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Tanteando el camino erróneo

El 4 de junio de 2001 recibía en casa la caja con los ejemplares del autor de mi primera novela: Flor de Gaube, editada por Desnivel a resultas de que quedara finalista en el II Premio Desnivel de Literatura de Montaña, Viajes y Aventura. En realidad, se trataba de una crónica real, novelada lo justo-justito, donde se narraban los balbuceos de la escalada pirenaica. Un viaje a la descubierta de los Wrong Way que se originó en la fantástica fachada norteña del Vignemale…

Así, parece esta una buena ocasión para revisar, con otro registro menos novelado, unos acontecimientos que cambiaron la faz de nuestro deporte: desde esas andanzas pioneras que buscaban las caras fáciles de las montañas…, hasta el puro trazado de los caminos directos y, por consecuencia, más complicados. Un recorrido virtual que podemos realizar en cuatro entregas.

Rastrear el inicio de las actividades más punteras del pirineísmo nos llevará hasta el Vignemale de 1868. Cuando a Henry Russell se le ocurrió alistar al guía de Gavarnie Hippolyte Passet para repetir esta gran cumbre, algo que por entonces no era demasiado inusual. De la segunda visita del futuro Señor del Vignemale, decir que le mostró una Grande Crevasse recrecida que cruzaba de un lado a otro todo glaciar de Ossoue, justo donde su pendiente desaparecía. Fue preciso que el montañés tallara escalones con hacha con objeto de bajar al fondo de una sima de “100 pies de profundidad”. Y, después, marchando ambos por las entrañas de la grieta en dirección norte-sur, emerger cerca del pico de Montferrat. Russell afirmó que la parte inferior de estos ventisqueros le pareció “una petrificación de los mares australes en el apogeo de su furor”. En cierto modo, sería un modo de hacer ingresar al macizo más alpino del Pirineo en el imaginario de los grandes retos deportivos del siglo XIX…

Sin embargo, la verdadera exploración de lo dificultoso pudo arrancar en el cercano pico del Clot de la Hount. En este caso fue por cuenta de la apertura de una directa hacia las zonas superiores del macizo. Suponía todo un cambio en la mentalidad de los visitantes de estas cumbres, quienes, durante el primer siglo de montañismo, esquivaron cuanto pudieron los sectores más escabrosos para ganar las cimas por sus rutas sencillas. En los picos agrestes se prefería echar la mano a las rocas si era imprescindible, evitando en lo posible los heleros. Nuestros ancestros funcionaron de esta manera hasta que se toparon con una elevación que aparecía en gran medida rodeada por los hielos y las nieves eternas entre los valles de Ossoue, Gaube y Bujaruelo.

La necesidad de buscar un itinerario distinto al de la vía normal se generó precisamente en el grupo del Vignemale, pues las rutas desde Cauterets eran tan largas como indirectas. Los más inquietos montañeses del entorno de este balneario llevaban años tanteando en vano un camino que les permitiese evitar la Hourquette d’Ossoue y su glaciar, o el collado de los Mulos y la vía del príncipe de la Moskowa. Había mucho en juego: la Guide Joanne de 1880 anunciaba que la ascensión con guía al Vignemale, costaba treinta francos por persona, “cuerda y hacha necesarias”. Demasiado tiempo y dinero en juego, con la tarta turística de por medio.

Sin embargo, fue un pirineísta de fuera del valle quien fomentó la primera tentativa seria: Émilien-Sigismond Frossard, el posible precursor de la escalada pirenaica. La solución al problema del acceso directo al Vignemale le pareció evidente si seguía esa canal nevada que ascendía desde el Clot de la Hount. Dicho y hecho: nuestro hombre llevó adelante un decidido tanteo en el mes de agosto de 1868. Acudió a su desafío con este primer Wrong Way de las montañas pirenaicas junto con un amigo y dos guías locales, Sarrettes y Barane. Mas no lograrían sacar adelante su ensayo, ya que encontraron grandes grietas y una nieve muy dura. De poco sirvieron sus esfuerzos de nueve horas tallando frenéticamente escalones en el hielo: no rebasaron ni la bifurcación del corredor del Clot de la Hount.

Tras este gatillazo clamoroso, el colectivo pirineísta declaró su vía al Vignemale poco menos que imposible. Incluso Russell, a quien gustaba que las cimas de esta cadena mostraran hasta cierto punto alguna dificultad de corte alpino, comentó: “¡Arriesgar la vida para encontrar en el pico mujeres y niños que han subido por el otro lado con un palo en la mano!”.

Por lo demás, el informe que Frossard preparó en 1870 para la Société Ramond parecía destinado a desmoralizar a los siguientes candidatos a una ruta vertiginosa:

“El glaciar es muy ancho abajo, tiene de quinientos a seiscientos metros. A un tercio de su altura, se endereza abruptamente por sus dos lados y pierde poco menos de la mitad de su anchura: en el segundo tercio se alza de nuevo de la misma forma, e incluso se divide. La pendiente es extremadamente fuerte desde la base hasta la cumbre. El gran pitón del Vignemale domina y parece extraplomarse totalmente desde una altura de al menos seiscientos metros: una piedra lanzada desde la cumbre llegaría saltando sobre el glaciar para añadir su volumen a la inmensa morrena que obstruye el Clot de la Hount”.

Visto lo visto, el puntal de la Pique Longue tendría que conformarse con recibir solo a esas mujeres y niños que subían, con un palo en la mano, por el glaciar de Ossoue. Aunque no fuese durante demasiado tiempo. Estaba visto que el Vignemale atraía como pocas montañas a los espíritus más inquietos de nuestro deporte.

¿Otro ejemplo de la pujanza rupturista de estos decorados? Pues acudamos a la crónica de su más temprana invernal… Así, el 11 de febrero de 1869 Russell llegaba a Gavarnie convencido de que no era difícil subir al Vignemale en plena estación invernal si existía la certeza del buen tiempo. Saldría del pueblo sobre las 6:00 h, acompañado por Hippolyte Passet y su sobrino Henri. Con el amanecer pisaban la nieve, que no aparecía sino sobre los 1.800 metros. Debido al aspecto peligroso del camino por la orilla derecha de la cascada de las Oulettes d’Ossoue, tuvieron que pasar al otro lado entre “paredes casi a pico donde la nieve no puede sostenerse”. Al parecer, hizo mucho calor hasta los 3.000 metros, unos 30º C, pero alcanzaron la cima sin problemas a las 15:00 h. Russell estaba verdaderamente emocionado:

“Jamás olvidaré los cortos aunque memorables minutos que pasamos allá arriba, en el corazón del invierno, con la certidumbre de que ningún hombre en Europa respiraba a nuestro nivel: orgullo pueril, aunque perdonable. Las fibras más nobles vibraban también en mí. Desde lo alto de esta especie de catedral celeste, veía bajo mis pies la cadena de los Pirineos helada de un extremo a otro. ¡Estaba en el centro de un paraíso de nieve! Mi entusiasmo rozaba la locura”.

Bajaron de la Pique Longue rápidamente, temiendo que la nieve se helase. En cuanto a la cascada de Ossoue, esta vez la descendieron por la derecha, sin provocar ninguna avalancha. Entraban en Gavarnie a la luz de las linternas, sobre las 22:00 h, tras dieciséis horas de esfuerzos. Al día siguiente cayó una gran nevada en el macizo, “demasiado tarde para castigarnos por haber violado sus templos durante el invierno”, como afirmó el gran pirineísta.

El impacto que tuvo la noticia en medios alpinísticos europeos fue notable: se trataba de la primera invernal de la historia de este deporte. Russell siempre recordó las emociones extrañas de aquella memorable ascensión:

“Rocas, barrancos, morrenas, cascadas, todo dormía bajo la nieve como en el fondo de un sepulcro y, en ese blanco ilimitado que fulminaba nuestros ojos, sólo nosotros hacíamos tres manchas errantes. Avanzamos sin ruido como fantasmas, en un silencio extraño, universal y absoluto, pues nada en el mundo es tan mudo como la soledad de la nieve”.

La ruta directa al Vignemale desde el norte al permanecía sin apertura en el invierno de 1869. Aunque no por demasiado tiempo.

Por Alberto Martínez

Alberto Martínez Embid practica el montañismo desde que era un crío. Últimamente llama la atención su faceta divulgadora, que se podría glosar como firmante de veinticinco libros y participante en veinticuatro colectivos, sin olvidarse de sus más de mil setecientos artículos. Casi todos, de temática pirenaica. Aunque se ha hecho acreedor de tres galardones de narrativa, seis de investigación histórica y siete de periodismo, se muestra especialmente orgulloso del Premio Desnivel de Literatura de Montaña de 2005.

5 respuestas a «Tanteando el camino erróneo»

Ciertamente, cuando hoy ascendemos cualquier cumbre elevada, las dificultades que encontramos nada tienen que ver con las que afrontaron los pioneros pireneístas. Hay que quitarse el sombrero en su recuerdo y homenaje.

Sí, desde luego que sí, José: las dificultades del Pirineo de mediados del siglo XIX, por lo que ha llegado hasta nosotros en descripciones, fotografías y dibujos, eran considerablemente superiores a las actuales. Por no hablar del tema de los senderos, refugios y mapas prácticamente inexistentes. O de guías y reseñas de alta montaña… Porque del equipo decimonónico, mejor ni entramos… Vamos, lo que apuntas: para quitarse el sombrero o, en mi caso, la boina…

Tu si que no vas por el «Camino Erroneo» Alberto. Muchas felicidades en el día de «Flor de Gaube» que se lee de un tirón. De verdad.

Muchas gracias por el florero, mandril invernal. Son cuatro entregas: ¡que las disfrutes! Espero que sin erratas por mi parte…

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