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Los Weekend Warriors

Este texto está escrito en honor al 99% de la masa escaladora. Aquellos y aquellas que escalan sólo los fines de semana. Aquellos y aquellas que de lunes a viernes van al rocódromo de charleta y entre blablablá y blablablá dan un pegue a algún bloque chuli.

El primer espécimen es capaz de comunicarse con sus semejantes utilizando cinco o diez palabras básicas con permutaciones, a veces aleatorias, de las mismas. Esto es: “Bou, eres un titán, ¿me pasas la caña? Claro, fiera, cógela, máquina. Gracias bicho. Por cierto, estás fortísimo, inhumano.” Variando el orden pueden expresar ideas totalmente dispares. Así: “Mira ese bichito, parece una garrapata. Es verdad, qué titán. Es una fiera, camina por la caña como si nada. Espero que no me pique porque me dejaría una roncha inhumana”. Si empleas este lenguaje vas a encajar seguro en el grupo, aunque sufras en los sextos.

Otro clásico sujeto es el denominado “Cabeza de viejo, cuerpo de joven”. Seguro que tienes un amigo así. Lleva escalando unos 75 años. Empieza a chochear. Si se quita la camiseta está muy cachas aunque rebosa de pliegues, el pelo de las tetillas ya es blanco y la piel le hace pellejo en algunas zonas.

El ninja es difícil de ver, como el leopardo de las nieves. Te ha pasado lo siguiente: Sois cinco en el sector. Miras hacia atrás para ver si llueve y tienes a un metro a un tío súper delgado y alto, con los gatos ya puestos, mirando hacia arriba con el ceño arrugado y frotándose las manos embadurnadas de magnesio. Trae el nudo hecho desde el coche. Su pareja grigri parece un ser inanimado y viste un plumífero para ir al Himalaya. Parpadeas dos veces y está ya en la quinta chapa de la vía más difícil del sector. Es muy silencioso. Nunca encadena, se cae siempre. De ahí su amargura. Desciende, no intercambia palabra con su pareja porque se comunican por ultrasonidos y recogen. Tú te agachas para desenvolver el bocadillo, y cuando le vas a ofrecer un mordisco porque le ves muy delgado, ya no está.

Una variante del ninja es aquel que llega al sector con un higrómetro colgado del cuello. Si la humedad supera un cierto valor umbral establecido por él, el artilugio se pone a pitar y se da la vuelta hacia su furgoneta. Enfurruñado y contrariado, se pone a leer croquis de otras escuelas donde tienen buenas condiciones. También le acompaña la pesadumbre. Vive de su pasado glorioso pensando siempre en el futuro. Si no se va, asegura a su pareja en vías fáciles que él dinamitaría si pudiese.

Al siguiente no sé con qué adjetivo describirle. Su característica más reseñable es que grita mucho cuando escala. Desde la primera chapa se está cayendo, pero con sus agónicos bramidos y resoplos suele conseguir llegar a la cadena. En el último paso, el más difícil, se le escucha desde el pueblo. Es el momento en el que entre “ahhh” y “uuoooooh”, en el grito final más descomunal, aprovecha para pedir “dos cervezaaaas y una de bravaaaaas” porque con el flow que lleva, desde el bar le escuchan perfectamente. Entre semana está ronco.

A veces está el amigo que no escala, o como mucho el que escala una vía fácil “de segundo” que sus compañeros le dejaron preparada a primera hora. El resto del tiempo lo pasa sentado en una silla, fumando. Señala con el dedo y se ríe doblando la cabeza hacia detrás. Suele ser el que mejor se lo pasa. Eso sí, el que mejor se lo pasa durante el tiempo que está despierto, porque entre sedante y sedante se echa unas buenas siestas.

Hay uno que destaca del resto porque es hiperactivo. Lo que más le gusta es flashear rutas, y si hay más de un escalador en la pared, mejor. Se tumba boca arriba en su esterilla y es capaz de cantar siete vías a la vez, provocando consecuentemente cierta confusión en el sector. Llega un punto en el que colapsa, él mismo se lía, no sabe qué está haciendo ni a quién está ayudando y acaba mareado, sentado, con los codos en las rodillas y la cabeza entre sus manos. Piensa en que no puede seguir así porque la gente le va a coger manía, y eso que su intención es la mejor. Se repite en bajito continuamente “tengo que dejarlo”.

Otro siempre está muy lesionado. Despliega como un mantero sus gomas y sus tablas portátiles para calentar todos y cada uno de los músculos del cuerpo. Tras una hora y media de excepcionales ejercicios de calentamiento, está reventado y decide no escalar, “por si acaso”. Padece, o ha padecido, poleas rotas, distensiones, roturas y sobrecargas hasta en los testículos. Sabe tratar todo tipo de lesiones con ejercicios caseros de rehabilitación y ha construido él mismo sus propios cachivaches. Está empezando en el mundo de las pomadas artesanales. De algún modo, él es feliz dentro de su desgracia porque es un ser optimista. Ha sabido adaptarse de maravilla a su cuerpo ruinoso.

La pareja con niños pequeños. Les sigue una nube gris encima, gastan ojeras. Tardan una hora en desplegar lo que llevan dentro de las siete mochilas que traen. Son los sherpas de sus hijos. Cuando han terminado de sacar todos los tuppers, los camiones de plástico y las pelotitas, y cuando ya le han puesto un casco adorable a cada uno, es la hora de escalar. El problema en este caso, sin embargo, es intrínseco, no circunstancial. Los niños, de alguna manera u otra, y esencialmente porque son niños, no paran de tocar los cojones. Así, deciden marcharse sin escalar si quiera porque eso no hay quien lo soporte. La madre suele ser más condescendiente. El padre no para de repetirse hacia adentro “qué habré hecho yo mal”. Se despide cabizbajo para siempre de sus amigos con una lagrimilla que le resbala por la mejilla.

El Equipo Aventurero se mueve en el mundo de los quintos. Suelen llevar colgado del arnés una línea de vida, dos mosquetones de seguridad y un mallón. Para nada, porque no saben hacer ninguna maniobra. Si la reunión no tiene mosquetón, es decir, es de anilla, no escalan esa vía. Lo pasan muy mal para acabarlas. Suelen ser unos buenazos y a pesar de las dificultades se lo pasan muy bien. Aunque en realidad lo suyo es el rocódromo y las vías “azules”, “rojas” o “amarillas”, la escalada en roca es su forma de vida.

Tú, escalador de fin de semana, encajas en alguno de estos arquetipos. Eres un Weekend Warrior. Si no te sientes reflejado en ninguno, enhorabuena. Has conseguido salir del molde, algo realmente complicado hoy en día, donde el virus que recorre las redes sociales y se cuela en las zonas de escalada tiende a estandarizar sin compasión al individuo. Habla con riqueza léxica, aparece en el sector vestido con harapos baratos, entre pegue y pegue ponte a leer un libro, a coser un jersey o a hablar de borrascas y anticiclones.

En cualquier caso, los descritos arriba coinciden en dos cosas. Una: cada uno a su manera, todos saben disfrutar de este deporte con la misma intensidad. Otra: a pesar de todas sus diferencias, son expertos en difuminar los prejuicios y girar armónicamente en torno a un núcleo común, bastante bonito, por cierto. Ese es quizás el reto más difícil, pero sin duda también el más gratificante. Riámonos de nosotros mismos y pensemos cómo hacer mejor el mundo. Viva la escalada.

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