en Editoriales revista Desnivel

80 años de cambio

UNA norma de estilo no escrita de esta redacción prohíbe usar palabras como gesta, ha- zaña, acción épica, proeza, heroicidad… para referirnos a una escalada. Intentamos cumplirla a rajatabla, aunque a veces es verdad que cuesta pres- cindir de estos adjetivos cuando lo que toca es ha- blar de escaladas históricas, concretamente la sur del Risco del Pájaro, sin menospreciar las posterio- res ascensiones a sus caras este y oeste.

El Pájaro no es el risco más alto de la sierra de Guadarrama, ni siquiera de la Pedriza, pero tiene algo que atrae a todos los escaladores. Quizá esa forma ligeramente afilada que, con un poco de esfuerzo y predisposición, podría darse incluso tí- midos aires al Petit Dru. O su cima, tan diferente a las cumbres de otros riscos pedriceros, tan cha- tas, tan aplanadas, tan poco definidas… ¡tan poco alpinas! Por si fuera poco su cara sur alcanza los 200 metros de recorrido (algo destacable en la Pedriza) por una línea de diedros, fisuras, setas y canalizos sin igual en toda la sierra.

Aunque ya existían algunas rutas en las monta- ñas del Guadarrama en la década de los treinta, no nos queda duda de que la primera de la cara sur del Pájaro, en 1935, por Teógenes Díaz, Ángel Tresaco y Juan Bautista Mato marcó el inicio de la escalada en la Pedriza, una actividad que explotó poco después de acabar la Guerra y que desde entonces no ha cesado.

80 años de cambio

Desde 1935 hasta hoy, todas las generaciones, ten- dencias y técnicas han tenido su reflejo en las paredes del Pájaro. Sus rutas no son otra cosa que una espe- cie de legado arqueológico que nos ayuda a conocer y comprender la evolución de la escalada desde su mismo origen. Con un poco de inquietud, algo de teoría y muchas horas prácticas de cuerda, seremos capaces de leer en sus itinerarios la osadía de los pioneros, la aparición de nuevas técnicas de asedio, el cambio de material, la escalada libre, las distintas tendencias de apertura, las guerras de los equipa- mientos, los aciertos y también los errores, las cha- puzas y el ansia desmedida de algunos por dejar su huella a cualquier precio –o borrar la que dejaron otros– en el risco emblema. xxx Por esta razón, y por respeto –hacia las generacio- nes pasadas y futuras–, deberíamos sentirnos respon- sables de conservar la herencia, poner de nuestra parte para llegar a consensos de restauración y transmitir la historia evitando leyendas y patrañas perniciosas.