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Un Puymorens terrorífico

Los textos de trekkers fueron predominantes en Andorra y su entorno durante las añadas del primer tercio del siglo XIX. Por entonces, el ingreso en dicho Principado tenía, al menos para los foráneos, todo el aspecto de una gran aventura. Cuando no de una película de horror. Veamos aquí los testimonios, a este respecto, de dos conocidos políticos de la Dulce Francia

Uno de esos viajeros frustrados que rozó la muga andorrana sin, aparentemente, ingresar en dicho territorio, fue Louis-Adolphe Thiers. Un historiador y estadista marsellés que fue varias veces primer ministro con el rey Louis Philippe de Francia. Además de ser nombrado, con posterioridad, presidente provisional de la Tercera República francesa. Luego copríncipe de Andorra.

Si nos ceñimos a su faceta literaria dentro de la rama itinerante, será preciso aludir al texto que firmara sobre Les Pyrénées et le Midi de la France pendant les mois de noviembre et décembre 1822 (1823). Se trata del relato de un periplo corto durante una época de alta tensión entre Francia y España. Curiosamente, Thiers no parece muy informado de la existencia del Principado a pesar de su paso por las inmediaciones. Aun con todo, los interesantes los párrafos que dedica al cruce de cierto port de Puymaurin [Puymorens o Pimorent] merecen una traducción. No en vano, el futuro presidente de la República francesa pudo rozar, sin saberlo, ese País del Pirineo sobre el cual también iba a tener condominio durante su cargo.

Así, en 1822 Thiers marchaba hasta Ax desde Latour-de-Carol y Porta junto a un joven contrabandista que ejercía como guía ocasional. De este modo se produjo su duro ascenso del puerto en un contexto, por lo que cuenta, del todo invernal:

“No se puede salir de la Cerdanya sino por el valle de Carol, una garganta larga y peligrosa que desemboca en Ax, en el departamento del Ariège. Ahí está el denominado puerto de Puymaurin [Puymorens], uno de los más difíciles del Pirineo […].

”Acepté las condiciones [del guía de Porta] y partimos. Tenía gran curiosidad por ver lo que era una tempestad en un desfiladero y comprobar si la imaginación de las gentes de la región se correspondía con las escenas que me habían descrito. Esta vez, el sufrimiento fue menor que por la mañana, pues ya estaba acostumbrado al frío y al viento y, por otra parte, nos acercábamos al mediodía. Pero lo que sucedió en adelante durante algunos instantes resultó inconcebible. Había momentos de calma completa donde no se percibía otro movimiento que la caída de nieve. Durante esos intervalos aproveché para mirar, aunque esos instantes se interrumpieran, pues el viento aparecía de repente con una violencia inesperada, revolvía las nubes, las empujaba hacia las hondonadas, y llevaba la nieve que todavía caía, amontonándose ya en la tierra, y la alzaba como las olas del mar, o la echaba hacia delante como las espumas del mar. La desolación durante aquellos instantes es imposible de describir. Los cambios de sus formas, los nuevos deslizamientos de la nieve, la disposición inesperada de las nubes, los sonidos espantosos, todo hacía pensar que uno asistía al fin del mundo. Durante uno de esos momentos quedé maravillado por un espectáculo admirable. Una vez llegué a lo alto del puerto [de Puymorens], me giré y vi ante mí una inmensidad de valles que se desplegaban unos detrás de otros. Las nubes se extendían hasta la última línea del horizonte, pero de repente, mientras que las que estaban sobre mi testa estaban sombrías y espesas, las del fondo se aclaraban, y pude percibir, a una gran distancia, las comarcas de las que venía y que, perfectamente iluminadas por el sol, parecían disfrutar de una calma inalterable. Dicha calma, vista desde el seno de la tormenta y a través de la magia de la lejanía, me maravilló, y me hizo olvidar todas las penas del viaje. El trayecto fue lento y difícil. Me fijé en el instinto de los animales en estos momentos de angustia. Mi caballo abría los ojos y los agujeros nasales, echando las orejas hacia delante cuando no estaba seguro de estar sobre un terreno sólido, sondeando entonces con el pie y apoyándolo cuando estaba seguro de encontrar un apoyo suficiente. Este viaje duró toda la jornada y llegué por la noche a Ax, donde Francia reapareció de repente y con una suerte de elegancia producida por la estancia de los bañistas en plena temporada”.

No cabe duda de que nuestro despistado Thiers, cuanto menos, admiró desde dicho collado las cumbres de Andorra. Aunque no fuera plenamente consciente de haberlas tenido justo por delante de sus ojos.

Bien se ve: durante los primeros años del siglo XIX las aventuras excursionistas en el País del Pirineo se iban a limitar a la entrada en su territorio desde Francia. Ya fuese por sus portillos de Framiquel o de Soldeu, en suelo andorrano, como desde ese puerto plenamente en tierras galas como es el Puymorens o Pimorent. En este último caso, el relato se limitaba a la mera conexión entre Porta y L’Ospitalet, las poblaciones limítrofes francesas. Con, acaso, algún tímido ingreso en Andorra por la Solana.

Dada la fecha temprana en que se produjo el siguiente viaje, se puede revisar la entretenida travesía del Puymorens realizada por el grupo de Étienne Arbanère, un antiguo prefecto del Mediodía que redactó el Tableau des Pyrénées françaises (1828). La mayor parte de su relato se refiere a cierto contrabandista local que tomó como guía. De esta forma narraba Arbanère su cruce desde la Cerdaña hasta el Ariège rozando la muga con Andorra:

“El valle de Carol, cuya cabecera comarcal alcanzamos tras una hora de marcha desde Puigcerdà, está situado en la vertiente meridional, por lo que tendría que reconocer al soberano de Madrid, que no al de París. Su comunicación con Francia es penosa durante seis meses, y a menudo queda por completo interrumpida. La Naturaleza reclama a los hombres que vivan junto a los cursos de las aguas de este territorio. Esos enclaves, multiplicados así en varios lugares, constituyen unas anomalías dentro del sistema general que tendrían que desaparecer. El País de Andorra, limítrofe, parece haber sido declarado neutral, totalmente a propósito para ser el depósito de los contrabandistas de las dos naciones. Sus torrentes, tributarios del Ebro, lo declaran, dentro de la Geografía de la Naturaleza, como enteramente español.

”Los males producen bienes a menudo. Esa verdad general tuvo su pequeña aplicación a nuestra salida de Latour-de-Carol, el pueblo principal del valle. Tras nuestra frugal cena en nuestro alojamiento y el duro lecho sobre tablas, acabamos partiendo con impaciencia a la luz de la luna, una hora antes de que los primeros rayos del sol tiñeran las cumbres de Andorra, logrando así que nuestra marcha a esas horas tempranas en las que el frescor del aire y el perfume balsámico de las plantas redobalaban sus fuerzas, donde todo parecía decirnos que nos apresurásemos, con el movimiento del sol y la actividad de la vegetación […]. Todo parecía ser granito o bloques desprendidos en el seco valle de Carol. La vegetación nace al oeste sobre las pendientes de las montañas de Andorra y sobre el reverso del collado del Puymorens [dice Puy-Morent], que alcanzamos por unos céspedes verdes y cómodos.

”Pero, más que llamar nuestra atención estos parajes corrientes, lo hizo nuestro guía, Joseph Fo. Situados fuera de las fronteras naturales de Francia, gobernados por sus leyes aunque españoles de hecho, los habitantes de Carol son, desde su cuna, llamados a ser agentes de un comercio entre la Cerdaña y la vertiente septentrional. Como el fraude ofrece menor competencia y mayores beneficios, he aquí que son arrastrados a ser unos contrabandistas. La fuerza malhechora de su posición es tal que puede ser presentada como ejemplo de la fatalidad en los destinos humanos.

”–Nadie escapa a ella, me dijo [Fo].

”–¡Cómo!, exclamé, ¿ni siquiera el alcalde o el cura?

”La respuesta fue evasiva. Uno de estos contrabandistas más intrépidos era nuestro guía […]. Una guerra continua de apostamientos y de escaramuzas a través de los roquedos, las nieves, las sombras de la noche y las tormentas del invierno, y algunas heridas habían hecho tras guerrear contra los hombres, la fuerza se resaltaba en su cuerpo, que no había degustado sino los rigores de esta naturaleza polar que le habían supuesto la pérdida de dos dedos congelados de su pie, hacían de Joseph Fo, en su categoría, un heroico contrabandista […].

”Atravesando en solitario durante el invierno el col del Puymorens, bajo un cielo amenazador que podía tan fácilmente durante esta estación convertir los puertos en tumbas, vio unas huellas que se dirigían haciala Combe-d’Elvezine. Eran, según pensó, de gente que se había perdido. Esa ruta no llevaba sino a un desierto de nieve y hielo sin salida. Una piedad poderosa animó su corazón y se lanzó, con riesgo de su vida, sobre esas huellas del infortunio. Después de una hora de marcha precipitada, encontró, acurrucados contra un roquedo debido a la impotencia y el desánimo, a un sargento y cuatro soldados que iban, en esa jornada de 1812, a unirse a su unidad en España.

”–¿Qué hacéis aquí, amigos míos?

”–Vamos a España.

”–Pues os habéis equivocado de camino: seguidme.

”–Dejadnos unos momentos, que tenemos necesidad de reposo.

”–¡Cómo, tú, que eres el jefe, deberías de dar ejemplo, sin dar muestras de pereza! Tras ese descanso viene la muerte: vamos, seguidme.

”Dos puñetazos violentos reanimaron, entre la sorpresa y la indignación, al sargento, ya atontado por el agotamiento y el frío. Todos obedecieron a su enérgica voluntad, surgida con una actitud imperiosa, con su fisonomía ágil y acento de hombre. Los arrancó de la tumba y condujo a L’Ospitalet, el primer pueblo del valle del Ariège. Allí, de vuelta al calor de la vida, lo abrazaron, le dijeron que había sido como un segundo padre, su salvador, y quisieron engrosar su bolsa como recompensa.

”–Pero, les respondí, nos contó Fo, yo no vendo mi piedad, y mi servicio para salvar vuestras vidas no se paga. Lo rechacé todo […].

”Desde la meseta del Puymorens dominábamos el profundo valle del Ariège y el amplio amasijo de montañas del País de Foix […]. El sol, sin el velo de las nubes celosas, colmaba todo el espacio de los cielos con la luz más pura. Los céspedes de nuestro entorno estaban llenos de vigor y esmaltados con mil flores desconocidas en nuestras llanuras. Estas hierbas frescas y floridas parecían componer el trono de la primavera. Pero la amplia soledad que nos rodeaba anunciaba que el suave espectáculo no era sino y corto y pasajero sobre estos lugares de altura: que el invierno, con sus nieves, sus hielos y sus ráfagas ejercían aquí un más largo imperio y el hombre, espantado, escapa de estos lugares polares. Los vientos son siempre más temperamentales en estos pasos llamados ports o cols, que en otros lugares de la cadena, porque apretados en el canal de los valles por las altas escarpas que los bordean, desembocan con una furia inexplicable en esas depresiones que el hombre ha elegido por motivo de su accesibilidad para franquear una de las cadenas laterales o la línea de la cresta. La atmósfera es allí como un mar que se escurre y que comprime sus oleajes irritados en algún estrecho […].

”La aldea de L’Ospitalet se presenta después del descenso completo de la montaña. Está situada como Porta en el valle de Carol; sucede así en todos los collados del Pirineo […]. El valle se alarga de forma inapreciable, pero durante largo tiempo aparece en solitario. Las casas más numerosas y cuidadas formaban un grupo llamado Mérens, donde estaba el principal puesto de aduaneros. Las gentes de allí, por el instinto o por una memoria fiel, reconocían a nuestro guía [Joseph Fo] como a su enemigo. En cuanto a él, orgulloso y confiado, pasó con la cabeza alta, lanzándoles miradas de refilón mezcladas con desdén”.

De este modo discurría, en los tiempos del turismo inicial, la travesía del Puymorens y el paso junto a la divisoria andorrana. El montañismo de cumbres, tras un comienzo espectacular en el siglo XVIII, había perdido el ritmo…, para volver sus ojos hacia los grandes puertos de entrada en Andorra. Las cimas tendrían que esperar.

Por Alberto Martínez

Alberto Martínez Embid practica el montañismo desde que era un crío. Últimamente llama la atención su faceta divulgadora, que se podría glosar como firmante de veinticinco libros y participante en veinticuatro colectivos, sin olvidarse de sus más de mil setecientos artículos. Casi todos, de temática pirenaica. Aunque se ha hecho acreedor de tres galardones de narrativa, seis de investigación histórica y siete de periodismo, se muestra especialmente orgulloso del Premio Desnivel de Literatura de Montaña de 2005.

5 respuestas a «Un Puymorens terrorífico»

Oye, vaya etiqueta buena que has colgado, José: «viajes a otros mundos»… Con ella captas de maravilla el ambiente de aquellas aventuras «portuarias» a lo largo del siglo XIX…

Bueno, Luis, no te creas, la cosa no tiene tanta historia: creo que ya he comentado en algún sitio que llevaba años tropezándome por las fuentes del Pirineísmo con textos de viajes y ascensiones por la Andorra de antaño… Hace unos años me decidí a recopilarlos, y por aquí tienes alguno de los testimonios recogidos, sencillamente eso…

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