en Cecilia Buil, General

Charakusa 2010. El regreso (I)

Me encuentro disfrutando de la fase de recuperación de un viaje intenso de principio a fin. Perdí varios kilos por los caminos pakistaníes y me traje como único souvenir un gripazo de aquí te espero. No me dio ni para ir a Bazar, de tan perjudicada que llegue a Islamabad. En el viaje de regreso, después de haber asumido que nuestra aventura había acabado, nos encontramos con las peores inundaciones de Pakistán en los últimos ochenta años. Para entonces no sabíamos la magnitud del desastre, al que se le atribuyeron 1500 muertos y 14 millones de afectados. Nosotros fuimos solo tres más de esos millones, y realmente tuvimos suerte de que no pasara de vivir tres días tensos, algo de hambre y un gripazo.
Salimos de Skardu hacia Islamabad el día 28 tras haber llegado el día anterior cansados. Mi vuelo salía el día 31 de Julio y no nos podíamos permitir pasar un día de relax. Paramos en Chilas a dormir después de dejar a Karim, nuestro cocinero en el desvío a Gilgit y de 10 horas de viaje. Hasta allí todo bien. Por la noche nos informaron de que la carretera del Karakorum estaba cortada por varios sitios y que no se sabía si se podría pasar. Había una alternativa por el valle de Khagan, pasando un puerto, pero si llovía podía ponerse feo para pasar. Decidiría el conductor al día siguiente.

Uno de los muchos torrentes que cruzamos

Uno de los muchos torrentes que cruzamos

Por la mañana llovía levemente en Chilas, y hacia el puerto no se veía mejor, pero el conductor y nuestro guía, Hussein, decidieron que era mejor tomar la ruta alternativa. Iríamos en caravana tres furgonetas por si había problemas.
Al principio la carretera era buena. Poco a poco iba ganando altura y adentrándose en un precioso valle verde con pinares y praderas que podrían estar en el Pirineo. Cuanto más avanzaba la jornada mas arreciaba la lluvia, pero aunque no nos lo dijeron, pienso que no teníamos más remedio que seguir por allí. La carretera pronto se convirtió en pista. Seguíamos subiendo, pasando torrentes crecidos y barrizales. En más de una ocasión tuvimos que bajar para empujar nuestra furgoneta de tracción trasera. No podíamos creer por donde la hacían pasar. En uno de los torrentes que pasamos el agua cubría unos 80 cm. Cogía carrerilla y lanzaba la furgoneta como si estuviéramos montados en una lancha. Un par de motoristas pasaron sumergiendo casi por completo la moto. Todos parecían muy sueltos manejándose con semejantes volúmenes de agua. En una cuesta con barro varios vehículos daban pegues al paso lanzado sus maquinas, cogiendo impulso hasta que quedaban clavadas en medio de la cuesta. Entonces, con las ruedas patinando peligrosamente daban marcha atrás para volver a intentarlo, esta vez con mas peso atrás, o pasando a la derecha o a la izquierda.
Finalmente llegamos al puerto, después de haber dejado atrás varios aludes de nieve que cruzaban la pista en los que habían abierto paso con las palas.
Después de un largo descenso por la otra vertiente del valle llegamos a la carretera de Cachemira. ¡Salvados!-pensamos todos. ¡Ya esta! ¡¡Que poco duro la alegría!! A los pocos kilómetros los torrentes que cruzaban la carretera aparecían crecidos. Mas adelante, cada cincuenta metros había un desprendimiento que tapaba la carretera, unos de piedras, otros de barro. Pasamos un torrente, otro, otro mas crecido, otro ya casi en el limite¦hasta que nos encontramos con un Jeep del gobierno pakistaní embarrado hasta el eje en otro desprendimiento. Nuestro conductor saco una cuerda para ayudarle a salir, pero se partió dos veces y ni se movía. Parecía imposible sacarlo. Desde luego, nosotros no podíamos saltarlo, y parecía que el talud que teníamos encima podía caerse en cualquier momento así que dimos la vuelta para dormir en el pueblo que estaba a unos dos Kilómetros. Cual fue nuestra sorpresa cuando vimos que el torrente había crecido hasta el punto de que ya no se podía cruzar. Llovía a mares y teníamos un río caudaloso que nos separaba del pueblo y un barrizal infranqueable con un Jeep en medio por el otro lado. Estábamos atrapados. En el coche no llevábamos comida. Ya era tarde y no paramos por adelantar camino, así que estábamos hambrientos. Una buena gente que vivía unos cien metros por encima en una ladera nos ofreció arroz y mantas y nos dispusimos a pasar la noche en la furgoneta. Seguía lloviendo, pero esperábamos que en algún momento parara. Con nosotros se quedaron también los conductores de las otras dos furgonetas y un señor pakistaní con sus dos hijos.
A la mañana siguiente el Jeep había conseguido salir de allí y nuestro súper conductor consiguió hacer pasar la furgoneta poniendo piedras tras varios pegues, pero solo unos kilómetros mas adelante había un paso infranqueable: Un torrente tan grande como el que no pudimos pasar hacia atrás. Esta vez la furgoneta tenía que quedarse. Pero, ¿como lo íbamos a hacer con nuestros 300 Kilos, si escasamente éramos capaces nosotros de cruzar por allí?
…continuara…