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La hora de Flor de Gaube

Nunca el Vignemale estuvo más rabiosamente de actualidad que durante el último tercio del siglo XIX. Su más desafiante corbata de hielo, esa ruta imposible que descendía entre la punta Chausenque y la Pique Longue, llevaba varios años tentando al pirineísmo de corte osado. No tanto por concretar una conexión directa entre Cauterets y las cumbres del macizo, sino por mero espíritu deportivo. Así, por el entorno del Vignemale revoloteaba un puñado de entusiastas de las trepadas que consideraban medir sus fuerzas con dicho Couloir. En el verano de 1889, justo diez años después del éxito del corredor del Clot de la Hount, se decidieron a afrontar el reto.

En ese intervalo de tiempo, sus principales protagonistas, Henri Brulle y Jean Bazillac, habían aprendido técnicas alpinas. De vuelta a los Pirineos, decidieron adiestrar en ellas a un joven guía de Gavarnie, el prometedor Célestin Passet. Por añadidura, Brulle se trajo del Oberland un revolucionario piolet corto…, que no tardaría en ser bautizando como Fleur de Gaube, una denominación que podía traducirse como “lo mejor de Gaube”. A este Dúo Rompecuellos, se añadiría todo un experto en ascensiones invernales, Roger de Monts. Parecía un equipo realmente resolutivo.

Tras mucho pensarlo y más aún planificarlo, nuestros pirineístas se pusieron finalmente en marcha. El 7 de agosto de 1889 abandonaban sobre las 7:00 h las cuevas de Belle-Vue los siguientes candidatos al corredor de Gaube: los instigadores Henri Brulle, Jean Bazillac y Roger de Monts, junto con los guías Célestin Passet y François Bernat-Salles. Poco antes enviaron por delante a un par de montañeses para que impidieran que los turistas arrojasen piedras desde la salida de la ruta, una costumbre de la época.

La caravana estaba al pie de la rimaya a las 8:40 h. El buen ojo y la pericia de Célestin lograron descubrir un paso en el muro de la punta Chausenque. El inicio tendría, pues, una apertura rockera… Así, trepando por aquellas peñas cada uno a su aire, alcanzaron el tronco del Couloir sobre las 10:00 h. Passet comenzó a tallar escalones en cabeza, con Brulle, De Monts, Bazillac y Salles por detrás suyo. O, mejor dicho: escalonados por debajo.

Al mediodía el quinteto alcanzaba la bifurcación, eligiendo el ramal de la derecha, que se fue empinando cada vez más. Al menos iba a brindar buena nieve a los rudimentarios crampones que todos ellos calzaban. Por fin se situaron ante un gran bloque empotrado que taponaba todo el corredor, ya de por sí muy estrecho. Brulle lo describiría:

“Nos encontramos frente a frente con el obstáculo que habíamos previsto, pero que resultó más formidable de lo supuesto. Un bloque enorme encajado entre dos paredes, no muy lejos de la salida, de al menos cinco metros, vertical, si no extraplomado y acorazado mediante una espesa capa de verglás. Por la izquierda, la muralla era absolutamente lisa. Por la derecha, una cascada se hundía en un gran agujero”.

Fue el momento clave de la escalada. El cabeza de cordada, Célestin, tuvo que emplearse a fondo: durante dos horas probó a superarlo por ambos extremos, llegando a descalzarse para mejorar su adherencia en la roca. Y, todo ello, desencordado. Al fin le pidió su piolet Flor de Gaube a Brulle para realizar una última intentona. Era ya muy tarde para no tener aquella vía resuelta: las 15:30 h, cuando la posibilidad de una retirada parecía una terrible realidad.

Por fortuna, el guía de Gavarnie logró tallar con este mítico piolet lo justo, justito, como para izarse sobre el gran bloque. Desde allí desenrolló la cuerda que cargaba y comenzó a izar, uno a uno, a sus compañeros de ascensión… No fue una empresa sencilla: en las entrañas del Vignemale se vivieron unos instantes dramáticos cuando De Monts protagonizó un resbalón y quedó colgando de la maroma durante unos instantes que a todos se hicieron larguísimos. Pero lo peor ya estaba resuelto.

Como la repisa que existía sobre el bloque era estrecha, Brulle decidió proseguir su ascensión del muro de hielo terminal, que no ofrecía otra dificultad que unas escaleras excavadas por el agua. Reagrupados antes de salir por el embudo, casi nadie usó como pasamanos esa cuerda que los hombres de arriba les arrojaron. Una acción tan innecesaria como minoritaria que haría correr la tinta más adelante. Ya se sabe: el viejo tema de la pureza en la progresión por una pared…

Cuando los cinco escaladores se situaron sobre la plataforma de Les Jumeaux, en arista oeste del Piton Carré, fueron recibidos de un modo entusiasta por Henry Russell, deseoso de ser el primero en felicitarles por su proeza. Sin embargo, no había duda de que el verdadero héroe de aquel histórico 8 de agosto de 1889 fue Célestin Passet, quien tuvo que tallar mil trescientos peldaños en las angustiosas ocho horas de trepada por las entrañas del corredor de Gaube. Nada extraña que cuando Brulle le propuso repetirlo, poco tiempo después, el montañés se negara de un modo pícaro, alegando que “si se hacía la segunda, entonces él haría la tercera”. El Vignemale entraba de esta manera en su mayoría de edad deportiva, a la par que brindaba a la cadena su vía más exigente. Por el momento…

El macizo “más alpino del Pirineo” guardaba otros ases en la manga. En 1890 Brulle quiso proporcionarle al Petit Vignemale algún tipo de ruta de prestigio por el flanco de septentrión. Con el éxito del couloir de Gaube en mente todavía en la mente, una parte de sus ganadores subió a las cuevas de Belle-Vue el día 30 de julio. A la mañana siguiente pasaban al glaciar norteño, justo por debajo de la barrera de séracs. Brulle, De Monts, Célestin y Salles deseaban superar el primero de estos muros de hielo por algún puente de nieve caída e ir buscando la salida hacia la zona alta de ese glaciar colgante. No hallaron ninguno que mostrara una mínima consistencia. Brulle describió esta nueva peripecia vertical:

“Con precauciones en exceso y usando todas las técnicas, con todos los refinamientos del arte, llegamos al primer repliegue. Célestin se impuso el deber de escalarlo verticalmente. Pero, desde los primeros golpes de piolet en el muro de hielo, oíamos temblar a toda la masa: unos desplomes subterráneos abrían bajo nuestros pies agujeros amenazadores. Un minuto de inmovilidad y la angustia pasó. Después, por unanimidad, como mudos y lo más ligeros que pudimos, bajamos a terreno firme, felices de habernos librado. Quedaban por tentar los roquedos de la orilla derecha del glaciar. Desembarcamos allí, no sin problemas, y trepamos a la aventura, recto frente a nosotros, sobre aristas polvorientas, y por unos corredores verglaseados. La escalada resultó dura. Constatamos que fue una suerte para nosotros no haber podido franquear la caída del glaciar, pues habríamos quedado detenidos más arriba por una grieta totalmente infranqueable”.

Por unos muros rocosos, el cuarteto iría a parar casi directamente a la cima del Petit Vignemale. Desde aquí bajaron hacia el col des Glaciers y, luego, al glaciar de Ossoue, una ruta ya insinuada previamente por De Monts. El descenso por estas paredes meridionales, consideradas por entonces como infranqueables, se les hizo muy corto, acaso por sus buenas rocas. Una vez sobre los ventisqueros, continuaron hacia el pico de Montferrat y, desde su remate, hacia el Tapou…, por esa “larga arista bastante aguda” por donde se cree que solo habían pasado unos mineros de Russell en 1881.

Lo dicho: las posibilidades del Vignemale decimonónico eran enormes. Así, de las doce ocasiones en las que Henri Brulle visitó sus zonas altas, la penúltima de ellas fue la más emocionante. El 31 de julio de 1893 dicho escalador fue invitado, junto a sus amigos Astorg y De Monts a tomar el té en las cuevas de Belle-Vue. Antes de acercarse para su cita con Russell, el trío decidiría subir por la arista de Montferrat. En la cumbre del Clot de la Hount les aconteció el primero de los percances: a Brulle se le cayó inadvertidamente su reloj…, que no recuperó hasta 1923, tras ser hallado por cierto pirineísta apellidado Carrive.

En el curso de su aventura de 1893, tras haber abandonado el terreno de grietas ostentosa, los tres sportsmen bajaban un tanto despistados por la zona fácil del glaciar. Sin sospechar el peligro que les aguardaba en un campo de nieve inmaculada. Con Brulle encordado por delante, el grupo entró en él:

“Caí a pico. Después, una violenta sacudida, me alcé. Por instinto, extendí los brazos y las piernas en todas las direcciones y me encontré parado en seco, encajado de riñones y con una pierna contra las dos paredes. Notando la cuerda tensa, coloqué con rapidez mi segunda pierna al lado de la otra, me coloqué lo mejor que pude y me situé lo bastante cómodo para examinar la situación con seriedad. La Providencia permitió que hubiese conservado mi piolet, Flor de Gaube”.

El líder estaba encajado en una grieta, a tres metros de profundidad. Sus compañeros, desesperados, se despellejaron en vano las manos intentando subirlo. Únicamente Brulle podría liberarse a sí mismo:

“Rasgando el hielo con mi piolet, aseguré mis suelas contra un deslizamiento fatal, después subí los pies, el uno después del otro, unos quince centímetros. A mi señal, la cuerda tiró a su vez, mis manos bajo los riñones, ayudando a subir mi espalda… Poco a poco, subía; pero debía parar a menudo, a veces incluso bajar un poco para estirarme, y perdía entonces el terreno conquistado con tanto esfuerzo. Ninguno de nosotros supo jamás cuánto tiempo duró esta ascensión de tres metros”.

El padre de la escalada pirenaica acabaría por alcanzar el borde de la grieta, desde donde le asieron sus amigos. Llegaron tarde a la cita en Belle-Vue, lo cual extrañó a Russell… Y como las explicaciones que le dieron (“jugueteábamos en las grietas”) le parecieron todavía más sospechosas, el Señor del Vignemale envió a uno de sus guías para seguir las huellas en la nieve…, hasta el agujero delator en el glaciar. El pequeño secretillo del incidente quedó de inmediato al descubierto.

En efecto: el Vignemale de finales del siglo XIX dio mucho de sí a los apasionados del vértigo. Los grandes años de ese piolet llamado Flor de Gaube que, en 2001, brindaría su nombre a cierta novela de Ediciones Desnivel

Por Alberto Martínez

Alberto Martínez Embid practica el montañismo desde que era un crío. Últimamente llama la atención su faceta divulgadora, que se podría glosar como firmante de veinticinco libros y participante en veinticuatro colectivos, sin olvidarse de sus más de mil setecientos artículos. Casi todos, de temática pirenaica. Aunque se ha hecho acreedor de tres galardones de narrativa, seis de investigación histórica y siete de periodismo, se muestra especialmente orgulloso del Premio Desnivel de Literatura de Montaña de 2005.

5 respuestas a «La hora de Flor de Gaube»

Parece que llego un poco tarde a una de las entradas que más me gustan por su temática y por lo que significan. Lamento mi incapacidad y carencia de oportunidad para visitar desde «muy cerca» ese hermoso corredor que pronto desaparecerá, secuela del calentamiento global. ¡Qué le vamos a hacer! Siempre nos quedará París (digo, su recuerdo).

Muchas gracias, Luis. Si te gustan estas batallitas, estás de enhorabuena, pues aún quedan dos más: es una mini-serie de cinco…

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