets, 1.744 toesas (3.390 metros)”.Los evidentes errores que en esta lista se prodigaban darían lugar a no pocas confusiones y controversias posteriores, puesto que, para entonces, ya se había dado la señal de salida en la conquista de la Cúspide de Pirene.

Durante muchos años se supuso que esta meta se había logrado plenamente, tras ascender Louis Ramond el Monte Perdido en 1802: tan solo la colocación de un barómetro en la cima del Aneto, cuarenta años después, acabaría con las discusiones de un modo contundente. También podrían interpretarse como aparentes señales de claudicación las afirmaciones que Picot de Lapeyrouse vertiese en 1813 desde su Histoire abrégée des plantes des Pyrénées, al reconocer al “Perdido (Monte) la montaña más alta de los Pirineos, en Aragón, al sur de Gèdre”.

Por desgracia, la presentación definitiva de los trabajos de Henri Reboul se demoró más de lo esperado debido a sucesivos motivos bélicos: la Revolución francesa desde 1789, la Guerra contra la Convención desde 1793 y la Guerra de Independencia desde 1808. El científico de Toulouse tardó veintisiete años en poder regresar a las montañas fronterizas para completar sus datos. De esta forma, las evidentes equivocaciones del registro de 1790 las rectificó el propio Reboul después de su postrera campaña de 1817 con nuevas ascensiones al Midi de Bigorre, al Pic Antenac, al Montné… Con los desfases achacables a lo inseguro de métodos e instrumental, así comenzó su nuevo listado: “Aguja helada de la Maladeta –Aneto– 3.481 metros (tiene 3.404); Posets 3.437 metros (tiene 3.375); Monte Perdido 3.403 metros (tiene 3.355)”.

El poco fiable sistema de nivelación barométrica no daba para una mayor precisión. La precariedad de la óptica de entonces y el desconocimiento de los factores de corrección debidos a la curvatura de la Tierra y a la refracción del aire explicaría las erratas en la trigonometría de la época heroica.

Mas no todo el mundo quedó conforme con el trabajo realizado por Henri Reboul. Con toda lógica, Louis Ramond siempre sostuvo que la altura del Aneto, el supuesto campeón del torneo, no podía deducirse a la estima sin cometer errores de bulto. Por ello, en espera de alguien que lograse subir hasta su cumbre, el de Carbonières se aferró a la eminencia del Perdido. En el año 1826, el alsaciano todavía declaraba con voz firme:

“El Monte Perdido es, incuestionablemente, más alto que la Maladeta. La diferencia es aproximadamente de unos cincuenta metros. Ahora se pretende que el Monte Perdido es, a su vez, inferior en aproximadamente setenta metros a una cima situada al Sur de la Maladeta, unas veces llamada Malhite y, otras, pico de Nethou. Esto puede ser, pero observo que todavía nadie ha subido, ni tan sólo se han acercado al mismo, que la distancia es conocida de forma imperfecta y que los medios para determinar su altura no pueden tomarse como definitivos”.

La aventura de la determinación de las principales altitudes pirenaicas no había hecho sino comenzar su largo y dificultoso camino. Los exploradores que reanudaron las labores de campo de Reboul y de Vidal iban a continuar coleccionando las más diversas relaciones de cotas de sus macizos predilectos. Y si alguien siente curiosidad por conocer qué más sucedió en torno a la cota de la mayor de las Tres Sorores, va una sugerencia (más o menos desinteresada): Monte Perdido. Historia y mitos del gigante pirenaico (Desnivel, 2001). Eso es: un texto de hace ahora veinte añitos que, dado que cuenta la crónica de unas viejas montañas, se diría que no prescribe…

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Por Alberto Martínez

Alberto Martínez Embid practica el montañismo desde que era un crío. Últimamente llama la atención su faceta divulgadora, que se podría glosar como firmante de veinticinco libros y participante en veinticuatro colectivos, sin olvidarse de sus más de mil setecientos artículos. Casi todos, de temática pirenaica. Aunque se ha hecho acreedor de tres galardones de narrativa, seis de investigación histórica y siete de periodismo, se muestra especialmente orgulloso del Premio Desnivel de Literatura de Montaña de 2005.

7 respuestas a «En busca del Techo del Pirineo»

Bueno, la verdad es que la cosa no tiene tanto misterio, pues bien se sabe que ese curioso personaje al que aludes recibe mucha ayuda de su entorno. Por ejemplo, tiene buenos amigos, muchos de ellos socios de Montañeros de Aragón, que cuando necesita algún texto o dato, se lo brindan con una generosidad que no veas. No sabría si etiquetar el resultado como de “gran calidad” o no, pero son poco menos que unos libros corales encubiertos… Mira, ¡creo que acaba de salir a la luz un género literario nuevo!

Cierto, Luis: los temas pirineístas proporcionan, a mi entender, materiales magníficos. Ordenando un poco lo recolectado, puede decirse que los libros se escriben ellos solitos…

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