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Un mundo de aristas y corredores

Seguiremos con una nueva entrega de esta suerte de recordatorio de la novela Flor de Gaube (Desnivel, 2001) cuando se cumplen dos decenios de su salida a la venta. Previo paso como finalista por el III Premio Desnivel de Literatura de Montaña, Viajes y Aventuras, se entiende… Y nada como hacerlo mediante un rápido repaso de cuanto sucediera tras el éxito en el corredor de Gaube. Una ascensión exigente que salió adelante gracias a los buenos servicios, entre las manos del guía Célestin Passet, de un ya mítico piolet…

Pero ya se alzaba el telón para la siguiente pieza de esta obra. Así, con los inicios del siglo XX el pirineísta Georges Ledormeur se mostró interesado por reactivar los itinerarios al Vignemale desde la vega del Ara. Por ello, un 5 de agosto de 1906 se dirigió, en compañía del teniente Paimparey, hacia la base del corredor del Clot de la Hount. Puesto que Brulle dejó bien claro en su croquis para el Anuario del CAF que había tomado la rama izquierda, Ledormeur quiso estrenar la variante de la derecha. Dicho y hecho: ambos amigos alcanzaron la morrena del glaciar del Clot de la Hount con objeto de cobrarse aquella supuesta primicia en el Vignemale. La sobriedad hecha relato iba a ser la marca de esta casa:

“6:50 h: salida hacia el este, travesía del glaciar, inclinado a 45º, talla de peldaños.

”7:10 h: escalada de sus rocas de su orilla derecha.

”7:20 h: foto del glaciar, escalada penosa, caída de piedras, descenso por un corredor a la derecha para remontarlo enseguida. Travesía de la rama occidental del glaciar. Chimenea vertical orilla izquierda, con paso en extraplomo. La chimenea se ensancha. Subida por la arista a la derecha. Rocas en extraplomo, presas oblicuas (mal paso). Se gana un ancho corredor. El resto es más fácil.

”9:20 h: pico del Clot de la Hount (3.289 m)”.

En total fueron nueve horas de ascenso desde Cauterets hasta la cumbre de la Pique Longue sin dar rodeos durante dicho trazado. Sin embargo, era una nueva ruta que, por el momento, no iba a tener demasiados partidarios.

El interés deportivo evolucionó hacia otros decorados cercanos. Así, tras el fracaso de Brulle y Célestin de 1884 en esa arista que comunicaba el collado de los Mulos con el Vignemale, nadie había vuelto para una nueva tentativa. El gran guía de Gavarnie dictaminó que la cresta en cuestión no se podría vencer sin el auxilio de una cuerda de al menos sesenta metros tendida desde la cumbre. Por la mente de Passet rondaba la posibilidad de que se tuviese que izar con ella a los hipotéticos escaladores en el tramo de la famosa Dalle Formidable. Mas no todo el mundo estaba tan seguro de que aquella ayuda artificiosa resultase imprescindible.

El 21 de agosto de 1908 Jean d’Ussel decidió tomar el relevo de los Rompecuellos en sus actividades punteras. Llegó a un complicado terreno de juego reforzado con guías locales como Germain Castagné, Jacques Soubie, Hippolyte Courtade y Antoine Salles. En un principio, se consideró la posibilidad de seguir el consejo de Célestin, por lo que se procuraron ciento quince metros de gruesa maroma. Por lo demás, temiendo un gatillazo en la arista de Gaube, no anunciaron a nadie su objetivo.

A la mañana siguiente, la niebla más densa reinaba en el refugio de Bayssellance. El grupo salió tarde hacia su objetivo: sobre las 8:00 h, cuando el tiempo comenzó a asentarse. La estrategia a seguir sería sencilla: dejando a Courtade en el cobijo con los ochenta y cinco metros de cuerda, los otros cuatro hombres se aproximaron hasta el pie de la arista. Planeaban asaltarla con el mínimo peso posible: una mochila con treinta metros de cuerda, las espadrillas de escalada y algo de pan. Pero solo un trío: tras ayudarles con el porteo, Salles regresó a Bayssellance para, junto a Courtade, subir hasta la Pique Longue por el glaciar de Ossoue cargando la famosa maroma.

Al llegar a la zona rocosa de la arista del Gaube, la cordada Castagné-Ussel-Soubie se calzó las espadrillas para comenzar a trepar por un sector calcáreo que fue definido como “liso y húmedo”. Tras encordarse un poco antes por cuenta de un mal paso que les cerró el camino, ganaron esa base de la placa que frenara en su día a Célestin. El grupo de Ussel se enfrentaba a las primeras dificultades serias:

“La gran laja terminal se eleva del todo brillante y poco hospitalaria. Las supuraciones de agua que resplandecen al sol hacían todavía más espantoso su aspecto”.

Sobre las 11:00 h comenzó el ataque, no sin antes advertir de ello, mediante gritos, a los dos compañeros que debían de estar ya situados sobre la cima. Al final lograron descubrir sobre sus cabezas a Courtade y Salles, quienes habían bajado un poco para desenrollar las cuerdas y, uniéndolas entre sí, descolgarlas hacia sus compañeros. Por desgracia, una maroma se les escapó y terminó cayendo al glaciar: se quedaron tan solo con los restantes cincuenta y cinco metros. Después de varios intentos que provocaron lluvias de piedras, los dos montañeses colocaron este Hilo de Ariadna en la vertical…, aunque todavía a treinta metros de los escaladores. Castagné no se dejó impresionar por dicho inconveniente e inició la escalada, tal y como explicaría Ussel:

“Se tendió sobre la roca, se pegó a la pared, se estiró y se encogió sobre ella, consiguiendo que los dedos de los pies o de las manos encontraran un ligero resquicio sobre la placa menos quemada. Porque presas no había. Ansioso, seguí junto a Soubie los movimientos de Germain. Todo el éxito de nuestra empresa estaba en juego en ese momento, todo dependía de él…, subió…, subió lentamente, pero subió a pesar de todo. Centímetro a centímetro, metros a metro…, y así se elevó quince: encontró una repisa más ancha sobre la que se podía girar, a la que me subió como un fardo con los piolets y la mochila, y yo los sujeté para impedir que cayeran. Soubie subió por el mismo procedimiento. Enseguida, volvimos a ascender de igual manera, escalonándonos sobre la laja en una larga fila. ¡Hurra! Germain acababa de llegar a la cuerda de arriba. Febrilmente, se la pasó alrededor de los riñones y gritó que no tiraran, pues acababa de percatarse de que había una vira entre dos conchas de roca. Así, habiendo llegado limpiamente hasta ese punto, intentó continuar como hasta entonces, pues quería subir por sus propios medios, vencer de forma plena y en solitario la Gran Laja del Vignemale. Presentía la victoria, que de ese modo sería tan completa como indiscutible… En un momento dado, el cuerpo de Castagné desapareció de la vista de sus tres compañeros. Solo sus dos piernas permanecían todavía visibles, bailando en el vacío, en tanto que la parte alta del tronco quedaba escondida por un resalte. Acababa de llegar hasta nuestros hombres de arriba”.

Así venció este guía de Gavarnie, yerno del propio Célestin, la hasta entonces indómita arista de Gaube. De un modo algo menos artificial de lo inicialmente planeado. Pero una nevada brusca que cayó sobre la Pique Longue, allá sobre las 13:30 h, impediría que Ussel y los suyos festejasen su victoria sobre la misma cumbre.

Parecía como si el Vignemale y sus rutas de vértigo hubieran reservado plaza con periodicidad dentro de las páginas de actualidad pirineísta. Con el cambio lógico de personajes con el discurrir de las añadas… Así, justo después de su desmovilización del Ejército francés tras la Gran Guerra, Jean Arlaud comenzó a considerar la repetición de la vía más prestigiosa de los Pirineos: el couloir de Gaube, naturalmente.

Este médico afincado en Toulouse iba a ser todo un asiduo del Vignemale. Su currículo se mostraba claro: un intento con esquís en su primer contacto con la Pique Longue (1920), dos ascensiones con tablas (1921), el glaciar del Petit Vignemale y punta de Chausenque (1925), la arista del Montferrat-Tapou (1925), la punta de Chausenque por el noreste (1925)… Pero, muy probablemente, a resultas de que su amigo Raymond d’Espouy le presentara a su tío Henri Brulle en 1921, esta decisión de recorrer las entrañas del célebre corredor se reafirmara.

Con estos preliminares sobre la mesa, Arlaud solo necesitaba un compañero de cordada a la altura de la empresa. La suerte le iba a sonreír, poniéndole en su camino a Charles Laffont. Sin embargo, por diversos problemas, esta potente asociación no tentó el aún temible corredor sino hasta 1927. Hubo tiempo de sobra para preparar tanto el material como la estrategia.

Arlaud lo tuvo muy claro y se procuró, con cierto secretismo, un pequeño piolet que desempeñase el papel de Flor de Gaube en el bloque empotrado. Así, en el mes de junio de 1927 se dirigió a Gavarnie con varios amigos, pensando que en para esas fechas se evitarían las complicaciones ante la rimaya. Por lo demás, tres de sus compañeros se brindaron a subir hasta la brecha de Gaube con una cuerda de cincuenta metros como seguro adicional. Era la costumbre de aquellas épocas heroicas…

Todo listo para el ataque. Arlaud y Laffont abandonarían Bayssellance sobre las 6:45 h del día 5 de junio de 1927. Después de atravesar el glaciar de las Oulettes se allegaron hasta el pie del couloir de Gaube, que presentaba una rimaya cómoda y una nieve excelente. La suerte les sonreía.

Ascendiendo por el lado derecho de la rigole, la pareja ganó la bifurcación sobre las 8:45 h. A partir de aquí, debido al aumento de la pendiente, decidieron encordarse a veinte metros. De esta forma accederían al zócalo de ese bloque encajado entre las dos paredes que tanto se temía. Sin embargo, en aquel mes de junio no era un obstáculo tan serio: Laffont sacó su pequeño piolet para esculpir escalones a resguardo de los proyectiles que caían, plantándose en dos largos ante el muro del final.

Por desgracia, esta segunda dificultad se mostró mucho más temible: durante una hora y cuarto ambos escaladores intentaron abrirse paso por un hielo durísimo que no admitía la menor muesca. Y con el tiempo estropeándose por momentos… Desesperados, llamaron a gritos a sus amigos para que les lanzasen la cuerda desde arriba. Nadie escuchó su petición un tanto a la desesperada.

En mitad ya de una tempestad, los candidatos al corredor más famoso del Pirineo tendrían que iniciar una retirada complicada. Todo ello, sin dejar de rapelar y de tallar en un ambiente de vértigo. Arlaud describió así su escape del couloir de Gaube:

“Monótona y sin interrupciones, se suceden maniobras y maniobras. Descendemos sin titubeos, sin el menor error de técnica. Ni un falso movimiento, con la impresión de que, entre nosotros dos, hemos creado una seguridad absoluta”.

En las cercanías de la bifurcación se tomó la arriesgada decisión de utilizar los escalones labrados en la rigole para bajar más rápido…, a pesar de la posibilidad de que cayesen piedras. A las 20:30 h ambos alcanzaban la rimaya, justo cuando las nieblas y la tarde declinante reducían peligrosamente la visibilidad. Agotados, Arlaud y Laffont entraron en Bayssellance a las 22:00 h, después de quince horas de lucha. Allí se enteraron de que un vendaval había impedido a sus tres auxiliares ganar la brecha de Gaube y aguardar el silbido convenido para echarles esa maroma que tanto hubiesen agradecido.

A los pocos días Arlaud visitó a Brulle para informarle de sus desventuras. El viejo escalador le consoló como mejor pudo: “Hay fracasos que valen más que algunos éxitos”. Una frase pronto célebre en la crónica del pirineísmo. Sus frustrados candidatos habíam terminado realizando lo que Russell profetizara en su día: el Couloir reculando. Y nunca mejor dicho…

Así, el 26 de junio de 1927 Jean Arlaud regresó a la brecha de Gaube para descolgarse mediante una cuerda hasta el muro de hielo y escalarlo, en un intento desesperado de que le adjudicaran la repetición, aunque fuera en dos fases. Pero la treta no coló, y solo escucharía las críticas del colectivo pirineísta.

Definitivamente, el territorio del Vignemale estaba cambiando, para erigirse como el dominio natural de la escalada pirenaica. A partir del interés por sus dos primeras grandes rutas del couloir de Gaube y la norte de la Pique Longue, el macizo se pobló de trepadores que acabaron por hacer suyo aquel ambiente.

Nunca se sabrá si Arlaud, el innegable animador del Vignemale tras la Gran Guerra, consideró la posibilidad de repetir su tanteo al corredor de Gaube. En cualquier caso, no se alejó demasiado de este teatro, donde firmó repeticiones de la arista de Gaube (1927) o de la canaleta del Clot de la Hount (1928)…

Tras el fiasco en el objetivo más codiciado del Pirineo, muchos escaladores llegaron a pensar que era cierta esa leyenda de que Célestin Passet se había llevado al otro mundo la llave del corredor de Gaube. Pronto se iba a comprobar que no sería así…

Por Alberto Martínez

Alberto Martínez Embid practica el montañismo desde que era un crío. Últimamente llama la atención su faceta divulgadora, que se podría glosar como firmante de veinticinco libros y participante en veinticuatro colectivos, sin olvidarse de sus más de mil setecientos artículos. Casi todos, de temática pirenaica. Aunque se ha hecho acreedor de tres galardones de narrativa, seis de investigación histórica y siete de periodismo, se muestra especialmente orgulloso del Premio Desnivel de Literatura de Montaña de 2005.

6 respuestas a «Un mundo de aristas y corredores»

Para mí, el Vignemale continúa siendo el perfecto paraíso de los Pirineos. Lástima que no nos coja un poco más a mano (quizá por eso hube de conformarme con las marmoleras del Infierno). Siempre tengo muy presente tu magnífico libro sobre «El señor del Pirineo» y mi mente nunca abandona el superlativo recorrido cimero desde el Petit al Monferrat, al que siempre he tenido como la mejor excursión de nuestra querida cadena.

¡Y tanto! Desde antiguo, completar ese recorrido que citas, «la herradura» creo que le llaman, ha sido una de las rutas más elegantes y majetonas de la cordillera, José…

No te quejarás, Luis: con estas cuatro entregas (más otra más), te haces un libro chiquito para tener lectura montaraz en estas vacaciones…

Vaya mundo de aristas y corredores que nos dejas en mente Alberto. Y con las vacaciones por delante. Gracias por darnos buenas historias y tambien buenas ideas. Ni más ni menos que el el Grand Vignemale.

Ajá, ya lo veo, Makako: acabas de «tomar prestado» a Flor de Gaube del Museo Pirenaico de Lourdes y te lo llevas contigo de vacaciones. De corredores, más que de aristas, supongo…

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