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Y nació la escalada pirenaica…

El inicio del pirineísmo de dificultad sirvió alguna de las páginas más apasionantes de la crónica de nuestro deporte. En su inmensa mayoría, ubicadas en los murallones helados de la cara norte del Vignemale. Poco extrañará, pues, que tales fuesen los decorados que cierto escritor eligiera, hace ahora veinte años, para recrear las aventuras de los pioneros de la vertiginosidad: en una novela de corte histórico que se tituló como Flor de Gaube (Desnivel, 2001), que es el nombre de un piolet.

Acudamos, entonces, en busca del mítico Flor de Gaube y de las circunstancias que inscribieron dicho apelativo en los libros de pirineísmo… Así, con las añadas del último tercio del siglo XIX, las montañas que se alzaban entre Gavarnie, Cauterets y Bujaruelo no podían estar más de moda entre una pequeña minoría de sus visitantes. Por ejemplo, en el año 1870 los anales del Vignemale registraron la intensa actividad montañera de Hubert Durand, un joven alpinista que se cobró tres veces la Pique Longue sin guía. Algo por entonces nada usual… Y también las andanzas de Henry Russell, quien obsequió a la cima con la apertura de una nueva ruta. El último citado se decidió a realizarla junto a uno de sus compañeros favoritos: el solvente guía Jean-Marie Sarrettes de Cauterets. Así, desde las orillas del lago de Gaube ambos marcharon rumbo al collado de los Mulos, que ganaron con el alba. En veinte minutos más llegaban al arranque de cierto corredor conocido desde antiguo por los cazadores, a quienes les horrorizaba la canal vecina del Clot de la Hount. Por el contrario, este couloir de Cerbillona lucía un aspecto bastante más accesible. Russell lo describió con notable objetividad:

“Es muy pendiente, pero nunca llega a ser peligroso. Lo que vuelve esta subida agotadora es que uno se hunde hasta el tobillo en los guijarros rodantes, que a cada paso se sueltan por millares, os arrastran y, en su caída, disgregan barrancos enteros, donde se forman verdaderas cascadas de piedras. Sin embargo, es este un inconveniente leve y, con tal de dejar a la izquierda unas rocas pérfidas y casi cortadas a pico del Clot de la Hount, se llega sin demasiadas penalidades al borde superior de esta inmensa pared, que precisa cerca de dos horas para ser ascendida. Se pasa entonces una pequeña brecha desde donde se ve, al sureste, unos trescientos metros por encima, el amplio y majestuoso col de Cerbillona, del que cae a la derecha (al oeste), a lo largo de un precipicio que es quizás el más inmenso de los Pirineos, un peligroso barranco de nieve”.

La querencia por los corredores se acababa de anotar otro punto. Bajo un calor tórrido, Russell y Sarrettes cruzaron los ventisqueros de Ossoue para elevarse hasta la Pique Longue. Dejaron sobre la cima una botella para sustituir a la anterior, de donde alguien había robado las tarjetas. El descenso se llevaría a cabo por la vía normal, que aquel año exhibía unos ventisqueros muy rotos que lograron que nuestro cronista comentara:

“Nunca la cuerda hubiera sido más necesaria, y no exagero si digo que solo Dios nos salvó de un desastre en medio de estos abismos, donde erramos durante una hora al menos, buscando dónde se oscurecían, para no desaparecer, en las grietas estrechas que todavía estaban recubiertas por una ligera capa de nieve”.

De este modo se firmaba toda una aventura emocionante en los pacíficos Pirineos. Para completar tan rotunda jornada, nuestro dúo regresó a Cauterets por el valle de Lutour a través de la brecha de Labas. Bien se ve que nuestros ancestros poseían unas piernas de acero.

Con el permiso de Henry Russell, otro de los nombres propios que más se iban a escuchar por el entorno del Vignemale decimonónico sería el de su discípulo Henri Brulle. Es decir: el promotor de las más importantes primeras sobre sus murallones. Los inicios de este pirineísta en el macizo fueron bastante heterodoxos… Así, el 16 de agosto de 1874 subía hasta la Pique Longue en su salida primeriza a la montaña. Tuvo la gran suerte de contactar en Cauterets con un compañero de sus estudios de Derecho llamado Aymar d’Arlot de Saint-Saud, futuro socio de honor de Montañeros de Aragón. En su compañía y en la de Laffitte, Sarrettes y Latapie ganó el collado de los Mulos y, por el corredor de Cerbillona, holló el collado del mismo nombre. De regreso siguieron otro itinerario poco habitual: ese corredor del príncipe de la Moskowa que ya nadie utilizaba, para descender por la, según la terminología de la época, “chimenea del Roquedo Blanco, la hipotenusa y la meseta de Cardal”…, hasta San Nicolás de Bujaruelo. Otra tournée memorable de estos hombres de hierro.

Rastrearemos un poco más las arriesgadas peripecias de aquellos años vibrantes de los reconocimientos verticales por el Vignemale. En 1876 Albert Laporte llevaba a sus lectores hasta los mismos accesos de la Pique Longue, sin duda más preocupado por las leyendas locales que por las cumbres. Habló de ellas en una rápida descripción de su principal atractivo:

“El lago de Gaube, donde la montaña derrama sus nieves y sus hielos, está encajado entre altas cimas ásperas y desnudas. En sus orillas todo está silencioso. Ni un pájaro, ni una flor, pocos árboles y poco césped”.

De cualquier modo, en su texto llamaba la atención cierta referencia a algunos de los clientes del albergue del lago, “una caravana que desciende del Vignemale, que se lleva los platos al asalto”. La escasez de alusiones casi hace suponer a estos excursionistas, entre quienes parece que se contaban dos señoritas, podían venir del Petit Vignemale…

Once años después del adverso tanteo de Émilien-Sigismond Frossard en el Clot de la Hount, Henri Brulle y Jean Bazillac le tomaban el relevo. Estos pirineístas, acostumbrados a subir montañas por caminos poco frecuentados, habían decidido resolver la cuestión del acceso más directo al Vignemale sin atender los dictámenes de sus predecesores. Como reconoció Brulle, estaban “convencidos de que siempre es preciso juzgar las cosas por uno mismo y de cerca”.  

Los jóvenes hallaron serios contratiempos para encontrar en Cauterets a un par de montañeses que les acompañasen. Finalmente lograron convencer a Sarrettes, uno de los guías de 1868, y a un ágil cazador local llamado Pierre Bordenave. La aventura podía arrancar…

El 12 de agosto de 1879 los cuatro hombres se enfrentaban al corredor del Clot de la Hount ascendiendo por unas pendientes nivosas cada vez más inclinadas. Como, sorprendentemente, nadie calzaba crampones en el grupo, Bordenave tuvo que tallar peldaños. Por debajo de él, se escalonaban ansiosos Bazillac, Brulle y Sarrettes. Afortunadamente, encontraron buena nieve en el primer tramo. Así y todo, ante la bifurcación del corredor intentaron sin éxito pasar a la roca, pues el desnivel del nevazo les parecía excesivo. Brulle reconocería las dudas de aquella caravana:

“La pendiente era tal que, mientras nuestra mano diestra sujetaba el bastón sólidamente fijado, nuestro otro brazo, horizontal, se apoyaba en la nieve, hundiéndose en ella hasta el puño”.

Una inclinada rimaya les cerró la salida, unos cien metros más arriba. Fue el momento más delicado de su ascenso, en medio de un ambiente de gran verticalidad. Bordenave superó habilidosamente esta barrera, ayudando a pasar a los demás con su bastón…, por suerte para Bazillac, quien resbaló ligeramente en la nieve. La situación en la minúscula plataforma en la que quedaron, siempre desencordados, pues no sacaron la maroma en toda la ascensión, tampoco era como para hacer sonar las campanas. El aclamado como Padre de la Escalada Pirenaica reconoció su miedo abiertamente:

“Nos asomamos al espantoso abismo que teníamos a nuestros pies, preguntándonos si no era una locura proseguir, pues la roca de los alrededores era absolutamente inaccesible, y el hielo del corredor donde estábamos, duro como el hierro y horrorosamente inclinado”.

La opción elegida resultó tan original como acertada: por la arista de hielo que los separaba de la roca, Bordenave esculpió una especie de escalones en dientes de cremallera. Al llegar a la punta final de la nieve del corredor del Clot de la Hount, alcanzaron la relativa seguridad del muro de piedra. La descripción de este tramo hasta la cumbre, logró que se catalogara dicho acceso entre los dominios de la escalada:

“Fue preciso buscar las presas, contentos de que no se nos quedaran en las manos. Las que aguantaban eran tan pequeñas que nuestros dedos contraídos apenas podían ayudarnos a elevar el cuerpo sobre estas superficies deslizantes”.

Al llegar a la cima los cuatro eran conscientes de que la ruta que acababan de inaugurar no era en absoluto apta para los turistas de Cauterets… No obstante, habían abierto la primera vía de escalada en el Pirineo, el mayor obstáculo vencido hasta la fecha. Tenían derecho a cierto desahogo:

“Nos sentamos cada uno a su aire para reponernos del esfuerzo físico y síquico que habíamos tenido que realizar durante las dos horas de dificultades que fueron precisas superar”.

En un principio, esta apertura fue acogida en el valle con cierta incredulidad: hasta no constatar que había huellas subiendo el Clot de la Hount nadie se convenció de su realización. Seguidamente llegaron las críticas más o menos abiertas, ya que se alegó que era un camino demasiado peligroso. Es más: años más tarde, Brulle no dudó en calificar tal escalada, sin crampones ni piolets, como una “empresa muy escabrosa”.

Los historiadores del pirineísmo consideraron que ese 12 de agosto de 1879 la escalada pirenaica acababa de eclosionar. No sería esta la última gran página que iba a redactarse sobre tales decorados, aunque ahora a golpe de piolet. Empuñando, ahora sí, a Flor de Gaube

Por Alberto Martínez

Alberto Martínez Embid practica el montañismo desde que era un crío. Últimamente llama la atención su faceta divulgadora, que se podría glosar como firmante de veinticinco libros y participante en veinticuatro colectivos, sin olvidarse de sus más de mil setecientos artículos. Casi todos, de temática pirenaica. Aunque se ha hecho acreedor de tres galardones de narrativa, seis de investigación histórica y siete de periodismo, se muestra especialmente orgulloso del Premio Desnivel de Literatura de Montaña de 2005.

4 respuestas a «Y nació la escalada pirenaica…»

Una vez más, es preciso volver sobre la dificultad de estas «sencillas» ascensiones con los medios y las condiciones de la época. Recientemente he tenido ocasión de contemplar una postal del glaciar del Infierno, realizada por Peñarroya, en la que sorprende la altura del glaciar. ¿Cómo sería el Vignemale todavía un siglo antes? En fin, que cuando hables del couloir de Gaube y de Brulle, ya no me quedarán palabras de elogio suficientes.

No, no las hay, José… El Pirineo de entonces, de finales del siglo XIX, por lo que muestran crónicas y fotografías, era una cordillera mucho más alpina…

Y gracias a ti, Luis, que llegas y, seguidamente, te lees todas estas batallitas…

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