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EL ARARAT

Hace tan sólo dos semanas que alcanzamos la cumbre del Monte Ararat, un volcán apagado de 5.137 metros de altitud, situado en pleno territorio del Kurdistán turco, y considerado después del Damavand y el Elbrus, como el tercer volcán más alto de Asia. Ascender esta montaña fue ver cumplido un viejo sueño de jóven, cuando en la escuela el profesor de historia nos explicaba que según cuentan algunos libros, allí fue a parar el Arca de Noé. Cierto o no, siempre me había sentido atraído por esta montaña biblíca de proporciones gigantescas y pendientes inacabables.
Este mes de julio se presentó la oportunidad y con mis 10 amigos clientes partímos en dirección al territorio kurdo con ganas de subir a esta gran mole.
Fueron tan sólo 4 días de montaña, 4 días muy intensos donde practicamente no hubo tiempo para la relajación. El Campo I dio paso al Campo II mientras desde estas magníficas atalayas disfrutábamos de unos atardeceres de ensueño.
Y así, con una mínima aclimatación y una meteo extraordinaria, el cuarto día realizamos el ataque a la cumbre. Salímos en dos grupos: el primero formado por 4 personas y un guía salió a la 1.55 horas de la madrugada, mientras que el segundo grupo formado por 7 personas lo hicimos una hora y media más tarde.
La oscura noche dejó paso a una madrugada esplendida y a una salida de sol inolvidable y fría. A unos 4.800 metros alcanzamos al primer grupo, y un poco más arriba -ya en las pendientes de nieve dura- nos pusimos los crampones. El viento era muy fuerte, por lo que la sensación de frío se fue acrecentando. Yo me puse toda la ropa de la que disponía y minutos más tarde me fui directo hacia la cima con tres del grupo. Una travesía ascendente con el sol acariciandonos suavemente, nos llevó a una especie de plató situado a 5.000 metros de altitud, dejando a la izquierda una hermosa barrera de seracs.
Desde allí pudimos disfrutar de unas vistas impresionantes: Georgia, Armenia, Azerbayan, Irán… países practicamente desconocidos para nosotros, así como las vistas sobre la Cordillera del Caucaso… y más y más montañas de 3.000 y 4.000 metros.
Siempre recordaré aquellos instantes acompañado por mis amigos, pero a la vez sumergido en mi soledad, remontando la última pala en dirección a la cumbre cada vez más cercana viendo el sol cada vez más alto, y los horizontes ensancharse a pasos agigantados.
La llegada a la cumbre siempre es mágica y el Ararat no podía ser menos. Iván me esperaba en todo lo alto. Nos abrazamos en la pequeña cumbre mientras fueron llegando el resto de compañeros.
El Ararat no es una montaña difícil pero en algunos sitios está prohibido caerse, pero si que es una atalaya de primer orden, una montaña medidas XXXL situada en medio de uno de los territorios más históricos de Asia. Llegamos, la vimos y nos enamoramos de este volcán apagado que es amado por armenios y turcos por igual.
El silencio nos acompañó hasta la misma cumbre, así como el viento, el frío y el sol.
Hay montañas que marcan y esta es una. A finales de septiembre volveré a encontrarme cara a cara con ella…