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LA PLACA DE LA VIDA

Aprendimos a escalar para independizarnos y para huir de un mundo al que no queríamos pertenecer. De jóvenes soñamos con ser libres, escalar montañas y pasar el máximo tiempo posible abrazados a ellas. De regreso al valle volvíamos a soñar con las montañas, las crestas, los corredores, todo aquel mundo lleno de mágia que nos transportaba a una nueva dimensión. No se si lo decidímos nosotros, o fue la vida la que lo decidió, pero el caso es que muchos decidimos consagrar la vida a la montaña y hacernos alpinistas. Un buen día descubrimos que aquello era un amor para toda una vida, y que día y noche soñaríamos con poder alcanzar las más altas montañas.
Nos abrazamos a una estrella que hicimos nuestra, y juntos recorrimos el mundo buscando todas aquellas montañas que llenaran nuestros días. Algunas nos gustaron más que otras, pero todas llenaron un espacio vital, ¡los días de nuestra vida!
Recuerdo que me acostaba todas las noches y soñaba con nuevos retos, cordilleras y lugares helados donde poder llenarme de vida y poder acercarme a esa fuente mágica llena de pensamientos de fantasia.
Me abracé para siempre a las montañas y también abracé ese pilar mágico cercano a mi casa. Sus 300 metros de altura sacudían mis pensamientos hasta que decidí escalarlo, llenándome de sabiduría y de amor incondicional hacia esa roca vírgen.
Paso a paso fui acercándome a la cumbre, recorriendo esa bonita línea bañada por el sol del verano que hacia varios años que perseguía. Abracé mi sueño como aquel que abraza a aquella mujer de la que está locamente enamorado. Con deseo, sabiendo que el precio que podria pagar podria ser muy alto.
El último tramo, la Placa de la Vida, me llevó hasta la cresta y de allí a la cumbre. La pared quedaba bajo mis pies y aún así, me sentía vacio tras haber logrado un sueño efímero que tanto nos gustan a los alpinistas. Tras meses complicados, sueños rotos y montañas sin escalar, intentaba llenar un vacío que ya no existía. El horizonte se volvía transparente y a lo lejos soñaba con mis montañas del Tirol del Sur bañadas por un sol potente y radiante en pasión. Había llenado mis últimos años con las más diversas montañas, llenado mi vaso de amor y ahora me dejaba llevar por la nostalgia.
La Placa de la Vida me enseñó que nuestro mundo a veces, es una estrecha frontera donde vida y muerte se confunden, y no hay lugar para el más mínimo error.