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La llave del corredor de Gaube

Durante el primer tercio del siglo XX circuló por medios pirineístas un chascarrillo que se refería al Couloir más famoso de la cordillera. Decía que su auténtico vencedor en 1889, Célestin Passet, se había guardado en el bolsillo del chaleco la llave que cerraba al resto de los humanos dicho corredor. Y, dado que el célebre guía de Gavarnie había fallecido en 1917…

El gatillazo de la potente cordada Arlaud-Laffont en 1927 acrecentó esta leyenda tan cándida. Y, durante unos años, pareció como si un solo escalador, François Cazalet, quisiese tentar la repetición del célebre Corredor. Facultades no le faltaban. Para su desgracia, el lapso que tardó en conformar un grupo solvente daría tiempo para que otros se interesasen por este proyecto. De un modo inesperado, los hielos de Gaube iban a conformarse como el estadio para una suerte de carrera de velocidad.

Estos asuntos pueden originarse de una manera curiosa. Así, en el curso de cierta jornada del mes de abril de 1933, una cuadrilla de pirineístas de Pau contemplaba el Vignemale desde el pico Ardiden. A resultas del debate que siguió, se decidirían a intentar ese Corredor desafiante que surcaba su cara norte. Con sumo sigilo, el día 13 de julio llegaban a Pont d’Espagne sus integrantes: Henri Barrio, Jean Aussat y Joseph Loustaunau. Aún no lo sabían, pero iban a adelantar por veinticuatro horas a Cazalet y su grupo.

Tras pernoctar en la cueva de Villa Meillon, la cordada de Barrio se puso en marcha sobre las 5:00 h. Alcanzaron la rimaya y la superaron sin el menor problema. Una vez en el tronco del couloir de Gaube, no seguirían su lengua de hielo sino que, a pesar de los desprendimientos, prefirieron prescindir de los crampones para trepar por la rigole, esa trinchera excavada en la nieve por las piedras.

De ese modo llegaron ante el bloque empotrado: una panza de hielo que les exigió emplearse a fondo por vez primera y colocar dos clavos de hielo que habían fabricado ellos mismos. Una cascada cercana y sus salpicaduras no pasaron de ser una, hasta cierto punto, leve molestia. Sobre las 12:00 h se topaban con el mayor obstáculo: el famoso muro de hielo. No iban mal de tiempo: para superar los primeros quinientos metros habían necesitado seis horas. Loustaunau referiría cómo solventaron el plato fuerte de la jornada:

“Nos encontramos bajo el extraplomo de una verdadera gruta de hielo, desde cuyo remate brotaba con gran fuerza una cascada que nos inundaba copiosamente. En tanto que nuestro líder actual Barrio se esforzaba por descubrir en las rocas de la cara este de la Pique Longue una vía de escalada que contornease el obstáculo, mi camarada Aussat y yo, inmovilizados en una posición que no podíamos abandonar, tuvimos que soportar durante media hora la incomodidad de la ducha helada. Finalmente, Barrio se detuvo y nos gritó indicaciones sobre la vía que le parecía mejor. Pero la estancia prolongada bajo la avalancha de agua nos había hecho perder gran parte de nuestras habilidades y tuvimos problemas para reunirnos con él”.

Tras vencer aquélla, la mayor dificultad de 1933, solo restaba buscar una salida por las rocas de la Pique Longue. El mismo cronista especificó con parquedad que apenas les quedó sino el “contorneo de un último extraplomo; empeñarse a lo largo de una vira y terminar así con la roca”. Seguido, ganaron el embudo final de nieve. Tras este éxito rotundo, vendría el segundo acto de aquella curiosa obra de teatro…

Justo al día siguiente que Barrio, su rival Cazalet llegó a Gaube con intención de repetir el Couloir. Le acompañaba lo más insigne del recién fundado Groupe Pyrénéiste d’Haute Montagne: Henri Lamathe, Robert Ollivier y Jean Senmartin. Era el 15 de julio de 1933 y no sospechaban la presencia de otra cordada en el, hasta entonces, tan solitario corredor del Vignemale. Recién descerrajado por segunda vez.

Los nuevos candidatos partieron de Bayssellance en el curso de una mañana intempestiva: solo la insistencia de Cazalet logró que arrancasen…, no sin antes enviar a un amigo hasta la brecha de Gaube para impedir que los posibles turistas tiraran piedras por el abismo.

A las 10:15 h el cuarteto galo había superado la rimaya del Couloir, ganando altura por su lado derecho. No fue preciso que tallaran con sus piolets, limitándose a dar pisotones en una nieve excelente, auxiliados por sus suelas bien herradas. Hacia las tres cuartas partes del tronco, cruzaron la rigole. Solo les apareció alguna mancha de hielo duro más allá de la bifurcación. Además, el bloque empotrado resultó un obstáculo casi anodino. Ollivier describiría cómo fue su gestión de lo que llevaba fama de ser el mayor reto de aquella vía:

“El muro de hielo, de treinta metros de altura, vertical en su conjunto, servía de lecho a una cascada. Nos miramos con estupor. Ya considerábamos la necesidad de esperar a la noche y que la caída de agua se helase para evadirnos del corredor. De vez en cuando, las puntas de los crampones de Cazalet, quien me precedía, se acercaban a mi nariz de una manera inquietante. A menudo, el piolet de Lamathe hirió un hielo vivo. Unas estrechas grietas nos permitían entrever el pequeño torrente que rugía a nuestros pies. No podíamos superar el resalte sin mojarnos completamente. Bajo la ducha, Lamathe tallaba. Habíamos podido evitar el grueso de la catarata y progresábamos por la orilla izquierda cuando un molesto burlete de hielo nos detuvo. Finalmente, Lamathe empotró su piolet entre el hielo y la roca y se alzó a lo largo del mango”.

Pero el mismo muro de nieve que había detenido a Arlaud no permitiría progresar más al grupo: fue preciso que sus escaladores buscasen la salida tanto por las paredes de Les Jumeaux como por las de la Pique Longue. Aunque las primeras les parecieron factibles, optaron por la derecha… Tras quitarse los crampones y afrontar un chorro de agua helada, ingresaron en el delicado terreno podrido de la Pique Longue. Ollivier tuvo calzó sus zapatillas de escalada y pasó a la cabeza:

“Me encontré sobre una pared lisa, sin la menor plataforma a la vista. No podía retroceder más. Las presas se revelaban justo lo bastante anchas para la punta de los dedos, casi ni las uñas. Con botas, jamás hubiera pasado por allí. La cuerda de cincuenta metros llegó al final, antes de que alcanzase un emplazamiento para asegurar a mis camaradas. Terminé por ver, por mi derecha, un sólido pitón. Me dirigí hacia él. Había tomado una ruta mala: ante la nervatura que me había rechazado, la muralla estaba enlucida de presas y surcada por gradas”.

Aquel alejamiento y el consiguiente malentendido lograron que Senmartin tuviese que aguantar más de dos horas sin casi moverse. Sobre las 22:45 h. en la más completa oscuridad, el cuarteto alcanzaba la brecha de Gaube…, se cree que siguiendo una ruta ligeramente distinta a la de Barrio. Tras las felicitaciones por lo que creían era la primera repetición del corredor de Gaube, bajaron por el glaciar a la luz de un mechero. Sin sospechar nada: el piolet y la clavija que habían hallado dentro los supusieron de Arlaud. Un agrio debate y una enemistad de larga duración aguardaban, allá abajo, en el valle.

A esta crónica plena de pasiones le faltaban unas líneas con acento hispano… Como, pongamos, las aportadas por la sexta ascensión al couloir de Gaube. Una gesta protagonizada por Teógenes Díaz, José González Folliot y Ángel Tresaco el 17 de julio de 1935 en lo que sería la primera nacional. En absoluto anodina: lograría que el propio Ollivier calificase como “gran golpe teatral” su salida por la pared oeste de Les Jumeaux.

La odisea de los Peñalaros comenzó en la zona alta del corredor: imposibilitados de ganar la pared de la Pique Longue, no les quedó más remedio que escapar por el Piton Carré, dado que Teógenes estaba herido. El primer largo de esta variante lo abordó Tresaco con crampones, trepando una chimenea con una fina lámina de hielo hueca:

“¡Qué quebradiza amenaza la de la filigrana calada…, en el granulado hielo! Así pues, no era asir el hielo, que apenas tocarlo hacía; ni era cargar el cuerpo, pero sí ligero apoyo de algunas puntas de los crampones prendidas en el hielo, la filigrana calada y, todo el hielo, exigían una escalada fina, alarde de equilibrios, que uno habría deseado aligerar de haber sido posible”.

Tras los delicados metros iniciales, el madrileño alcanzaría una roca extremadamente descompuesta y húmeda. El trazado se fue extraplomando conforme disminuía el agua, llegando al V grado. Aún con crampones, Tresaco ascendió por una chimenea donde la pared mejoraba ligeramente en su salida. Por debajo, el impresionante couloir de Gaube…, y sus dos compañeros, resistiendo un bombardeo de piedrecillas. Se cuenta que la delicada situación logró que Teógenes soltase una sonora palabrota. No era para menos.

Los siguientes metros, con el cambio de roca y de calzado, las zapatillas de escalada con suela de caucho, resultaron incluso gratos. Sin embargo, con la escapatoria ya cerca, Folliot sufriría una caída con péndulo de dos metros que fue retenida por Teógenes. Sin ya más percances, salieron de la pared de Les Jumeaux. En total: cuatro horas para abrir esta variante al couloir de Gaube, de unos cincuenta metros, en tres largos de cuerda. La Variante Española.

Aquí dejaremos, por algún tiempo, esas escaladas que discurrieron en las rutas más encrespadas del Vignamale de otra época. Protagonizadas por los pioneros del vértigo y, ¡cómo no!, por esa panoplia de maromas de cáñamo, crampones primitivos y…, ciertos piolets históricos como nuestro Flor de Gaube, desde luego.

Por Alberto Martínez

Alberto Martínez Embid practica el montañismo desde que era un crío. Últimamente llama la atención su faceta divulgadora, que se podría glosar como firmante de veinticinco libros y participante en veinticuatro colectivos, sin olvidarse de sus más de mil setecientos artículos. Casi todos, de temática pirenaica. Aunque se ha hecho acreedor de tres galardones de narrativa, seis de investigación histórica y siete de periodismo, se muestra especialmente orgulloso del Premio Desnivel de Literatura de Montaña de 2005.

3 respuestas a «La llave del corredor de Gaube»

Cuánto ha dado de sí el famoso corredor. Ignoro si todavía mantiene sus condiciones; quizá sea todavía más difícil, pero, por desgracia, es de temer que pronto sea solo una chimenea descompuesta de pedruscos sin hielo. Al menos, siempre quedará el invierno y, desde luego, las páginas gloriosas que se han escrito merced a este fabuloso couloir.

Desde luego, todo parece apuntar hacia la posibilidad de que termine como vía roquera eminentemente…

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