en Editoriales revista Desnivel

150 años de su primera ascensión. No era inaccesible

Un guante, un cinturón, un devocionario, un sombrero, unos rosarios sin su cruz y dos zapatos. Aparte de alguna prenda hecha jirones y una colección macabra de miembros humanos y vísceras esparcidas por la nieve, poco más quedó de los malogrados alpinistas. De siete hombres perecieron cuatro (el cuerpo de uno de ellos aún no ha sido encontrado); de los tres vivos uno se vuelve medio loco y los otros, enfrentados por un feroz antagonismo, no se vuelven a ver jamás. Una cuerda cercenada, un guía acusado de haberla cortado y, para rematar, la aparición tras la tragedia del espectro de Brocken en forma de tres cruces…

No, no es una novela de Lord Byron, Mary Shelley y John Polidori fruto de una noche de absenta y truenos en Villa Diodati. Se trata de la máxima expresión de la escalada heroica y romántica, un capítulo esencial de la Edad de Oro del alpinismo, esa etapa comprendida entre mediados y finales del siglo XIX que coincide con la conquista de las cumbres más importantes de los Alpes. El Cervino también ha sucumbido. La montaña inaccesible cede ante la tenacidad de Edward Whymper, los Taugwalder y sus malogrados compañeros. Las montañas imposibles dejan de serlo.

La montaña italiana
El triunfo del equipo de Whymper y la sonada tragedia ensombreció la escalada de Jean Antoine Carrel, seguramente el auténtico y gran pionero del Cervino, el guía de Valtournenche que escaló la montaña de su valle por la arista italiana. “Es un momento histórico y de cambio”, asegura el guía Hervé Barmasse. “Un guía de montaña de la localidad quiso subir la montaña más difícil del momento por sí mismo, no por encargo de un cliente. No sube por dinero, sube porque quiere escalar la montaña de su casa. Y eso se gesta desde Valtournenche, no desde Zermatt”.