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Ingreso en un país enemigo

Parece obligado acompañar al escritor francés que se cobijaba tras el apodo de Sutter-Laumann en su peligrosísimo viaje a la Andorra de 1886. En esta segunda entrada que destinaremos a su peculiar expedición periodística seguiremos buceando entre las páginas del Au Val d’Andorre. Les Ecréhou (1888). Un libro que, se podrá juzgar enseguida, bien pudiera colgarle cierta fama tartarinesca.

Vamos al ajo. Hemos visto cómo el bueno de Adolphe-Charles-Marie Suffer, junto con su cortejo de reporteros galos y escoltas andorranos, dejaba Porté de madrugada para tomar el camino hacia el sur en pleno invierno. Mejor dejemos que este parisino relate cómo le fue en el País del Pirineo de hace ciento treinta y cinco años:

“Hacía un tiempo soberbio, muy suave. El cielo parecía sembrado de estrellas, la luna brillaba y se veía bien. En cabeza marchaban los andorranos, y después, uno detrás del otro, íbamos en este orden: Papinaud, un servidor, el secretario de la misión Guitard, el comisario Darnis y, por fin, los equipajes en una pequeña retaguardia. Desde que salimos del albergue comenzamos a subir a través de los roquedos y los guijarros, durando esta ascensión ocho horas. Tan pronto estábamos en lo alto de una cresta con precipicios por ambos costados, como en el fondo de un barranco encajado. A cada paso, un arroyo se precipitaba rugiendo de cascada en cascada. Las capas sucesivas de las rocas, escarpadas como si fueran escaleras, eran superadas por nuestros caballos sin temor. Tenían un paso de una seguridad asombrosa: un peatón se hubiera roto el cuello cada diez pasos. Aunque sustentarse sobre la silla tampoco era fácil y exigía saber montar bien. A medida que subíamos el aire se enfriaba. Nos encontramos que la nieve se había fundido los días que estuvimos en Porté […].

”Seguimos la línea de postes del telégrafo que tenía que conectar Francia con Andorra y que los partidarios de los Carlistas habían abatido en parte. El alba comenzó a teñir en violáceo las cumbres, cambiando el manto verdoso que las recubría —la luz de la luna hacía ese efecto sobre la nieve— por la capa de un obispo. Desde el violeta, la atmósfera se tornó en gris y luego viró al ópalo cuando alcanzamos el port de Puymorens [dice Puymaurens]. Allí, las ásperas rocas habían desaparecido bajo una espesa capa de nieve. Bajamos a través de una pendiente de cincuenta centímetros por cada metro, hasta el fondo de una garganta profunda donde el [río] Ariège, que tiene su fuente un poco más arriba, rodaba entre bloque y bloque […]. Para evitar un accidente, echamos el pie a tierra y fuimos poco a poco, no sin rodar de vez en cuando, ya sobre el trasero, ya de costado.

”Por nuestra derecha, en una garganta paralela a la que seguíamos, se veían las casas de L’Ospitalet, el último pueblo francés. Volvimos a subir al caballo y trepamos por una montaña casi cortada a pico. Hacía un buen día y ya casi estábamos en tierras andorranas. En cada momento atravesábamos pequeños torrentes que corrían traicioneramente bajo una nieve que los disimulaba. Entonces cada caballo quedó hundido hasta la tripa […].

”Hacia las 9:00 h —hacía seis que estábamos en camino—, una niebla compacta nos envolvió. Comenzó a llover. La lluvia se escurría, fina y apretada, entremezclada con copos de nieve. No se veía nada y se avanzaba con una lentitud extrema. Las monturas se resbalaban o se hundían a cada instante, y cada cien pasos se hacía un alto para recuperarnos, felices cuando era sobre una plataforma que emergía de la nieve. Los caballos que portaban el equipaje los perdían con tanta frecuencia que fue preciso descargarlos para volver a cargarlos bien. La lluvia cesó y la bruma se disipó, pero el cielo siguió sombrío.

”—¡Pronto, avancemos! —gritó uno de los guías.

”Seguimos su consejo, pues si un diluvio parecido a este que acabábamos de sufrir nos pillaba antes de alcanzar el col de Soldeu, sería un desastre […]. Cuando por casualidad eché un vistazo en torno a mí, pude disfrutar de un espectáculo espléndido y de un pintoresquismo inaudito. Desde todos los costados, a la derecha, a la izquierda, por delante y por detrás, los Pirineos alzaban sus cimas, que se desplegaban en finas dentaduras por encima de nuestras cabezas, a más de mil metros de desnivel todavía.

”Por todas partes, barrancos, agujeros negros y abismos sin fondo donde se escuchaba subir el sordo rumor de un torrente de nieve fundida que se precipitaba hacia abajo con furia. Y sobre la cresta resplandeciente de blancura que seguíamos, nuestra caravana que se estiraba y se encogía, según cada hombre, en una longitud de quinientos o seiscientos pasos. Los gorros rojos de los catalanes destacaban como unas manchas llamativas y en movimiento como amapolas en un campo de nieve. A veces, cuando algún rayo de sol se filtraba a través de las nubes, quedaba como colgado de cada cañón de carabina, que resplandecía. Así, marchando a caballo en medio de nuestra tropa armada, para las gentes que no estuvieran al tanto nos tomarían por los jefes de alguna guerrilla. Pero, poco a poco, los más inquietos pasaron a la cabeza, y cuando la punta de la columna llegó al pie de los últimos barrancos del col de Soldeu, la cola quedaba a más de dos kilómetros. Imposible franquear el puerto a caballo. Los animales desaparecían literalmente en la nieve hasta los jarretes, y fue preciso realizar esfuerzos inauditos para sacarlos de allí. Alguno, cargado con bastantes maletas, se resbaló, cayó y rodó, pasando sin tocarlo junto a un bloque de roca al descubierto, hasta el pie de un espantoso desnivel de más de doscientos metros. El animal no se hizo daño alguno. A estas alturas el viento soplaba de tal modo que parecía que podía partirle a uno en dos. ¡Valor! Todavía quedaban trescientos metros que subir, y estaríamos casi al final de todos nuestros esfuerzos, pues no habría más que descender. Mientras los andorranos descargaban las maletas para llevarlas a la espalda, Guitard, Darnis y yo proseguimos el ascenso. A cada paso me detenía para sacudir mis piernas, atrapadas hasta los muslos. Además, no tuve la precaución de surtirme de gafas tintadas, por lo que la reverberación de estas masas blancas de nieve comenzaba a cegarme. Veía bailar ante mis ojos como mariposas azules y negras que saltaban en una aureola de fuego. Me vi forzado a detenerme unos minutos para cerrar los párpados, que me picaban de un modo atroz. Jadeaba. Por fin, más que sentarme, caí sobre la pequeña meseta que formaba el collado. Solo diez minutos de reposo. Sobre todo, porque más hubiera resultado mortal, de tanto frío que hacía, por lo que reanudamos la marcha. Ahora se trataba de bajar. ¡Pero vaya descenso! Rodamos y resbalamos durante una hora y media, al cabo de la cual por fin ingresamos en una región templada donde no había sino manchas de nieve, al pie de grupos de pinos renegridos. Una hora más de resbalones y percibimos, en un vallecito estrecho, el pueblo andorrano de Soldeu, todavía a unos 1.800 metros de altitud, adonde llegamos a las 14:00 h; es decir, después de catorce horas de marcha, tanto a pie como a caballo.

”Tal es el relato exacto de una travesía del Pirineo en el mes de marzo. Que el azar os evite tener que realizar semejante proeza”.

El protagonista de esta aventura se sentía roto al llegar a la referida población. Un lugar que le pareció minúsculo, por cuenta de su “veintena de casas”. Aunque no destinó al lugar epítetos amables, al menos reconocería que en una de las edificaciones pudo secarse tanto los pies como las piernas, puesto que botas y polainas le habían fallado. Si bien el plato fuerte del viaje quedaba atrás, parece oportuno que Sutter-Laumann nos describa, siempre con tono teatral, el resto de su ruta hacia Andorra la Vella:

“Como ingresábamos en un país enemigo [sic] y era preciso desconfiar un poco, la escolta andorrana se puso en cabeza de la columna, con la misión y la prensa en el centro y los equipajes detrás, con algunos hombres. Seguimos un estrecho valle que siempre descendía, sobre algo que parecía un camino que los ingenieros del Gobierno francés habían iniciado su trazado, cuando fueron interrumpidos en sus tareas por los andorranos, amantes de los senderos de cabras. Un torrente rugía, tanto a la derecha como a la izquierda, pues cruzamos varias veces por rudimentarios puentes de madera que se sostenían de milagro […].

”El paisaje era de una gracia severa. El flanco de las montañas era de color rojo y a veces gris hierro. Algunos abetos escasos alzaban aquí y allí sus conos en verde oscuro. Sobre las cimas, la nieve compacta, cuyos resplandores blancos hacían parecer aún más oscuras las primeras rampas rocosas. Unas brumas ligeras que algunas brisas unía y dispersaba, erraban a media ladera y se enredaban en las asperezas por zonas. El valle era sinuoso y curvado, como un laberinto sin final. Siempre se alzaba por delante alguna barrera alta que nos cerraba el horizonte. Pero el sendero, subiendo, bajando, evitando algún obstáculo y serpenteando, seguía los caprichosos contornos de las montañas. A veces, en mitad de algún torrente, un enorme bloque de basalto aparecía erecto, como un islote inaccesible. Sobre uno de ellos, unido a tierra por una pasarela movediza, había una capilla en ruinas”.

En las afueras de esta ermita de Sant Joan, no lejos ya de Canillo, nos despediremos de tan aguerrida caravana. Tras la lectura de las peripecias por la Andorra de 1886 de estos periodistas galos, más de uno se preguntará si no estamos ante un nuevo ejemplo de pirineísmo imaginario. Que incluso pudo ser utilizado por escritores que llegaron más tarde, como Maurice Gratiot, para documentarse para su propia trama, allá por 1890.

Estos escritores tan imaginativos de antaño tenían su hinchada…

Por Alberto Martínez

Alberto Martínez Embid practica el montañismo desde que era un crío. Últimamente llama la atención su faceta divulgadora, que se podría glosar como firmante de veinticinco libros y participante en veinticuatro colectivos, sin olvidarse de sus más de mil setecientos artículos. Casi todos, de temática pirenaica. Aunque se ha hecho acreedor de tres galardones de narrativa, seis de investigación histórica y siete de periodismo, se muestra especialmente orgulloso del Premio Desnivel de Literatura de Montaña de 2005.

5 respuestas a «Ingreso en un país enemigo»

Desde luego que ahora nuestro periodista decimonónico no reconocería Andorra la Vella…, ¡ni su París natal!

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