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Virgo: «Ménage à Trois» en el Puig Campana

Mi jefe asegura que los números le hablan. Dice que si se sienta a mirar un balance, por complejo que sea, los números comienzan a sincerarse con él. Algo así como una reunión de alcohólicos anónimos pero con números. A mí me habla el Puig Campana. En realidad no se trata de palabras sino más bien de eróticos susurros y jadeos que me hacen desviar la mirada y descubrir íntimos secretos en el cuerpo pétreo de la montaña.

El Puig Campana es para mí una meretriz; una geisha que siempre sabe cómo y cuando mostrar una línea perfecta, una voluptuosa curvatura dibujada sobre su piel caliza. Se que lo hace porque es una ramera, pero también porque echa de menos los años en los que el negocio funcionaba. Los clientes llegaban de todos los rincones del país en busca de una aventura de verdad, solicitando servicios cada vez más difíciles de satisfacer. Cuando la fiesta empezaba nadie te podía asegurar que no terminarías bañado en vómito, a cuatro patas y con una bola de goma metida en la boca.

Ahora todos pedimos lo mismo: la aventura estándar. Y ponemos el grito en el cielo cuando algo se sale del guión, reclamando nuestros derechos. Como si tuviéramos alguno. – ¡Esto es una vergüenza, la reunión está desequipada! ¡La roca está descompuesta y lo seguros oxidados!! ¡¡En el croquis ponía 5+ y esto por lo menos es 6a!! ¡¡He pedido una estándar y quiero una estándar!!! -. La montaña echa de menos aquel juego de seducción en el que para conquistarla había que usar la imaginación, el ingenio y a veces también la fuerza bruta. Ahora los clientes ya no se quedan a dormir con ella después de la batalla. Sacian sus necesidades de animales para volver al calor de sus mujeres y sus hombres al caer la noche.

Hace unas semanas la montaña volvió a divertirse jugando con mis debilidades de mortal. Yo escalaba por las paredes del sector central como un fiel parroquiano de burdel que pasa a consumir y a saludar, sin esperar nada nuevo y sin nada nuevo que ofrecer. Con la serenidad de quien cree haberlo visto todo. De pronto empecé a escuchar una vez más esos enloquecedores cantos de sirena. Al principio pensé que era el efecto del viento en mis oídos, pero al cabo de un rato reconocí la sexual voz de la montaña. – Mírame… Estoy aquí… Desnuda sólo para ti…- Desvié la mirada de un lado para otro intentando localizar la fuente de la que manaba aquel magnetismo y tras unos minutos rastreando aquel cuerpo que creía conocer a la perfección, lo encontré.  La voz fluía desde una perfecta  fisura situada apenas a 20 metros de mi posición. Aquella línea virginal, ajena al manoseo de las sucias manos de los hombres, se desnudaba impúdica ante mí.

Tras viarias noches de insomnio sin poder liberarme de esa imagen lasciva, no tuve más remedio que sucumbir a la tentación de poseerla. Soy lo suficientemente viejo como para saber que a este tipo de citas es recomendable ir acompañado de alguien que pueda dar la cara en caso de no estar uno a la altura y que pueda arrastrar tus despojos hasta tu casa si la cosa se va de madre. Charly es de esos tipos que ponen pasión en todo lo que hacen, ya sea escalar, trabajar o emborracharse. En una ocasión puso tanto empeño en regresar por su propio pie hasta su tienda de campaña, a pesar de la melopea que arrastraba, que no hubo más remedio que abandonarlo a su suerte. Con un esfuerzo titánico logró  introducir únicamente la cabeza por una estrecha apertura de la cremallera. A la mañana siguiente encontramos su cuerpo hediondo, aparentemente decapitado, yaciendo junto a la puerta de la tienda.

Poco voy a contar acerca de nuestro particular ménage à trois con el Campana, salvo que una vez más volvimos a sentir un nudo en la boca del estómago, el temblor en las piernas y el temor en nuestras almas fugitivas. En ocasiones nos sentimos tímidos e incómodos; a veces fuertes y valientes, incluso invulnerables. Otras totalmente impotentes.

Cualquier bacanal de este calibre te deja una resaca de sensaciones que te hace sentir distinto durante unos días, por no hablar de los incómodos moratones y arañazos. Pero no somos los únicos que llevan en la piel el recuerdo de aquellos dos días de desenfreno. El Puig Ca’ también viste sus propias cicatrices en forma de pitones, cordinos y algún parabolt, que le ayudarán a no olvidar fácilmente aquella intensa y maravillosa experiencia.

Reseña

  1. !!!Menuda banda estáis hechos!!!! enhoraguena por la ruta oberta

  2. Tio no tengo palabras para describir lo que he sentido leyendo este relato.

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