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Una inglesa y su guía chungo

A partir del cruce de ecuador del siglo XIX, los turistas de las islas Británicas parecieron incrementar su interés por Andorra. Con cierta particularidad llamativa: en el censo del trekkers iniciales, algunas mujeres iban a jugar un papel pionero. Así, tras el paso breve de lady Chatterton por la muga franco-andorrana, otra inglesa acudió tempranamente para conocer el entonces misterioso País del Pirineo.

Esta nueva viajera anglosajonaiba aprotagonizar, casi a la par que sus compatriotas Charles Packe y Henry Russell, uno de los raros ingresos foráneos en Andorra durante los sesenta decimonónicos. Se trataba de la botánica Mary Eyre, quien obsequió a la crónica pirineísta con una perspectiva femenina que, además de resultar altamente colorista, se hubiese dicho un tanto hostil hacia todo cuanto descubría al sur de la divisoria. Con innegables toquecillos tartarinescos.

Nuestra protagonista no era, ni mucho menos, una novata en estas lides de globetrotter: la inglesa ya había redactado una obra previa. De hecho, el origen del trabajo que hoy nos ocupa fue su anterior A Lady’s walks in the South of France in 1863 (1864), un éxito en ventas que animaría al editor Bentley a que estirase su periplo por la vertiente meridional de la cordillera. Tal fue la génesis de un Over the Pyrenees into Spain (1865) que, ni que decir tiene, incluiría el territorio andorrano.

La Eyre partió para su aventura peninsular de Newhaven, desembarcando en el Continente por Dieppe y siguiendo rumbo a Rouen, París… Una vez ubicada frente la cadena francoespañola, la decidida británica acudió a la villa termal de Ax. A nuestro Principado le iba a destinar dos capítulos enteros dentro la obra antes citada, junto con generosas porciones de otros dos: más o menos, textos que se extendían desde el apartado III al VI. Un interés por Andorra nada usual en aquella época.

Resultó, pues, un relato muy extenso y detallado. Por ello, parece más oportuno que nos ciñamos a las referencias paisajísticas o costumbristas de una escritora que marchaba sola, escoltada únicamente por su perrito Keeper. Son las vivencias de una decidida hija de la Gran Bretaña.

En una primera entrega se puede revisar su cruce de divisoria desde esa Dulce Francia que, innegablemente, tanto le entusiasmaba. Según dice en ese capítulo III destinado a “Ax”, decidiría ingresar en territorio andorrano desde L’Ospitalet el 26 de junio de 1865. Acompañada para la ocasión por un guía nativo llamado Jerôme Roan Tatine. Quien, por cierto, llegaba muy recomendado tanto por el cura de la población gala como por una amiga local.

Veamos ya, en este primer episodio, cómo discurrieron las controvertidas relaciones entre la viajera inglesa y su temperamental pasador francés:

“El aire de la mañana era frío, y me alegré de mi capa a prueba de agua, así como de mi chaqueta de merino [lana], aunque la jornada estuviera clara y brillante, lo cual auguraba un buen viaje. ¡Qué aspecto debía de ofrecer ante cualquier ojo que me hubiera visto a las 5:00 h, siguiendo a mi guía por las callecitas sucias de L’Ospitalet con mi capa y el sombrero de Leghorn, montando una bestia [la Señora Gamp] delgada y no muy diferente del célebre Rocinante en formas y elegancia […]! ¿Y cómo podía mostrar un paraguas decente, cuando tenía que servirme del mismo como bastón, látigo, herramienta para arrancar flores o frutas, e incluso para sacar las plantas acuáticas más raras de los arroyos? […]

”Ascendí lentamente, llevando a mi guía a pie, por una región desolada perteneciente a Andorra que alquilaban los habitantes de L’Ospitalet. Setecientas cabezas de ganado pastaban aquí bajo el cuidado de unos pocos pastores. Eran de raza gris, con cuello grueso y aspecto de búfalo, y fue realmente un gran espectáculo ver a un rebaño de este tipo en la ladera de la montaña. No fue tan agradable cuando amenazaron a [mi perro] Keeper con sus cuernos, pues mi guía me dijo que a menudo mataban a cualquier perro que pasara. Las vacas no se ordeñaban cuando se las llevaba a la montaña: los rebaños de ovejas tomaban lo que elegían para su propio uso, y los terneros tenían el resto. Aquí no se hacía ni mantequilla ni queso, ni tampoco en Andorra, y con todas estas vacas los habitantes bebían habitualmente leche de cabra. Por el contrario, al sur del Pirineo los campesinos viven durante el verano en chalets, cerca de las montañas, las vacas se ordeñan regularmente y sus productos, ya sean la mantequilla, el queso o la leche, se llevan todas las mañanas al mercado. Los patriarcas no vivieron una vida más primitiva y sencilla que ariegeses y andorranos.

”Mi guía señaló hacia una forja en ruinas perteneciente a su tío y a él mismo, donde hace unos años perdieron sesenta o setenta cabezas de ganado y caballos, así como el pobre y viejo pastor que estaba a cargo de ellos. Todos fueron muertos por la caída de los establos durante una tormenta de montaña. Después de pasar entre esos rebaños, mi guía, que se había unido a otros dos hombres que llevaban cargas en caballos hasta Soldeu [¿de contrabando?], me dijo fríamente que él se iba para vadear el Ariège y acortar por la colina. Y que podía continuar sola: mi caballo seguiría a los demás y podría cruzar donde ellos lo hicieran. No me gustó, especialmente porque algunos de los toros todavía amenazaban a Keeper, pero tampoco parecía que necesitara ayuda. De cualquier modo, él unió los actos a sus palabras, y en un momento se puso lejos de mí. Así que seguí adelante por un vado que, por supuesto, no era muy profundo, pues el Ariège corre sobre enormes piedras donde siempre hay grandes remolinos y corrientes […].

”Mi guía acudió al otro lado y me gritó que viniera. Pero se lo ordené en vano a la Señora Gamp, esa miserable yegua que no quería enfrentarse con la corriente. Finalmente se humedeció lentamente los cascos, y luego, animada por la vista de los otros caballos que subían por la colina, o temiendo el palo de su amo, cruzó sin prisa. Ni una disculpa me sirvió ese supuesto hombre de confianza, Jeròme Roan: estaba enojado porque no pude obligar a la dichosa bestia a cruzar antes. Era inútil regañar o discutir. No dije nada, pues pensé que estaría bien que llegase a Andorra sin sufrir un accidente.

”Después de aquello, el camino se fue volviendo a cada momento más interesante. Un pico tras otro se alzaban por el frente: algunos de ellos aparecían todavía blancos en muchas partes por la nieve. El sol de la mañana arrojaba profundas sombras azules sobre las gargantas y los recovecos de las montañas que dejaba por detrás. Fue una vista tan grandiosa como memorable: ¡valía la pena dejar Inglaterra para venir a verla! Eso no fue todo: las flores más bellas recubrían las laderas de las colinas, y debo reconocer que más bien agoté la paciencia de Tatine al pedirle que me reuniera las raras. Solo le pedí aquellas que me resultaban desconocidas. ¡Oh, cómo desearía haber podido reunir raíces o semillas para los jardines de mis amigos ingleses! Una ladera de la montaña aparecía completamente amarilla con unas grandes anémonas florecidas con el tono pálido del azufre, más profundo hacia el centro […].

”Nos detuvimos para que los hombres pudieran cenar y los caballos comiesen en el pequeño pueblo de Soldeu, de media docena de cabañas de piedra en mitad de un estrecho valle con ricos prados, poco después de haber pasado un pequeño estanque de aspecto negro donde el Ariège tenía su origen.

”Aquí tuve que sufrir una afrenta más para mi ego por parte de mi guía, tan digno de confianza como apreciado. El lugar estaba demasiado sucio y yo me hallaba demasiado cansada y enfermiza. Hubiera sido bueno tomar cualquier cosa, excepto una pequeña cantidad de aguardiente español, que es un líquido blanco de aspecto lechoso, no muy sabroso. Incluso Keeper desdeñó la sopa que le ofrecieron y se tumbó en el balcón, mirándome con reproche porque no lo alimenté mejor después de su larga carrera por la montaña. Cierto joven, un muchacho de unos diecisiete años que se expresaba solo en castellano [Eyre no lo hablaba] también cenó un poco. Roan me propuso fríamente confiarme a él: tenía un caballo y podía llevarme a Andorra junto con mi equipaje, mientras que él mismo podía regresar esa noche a L’Ospitalet con, por supuesto, dos días de paga a cambio de medio día de trabajo. Lo rechacé con energía. Había cerrado un trato con él, y tanto el cura [de L’Ospitalet] como [su amiga] la señorita Charlotte me aseguraron que era digno de confianza, así que no podía romper el acuerdo y confiarme a un chico nuevo del que no sabía nada. Aunque me dijese que era de una familia andorrana muy respetable [con la que más tarde se relacionaría].

”Pasado algún tiempo, el recién llegado me preguntó si quería montar su caballo, que parecía joven y asustadizo. Decliné, y en un pequeño pueblo en nuestro camino nos dejó para ir a visitar a unos amigos. Nuestros dos antiguos compañeros de viaje se habían quedado en Soldeu. Desmonté y caminé, olvidando, cuando así lo hice, quitarle el paraguas a Tatine, que lo sostenía mientras yo bajaba. Él siguió caminando con el caballo a su ritmo, negándose obstinadamente, y muy malhumorado, a detenerse de vez en cuando, esperando hasta que llegaba hasta él.

”La carretera de montaña se hizo muy empinada y resbaladiza, y parecía una escalera. A menudo era simplemente el lecho parcialmente seco de un torrente de montaña, y tenía que elegir con cuidado desde las enormes rocas hasta las pequeñas piedras, ahora a través de una corriente de agua cuyos escalones eran solo los que naturalmente se elevaban sobre la superficie del agua a medida que disminuía su volumen con el calor del verano. A menudo, aunque no en general, lo hice tambaleándome, pues no tenía ni el alpenstock, ni siquiera a mi amada Señora Gamp [la yegua] para ayudarme a estabilizar mis pies: si me caía y me lastimaba gravemente, tampoco podría llamar a mi guía. No necesito decir que a él nunca se le ocurrió echarme una mano en cualquier ascenso o descenso, por áspero o peligroso que fuera, excepto una vez, cuando habíamos cruzado la primera montaña después de L’Ospitalet, recubierta de flores hermosas, en una grieta todavía llena de nieve […]. Por lo que pude juzgar a simple vista, ya que con guías así una no puede detenerse para examinar nada, por curioso o bello que sea, toda la grieta estaba llena de nieve, sin hielo.

”Había conocido en el hotel de Ax a cierto señor [Henry] Russell, miembro del Club Alpin, que acababa de regresar de una expedición por Andorra, adonde fue para hacer una guía más correcta que las que se habían publicado sobre esta cadena de los Pirineos, y me dijo que el día anterior, al descender de una de las montañas [el pic de Rialb], resbaló y se cayó en una de estas profundas grietas de nieve. Afortunadamente escapó sin lesiones. Creo que es el segundo inglés [al menos olvida a sus colegas botánicos, George Bentham y Charles Packe] que visita Andorra. El honorable Erskine Murray [escocés] fue el primero, y durante más de veinte años no tuvo imitadores”.

Dejaremos que Mary Eyre se reponga aquí de las emociones de esta primera etapa de su marcha hacia el interior de Andorra. Quedaba lo peor de su periplo, sin duda alguna. Ni Tartarín de Tarascón…

Por Alberto Martínez

Alberto Martínez Embid practica el montañismo desde que era un crío. Últimamente llama la atención su faceta divulgadora, que se podría glosar como firmante de veinticinco libros y participante en veinticuatro colectivos, sin olvidarse de sus más de mil setecientos artículos. Casi todos, de temática pirenaica. Aunque se ha hecho acreedor de tres galardones de narrativa, seis de investigación histórica y siete de periodismo, se muestra especialmente orgulloso del Premio Desnivel de Literatura de Montaña de 2005.

7 respuestas a «Una inglesa y su guía chungo»

Así debían de ser esas inglesas trotamundos del XIX que tanto se prodigan, ahora, por la filmografía de aventuretas… Con sus curiosas costumbres, bien se ve en esta primera parte de su relato, José…

Muy bueno Alberto. Resulta que las historias de «la bella y el guía» tenian su contraportada. con un tipo zafio de por medio que igual usaba a su clienta para contrabandear. Muy bueno.

Sí; hay en circulación historias de idilios entre la dama y el montañés, como alguno de Soutras, que no parecen encajar demasiado en este otro relato de la Eyre. Pero para ver si todos estos líos del cruce de frontera terminaron en «ligoteo de albergue», habrá que esperar a la siguiente entrega del folletín, Makako…

Igual lo que sucedía era que el supuesto «guía» estaba más interesado en pasar, junto con sus compinches, algún tipo de contrabando, Luis. Desde luego, el bueno de «Tatine» no parecía tener demasiada «mano» con la inglesita de marras…

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