Darío Rodríguez

Los 50 años de una escalada mítica

EL 15 de agosto de 1962, Alberto Rabadá y Ernesto Navarro comenzaban la escalada de la cara oeste del Naranjo de Bulnes trazando una ruta que ha sido la referencia hasta hoy de generaciones de escaladores. Por una trágica coincidencia del destino, exactamente un año después, también el 15 de agosto, fallecían en la norte del Eiger. Tenían treinta años  y habían escalado juntos escasamente cuatro, en una época en que el tiempo libre disponible era mínimo. El compromiso, dificultad y belleza de los itinerarios que trazaron en la época les convirtió en leyenda. Hasta hoy, cinco décadas después, escalar un itinerario con la firma Rabadá/Navarro supone haber alcanzado un muy alto nivel como escalador.

Para conmemorar el cincuentenario de aquella escalada hemos tenido la suerte de poder recuperar imágenes inéditas que ha conservado Félix Méndez, presidente de la Federación Española de Montaña en el momento de su desaparición. Unas diapositivas que, a pesar de haber sido cuidadosamente conservadas, mostraban todos los signos inevitables de la edad. Han sido muchas horas de trabajo las que ha supuesto para  nuestra especialista en tratamiento de color, Alba Sánchez, recuperar los colores originales, pero lo que hemos sentido quienes hemos vivido el proceso ha sido lo mismo que deben de sentir los restauradores de grandes obras pictóricas al recuperar los primitivos colores que los artistas dejaron en su obra.

Publicamos también los diarios que tanto Rabadá como Navarro hicieron de la escalada. Un relato sobrio, técnico, parco en sentimientos y poesía, muy propio de la época, pero que transmite la fuerza de su carácter, también su sencillez y cómo vivieron esta escalada, tan adelantada y comprometida.

Las claves que hicieron de estos escaladores auténticos mitos las expone Pepe Díaz en el libro Rabadá y Navarro, la cordada imposible: “Alberto era una persona excepcional, pero más por sus ideas que por sus cualidades físicas. De cien intentos le salía uno, pero el que le salía era la leche. Precisamente por eso era distinto a los demás, porque no tenía miedo a probar. En Ernesto encontró el compañero ideal, que le seguía en todo, que no decía nunca que no y era capaz de embarcarse con él en los proyectos más arriesgados”.

Probar y arriesgar. Cien fracasos para alguna victoria. Conceptos poco habituales hoy, en una época en que prima la seguridad y solo se valora el “éxito”. Aunque éste sea absolutamente efímero: quizás una noticia en internet, que en pocas horas dará paso a otra igual de efímera, pues ese “éxito” no supuso nada nuevo.

(Editorial publicado en el número 314 -Septiembre 2012- de la revista Desnivel)