en Espeleología

La Sima Juan Herranz II – Segunda parte

+ + + + + + + + + +

Descripción
Un primer pozo al aire libre, seguido de una rampa y un escarpe de 3 m, nos conducen a una corta galería, cuya pendiente aumenta hasta conectar con la segunda vertical. Se trata de un hermoso pozo de 68 m, en parte obstruido por un amontonamiento de bloques enormes, encajados entre las paredes acanaladas del conducto.

Aunque es posible realizar un descenso escalonado, poniendo pie sucesivamente en los peñascos que forman el derrumbe, nosotros optamos por una alternativa más acrobática, mediante la realización de un péndulo amplio, a la derecha, hasta alcanzar un peñasco empotrado en un lateral del pozo. Desde ahí, un descenso aéreo nos lleva hasta el reborde inferior del último gran bloque, donde hallamos un spit que envía la cuerda limpiamente hasta el fondo del pozo.

En este lugar, semejante a un elevado atrio, recibimos los primeros signos de actividad de la sima, en forma de una suave lluvia o una intensa ducha, dependiendo de la época y la meteorología exterior. La amenazante techumbre de peñascos se insinúa a la tenue luz de nuestros cascos, 25 metros más arriba.

En una de las paredes, una ventana indica en camino a seguir. Es un nuevo pozo de 16 metros, excavado en una roca especialmente deleznable y de aspecto tableado, donde no resulta fácil encontrar emplazamientos sanos para los spits de cabecera. Después de un descenso de 11 metros, alcanzamos, merced a una incómoda travesía horizontal, una repisa amplia tapizada de rocas y depósitos de arcilla roja. Como somos —aún hoy— amantes de lo circense, instalamos un pasamanos a media altura que evita la antipática travesía horizontal y lleva directamente hasta la repisa.

¿Este olor…? Sí, es el olor de algunas cuevas, a barro y moho, que una vez se aspira ya nunca se olvida, y que es característico de las de la Serranía.

+ + + + + + + + + +

La continuación se halla en uno de los rincones de aquel nuevo reducto, en forma de pronunciada rampa que va directamente a parar a un salto aéreo de 5 metros. La instalación nos permite asomar por el techo de una salita excavada entre la sucesión de estratos que, a partir de este momento, ya no vamos a abandonar.

Llegados a este punto, nos desprendemos de arneses y aparatos para proseguir el avance a través de una gatera amplia, recorrida por una corriente de aire apreciable —el aire es como el hilo de Ariadna del espeleólogo; agua + aire = la combinación ideal para saber que una cueva «tira»—. Estamos a 120 metros de profundidad, en el punto más bajo de la sección de entrada a la Juan Herranz II.

Unos metros más adelante aparecemos, a través de un pequeño tragaluz, en una galería caótica inicialmente espaciosa. Se trata de «El Meandro», excavado en su totalidad en el Cenomaniense, hecho que le confiere unas características geomorfológicas singulares (bóveda plana adaptada a los estratos, amontonamientos de losas desprendidas del techo, que obstruyen en gran parte el conducto, dimensiones modestas, con ampliaciones puntuales a favor de los estratos y, en general y debido al carácter deleznable de la roca, una morfología marcadamente caótica).

Descendiendo una pequeña chimenea de bloques ponemos pie en el pequeño colector activo, constituido por un conducto estrecho, en el cual el predominio de la dimensión vertical sobre la horizontal, y viceversa, se alternan sucesivamente. El caudal del torrente (entre 0,5 y 15 litros por segundo) varía en función de la meteorología exterior, alcanzándose un máximo durante los deshielos, que solían tener lugar durante los meses de febrero y marzo mientras duraron nuestros trabajos. (Hay que señalar que los de 1977 y 1978 fueron unos inviernos muy lluviosos, con abundantes nevadas, en concomitancia con una meteorología rigurosa durante aquella década).

Esquema de la topograf�a en 3D
Esquema de la topografía en 3D

Aguas arriba,  tras un cómodo recorrido de 117 metros, alcanzamos un derrumbe terminado en una doble gatera infranqueable, por donde aparece el primer aporte hídrico importante. Aguas abajo, la sección mucho más modesta de la galería y la sucesión de pequeños afluentes que engrosan el caudal del torrente, hacen la progresión más penosa. A unos 500 metros de recorrido desde la base de los pozos, la sección del conducto aumenta y el torrente discurre por el centro del pasaje, flanqueado por dos taludes amplios de losas y rocas, amontonados de forma caótica, que dan lugar a modestos escarpes y cascadas.

Un último laminador, particularmente angosto (el «Laminador Patrón»), nos conduce a la gatera terminal, donde el torrente desaparece por un reducto impenetrable, a la derecha. Un poco más adelante, luego de haber franqueado un desagradable pasaje de apenas 0,25 x 0,60 m de sección y unos cuantos metros de longitud, topamos con una barrera de bloques y arcilla, que, una vez eliminada, da paso a una corta galería con bloques. El torrente reaparece brevemente al fondo de un pequeño meandro intransitable. Es el punto más profundo de la cavidad (-175 m).

Por encima de nuestras cabezas, entre un amontonamiento caótico de bloques, parece insinuarse una continuación. Para alcanzarla realizamos una delicada escalada que nos lleva hasta un sorprendente pasaje, cuyas dimensiones (10 x 10 m) parecen prometer grandes hallazgos. La algarabía del descubrimiento queda brutalmente silenciada cincuenta metros más adelante, cuando tropezamos con un vasto tapón de arcilla. Tal vez al otro lado…

Volviendo sobre nuestros pasos, y antes de retornar al lecho del torrente, descubrimos en la extremidad opuesta de la galería una hermosa chimenea, regada por una intensa lluvia, cuya escalada prometemos llevar a cabo, en un momento de mucha mayor motivación y mejores condiciones físicas que las actuales. (La escalada fue, en efecto, iniciada, pero sólo eso). El regreso hacia la salida, amenizado por la topografía del espeluznante pasadizo inferior, es algo difícil de olvidar.

Próximos al acceso al meandro principal encontramos dos fenómenos que no han sido descritos. En primer lugar la Galería del Lago, la cual desemboca enseguida en el costado de un formidable pozo ascendente cuasi-cilíndrico. Su fondo está ocupado por un hermoso lago que se alimenta de una lluvia constante a lo largo de todo el año. Después de escalar 30 metros en una de sus paredes, pudimos comprobar cómo el conducto proseguía hacia arriba, sin que hiciese aparición la tan esperada galería colgada.

En segundo lugar, en un pasaje cercano denominado «Cuatro Caminos», avanzando al nivel del techo entre los bloques hallamos el que debió ser el curso anterior del torrente, hoy fosilizado, cuya morfología es, si cabe, más caótica. Se compone de una alternancia de salitas y estrecheces que conduce hasta un curioso meandro, parcialmente concrecionado, en el cual hallamos una sucesión de hermosas marmitas de erosión de un metro de diámetro, alimentadas por una débil corriente de agua. Las dimensiones se reducen progresivamente hasta desembocar en el conducto activo principal de la sima.

+ + + + + + + + + +

Referencias
Puch, C. 1979. Trabajos en la sima «Juan Herranz II» – Valsalobre (Cuenca). Boletín STD 2: 41-54. Madrid.
Puch, C. 1980. La sima Juan Herranz-2, Valsalobre – Cuenca. El Topo Loco 2: 21-24. Zaragoza.

Todas las fotografías son del autor y fueron tomadas en 1977, durante las sesiones de trabajo en la sima.